Quisicosas

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EL CASO DE LA BACÍA DESPEDAZADA

Entre los especialistas del Quijote, la edición de la Primera Parte estampada en Bruselas por Roger Velpius en 1607 es la mejor calificada en términos de pulcritud editorial de aquellos años. Además, contiene media docena de enmiendas textuales muy oportunas, tanto, que los editores modernos no dudan en aplicarlas. Otras enmiendas son desechadas por gratuitas; y es que, examinada con detenimiento, hay un punto en que parece cobrar vida propia lo que se inició como copia servil (erratas e incongruencias incluidas) de un ejemplar de la segunda estampada por Juan de la Cuesta. Ese punto se encuentra alrededor del folio 90 del modelo, y ya en el 107 nos ofrece una excelente muestra, en concreto en la aventura de los galeotes. Leamos el pasaje en la segunda impresión de Juan de la Cuesta:

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En la edición de Bruselas-1607, ese pasaje se copió minuciosamente renglón a renglón, excepto las tres últimas líneas, en la última de las cuales se introdujo una sutilísima modificación:

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¿Por qué el cajista, hasta entonces tan obediente al modelo, se tomó semejante libertad? Empecemos por decir que esa decisión no la tomó el cajista. En las imprentas se trabajaba a destajo y los cajistas no se distraían en florituras, así que la modificación le vendría insertada a mano en la plana que estaba copiando. La pista que nos lleva al culpable se encuentra en el folio 124 del modelo, donde se lee:
Pero dime, Sancho, ¿traes bien guardado el yelmo de Mambrino? Que ya vi que le alzaste del suelo cuando aquel desagradecido le quiso hacer pedazos; pero no pudo, donde se puede echar de ver la fineza de su temple… La bacía yo la llevo en el costal toda abollada, y llévola para aderezarla en mi casa y hacerme la barba en ella, si Dios me diere tanta gracia que algún día me vea con mi mujer y hijos.

¡Ah! Quien modificó el texto del folio 107 ya había alcanzado al folio 124 (y más aun), y sorprendido por la ‘resurrección’ de la bacía de don Quijote, volvió atrás e insertó aquel «casi» con que se encontraría el cajista. «¡Esto sí que encaja!», debió pensar. ¿Fue el corrector de la imprenta? Puede que sí, pero excediendo los límites de su tarea. Sea quien fuere, la cantidad de modificaciones gratuitas que se observan en aquella edición nos conducen a un lector muy gustoso de lo que leía. Y también de mentalidad excesivamente cartesiana. Me pregunto si alguna vez le habían partido el corazón o si un esfuerzo le había dejado el cuerpo hecho polvo.


Enrique Suárez Figaredo
Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan


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PECES Y BESTIAS EN LA AVENTURA DEL BARCO ENCANTADO


En el cap. II-XIX del Quijote nos encontramos con «la famosa aventura del barco encantado». Nuestro hidalgo, ávido y memorioso lector de libros de caballerías, encuentra a orillas del Ebro una barca sin remos. De inmediato se le vienen al caletre episodios similares que le incitan a subir en el barco (lo es para don Quijote) y dejarse llevar a la grandiosa aventura que sin duda le espera y sólo para él estaba guardada. Sancho acepta a regañadientes. No tardan en divisar en medio del cauce unas aceñas (molinos de agua con rodete vertical y admisión inferior) y don Quijote da por sentado que los malandrines que custodian aquella extraña y estridente fortaleza tienen cautiva alguna persona. Leamos:


En esto el barco… comenzó a caminar no tan lentamente como hasta allí. Los molineros de las aceñas, que vieron venir aquel barco por el río y que se iba a embocar por el raudal de las ruedas, salieron con presteza … con varas largas a detenerle. Y puesto [don Quijote] en pie en el barco, con grandes voces comenzó a amenazar a los molineros diciéndoles: —¡Canalla malvada…, dejad en su libertad y libre albedrío a la persona que en esa vuestra fortaleza o prisión tenéis oprimida, alta o baja, de cualquiera suerte o calidad que sea, que yo soy don Quijote de la Mancha, llamado el Caballero de los Leones por otro nombre, a quien está reservada por orden de los altos cielos el dar fin felice a esta aventura! Y diciendo esto echó mano a su espada y comenzó a esgrimirla en el aire contra los molineros, los cuales … no entendiendo aquellas sandeces, se pusieron con sus varas a detener el barco, que ya iba entrando en el raudal y canal de las ruedas…, pero no de manera que dejasen de trastornar el barco y dar con don Quijote y con Sancho al través en el agua…, y si no fuera por los molineros, que se arrojaron al agua y los sacaron como en peso a entrambos, allí había sido Troya para los dos … Puestos, pues, en tierra, más mojados que muertos de sed … los … molineros … les dejaron y se recogieron a sus aceñas… Volvieron a sus bestias, y a ser bestias, [*] don Quijote y Sancho, y este fin tuvo la aventura del encantado barco.

No he encontrado un solo comentarista del Quijote que ofrezca la que, a mi modo de ver, es la interpretación acertada y simple del pasaje marcado *. La mayoría lo pasan por alto, quizá entendiendo que los protagonistas volverán a sus necedades. Así lo entendió Francisco Rodríguez Marín, que lamentó «el injusto y nada piadoso calificativo que da Cervantes no sólo a Sancho, sino también a don Quijote». La edición de la RAE se limita a anotar: «dejarse dominar por la tristeza». Idea algo más desarrollada por Erna Berndt-Kelley en su artículo En torno a sus bestias y a ser bestias, que entiende «desengañarse de sus vanidades humanas». Para Vicente Pérez de León, en su artículo La exploración de los límites de la razón, la fe y la lógica de los sueños como fuente de conocimiento cervantino, «supone la constatación del alejamiento de ambos del orden social, al haber sido recriminados y considerados fuera de la razón».


Quienes acogen esa empírica interpretación suelen apoyarse en lo que Sancho dijo a don Quijote tras el desengaño sufrido con su Dulcinea transformada en rústica aldeana: «Señor, las tristezas no se hicieron para las bestias, sino para los hombres, pero si los hombres las sienten demasiado, se vuelven bestias. Vuestra merced se reporte y vuelva en sí» (cap. II-XI). Pero en aquel lejano pasaje Sancho quiso decir que quien se deja dominar por sus sentimientos evidencia su escaso raciocinio, lo que no está muy lejos de lo que creyó ver Rodríguez Marín. En mi opinión, es posible otra interpretación benévola y graciosa considerando la obra de la Madre Naturaleza en tierra, mar y aire:
Hasta entre los elementos, aves del aire y animales de la tierra y peces del agua hay superior conocido a quien obedecen (Gabriel Pérez del Barrio, Dirección de secretarios de señores, Madrid-1613).


Dijo Dios a los hombres: Creced y multiplicad y henchid la tierra y sed señores de los peces del mar y de las aves del cielo y de las bestias de la tierra (Fray Martín de Córdoba, Jardín de nobles doncellas).


Este deseo, en cuanto es en … aves, peces e bestias de la tierra, es sólo natural deseo, el cual … les mueva a la obra de engendrar (Alonso Fernández de Madrigal, Sobre los dioses de los gentiles).


Ni podemos nosotros vivir sino con la muerte de las otras cosas que hizo Naturaleza: aves, peces y bestias de la tierra, frutas y yerbas y todas las otras cosas perecen para mantener nuestra miserable vida (Fernán Pérez de Oliva, Diálogo de la dignidad del hombre, h. 1530).


De modo que evitando entrar en lo divino y atendiendo al medio en que se desenvuelven, todo se reduce a peces, aves y bestias. Y así, sacados del agua y vueltos a su medio natural, perfectamente puede decirse que don Quijote y Sancho volvieron a ser bestias: recurso tan irónicamente cervantino como el previo «más mojados que muertos de sed» para decirnos que habían tragado mucha agua. Creo que el pasaje tiene una interpretación así de simple, y como diría el italiano, se non è vero, è ben trovato.


Enrique Suárez Figaredo
Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan

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LA CONDENA A GALERAS DE TIRANTE EL BLANCO


En el cap. VI de la Primera Parte del Quijote, que trata «Del donoso y grande escrutinio que el cura y el barbero hicieron en la librería de nuestro ingenioso hidalgo», se menciona al libro de caballerías Tirante el Blanco en un pasaje que fue calificado por Diego Clemencín como el «más obscuro del Quijote». Leámoslo (y diseccionémoslo) en la primera de las ediciones estampadas por Juan de la Cuesta:

Valame Dios, dixo el cura, dando vna gran voz, que aqui esté [1] Tirante el Blanco: Dadmele aca compadre, que hago cuenta que he hallado en el vn tesoro de contento, y vna mina de passatiempos. Aqui está don Quirieleyson de Montaluan, valeroso cauallero, y su hermano Tomas de Montaluan, y el cauallero Fonseca, [2] con la batalla que el valiente Detriante [3] hizo con el Alano, y las agudezas de la donzella Plazerdemiuida, con los amores, y embustes de la viuda Reposada, y la señora Emperatriz, enamorada de Ipolito su escudero. Digoos verdad, señor compadre que por su estilo, es este el mejor libro del mundo: aqui comen los caualleros, y duermen, y mueren en sus camas, y hazen testamento antes de su muerte: con estas [4] cosas, de que todos los demas libros deste genero carecen. Con todo esso [5] os digo, que merecia el que le compuso, pues no [6] hizo tantas necedades de industria, [7] que le echaran a galeras, [8] por todos los dias de su vida: Lleuadle a casa, y leedle, y vereys que es verdad quanto del os he dicho.


[1] Más cervantino sería leer ‘está’, y es una enmienda comúnmente aplicada por los editores modernos. La avala un muy similar pasaje del cap. XXV de la Segunda Parte:
Cuerpo de tal, dixo el ventero, que aqui está el señor masse Pedro, buena noche se nos apareja.


[2] Sólo aparece una vez en el libro: ‘Primeramente salió la bandera del emperador, llevada por un caballero que se llamaba Fonseca sobre un grande y maravilloso caballo todo blanco’ (cap. CXXXII). Sólo se me ocurre que Cervantes quisiese ridiculizar el dar nombre a personajes del todo irrelevantes, que es algo que he visto en algunos libros de caballerías. Aquí viene de molde lo que don Quijote dirá de un personaje del Amadís de Gaula: ‘Gasabal, escudero de don Galaor, que … sola una vez se nombra su nombre en toda aquella tan grande como verdadera historia’ (cap. XX).

[3] Manifiesta errata por ‘de Tirante’. Increíblemente, se mantuvo en todas las ediciones posteriores hasta finales del siglo XVIII, que fue introducida por John Bowle.


[4] También se leía ‘estas’ en las oportunistas ediciones lisboetas del mismo año (Jorge Rodríguez y Pedro Crasbeek). A partir de ahí se impuso ‘otras’. La expresión ‘con otras cosas que…’ es muy cervantina, lo cual avala lo acertado de la enmienda, y más si diésemos por cierto que la segunda impresión de Cuesta incorporó correcciones introducidas por el autor; pero incluso quien defiende tal intervención opta por mantener la lectura primitiva aduciendo que «resulta perfectamente inteligible».


[5] Muletilla para introducir una contradicción, algún inconveniente a lo manifestado justo antes. El cura recupera el papel de severo juez del que por unos momentos se había desprendido.


[6] Hartzenbusch propuso eliminar la negación creyendo aclarar así el pasaje. ¡Ah! Las enmiendas consistentes en añadir o quitar vocablos suelen ser rechazadas por los otros editores, en especial cuando alteran diametralmente la interpretación, como es el caso.


[7] Expresión en desuso. Hoy diríamos ‘ingeniosamente’. Si fuese con mal fin, ‘maliciosamente’.


[8] La condena por varios años a remar en las galeras del Rey era lo habitual para muchos delitos. Martín de Riquer, entusiasta del Tirante e insigne comentarista del Quijote, propuso que esas ‘galeras’ sería el armazón empleado en la imprenta para ir recogiendo las líneas de texto que iba completando el componedor. En otras palabras: las bondades literarias de Tirante merecían más tiradas, más difusión. Otros editores mencionan tal interpretación, pero no se suman a ella.


Así que en el pasaje nos topamos de nuevo con el respeto reverencial al texto de la edición príncipe, esta vez unido a la sofisticada lectura de un pasaje que tiene una lectura recta: Tirante el Blanco no dejaba de ser un libro de caballerías, pero había en él elementos de verosimilitud como para conmutar la pena de muerte en la de trabajos forzados. Eso sí: a perpetuidad. El severo juez considera como atenuante la ‘industria’ (ingenio) de un autor que no incurrió en tantas necedades (disparates) como se leen ad nauseam en otros libros de caballerías.


Ahora bien, ¿qué juicio le merecía a Cervantes? No diferiría mucho. No se nos escape que es él quien propicia la salvación de Tirante cuando in extremis lo hace caer de las manos del ama:


Y sin querer cansarse más en leer libros de caballerías, mandó al ama que tomase todos los grandes y diese con ellos en el corral … Por tomar muchos juntos se le cayó uno a los pies del barbero…, y vio que decía: Historia del famoso caballero Tirante el Blanco.
Centrémonos en lo que tenemos a la vista. Cervantes nos presenta un eclesiástico que sabe más de libros de caballerías de lo que debiera y que no hace ascos a los pasajes con carga erótica que solían contener. Si aun el brazo eclesiástico sucumbía, ¿cómo podía salvarse el seglar? Véase en la Web RTVE a la Carta el primer episodio de la serie EL QUIJOTE, concretamente el intervalo 42:20- 45:10 minutos. Una imagen vale más que mil palabras. ¡Ah! El guion de aquella serie lo supervisó un tal Camilo José Cela.


Enrique Suárez Figaredo
Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan

LA INTERPRETACIÓN PERTINENTE DE “LANZA EN ASTILLERO”


No ha muchas semanas que, viendo en televisión un partido de fútbol, oí cómo el comentarista calificó de “inaudito” un gol de libre-directo ejecutado por un exquisito jugador argentino. El muy pícaro había lanzado el balón por debajo de la barrera y ajustado a la base del poste: no por arriba y al ángulo superior, como en él es habitual. Así que cuando oí “inaudito en él” pensé que el comentarista quiso decir “inédito en él”, y lo justifiqué diciéndome que a un exfutbolista no podía exigírsele el habla de un académico. Los hablantes de una lengua solemos hacer diabluras con ella, y en ocasiones el uso común sale vencedor frente a la etimología (para desesperación de los puristas). Así que no sería yo quien ajusticiase al comentarista. ¿Cuántos de nosotros decimos “delante mío” en vez de “delante de mí”? En las lenguas vivas, la ley del uso común es implacable, y a ella finalmente han de someterse, por las buenas o por las malas, los diccionarios.

A lo que vamos. En su traducción del Quijote al castellano actual (2015), Andrés Trapiello había sustituido “lanza en astillero” por “ya olvidada”; pero después, tras consultar diversas fuentes, en su artículo En Astillero (El País-Opinión-03/06/2016), considerando que “Del significado de una sola palabra depende la interpretación de fondo, literaria y filosófica, del Quijote, nuestro libro más importante”, dio en que había de leerse “casi a punto”, pues aquel hidalgo de aldea “era a la sazón un caballero en astillero, o sea, a punto de serlo”), y se preguntó: “¿Para qué demonios iba a querer Alonso Quijano todo un astillero para una sola lanza? ¿No le habría bastado con dejarla detrás de la puerta?”. Pues bien, esa interpretación me parece, además de inédita, inaudita.


Empezaré por decir que Cervantes no describió el dichoso astillero, pero bien se entiende que una casa de aldea no es el cuarto de armas de una compañía de lanceros: una sola lanza no requería más de dos o tres ganchos clavados en la pared a distancia acorde a la longitud del astil. La RAE no recogió “astillero” hasta 1770 (!!!), pero Lorenzo Franciosini lo describió perfectamente en 1620 en su Vocabolario Italiano e Spagnolo: “rastrello dove si tegnon attacate l’arme inhasta, como picche . labarde”. En mi despacho, patente a la vista, junto a un acerado don Quijote, tengo un Winchester-1876 (de imitación) attaccato en un artístico y discreto rastrello hecho con dos balas. ¿Acaso había de tenerlo en el fondo de un armario sepultado por los abrigos? Que un hijo-de-algo aldeano conserve una vieja lanza en su correspondiente astillero, no “detrás de la puerta”, evidencia el melancólico y orgulloso recuerdo de los hechos de sus antecesores.


Bien es verdad que Andrés Trapiello acabó cediendo en lo siguiente: “Incluso, por darle la razón a Rico (lo que más le gusta), en su lancera”. ¡Ah! ¡Claro que sí! Sin encomendarnos ni a rey ni a roque, la modestísima Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan, en nuestra adaptación Las Aventuras de don Quijote de la Mancha nunca así contadas, presentamos “un hidalgo de los de lanza y escudo en la pared”. Eso es lo bueno de una adaptación libérrima, porque “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos”.


¡Cómo somos los anotadores del Quijote! Con aquello de se non è vero, è ben trovato, bajo cada piedra pretendemos haber descubierto lo que a otros les pasó por alto. Bien decía Francisco Rodríguez Marín un siglo atrás, en su edición profusamente anotada: “Por lo que hace a las notas, cuido en ellas con mucho empeño de defender a Cervantes, no de sus enemigos, que ya no los tiene, sino de sus amigos: de los anotadores, que acá y allá quisieron enmendarle la plana, siendo así que sabían menos que él, o no conocían como él las costumbres y el habla de su tiempo”.

En fin, no comulgo con que del astillero de don Quijote penda “la interpretación de fondo, literaria y filosófica, de… nuestro libro más importante”. Ahora bien, quien esto escribe está tan lejos del infalible pontificado, que desde aquí admite su merecida inclusión en el denostado paquete de “los anotadores”: mi tejado también es de vidrio, como el del más pintado.


Enrique Suárez Figaredo
Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan