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«El Quijote es, entre otras cosas, nuestro campo de entrenamiento para
aprender métodos de aproximación a Dickens, Flaubert, etcétera»
(Vladimir Nabokov, “Curso sobre el Quijote”)
«A lo largo de todas las demás novelas que leamos, el Quijote,
en cierto modo, seguirá estando con nosotros»
(Vladimir Nabokov, “Curso sobre el Quijote”)
¿Ganó o perdió el hidalgo más famoso de la literatura? Un profesor ruso enamorado de las mariposas, del ajedrez y de Cervantes se sentó a contar, uno por uno, los 40 combates del Caballero de la Triste Figura. El resultado, digno de una final de infarto, lleva setenta años esperando a que alguien le encuentre refutación
Todo el mundo cree conocer a don Quijote. El pobre hidalgo que confunde molinos con gigantes, que sale siempre apaleado, que es la viva imagen del fracaso noble. Es la idea que arrastramos desde el colegio: un perdedor entrañable.
Pues bien, esa idea es, estadísticamente, falsa.
En 1951, en un aula de la Universidad de Harvard, un profesor con acento eslavo y fama de excéntrico —el mismísimo Vladimir Nabokov, el que posteriormente sería el autor de Lolita— hizo algo que a ningún cervantista se le había ocurrido antes: contar. Cogió las dos partes del Quijote, marcó cada aventura como quien anota un partido de tenis, y llegó a una cifra que aún hoy sorprende.
Nabokov no encontró un fracasado. Encontró un empate perfecto. Fue el marcador que nadie esperaba.
40 encuentros. 20 victorias. 20 derrotas. Ni una más, ni una menos. Y el desglose es todavía más elegante: 13 a 13 en la Primera Parte, 7 a 7 en la Segunda. Nabokov, que también era aficionado al tenis, no pudo resistirse a describirlo con el lenguaje de un partido reñido: 6-3, 3-6, 6-4, 5-7, empleando la terminología del antiguo juego court tennis (el antepasado de nuestro tenis) que aparece citado por escritores de diferentes épocas: Erasmo de Rotterdam, Rabelais, Shakespeare o Montaigne.
Un caballero al 50%. Ni la ruina absoluta que canta la leyenda popular, ni el héroe invencible que él mismo soñaba ser.
El truco que empleó Nabokov: no todo golpe se mide con la lanza. Aquí está la genialidad —y la trampa deliciosa— del recuento. Nabokov no se limita a contar palizas físicas. De esas 20 victorias, 12 son morales: momentos en los que don Quijote no vence con la espada, sino con la palabra, con la autoridad de su locura lúcida, con su sola presencia.
¿Ejemplos? Cuando impone respeto con su discurso ante Marcela. Cuando su elocuencia en la mesa logra que una mesa entera de doce comensales le escuche embelesada hablando de armas y letras. Cuando, encerrado en una jaula como una fiera, aun así, consigue que su dignidad se imponga al ridículo.
Físicamente, solo hay ocho triunfos limpios —el vizcaíno ensangrentado, los frailes puestos en fuga, el gigante Tosilos rendido—. El resto de la leyenda «vencedora» se la debe don Quijote a su lengua y su mente, no a su brazo.
Aquí tienes el combate completo, capítulo a capítulo, tal y como lo contabilizó Nabokov:
| # | Aventura | Resultado |
| Q I, 3 | La vela de las armas | Victoria |
| Q I, 4 | El muchacho azotado (Andrés) | Victoria moral |
| Q I, 4 | El encuentro con los mercaderes toledanos | Derrota |
| Q I, 7 | La primera batalla soñada (Don Roldán) | Derrota |
| Q I, 7 | Sancho se une como escudero | Victoria moral |
| Q I, 8 | Molinos de viento | Derrota |
| Q I, 8 | Frailes y coche de dama | Victoria |
| Q I, 8-9 | El vizcaíno | Victoria |
| Q I, 14 | Marcela | Victoria moral |
| Q I, 15 | Arrieros yangüeses | Derrota |
| Q I, 16-17 | Arriero celoso (Maritornes) | Derrota |
| Q I, 17 | Cuadrillero de la Santa Hermandad | Derrota |
| Q I, 18 | Rebaños de ovejas | Derrota |
| Q I, 19 | Procesión funeraria | Victoria |
| Q I, 20 | Los batanes | Derrota |
| Q I, 21 | Yelmo de Mambrino | Victoria |
| Q I, 22 | Liberación de los galeotes | Victoria (con secuela amarga) |
| Q I, 24 | El caballero astroso (Cardenio) | Derrota |
| Q I, 35-37 | Los cueros de vino (segunda batalla soñada) | Victoria (onírica) |
| Q I, 37-38 | Discurso de armas y letras | Victoria moral |
| Q I, 43 | La garrucha | Derrota |
| Q I, 44 | Ventero tramposo | Victoria moral |
| Q I, 45 | Trifulca en la venta | Victoria moral |
| Q I, 46 | Enjaulado en el carro de bueyes | Derrota |
| Q I, 52 | Pelea con el cabrero Eugenio | Derrota |
| Q I, 52 | Procesión de la Virgen | Derrota |
| Q II, 14-15 | Caballero de los Espejos (Carrasco I) | Victoria |
| Q II, 17 | Los leones | Victoria moral |
| Q II, 21 | Bodas de Camacho | Victoria |
| Q II, 25-26 | El Retablo de Maese Pedro | Victoria |
| Q II, 27-28 | Aldeanos rebuznadores | Derrota |
| Q II, 29 | La barca encantada | Derrota |
| Q II, 34 | La caza del jabalí | Victoria |
| Q II, 41 | Clavileño, el caballo volador | Victoria moral |
| Q II, 46 | Los gatos encantados | Derrota |
| Q II, 48 | Los pellizcos de Altisidora | Derrota |
| Q II, 54-56 | El lacayo Tosilos | Victoria |
| Q II, 58 | Los toros | Derrota |
| Q II, 60 | Pelea con Sancho por los azotes | Derrota |
| Q II, 64-65 | Caballero de la Blanca Luna (Carrasco II) | Derrota final |
Si te fijas en el final, está escrito de antemano. La que hace el número cuarenta no es una derrota cualquiera: es la que cierra la cuenta. Sansón Carrasco, disfrazado de Caballero de la Blanca Luna, vence a don Quijote en la playa de Barcelona y le obliga a colgar las armas para siempre. Es la derrota que da fin a la caballería andante del hidalgo. Y, sin embargo, el marcador global sigue empatado: 20-20. Cervantes —o el destino o Nabokov, que aquí hace también de árbitro— no deja que la última imagen sea la del fracaso puro. La deja en tablas.
Este recuento, que parece un ejercicio frívolo, importa mucho, porque desmonta, número en mano, uno de los tópicos más repetidos sobre el Quijote: que es la historia de un iluso que siempre pierde. No es así. Es la historia de un hombre que gana la mitad de sus batallas y, cuando es derrotado en lo físico, casi siempre gana el argumento.
Nabokov no encontró un antecedente a su trabajo —él fue el primero en sentarse a contar— y desde entonces nadie ha propuesto una cuenta distinta. Su 20-20 sigue siendo, setenta años después, la única aritmética oficial de las hazañas del ingenioso hidalgo.
Llegados a este punto del artículo, preciso hacer dos apuntes, el primero es que habiendo comentado este cómputo con mi buen amigo y compañero Luis Miguel Román Alhambra, me hace unas precisiones sobre la lectura de Nabokov con las que estoy perfectamente de acuerdo y que por su interés paso a enumerar:
1.- En la primera batalla soñada, Nabokov se centra en que don Quijote mantiene en sueños una batalla con don Roldán de la que sale malparado:
«—Herido, no —dijo don Quijote—, pero, molido y quebrantado, no hay duda en ello, porque aquel bastardo de don Roldán me ha molido a palos con el tronco de una encina, y todo de envidia, porque ve que yo solo soy el opuesto de sus valentías. Mas no me llamaría yo Reinaldos de Montalbán si, en levantándome de este lecho, no me lo pagare, a pesar de todos sus encantamientos; y, por ahora, tráiganme de yantar, que sé que es lo que más me hará al caso, y quédese lo del vengarme a mi cargo».
(Q I, 7)
Sin dejar de ser cierto que ocurre así en la novela, Luis Miguel Román nos apunta que en ese mismo capítulo hay otra batalla perdida que no ha contabilizado el escritor ruso nacionalizado norteamericano y es la del sabio Frestón (o cura, o barbero, o sobrina o ama), quien aprovecha su estancia en la cama recuperándose de sus heridas para «escamotearle», sin oposición alguna, el aposento de sus libros, ofreciéndole una severa derrota y dándole el trabajo casi hecho al encantador enemigo suyo:
«—No era diablo —replicó la sobrina—, sino un encantador que vino sobre una nube una noche, después del día que vuestra merced de aquí se partió, y, apeándose de una sierpe en que venía caballero, entró en el aposento y no sé lo que se hizo dentro, que a cabo de poca pieza salió volando por el tejado y dejó la casa llena de humo, y, cuando acordamos a mirar lo que dejaba hecho, no vimos libro ni aposento alguno; sólo se nos acuerda muy bien a mí y al ama que, al tiempo del partirse aquel mal viejo, dijo en altas voces que, por enemistad secreta que tenía al dueño de aquellos libros y aposento, dejaba hecho el daño en aquella casa que después se vería; dijo, también, que se llamaba el sabio Muñatón.
—Frestón diría —dijo don Quijote.
—No sé —respondió el ama— si se llamaba Frestón o Fritón, sólo sé que acabó en ton su nombre.
—Así es —dijo don Quijote—; que ese es un sabio encantador, grande enemigo mío, que me tiene ojeriza, porque sabe por sus artes y letras que tengo de venir, andando los tiempos, a pelear en singular batalla con un caballero a quien él favorece, y le tengo de vencer sin que él lo pueda estorbar, y por esto procura hacerme todos los sinsabores que puede; y mándole yo que mal podrá él contradecir ni evitar lo que por el cielo está ordenado». (Q I, 7)
2.- Por lo que se refiere al «caballero astroso», tal como lo denomina Nabokov pareciendo otorgarle un título rimbombante, Cervantes jamás lo define de ese modo, sino que lo llama «astroso caballero» en el sentido de desastrado, llamándolo posteriormente también El Roto y Cardenio:
«Dice la historia que era grandísima la atención con que don Quijote escuchaba al astroso caballero de la Sierra, el cual, prosiguiendo su plática, dijo:
—Por cierto, señor, quienquiera que seáis, que yo no os conozco, yo os agradezco las muestras y la cortesía que conmigo habéis usado, y quisiera yo hallarme en términos que, con más que la voluntad, pudiera servir la que habéis mostrado tenerme en el buen acogimiento que me habéis hecho; mas no quiere mi suerte darme otra cosa con que corresponda a las buenas obras que me hacen, que buenos deseos de satisfacerlas». (Q I, 24)
3.- Lo que Nabokov llama «garrucha» (al encontrarlo similar a un tipo de tormento), resulta ser el cabestro o ronzal de Rucio, el jumento de Sancho, con el que Maritornes tras atárselo a la muñeca a don Quijote quedó colgado del agujero o piquera de la venta:
«—Ahora lo veremos —dijo Maritornes.
Y, haciendo una lazada corrediza al cabestro, se la echó a la muñeca, y, bajándose del agujero, ató lo que quedaba al cerrojo de la puerta del pajar muy fuertemente. Don Quijote, que sintió la aspereza del cordel en su muñeca, dijo:
—Más parece que vuestra merced me ralla que no que me regala la mano; no la tratéis tan mal, pues ella no tiene la culpa del mal que mi voluntad os hace, ni es bien que en tan poca arte venguéis el todo de vuestro enojo; mirad que quien quiere bien no se venga tan mal». (Q I, 43)
4.- En cuanto a la pelea con el cabrero Eugenio, Luis Miguel Román contradice a Nabokov y estima que esta batalla acaba en empate porque terminan ambos ensangrentados y molidos y al llegar los disciplinantes don Quijote le llama hermano y le pide tregua:
«…pero el que más se alborotó de oírle fue don Quijote, el cual, aunque estaba debajo del cabrero, harto contra su voluntad y más que medianamente molido, le dijo:
—Hermano demonio, que no es posible que dejes de serlo, pues has tenido valor y fuerzas para sujetar las mías, ruégote que hagamos treguas, no más de por una hora, porque el doloroso son de aquella trompeta que a nuestros oídos llega me parece que a alguna nueva aventura me llama.
El cabrero, que ya estaba cansado de moler y ser molido, le dejó luego, y don Quijote se puso en pie, volviendo asimismo el rostro adonde el son se oía, y vio a deshora que por un recuesto bajaban muchos hombres vestidos de blanco a modo de diciplinantes». (Q I, 52)
5.- Respecto a la caza del jabalí, episodio al que Nabokov otorga cierta importancia y sitúa a don Quijote «embrazando su escudo y con la lanza en la mano», su participación es testimonial ya que ni siquiera interviene directamente en el abatimiento del animal que muere atravesado por los venablos lanzados al menos por la duquesa y el duque:
«Y apenas habían sentado el pie y puéstose en ala con otros muchos criados suyos, cuando acosado de los perros y seguido de los cazadores vieron que hacia ellos venía un desmesurado jabalí, crujiendo dientes y colmillos y arrojando espuma por la boca, y, en viéndole, embrazando su escudo y puesta mano a su espada, se adelantó a recebirle don Quijote; lo mesmo hizo el duque con su venablo; pero a todos se adelantara la duquesa si el duque no se lo estorbara». (Q II, 34)
Y tras manifestarles mi humildad como simple lector y aficionado al Quijote frente a la autoridad de un crítico como Vladimir Nabokov, paso a referirles el segundo apunte que me permito incluir. Si en setenta años nadie se ha atrevido a revisar su recuento, quiero aportar, con el máximo respeto, el resultado de cuatro batallas más que su reflexiva comprobación no contempló, se le pasaron por alto o quizá no las tuvo por posibles batallas.
Estos no son lances de espada ni de lanza, sino combates librados a fuerza de palabras, de dignidad y de razón, que también forman parte, y no de manera menor, del marcador vital de don Quijote. Voy a relacionarlas en el orden en que Cervantes las fue escribiendo, de la Primera a la Segunda Parte.
| Capítulo | Aventura | Resultado |
| Q I, 47-50 | La discusión con el canónigo sobre los libros de caballerías | Victoria dialéctica |
| Q II, 16-18 | La discusión con el Caballero del Verde Gabán sobre la poesía de su hijo | Victoria dialéctica |
| Q II, 62 | La aventura de la cabeza encantada | Victoria moral |
| Q II, 72 | La declaración de don Álvaro Tarfe ante el alcalde | Victoria moral (crepuscular) |
Q I, 47-50 — La discusión con el canónigo sobre los libros de caballerías
De vuelta a la aldea, enjaulado como una fiera en un carro de bueyes tras la burla del cura y el barbero, don Quijote se cruza con un canónigo de Toledo que ataca sin piedad los libros de caballerías: los llama fábulas sin verosimilitud ni provecho, duras de estilo e increíbles en sus hazañas.
Don Quijote, que lo escucha «atentísimamente», responde con una defensa en tres tiempos —histórica, poética y moral— tan lúcida que el propio canónigo, hombre culto y hasta entonces crítico feroz del género, queda admirado de que un preso razone mejor que muchos hombres libres. Es derrota física absoluta —sigue enjaulado— pero una victoria dialéctica absoluta: el cuerpo preso, la palabra libre. El primer gran triunfo de don Quijote como orador, anuncio de lo que será la Segunda Parte:
«Si no, díganme también que no es verdad que fue caballero andante el valiente lusitano Juan de Merlo, que fue a Borgoña y se combatió en la ciudad de Ras con el famoso señor de Charní, llamado mosén Pierres, y después, en la ciudad de Basilea, con mosén Enrique de Remestán, saliendo de entrambas empresas vencedor y lleno de honrosa fama. Y las aventuras y desafíos que también acabaron en Borgoña los valientes españoles Pedro Barba y Gutierre Quijada (de cuya alcurnia yo deciendo, por línea recta de varón), venciendo a los hijos del conde de San Polo».
Q II, 16-18 — La discusión con el Caballero del Verde Gabán sobre la poesía de su hijo
Don Diego de Miranda, hidalgo sensato y de vida ordenada, confía a don Quijote su preocupación: su hijo Lorenzo pierde el tiempo en versos y él querría verlo dedicado a algo más provechoso. Don Quijote responde con una de sus páginas más celebradas, la definición de la poesía como «doncella tierna» que no debe venderse ni prostituirse, y aboga por dejar que el muchacho siga su vena poética, eso sí, pulida con las demás ciencias.
El efecto es inmediato: el Verde Gabán, modelo de cordura, «va perdiendo la opinión de que era mentecato», le abre su casa y hasta su hijo poeta acaba admirado. Sin jaula, sin burla, sin encantamiento: es, quizá, la victoria más limpia de razón y de palabra de toda la Segunda Parte, donde queda para el recuerdo la gran frase:
«—Los hijos, señor, son pedazos de las entrañas de sus padres, y, así, se han de querer, o buenos o malos que sean, como se quieren las almas que nos dan vida; a los padres toca el encaminarlos desde pequeños por los pasos de la virtud, de la buena crianza y de las buenas y cristianas costumbres, para que, cuando grandes, sean báculo de la vejez de sus padres y gloria de su posteridad; y en lo de forzarles que estudien esta o aquella ciencia no lo tengo por acertado, aunque el persuadirles no será dañoso; y cuando no se ha de estudiar para pane lucrando, siendo tan venturoso el estudiante, que le dio el cielo padres que se lo dejen, sería yo de parecer que le dejen seguir aquella ciencia a que más le vieren inclinado, y aunque la de la poesía es menos útil que deleitable, no es de aquellas que suelen deshonrar a quien las posee».
Q II, 62 — La aventura de la cabeza encantada
En Barcelona, don Antonio Moreno somete a don Quijote a la burla de una supuesta cabeza de bronce adivinatoria —en realidad, es un sobrino suyo con un tubo de lata oculto bajo la mesa—. Cervantes, a diferencia de Avellaneda, no deja al lector en vilo: explica el truco con todo detalle. Don Quijote no es del todo crédulo —«estuvo por no creer a don Antonio»—, y sale de la burla reforzado en lo único que le importa: la cabeza le asegura que el desencanto de Dulcinea llegará.
No hay derrota caballeresca posible porque no hay combate: es una victoria moral menuda, un consuelo íntimo, pocos días antes de la derrota definitiva en la playa frente al Caballero de la Blanca Luna.
Q II, 72 — La declaración de don Álvaro Tarfe ante el alcalde
Ya de vuelta hacia su lugar derrotado por Sansón Carrasco, don Quijote se topa con don Álvaro Tarfe, personaje robado por Cervantes a la apócrifa Segunda Parte de Avellaneda. Lejos de retarlo con la lanza, don Quijote le pide algo nuevo en toda la novela: que declare ante el alcalde del lugar que él es el verdadero don Quijote y no el impostor de la obra apócrifa. Tarfe firma, «de muy buena gana», y don Quijote y Sancho quedan «muy alegres».
Es una victoria de identidad, no de armas; una victoria cervantina, no quijotesca —necesita que otro la certifique—, pero es la única vez que el mundo oficial le da la razón. Una victoria crepuscular que le permite, poco después, morir siendo él mismo.
Termino indicando que no pretendo, ni de lejos, discutirle la aritmética a Nabokov: su empate a veinte sigue siendo, con toda justicia, la cuenta oficial y canónica de las hazañas del ingenioso hidalgo. Si él opinaba del Quijote ante sus alumnos «…y he expresado mi negativa a considerarla como una obra humana y humorística» (Curso sobre el Quijote), yo —que a mi juicio encuentro el Quijote como una gran obra de humanidades— también puedo valorar su opinión y añadir lo que entiendo que él pasó por alto en su desapasionada lectura.
Pero si estas cuatro batallas que he añadido y que acaban en victoria tienen algo en común es que confirman, desde otro ángulo, lo que el propio Nabokov ya intuyó: que las victorias más duraderas de don Quijote casi nunca las gana el brazo, sino la palabra y la dignidad.
Sea como fuere, ahí quedan, por si alguien, más autorizado que este modesto aficionado, quiere alguna vez incorporarlas a la cuenta.
Constantino López Sánchez-Tinajero
Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan





























