El laberinto de los azulejos de Matilda Geddings Gray

(para Mario Vargas Llosa)

«Cada persona que pasa por nuestra 
vida es única. Siempre deja un poco de 
sí y se lleva un poco de nosotros». 
—Jorge Luis Borges

Cuando alguien nos hace reír, nos comparte algo de su gracia, nos transforma de lejos. A veces esto sucede en el acto de comunicar algo no deseado. La sátira, por ejemplo, el género por excelencia de la risa, se burla primero del ser humano en general y sólo después le echa los brazos como un yugo al cuello de la mayor de sus víctimas. En ese sentido, la sátira es como una mujer que contempla el abanico de sus opciones. El mensaje humanizado de Apuleyo al final de El asno de oro (c.175 d.C.), también conocido como Las metamorfosis, es tanto antiimperialista como antibélico, pero solo después de mucha risa y amor.

Nacida en Lake Charles, Luisiana, Matilda Geddings Gray (1889–1971) —empresaria, coleccionista de arte y filántropa— viajó a Guatemala en 1935 donde compró una casa en la Antigua. Hasta que no me indiquen lo contrario, debo concluir que la Srta. Gray —retratada arriba vestida de estilo transgresor de las «flappers» de los años 20, con perlas alrededor de su magnífico cuello y con unos ojos tan grises e imperiosos como el Golfo después de un huracán— era la única persona capaz de haber colocado los azulejos que aún se ven en el muro de un patio de su casa a la sombra de los tres volcanes centroamericanos de Agua, Fuego y Acatenango. En algún momento o ella o su padre, John Geddings Gray de Nueva Orleans, era dueño el campo petrolero más productivo del mundo. La extrema riqueza producida por el Rancho Gray podría explicar la colección ridículamente extensa de huevos Fabergé de Matilda, colección que incluía el fantástico “Huevo napoleónico” que Nicolás II le había dado a su madre la Emperatriz María Fiódorovna Románova para conmemorar el centenario de la Batalla de Borodinó.

Según el estilo local, la antigua entrada de la Casa de las Mil Flores está pavimentada con cantos de río y huesos de vaca en forma de un enorme galeón español que todavía flota sobre las olas del Caribe. Reinan en ese lugar una calma, una confianza y un respeto por la vida y la historia que son una lección de humildad. Entonces te señalan el tiro de gracia. Para la pieza central del jardín de su nueva casa antigüeña, doña Matilda había elegido el toque de prueba de la literatura española. Determinó restaurar toda la casa, la estructura, así como las costumbres y los espíritus de los que una vez la habitaron. A dicho fin, hizo importar de España doscientos ochenta azulejos pintados a mano que representan las dos partes de Don Quijote de la Mancha, y los ubicó en cinco filas contra un fondo amarillo en un marco almenado pintado de blanco brillante, todo eso en un muro gris de unos seis metros de largo centrado sobre una pequeña fuente felina que escupe agua en un estanque azul.

A través de sus azulejos, doña Matilda creó con sus propios dedos, y de una manera más minuciosa de lo que podríamos haber esperado, una muestra maravillosa de su buen gusto, su abundante inteligencia y sí, incluso su visión moral de la vida. Es más, cierto entrecruzamiento orquestado por la Srta. Gray allí entre los azulejos cervantinos de su Casa de las Mil Flores ha logrado convertir el lugar en una especie de Palacio de Fontainebleau en el altiplano maya. Dicho de otra manera, unos muros son más importantes que otros.

En Mil Flores —llamémosla también la Casa de las Américas de esa asombrosa mujer de Luisiana— Matilda Geddings Gray hizo lo que Catalina de Médici mandó que se hiciera en Fontainebleau. No nos puede sorprender que la Srta. Gray también era propietaria de un chateau en las afueras de París, donde seguramente había aprendido a dejar rastro de su dignidad a través de la orientación de ciertos objetos de arte. El arte de comunicarse a través del tiempo. En el caso de Fontainebleau, la Reina de Francia comisionó un conjunto de pinturas que representaban escenas clave de Las etiópicas (¿220/370? d.C.) de Heliodoro. A través de los cristales del salón principal aún se puede divisar una estatua de la diosa Diana bañándose en una fuente. Todo ese programa hemos de suponer que le vino a la mente a la reina consorte en su urgencia para indicar que los asuntos delegados al corazón son tan serios como los asumidos por los gobernantes de una nación, y viceversa.

Cuatro siglos más tarde, y al otro lado del Atlántico, otra princesa llamada Matilda Geddings Gray hizo importar un juego de azulejos pintados con viñetas de la novela de Cervantes —en aquel entonces todavía de obligada lectura entre personas educadas— y los instaló en un muro en el jardín de su casa. Y a través de tres cambios que hizo en el orden normal de los azulejos, es decir, en el orden de los episodios del libro que hoy reconocemos como la primera novela moderna, la Srta. Gray logró lanzarnos una ingeniosa trampa basada en un significado particular que atribuyó a la obra de Cervantes.

Confieso que me sorprendió enterarme de la transformación que Gray había llevado a cabo en su interpretación de Don Quijote. Fue como despertar en una playa. Es que la Srta. Gray me parece un alma literaria de alta categoría. ¿Qué puedo decir? Unos somos más asnales que otros y por períodos de tiempo más largos. Solo digo que me rindo ante doña Matilda, como si fuese un ave repentina o el color rojo. He marcado con una piedra blanca el día que vi su obra por primera vez —los idus de octubre de 2018— y he marcado con arena negra todo el paso del tiempo anterior a ese momento.

La interpretación que plantea Gray en sus azulejos se encuentra entre las más acertadas que he visto en mi vida porque pudo describir el nexo entre los temas de la raza y la esclavitud en Don Quijote, nexo que en sus preciosas manos también señala la esencia de las contribuciones españolas a la evolución de la forma novelesca. Primero describamos lo que hizo Gray y luego contemplaremos lo que podría haber querido comunicarnos a través de su labor.

A continuación, se muestran por separado dos tiras de los azulejos de doña Matilda. Son las dos series que nos preocupan porque comparten una especie de triple error —digamos una trinidad de errores—, más concretamente un nudo formado por dos errores en la primera serie que luego nos lleva al error final en la segunda.

Al considerar las primeras dos terceras partes de los azulejos en la primera serie, estamos viendo un preámbulo bien ordenado del texto de Cervantes. Vemos: (1) la portada de la serie con la imagen del libro, (2) una apoteosis de la novela y el autor, (3) Cervantes, y luego los tres personajes principales de la obra: (4) don Quijote, (5) Sancho Panza y (6) Dulcinea del Toboso. Hasta aquí todo bien.

Pero ahora nos enfrentamos a tres azulejos claramente fuera de lugar: (7) don Quijote enloqueciéndose en su biblioteca, (8) Rocinante y (9) el hidalgo manchego en un campo durante su primera salida. Aquí hay confusión. Según el patrón de las flores azules en las esquinas de los azulejos con el autor y los personajes principales, después de Dulcinea deberíamos ver: (7) Rocinante, (8) el asno o “rucio” de Sancho (ausentado), (9) don Quijote enloqueciéndose en su biblioteca y (10) finalmente el caballero manchego en un campo durante su primera salida.

En suma, la primera tira de azulejos de la novela según la perspectiva de Matilda Gray contiene dos cambios obvios que requieren nuestra consideración: (a) Gray quitó el azulejo del rucio de Sancho de la serie inicial de personajes y (b) corrió el azulejo de Rocinante a la derecha de don Quijote enloqueciéndose en el acto de leer.

Podríamos explicar esos cambios de varias maneras. La Srta. Gray podría haber confundido a don Quijote enloqueciéndose en su biblioteca con una imagen que llevaba en su mente del narrador en el prólogo; entonces, podría haber metido Rocinante al final del primer capítulo donde aparece por primera vez. Continuando con la primera salida, pensando incluir el rucio cuando el escudero lo menciona en DQ 1.7, de alguna manera lo olvidó. Pero en tal caso, ¿por qué no dejar aparte también al escudero que aparece por primera vez en el mismo capítulo que su rucio? Y si lo pensamos bien, Dulcinea no aparece hasta DQ 1.25.

No, no y no. Ese desorden particular siempre escapará a todo intento de explicarlo como un error, y si insistimos en esa línea de investigación, corremos el riesgo de atribuirle un grado improbable de descuido a una sofisticada historiadora y coleccionista de arte.

No pudiera haber sido tan casual con sus azulejos doña Matilda. La teoría más plausible es que ella sí nos ha dicho algo, pero que no lo hemos podido entender porque ha quedado en nuestro punto ciego. Por ejemplo, en la segunda serie de azulejos bajo nuestra consideración colocó el rucio cerca del principio de DQ 2.25. En otras palabras, insertó el rucio justo en la primera mención de la Aventura del rebuzno por parte del portador de armas, es decir, justo donde Dios lo habría mandado, justo donde empezamos a aprender acerca de cómo y por qué dos tribus de idiotas están al borde de una guerra por determinar finalmente quiénes son los mayores asnos del mundo.

Propongo que la primera conclusión que podemos extraer de los azulejos de Matilda Geddings Gray, autora del Quijote, es que la Aventura del rebuzno es clave. Un corolario inmediato será que la novela satiriza la guerra y sobre todo la guerra civil. Pero la mejor teoría —por ser la más interesante diría Lönnrot— es que el enigma cervantino de la Srta. Gray siempre ha sido suyo, con lo que Dios no tuvo nada que ver con su azulejería y por sí sola la propia Matilda ya nos ha enseñado a desenredar su mensaje. Si esto no es milagroso, al menos se lo podría reclamar en nombre de lo misterioso.

A veces me siento invadido por la necesidad de restaurar el orden del universo según Matilda Geddings Gray. No hay nada de siniestro en eso. Propongo primero dejar que Rocinante haga un salto hacia la izquierda en la primera serie de azulejos, así ubicándose nuevamente después de Dulcinea. Pero antes de quitar el rucio de la segunda serie con la intención de devolverlo a la primera, ¿qué pasa si repetimos la primera función? ¿Y si volvemos a hacer con el rucio lo que por alguna extraña razón la Srta. Gray nos acaba de obligar a hacer con el rocín? Después de todo, si ella hubiera querido que atendiéramos solamente a DQ 2.25, entonces simplemente podría haber movido el rucio allí; no necesitaba haber cambiado la posición de Rocinante. Ergo, ¿qué pasa si en la segunda serie de azulejos, aunque solo sea por respeto a lo que la Srta. Gray nos ha mostrado hasta ahora, dejamos que el rucio imite el rocín saltando a la izquierda sobre el portador de armas que cuenta la Aventura del rebuzno?

El resultado sería colocar el asno de Sancho precisamente entre la alusión a la esclavitud de negros al final de DQ 2.24 y la alusión a la guerra civil al principio de DQ 2.25. Además, con esa maniobra añadida, nos habrá obligado doña Matilda a alejarnos de los dos azulejos con el “mono adivino” de Maese Pedro para en cambio poder reconsiderar a los negros africanos que Cervantes acaba de comparar con viejos soldados (cf. Plutarco sobre el maltrato de los esclavos por Catón el Viejo). Por último, estaríamos colocando el azulejo del rucio justo donde don Quijote ve por fin una posada en lugar de un castillo y justo donde el hidalgo trabaja con sus propias manos por primera y única vez en la novela. Según la Srta. Gray la novela de Cervantes indica que la solución a la esclavitud racial son los negocios y el mercado laboral.

El hercúleo análisis literario de Matilda Geddings Gray traza una magnífica lectura de la picaresca española que logra transmitir las claves de la novela moderna tal y como la inventó Cervantes. Restablece el nudo gordiano entre el simbolismo del asno, la sátira contra la guerra civil y la alusión a la esclavitud, rematando con el singular giro español contra la nueva forma de esclavitud basada en la raza. Además, parece que tenía todo eso en mente antes de colocar un solo azulejo en el muro. De ahí el encanto, el misterio del proyecto de esa mujer.

Es todavía dos veces más de misterioso. En primer lugar, yo mismo estuve más de un año escribiendo un ensayo largo y aburrido sobre el significado del asno en Don Quijote en el que argüí que el monte de Sancho es el símbolo clave de la novela y que tiene todo que ver con la raza y la esclavitud. Luego resulta que la Srta. Gray había revelado todo eso ya hace setenta y cinco años y con más gracia a través de su azulejería meticulosa en la Casa de las Mil Flores en la Antigua. Venciste, hermosa Matilda, venciste; que no es posible tener ánimo para negar tantas verdades juntas.

En segundo lugar, hay una moraleja que aclara la interpretación de la primera novela moderna que nos delegó la Srta. Gray. Al final, descifrar los azulejos entrecruzados de la Casa de las Mil Flores debe quedar como un acto abstracto, porque colocarlos en el muro correctamente implicaría tener que avanzar cada uno de entre DQ 1.1 y DQ 2.25, por lo que correríamos el riesgo de arruinar alrededor de 75% de los azulejos.

Del mismo modo no podemos volver a vivir lo que ya ha sido vivido por otros. El rompecabezas cervantino de Matilda Geddings Gray quedará siempre sin resolver. Nos insta a contemplar los problemas del pasado, pero aboga por la templanza a la hora de emprender su corrección. ¿Cómo pudo doña Matilda haber percibido ese compromiso alojado en el corazón de Don Quijote? Desde luego no lo sé, pero pudiera haber tenido algo que ver con el hecho de que no solo restauraba casas en Guatemala sino también en Luisiana. Otro ejemplo de su magistral vocación se puede ver en el pueblo de Wallace, donde permanece la mansión de Evergreen, una encomienda de azúcar que Gray mandó restaurar al estilo neogriego antebellum, el mismo estilo que se había elegido para su primera restauración en el año 1832. La habrás visto, querido lector, ya en la película Django desencadenado (2012). No estoy seguro de que puedas pasar la noche allí, pero definitivamente no es el castillo que alguna vez fue.

Casi por casualidad hemos dado con la diferencia entre la pura sátira negra y la novela de color gris, un género intermediario o tercero. La picaresca se queda gris y triangular porque en ella siempre se pondera el amor a la par del poder político. Sí, de alguna manera el orden social consistirá en proporcionarles pan y circo a las masas; pero todo eso se defenestra cuando te enteras de la existencia de la Emperatriz del Universo. Al igual que Isis, María, Zoraida o Dulcinea, la sin par Matilda reclama un espíritu fuerte y libre del miedo a la muerte. Durante el Renacimiento, además de reconsiderar el tema de la esclavitud y resucitar el simbolismo del asno que se habían permanecido dormidos desde la antigüedad tardía, los novelistas españoles lograron devolver a la mujer a su justo lugar en la picaresca. La diosa, la madre y la amante celestial de la novela a menudo limpia la sangre de una hoja de caza con vino sagrado, porque ella también es una fundadora, una guerrera sacerdotisa, y si te encuentra indefenso en el bosque te atará el corazón y desatará laberintos en tu mente.

Eric Clifford Graf

Doctor en Literatura Española

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