Cervantes y el Gran Conde de Lemos

ADA, C. 70-7

A mis amigos de la Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan

Manuela Sáez González

El interés por conocer la relación entre Cervantes y el VII conde de Lemos, don Pedro Fernández de Castro, ha sido constante entre los investigadores y un incentivo para lograrlo. Yo me ocupo del estudio de la casa de Lemos desde hace casi cuarenta años y, a pesar de los muchos archivos que he visitado, tanto en España como en Italia, no he conseguido ninguna información sobre el mecenazgo del noble y el afecto que hacia él manifestó el insigne escritor, como está demostrado por los muchos libros que le dedicó: Novelas Ejemplares; El Quijote; Trabajos de Persiles y Segismunda. Todavía, no desfallezco en el intento, pues en numerosas ocasiones los investigadores hallamos, por casualidad, valiosos documentos que no están relacionados con los temas que estamos investigando.

Hace algún tiempo, hallé en el Archivo de la casa ducal de Alba (ADA, C. 70-7) un documento bajo el epígrafe: «Lemos 1805. Noticias sobre Cerbantes y su esclarecido Mecenas Dn. Pedro Fernández Ruiz de Castro, conde de Lemos, etc. y sobre su hermano y sucesor Dn. Francisco Ruiz de Castro, ò Fray Agustín de Castro». Llamó mi interés este documento por cumplirse ese año el II centenario de la publicación de la primera parte del Quijote. En él se hace mención a un informe que el secretario de la Real Academia, señor Navarrete – [Martín Fernández de Navarrete (1765-1844)]  – solicitó al archivo del duque de Alba noticias de ambos

del nunca ponderado Dn. Miguel de Zerbantes; para ilustrar más su vida, y la de su esclarecido Mecenas el Exmo. Sor. Dn. Pedro Fernández Ruiz de Castro, 7º Conde que fue de los Lemos, para formar el Sumario de la vida de hombre tan grande, que ha de servir en la colección de varones ilustres de España que se está publicando.

Sin embargo, a pesar de que el “archivero” inspeccionó «con el mayor cuidado» todos los legajos que pudieran contener información sobre esta cuestión, orientados a dar satisfacción a la solicitud del secretario, no encontró ningún testimonio que hiciera referencia a la relación entre Cervantes y Lemos y, sugiere la posibilidad de que los documentos hubiesen desaparecido en el incendio acaecido en el palacio de los condes en Monforte en el año de 1672[1]. Yo no estoy de acuerdo con esta suposición que, muchos historiadores dan como “probable” cuando no hallan un resultado satisfactorio de los documentos relacionados con el Gran Conde de Lemos. En primer lugar, doña Catalina de la Cerda y Sandoval, VII condesa, cuando profesó en 1634 ya viuda, en el convento monfortino de monjas clarisas de la orden franciscana que ella y su marido habían fundado, llevó consigo los “papeles” personales de don Pedro. Por otro lado, en una carta que el conde le escribe a su madre desde Nápoles el 3 de septiembre de 1610 le pide mande construir «en la vara de la fortaleza[2] de Monforte vna pieza que sirviese de archivo para tener recogidos y seguros nuestros papeles». Posteriormente, le da instrucciones con respecto a su construcción.

Archivo de piedra y bobeda.

Este archivo se abría de hazer en la  vara de la fortaleça como lo tengo escrito y el suelo y el techo an de ser de piedra y las ventanas de hierro o guarnecidas de chapas, y la puerta otro que tal y en las paredes se podrían enbeber vnos cajones de hierro donde estuviesen los papeles de manera que no aya peligro de fuego por ningún camino y yo señora no aguardaría mejor occasión ni más comodidad que la pressente porque esta fábrica nos costará pocos ducados y será de grande importancia tener en parte segura los papeles de nuestra cassa que son el mayor tesoro que tenemos.

Todo esto me induce a considerar que los documentos no desaparecieron en el incendio del palacio porque, o bien se encontraban en este habitáculo “ignífugo” o ya habían sido retirados por la condesa cuando entró en religión.

Me extraña y llama la atención el informe que expone el “archivero” haciendo referencia al conde y a Cervantes: «quien es público à los literatos que tubo en su compañía en la Italia al célebre Cerbantes hasta que el año de 1616 regresó a España en cuio año murió Cervantes». De todos es conocido el interés que el escritor tenía de ir a Nápoles y que no pudo acompañar al conde por no haber sido “aceptado”, supuestamente, por los Argensola encargados de hacer la elección, así como la desilusión y pena que mostró Cervantes por no poder acompañar a su mecenas y amigo. Tampoco había leído la «carta dedicatoria» del escritor a Lemos, cuatro días antes de morir en la obra: Trabajos de Persiles y Segismunda

…llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir, y quisiera yo ponerle coto hasta besar los pies a Vuesa Excelencia: que podría se fuese tanto el contento de ver a Vuesa Excelencia bueno en España, que me volviese a dar la vida.

Continúa haciendo un análisis resumido de algunos acontecimientos importantes en la vida pública de Lemos. Señala que, en 1601, don Pedro era marqués de Sarria, como hijo primogénito, gentilhombre de su Majestad y caballero de la orden de Alcántara, de la encomienda de Santibáñez. El hecho de mencionar que en esa fecha era marqués responde a haber recogido este testimonio antes del fallecimiento de su padre ocurrido el 19 de octubre del dicho año[3].

Resalta el año de 1606 con motivo del privilegio que el rey Jacobo I de Inglaterra concedió en abril de ese año, a Lemos, como caballero «de alta guisa», de dos halcones y cuatro perros «leporarios[4]» cada año, de los mejores que hubiera en Inglaterra, para el conde y para sus descendientes varones. Este privilegio había sido otorgado, en principio, por los reyes ingleses a don Fernando Ruiz de Castro, I marqués de Sarria y IV conde de Lemos, después de la muerte de su madre en 1570. Don Pedro había pedido a Charles Howard, conde de Nottingham, que se encontraba en Valladolid en 1605 para ratificar el tratado de paz anglo-español firmado en Londres el 28 de agosto del año anterior, que intercediese a su favor ante el rey Jacobo para que le fuese devuelto el privilegio que los reyes ingleses habían concedido a su bisabuelo, don Fernando Ruiz de Castro, I marqués de Sarria. Los reyes ingleses entonces: Felipe II y María Tudor, habían otorgado a dicho don Fernando el privilegio de recibir cada año cuatro halcones y algunos lebreles escoceses de los mejores que hubiera.

El rey don Felipe había mantenido muy buena relación con el IV conde de Lemos, con él sostuvo importante correspondencia durante su estancia en Roma, siendo este embajador de España durante el papado de Paulo IV, aliado con los franceses para expulsar a los españoles de Italia y, muy en particular, de Nápoles. Años más tarde, el XI conde de Lemos, don Ginés Fernández Ruiz de Castro, encontrándose en Puentedeume, solicitó, el 6 de enero de 1692, al contador mayor Tomás Antonio de Azua, le enviase de Monforte

los «privilegios y confirmaciones» que los reyes ingleses habían concedido a la casa de Lemos sobre los halcones y perros leporarios. El día 16 se remitieron los papeles «tocantes a ello a fin de que el Conde mi señor lograse de este Rey presente [Guillermo III de Inglaterra] la confirmación de lo mismo que es el motivo con que los pidió»[5].

El mismo documento hace alusión a que en 1610, estando ya en posesión de los condados de Lemos, Andrade, Villalba, etc. siendo comendador de la Zarza, así como presidente del Consejo de Indias[6], el Rey teniendo en cuenta los buenos servicios y sus «extraordinarias cualidades, etc. (palabras que vierte el diploma) le nombró Virrey Capitán General del Reyno de Nápoles: Y en el mismo año tomó carta de Hermandad del General de la Camándula[7] de Sn. Romualdo».  

No hace mención de los excelentes servicios que Lemos había realizado en el virreinato de Nápoles: sanear la Hacienda Real, luchar contra la corrupción, ensalzar la vida del Monarca, proyectando la imagen del Rey en su persona, dando la visión de un hombre virtuoso y poderoso con las representaciones  de los festejos que se llevaron a cabo en Nápoles: festividad de san Juan Bautista, celebraciones del acuerdo matrimonial entre el príncipe Felipe (Rey Felipe IV) y la princesa Isabel de Francia…. El conde siempre interpuso el servicio a la corona a ningún otro, incluso al del Papa, no dudó en enfrentarse al papado cuando tuvo que hacer frente a los privilegios que su santidad quería apropiarse. Durante su virreinato patrocinó las letras, las artes y la ciencia. Fue cofundador, junto a Giovan Battista Manso, de la “Academia Napolitana de los Ociosos a la que acudían un gran número de intelectuales afincados en Nápoles y algunos españoles, e instituyó otra Academia en palacio, en la que se hacían representaciones “de repente” y participaban los intelectuales españoles, concluían con la “corrida de un toro” lidiada por algún intrépido militar poco hábil en este arte. A estas representaciones asistían invitadas la nobleza española y napolitana.

En 1615, Felipe III quiso recompensar lo bien que le había servido y le nombró Presidente del Supremo Consejo de Italia distinguiéndole

en el nombramiento con singularísimas relevantes expresiones, y sobre manera con las de que descargaba en su instrucción y prudencia las materias arduas que en el Supremo Tribunal se tratan, concernientes à la paz, justicia y buen gobierno de los Estados de Nápoles, Sicilia y Milán.

Detalle del título Presidente del Consejo de Italia, ADA. C-87-6

A continuación, expone que el 8 de junio[8] [julio] de 1616, abandonando el virreinato de Italia, el Rey nombró por interino a su hermano don Francisco hasta la llegada del duque de Osuna.

Prosigue notificando el fallecimiento de Lemos en Madrid, el 19 de octubre de 1622. Don Pedro había emprendido viaje a la capital para visitar a su madre que se encontraba gravemente enferma, durante el trayecto el conde enfermó y su madre se recuperó. Nuevamente, el «archivero» no recoge los motivos por los que tuvo que abandonar la Corte en 1618 y regresar a sus estados de Galicia. Su hermano le hizo solemnes funciones fúnebres en Monforte con la asistencia del obispo de Lugo, de su cabildo, de varios abades mitrados, de muchos sacerdotes y de caballeros del Reino de Galicia.

 La última parte está orientada a exponer, brevemente, la vida de su hermano, don Francisco Ruiz de Castro, su sucesor por falta de descendencia de don Pedro. Elogia sus títulos: VIII conde de Lemos, Andrade y Villalba, conde de Castro y duque de Taurisano; estos dos últimos por su mujer, la Excelentísima señora doña Lucrecia Gattinara de Legnano; asimismo fue del Consejo de Estado y Guerra, comendador de Hornachos de la orden de Santiago, virrey de Nápoles y Sicilia, embajador ordinario en Roma y capitán general del reino de Galicia [Sicilia][9]. Desempeñó con gran satisfacción sus nombramientos como se señalaba «en muy repetidas cartas, que le consideraban por uno de los hombres de más mérito de la Nación».

Después de la muerte de su madre, y viudo desde 1623, deseó entrar en religión en el monasterio de Sahagún de la orden benedictina. El 15 de septiembre de 1629, el rey Felipe IV le autorizó a tomar el hábito en esta orden, después de renunciar a su «casa, estado y mayorazgo» a favor de su hijo, el conde de Andrade; tres días más tarde, cambió su nombre por el de «fray Agustín de Castro». Profesó el 1 de septiembre del siguiente año. Falleció en el monasterio benedictino de San Juan de Burgos, después de un frustrado viaje que pensaba realizaba a Roma al monasterio de Montserrat donde «nuestro padre san Benito hizo la primera penitencia y recibió de Dios nuestro señor y bebió el hespíritu de Santidad», habiendo recibido previamente autorización del cardenal Barberini y licencia del Papa para llevarlo a cabo. No pudo realizar este viaje por no haber recibido licencia del general de la congregación de san Benito en España; el 3 de mayo le prohibió la salida del reino y lo mismo hizo el Rey por indicación de los benedictinos. Fray Agustín suspendió la salida obedeciendo al monarca, después se trasladó a San Pedro de Cardeña y de Arlanza. A finales de agosto enfermó de gravedad y fue llevado a curar a San Juan de Burgos, donde falleció la noche del 31 de agosto al 1 de septiembre de 1637.Fue sepultado en la capilla del capítulo que está en el Claustro de dicho Convento. Su hijo, don Francisco Ruiz de Castro, solicitó su cuerpo para ser trasladado a Monforte y en el mes de enero de 1638 sus restos fueron trasladados al monasterio benedictino de Monforte de Lemos

donde se sacó en virtud de Breve del Señor Nuncio, y llevó su cuerpo à el de Sn Vicente de Monforte, dando este placer à la orden, no obstante estar en otras los panteones de la Casa. Todo resulta auténticamente como que los monges de Sahagún, los de Arlanza, donde también estubo, y sus deudos hicieron todos vivas diligencias por llevarse el Santo cadáver (expresiones con la de Sanctisimo y venerable que arrojan los papeles) resultando últimamente barias preguntas en vía de información para publicar sus virtudes.

En un documento que he hallado en ADA, C.176-16, señala que está enterrado: «devajo del Altar Mayor del Monasterio de San Vicente de Monforte de Lemos». Su lápida se encontraba, en el solado de la iglesia, en dicho monasterio, cerca del altar de la Virgen de Montserrat. Hace pocos años, en este siglo, fue retirada después de una restauración que hicieron y no se volvió a colocar. Triste respeto a un noble que dio su vida al servicio de la corona, de la iglesia y a su pueblo. No puedo dejar pasar esta ocasión sin reclamar su restitución al lugar donde debía estar. En la mayoría de iglesias, monasterios y catedrales italianas y también en algunas españolas, podemos ver con admiración lápidas de ilustres personajes y, en mi pueblo, Monforte, se ignora a este noble, vinculado con nuestra historia apareciendo su nombre con orgullo fuera de nuestras fronteras. Sirve de ejemplo una de las cuatro esquinas de la plaza «Vigliena o Quattro Canti», centro neurálgico de Palermo. La estatua representa el otoño.

Piazza Vigliena-Quattro Canti. Palermo

Finaliza el documento haciendo alusión a los progenitores de los VII y VIII condes de Lemos: don Fernando Ruiz de Castro y doña Catalina de Zúñiga; contrajeron matrimonio en 1574 en Madrid «en el Alcázar y Palacio Real en el aposento de la Reyna Da Ana, estando presente entre otros la madre del Rey Dn. Felipe, el presidente por Dn. Fr. Bernardo de Fresneda, el obispo de Córdoba, confesor de S. M. y fue en virtud de poder dado à Dn. Juan de la Cerda, duque de Medinaceli».

DOCUMENTO

ADA, 70-7

Lemos 1805

Noticias sobre Cerbantes, su mecenas y hermano

El célebre Cerbantes y su esclarecido mecenas Dn. Pedro Fernández Ruiz de Castro, conde de Lemos, etc. y sobre su hermano y sucesor Dn. Francisco Ruiz de Castro, ò Fray Agustín de Castro.

Según la situación que presenta todavía el Archivo del Exmo. Sor. Duque de Berwick  y Alba como Conde de Lemos, etc. Se han inspeccionado, con el mayor cuidado quantos legajos han parecido conducentes, à fin de satisfacer à lo expuesto en la papeleta, que el Sor Secretario dirigió al Archivo, sobre dar noticias del nunca ponderado Dn. Miguel de Zerbantes; para ilustrar más su vida, y la de su esclarecido Mecenas el Exmo. Sor. Dn. Pedro Fernández Ruiz de Castro,7º Conde que fue de Lemos, para formar el Sumario de la vida de hombre tan grande, que ha de servir en la colección de varones ilustres de España que se está publicando; más a pesar del reconocimiento nada se à encontrado con relación à Zerbantes, y quizá resultaría en los papeles que desaparecieron en la quema, que huvo en el Archivo de Monforte de Lemos el año de 1672, razón que se comunicó  en Enero de 1805 para el Sor. Navarrete, encargado por la Real Academia de la insinuada comisión: Más por lo que respecta al mencionado Señor Conde, (quien es público à los literatos que tubo en su Compañía en la Italia al célebre Cerbantes hasta que el año de 1616 regresò a España en cuio año murió Cervantes) aparece lo siguiente.

En 1601, quando ya era marqués de Sarria, como primogénito de los Señores de Lemos, Gentilhombre de S.M. [Su Majestad] y caballero de la orden de Alcántara recibió la Encomienda de Santibáñez de la misma orden.

En 1606, el Rey de Inglaterra concedióle privilegio como caballero de alta guisa para él y sus herederos varones de dos halcones y quatro perros leporarios en cada año los mejores del Reyno de Inglaterra.

En 1607, confiando S.M. de su talento le nombró procurador General de la citada orden con las más amplias facultades.

En 1610, poseyendo ya los Condados de Lemos, Andrade, Villalba, etc. siendo comendador de la Zarza, igualmente que presidente del Consejo de Indias, atendiendo su Magestad à sus superiores qualidades, etc. (palabras que vierte el diploma) le nombró Virrey Capitán General del Reyno de Nápoles: y en el mismo año tomó carta de Hermandad del General de la Camándula de Sn. Romualdo.

En 1615, por remunerar S.M. lo bien que le servía, le nombró Presidente del Supremo Consejo de Italia distinguiendo en el nombramiento con singularísimas relevantes expresiones, y sobre manera con las de que descargaba en su instrucción y prudencia las materias arduas que en el Supremo Tribunal se tratan, concernientes à la paz, justicia y buen gobierno de los Estados de Nápoles, Sicilia y Milán.

En 1616, à 8 de junio retirándose del Virreynato nombró de orden de S.M. por interino y hasta la llegada del Duque de Osuna a su hermano Dn. Francisco del que se hablará.

En 1622, à 19 de Octubre murió en Madrid: y dicho su hermano sucesor, resulta que le hizo en Monforte funciones fúnebres tan obstentosas que pocas veces como entonces se havrá visto para ello en dicha Villa al Ilustrísimo Señor Obispo de Lugo, a su Cabildo, varios Abades mitrados, muchos Sacerdotes y caballeros del Reyno de Galicia.

El siguiente fue su hermano sucesor y monge. El Excelentísimo Señor Conde Dn Francisco Ruiz de Castro, 1º de el nombre y 8º de los Lemos, Andrade, Villalba (o fray Agustín de Castro) lo fue tambén de Castro, marqués de Sarria y Duque de Taurisano por su muger la Exma. Señora Da. Lucrecia Legnan de Gatinaro: Asimismo fue de los Consejos de Estado y Guerra de S.M. comendador de Hornachos, de la orden de Santiago, Virrey de Nápoles, y Sicilia, y Embaxador ordinario en Roma y Capitán General del el Reyno de Galicia [Sicilia].

El Sor. Dn. Felipe 3º, el Santo, y religioso en consideración a el estudio del Señor Conde Dn. Francisco le hizo Consejero Colateral del Reyno de Sicilia en 1600 con la espresión ya entonces de “tamquam indoneum et Valde dignum: Mercurio de los Señores Reyes tan señaladas satisfacciones y lauros ya en sus nombramientos desempeño de sus encargos como en varias y muy repetidas cartas, que le consideraban por uno de los hombres de más mérito de la Nación.

Los Napolitanos mismos después que dejó de mandarlos escribieron à los Señores Reyes haciéndoles muchos elogios del Señor Conde y sintiendo su partida.

Después tomó el Hávito de Monge Benito en Sahagún à 18 de septiembre de 1629 y se mudó el nombre, en el de Fray Agustín de Castro: Profesó en 1º de Octubre de 1630, en la cama por estar enfermo á la sazón: Antes havía renunciado, dentro de los dos meses de los Concilio, de todos sus estados en su hijo Dn. Francisco II.

Murió su Rma. en 1º de Septiembre de 1637 en el Convento de San Juan Bautista de la orden de San Benito, sito extramuros de la Ciudad de Burgos; y sepultose con ataúd en la Capilla llamada del Capítulo que está en el Claustro de dicho Convento de donde se sacó en virtud de Breve del Señor Nuncio, y llevó su cuerpo à el de Sn. Vicente de Monforte, dando este placer à la orden, no obstante estar en otras los panteones de la Casa. Todo resulta auténticamente como que los monges de Sahagún, los de Arlanza, donde también estubo, y sus deudos hicieron todos vivas diligencias por llevarse el Santo Cadaber (expresiones con la de Santisimo y venerable que arrojan los papeles) resultando últimamente barias preguntas en vía de información para publicar sus virtudes.

Los padres de los referidos señores Condes fueron los Exmos. Señores Dn. Fernando Ruiz de Castro y da. Catalina de Zúñiga, y se casaron en Madrid en 1574 en el Alcázar y Palacio Real en el aposento de la Reyna Da Ana, estando presente entre otros la madre del Rey Dn. Felipe, el presidente por Dn. Fr. Bernardo de Fresneda, el obispo de Córdoba, confesor de S. M. y fue en virtud de poder dado à Dn. Juan de la Cerda, duque de Medinaceli.

Tal pues es el resultado de lo que expresan los papeles del archivo. Madrid 1805.

(Firmado: Iglesias)


NOTAS:

[1] En esa fecha, el conde era don Pedro Antonio Fernández de Castro, que se encontraba en Perú desempeñando el cargo de virrey. Falleció el 6 de diciembre de 1672.

[2] Cuando hace referencia a la “vara de la fortaleza” se refiere al sótano.

[3] Manuela Sáez González, “Materiales del Archivo de Protocolos Notariales de Nápoles en los gobiernos de los virreyes Lemos, Benavente y Osuna” en ANNALI SEZIONE ROMANA, LVI, 1, Napoli 2014, pp. 19-95.

[4] Leporario = lebrel, galgo; galgo leporario se llama el perro que persigue liebres.

[5] Esta es otra evidencia de que los papeles de la casa no sufrieron daño en el incendio del palacio en l672.

[6] Había cesado en la presidencia del Consejo de Indias a fines del 1609.

[7] Camándula = rosario de treinta y tres granos, uno por cada año que vivió Jesús.  

[8] Se equivoca en el mes.

[9] Se vuelve a equivocar el «archivero», pues no fue capitán general del reino de Galicia, sino de Sicilia cuando ejercía el virreinato.

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Cuatrocientas veces GRACIAS

Miembros de la Sociedad Cervantina hacen entrega de los libros recogidos a Milagros Plaza, presidenta de la asociación El Sosiego

Brilló la solidaridad en la entrega de libros de la Navidad 2020, para hacer olvidar el año triste de la pandemia.

Exitosa tercera edición de la campaña de recogida de libros infantiles y juveniles en la que se han superado las 400 unidades de ejemplares donados

Alcázar de San Juan, 20-12-2020.- Con la entrega de los libros a la Asociación Cultural y Social El Sosiego para su incorporación a lotes de juguetes que se entregarán a niños de familias más desfavorecidas, la Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan da por finalizada esta tercera edición de la campaña “Ningún niño sin imaginación”.

Los cervantistas alcazareños se han manifestado muy satisfechos del resultado de la campaña de 2020 que ha arrojado un balance extraordinario al haber superado la cifra de 400 unidades. Ha sido sin duda la mejor de cuantas campañas se han organizado hasta la fecha.

Además de la colaboración de los alcazareños -que ha sido magnífica-, este año y gracias a la difusión en las redes sociales se han recibido libros desde otras localidades de la comarca, incluso desde Sevilla.

La predisposición de cuantos han colaborado ha hecho que por unos días se nos olvide que hemos pasado un año triste y que las buenas personas nos crecemos en la adversidad y que ante ella hacemos que afloren nuestros mejores sentimientos. Si además de fomentar la lectura en los jóvenes, conseguimos olvidar este año nefasto de la pandemia, nos daremos por satisfechos con ambos objetivos.

Por la gran acogida obtenida y por la gran participación de los alcazareños, la Sociedad Cervantina de Alcázar quiere agradecer CUATROCIENTAS VECES a todos su solidaridad y su buen corazón y los anima a que el año próximo continúen colaborando en esta iniciativa que se va consolidando en el calendario navideño de Alcázar de San Juan.

Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan

Mentiras, patrañas y pullas: el timo de la bocina, los cuernos de la luna y la caverna espantosa

Ponencia presentada en el Congreso Internacional «Burlas, burladores y burlados en Cervantes» por Enrique Suárez Figaredo, de la Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan (Pamplona, 17 y 18 de diciembre de 2020)


La ponencia agrupa y versiona tres trabajos independientes publicados en su día en la web de la Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan por varios socios, y se detiene en sendos pasajes del Quijote que, en mi modesta opinión, no han sido perfectamente interpretados, o no totalmente explicados, por los comentaristas. Uno de ellos es el engaño urdido por Sancho para que su amo no emprenda la aventura de los batanes (dQ1-20); otro, el remate del vuelo de Clavileño (dQ2-41): burla ideada por los Duques en su finca de campo, y el otro tiene lugar en las proximidades de las Lagunas de Ruidera, concretamente en la Cueva de Montesinos (dQ2-22 y 23).


— o O o —

EL TIMO DE LA BOCINA DEL HOMBRE DEL NORTE

En las entrañas de Sierra Morena y excitado por el horrísono ruido de los batanes en medio de una tenebrosa noche, don Quijote decide acometer aquella peligrosa aventura sin saber contra qué ni contra quién. Presa del miedo, Sancho pretende que don Quijote no se aparte de su lado, y para ello le miente en lo más básico, porque en una noche nubosa, que la hacía «tan escura», no puede ver la constelación de la Osa Menor (llamada popularmente bocina o cuerno), como acaba admitiendo ante las reticencias de su amo:

—¡Por un solo Dios, señor mío, que non se me faga tal desaguisado! Y ya que del todo no quiera vuestra merced desistir de acometer este fecho, dilátelo a lo menos hasta la mañana, que, a lo que a mí me muestra la ciencia que aprendí cuando era pastor, no debe de haber desde aquí al alba tres horas, porque la boca de la bocina está encima de la cabeza, y hace la media noche en la línea del brazo izquierdo.
—¿Cómo puedes tú, Sancho —dijo don Quijote—, ver dónde hace esa línea ni dónde está esa boca o ese colodrillo que dices, si hace la noche tan escura que no parece en todo el cielo estrella alguna?
—Así es —dijo Sancho—; pero tiene el miedo muchos ojos y vee las cosas debajo de tierra, cuanto más encima, en el cielo, puesto que por buen discurso bien se puede entender que hay poco de aquí al día.
—Falte lo que faltare —respondió don Quijote—; que no se ha de decir por mí, ahora ni en ningún tiempo, que lágrimas y ruegos me apartaron de hacer lo que debía a estilo de caballero. (dQ1-20)


La ciencia a la que recurre Sancho para calcular la hora de la noche es el antiguo método de imaginar en el firmamento la figura de un hombre (el Hombre del Norte). En su abdomen se supone la Estrella Polar, que se mantiene fija en la bóveda celeste. Ahí imaginamos la boquilla de la bocina. La boca de la bocina la forman las 2 estrellas del final de la Osa Menor (guardas), y la línea imaginaria entre la Polar y la guarda delantera se asimila a la única saeta de un reloj con una esfera de 24 horas. La bóveda celeste siempre está en su lugar (la Tierra es la que rota), de modo que, a nuestra vista, la bocina gira en sentido anti-horario y completa un giro cada día.

Así describe el cosmógrafo Pedro de Medina, en su Arte de Navegar (1545), la manera de calcular la hora durante la noche observando la posición relativa de la boca de la bocina respecto a la Estrella Polar:

La estrella del Norte, muy mirada y conocida de todos los navegantes, es la primera de las siete estrellas de que se compone la Osa Menor, que vulgarmente se llama bocina… De manera que aunque el Polo no se ve, por esta estrella se atina y sabe el lugar donde el Polo está, lo cual se conoce por otra estrella de las mismas siete, la más reluciente de las dos llamadas guardas que están en la boca de la bocina, la cual estrella se llama guarda delantera…
dando a conocer en todo tiempo del año qué hora es de la noche por aquella cuenta que dice «mediado abril, media noche en la cabeza».

Efectivamente, es a mediados de abril cuando a medianoche «la boca de la bocina está encima de la cabeza» (la bocina avanza su posición una hora cada 15 días, dos cada 30, seis cada 90, 12 cada medio año); y pues esta aventura tiene lugar a mediados de agosto (4 meses después), la boca de la bocina no puede estar a medianoche donde Sancho propone, sino en la línea debajo del brazo derecho.

Sancho da por sentado que el hidalgo don Quijote no está familiarizado con aquella «ciencia» rústica y la jerigonza correspondiente, y así, no sólo le miente al decir que ha observado la bocina, sino que le confunde augurándole menos de 3 horas para el amanecer cuando habría de pronosticarle la inminencia del alba (que eso resultaría de las referencias que aporta), y en tal caso, bien poco tardaría el amo en descubrir el engaño… y las costillas del escudero en sentirlo.


— o O o —


LOS CUERNOS DE LA LUNA DE PEDROLA

En Pedrola, a unos 30 km de Zaragoza y a poniente del Ebro, tenían un palacete los Duques de Villahermosa. Los comentaristas del Quijote se inclinan a pensar que en él transcurrieron bastantes de los episodios narrados en dQ2, entre ellos la conocida aventura de don Quijote y Sancho a lomos de Clavileño, rematada con una curiosa conversación entre Sancho Panza y el Duque:

Y sucedió que íbamos por parte donde están las siete cabrillas, y en Dios y en mi ánima que como yo en mi niñez fui en mi tierra cabrerizo, que así como las vi me dio una gana de entretenerme con ellas un rato… Vengo, pues, y tomo, y ¿qué hago? Sin decir nada a nadie, ni a mi señor tampoco, bonita y pasitamente me apeé de Clavileño y me entretuve con las cabrillas, que son como unos alhelíes y como unas flores…, las dos verdes, las dos encarnadas, las dos azules y la una de mezcla.

—Decidme, Sancho —preguntó el Duque—: ¿vistes allá entre esas cabras algún cabrón?

—No, señor —respondió Sancho—, pero oí decir que ninguno pasaba de los cuernos de la Luna.
No quisieron preguntarle más de su viaje, porque les pareció que llevaba Sancho hilo de pasearse por todos los cielos y dar nuevas de cuanto allá pasaba sin haberse movido del jardín. (dQ2-41)

Diego Clemencín, primer gran comentarista del Quijote, anotó así el pasaje:

Esta respuesta de Sancho tiene el áire de ser pulla: mas no alcanzo su verdadero sentido, y sí solo que se juega del vocablo en la contestacion á la pregunta del Duque, quien habia hecho lo mismo tomando pié de la mencion hecha por Sancho de las siete cabrillas. No hallo, pués, en estos pasages ni oportunidad ni chiste.

En la misma línea se han venido manifestando los más renombrados anotadores: algo oculta el pasaje. Oportunidad la dio el Duque, y en la respuesta del escudero algo hay de chiste, pero más de malicia. Cuando Sancho habla de «cuernos de la Luna», por medio del satélite alude a los hechos protagonizados por la hermosa y muy casquivana Luisa Pacheco de Cabrera, hija de los marqueses de Villena y esposa de Juan de Gurrea y Aragón (1543-1573). Éste era hijo de Martín de Gurrea y Aragón (1525-1581) y Luisa de Borja (bisnieta del Papa Alejandro VI y hermana de San Francisco de Borja). Sin profundizar en la genealogía (legítima y bastarda) de aquella relevante familia aragonesa, en ella recayeron los condados de Luna (Zaragoza) y Ribagorza (Huesca) y el marquesado de Villahermosa (Castellón), y solía residir entre Pedrola y Zaragoza.

Martín de Gurrea cedió a su hijo el condado de Luna. La joven pareja se casó en 1569 y residió inicialmente en Toledo, donde ya la esposa comenzó con sus devaneos. Informado de ellos Martín de Gurrea y preocupado por el honor de su linaje, forzó que su hijo y esposa se fuesen a vivir con él a Zaragoza. Tampoco ese desplazamiento fue obstáculo para las frivolidades de doña Luisa, que en tierras zaragozanas entró en amoríos con un tal Martín de Torrellas con la complicidad de un criado del palacio ducal. El esposo se trasladó a Pedrola con varios amigos suyos para trazar un plan de acción. Volvieron secretamente a la capital y aguardaron una oportunidad para sorprender a los amantes y lavar el mancillado honor de la familia. El galán logó escapar por una ventana (aunque no tardó en morir de «unas fiebres que le dieron»), pero el criado acabaría apuñalado y echado a un pozo días después. En cuanto a doña Luisa, fue recluida en la residencia ducal en Los Fayos (a 90 km de Zaragoza), donde se abrió las venas (según parece, por inducción y en presencia de su esposo y amigos). Tan luctuosos hechos tuvieron lugar en 1571; don Juan puso pies en polvorosa, pero fue detenido en Italia y trasladado a España para ser ajusticiado a garrote en Torrejón de Velasco (a 28 km de Madrid) en 1573. Tenía entonces 30 años. (1)

Me pregunto qué necesidad tuvo Cervantes de hacer conocedor de semejante historia a un aldeano de «un lugar de la Mancha» y así justificar tan humillante pulla. También me preguntó qué grupo social de lectores alcanzó a captarla. En cualquier caso, Cervantes fue más allá de aquella «fina ironía» tan celebrada de los comentaristas.

El trágico episodio podría haber inspirado a María de Zayas y Sotomayor para su novela Mal presagio casar lejos:

Así estuvo hasta cerca de mediodía, que como… padre y hijo se vistieron, luego quisieron ejecutar la sentencia contra la inocente corderilla… Y entrando los dos con su sangrador y Arnesto, que traía dos bacías grandes de plata (que quisieron que hasta en el ser él también ministro en su muerte dársela con más crueldad), mandando salir fuera todas las damas y cerrando las puertas, mandaron al sangrador ejercer su oficio. Sin hablar a doña Blanca palabra, ni ella a ellos, más de llamar a Dios la ayudase en tan riguroso paso, la abrieron las venas de entrambos brazos, para que por tan pequeñas heridas saliese el alma, envuelta en sangre, de aquella inocente víctima sacrificada en el rigor de tan crueles enemigos.


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LA CAVERNA ESPANTOSA DE MONTESINOS

Creo conveniente aclarar algún malentendido en relación a la aventura que se narra en el cap. dQ2-22, «Donde se da cuenta la grande aventura de la cueva de Montesinos, que está en el corazón de la Mancha». Es cierto que el Primo aconseja comprar la cuerda necesaria para bajar, y pues «don Quijote dijo que aunque llegase al abismo había de ver dónde paraba», compraron cien brazas; pero no es menos cierto que sólo requerían algo menos de veinte para esta aventura. Veámoslo.
Antes que nada, obsérvese que el Primo que guía a los protagonistas sólo conoce la ubicación de la cueva, pero nunca ha entrado en ella, y así, pedirá a don Quijote «que mire… con cien ojos lo que hay allá dentro: quizá habrá cosas que las ponga yo en el libro de mis Transformaciones». Sigamos. Llegados a la boca de la cueva, ciñen con la soga a don Quijote, quien «se dejó calar al fondo de la caverna espantosa». Los de arriba van soltando soga según él les va dando voces, «y cuando… dejaron de oírse, ya ellos tenían descolgadas las cien brazas de soga». Se diría, pues, que don Quijote ha descendido las cien brazas; pero sigamos leyendo.

Al cabo de un buen rato sin noticias de don Quijote, Sancho y el Primo deciden recoger la soga, y lo consiguen «con mucha facilidad, y sin peso alguno, señal que les hizo imaginar que don Quijote se quedaba dentro», hasta que habiendo sacado más de ochenta brazas «sintieron peso, de que en estremo se alegraron. Finalmente a las diez vieron distintamente a don Quijote…, y sacándole del todo, vieron que traía cerrados los ojos, con muestras de estar dormido. Tendiéronle en el suelo y desliáronle, y con todo esto no despertaba».

Entonces, ¿cuán de profunda es la cueva? ¿Cien brazas o veinte? La explicación la dará don Quijote en el cap. siguiente:

A obra de doce o catorce estados de la profundidad desta mazmorra, a la derecha mano, se hace una concavidad… capaz de poder caber en ella un gran carro con sus mulas…, cuando ya iba cansado, y mohíno de verme pendiente y colgado de la soga caminar por aquella escura región abajo sin llevar cierto ni determinado camino… determiné entrarme en ella y descansar un poco. Di voces pidiéndoos que no descolgásedes más soga hasta que yo os lo dijese, pero no debistes de oírme. Fui recogiendo la soga que enviábades, y haciendo della una rosca o rimero, me senté sobre él… considerando lo que hacer debía para calar al fondo no teniendo quien me sustentase, y estando en este pensamiento y confusión me salteó un sueño profundísimo. (dQ2-23)

La braza es una medida antigua de longitud equivalente a dos varas castellanas o 1,67 m actuales. El estado se aplicaba a medidas de altura o profundidad, y también equivalía a dos varas o 1,67 m; es decir, estado y braza medían lo mismo, aunque se aplicaban a una u otra dimensión. El panel informativo instalado fuera de la cueva indica que la profundidad es de 18 m (11 estados). No importa que don Quijote diga haber profundizado «doce o catorce», porque ¿cómo pudo medirlo? Y no requirió las cien brazas; lo que sucedió es que los de arriba no entendían las voces que les llegaban, y soltaban soga cuando don Quijote les pedía lo contrario.

Tampoco importa que el Primo prevea que don Quijote habrá de «descolgarse en su profundidad», ni que él se disponga a «despeñarme… empozarme… y… hundirme en el abismo», porque ni uno ni otro conocen la cueva.

Desde luego, la de Montesinos no es una sima (como parece desprenderse del relato), sino una cueva con una fuerte pendiente, y con calzado adecuado no es difícil el descenso, pues hoy lo facilitan algunos escalones tallados en la roca en la parte más pronunciada: nada de «caverna espantosa», nada de «abismo» ni soga. ¿Quiere eso decir que Cervantes carecía de información sobre la cueva, que la confundió con otra? ¿Acaso, como buen novelista, alteró la realidad para dar así mayor dramatismo a la acción? Lo constatable es que si consideramos un triángulo rectángulo cuyos catetos miden 30 y 15 metros (hasta la «concavidad… capaz de poder caber en ella un gran carro con sus mulas»), la hipotenusa resulta ser de 33,5 metros o ¡20 brazas!


Sea como que fuere, nótese que Cervantes nunca describe la cueva; lo que el lector lee es lo que don Quijote imaginó antes y contará después. Es nuestro ingenioso hidalgo quien altera la realidad para dejar boquiabiertos a Sancho y al Primo. Los intrépidos protagonistas de los libros de caballerías se enfrentan, capítulo sí y capítulo también, a semejantes aventuras, siempre a riesgo de la vida o de caer en algún encantamiento urdido por un perverso mago (la Montaña Temerosa, el Castillo del Bramido, la Laguna Hirviente…). ¿Había de ser menos hazañoso nuestro don Quijote? Ya en la Gran Sala, decepcionado (cuando no aliviado) por no ser la cueva lo que se temía, sólo dejó pasar el tiempo en tanto que tramaba aquella patraña en su fértil imaginación. Finalmente, se dejó sacar a la superficie «con muestras de estar dormido». ¡Vaya con don Quijote! Y ¡vaya con Cervantes, que casi nos hace caer en el espejismo!

Muy calculadamente, no será hasta dos caps. más adelante que Cide Hamete Benengeli, «autor arábigo y manchego», «flor de los historiadores», nos confirme que esa es la verdadera explicación de «la grande aventura de la cueva de Montesinos»:

Se tiene por cierto que al tiempo de su fin y muerte… se retrató della y dijo que él la había inventado, por parecerle que convenía y cuadraba bien con las aventuras que había leído en sus historias. (dQ2-24)


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CONSIDERACIONES FINALES


Estuve a un paso de incluir en la Ponencia aquel «volvieron… a ser bestias» (dQ2-29), pasaje que ha generado interpretaciones un tanto sofisticadas; pero lo descarté por no haber allí engaño ni burla, sino un malentendido del que Cervantes es inocente. Y muy bien habría cabido aquí la caricatura de Vicente Espinel en el personaje «Vicente de la Rosa» (dQ1-51), pero el formato de este Congreso Virtual no permite tanto contenido. (2)

Soy el primero en admitir que con estos comentarios no habré descubierto la rueda. En cuanto a cómo las gastaba Miguel de Cervantes, me sumo a quienes creen que aún la cola nos queda por desollar. La mesa está servida; pero degustar las delicatessen más suculentas quizá implique atenernos más a lo humano que a lo divino, que los árboles nos permitan ver el bosque. Un bosque en que se repartía mucha leña, como denunció aquel tan denostado Alonso Fernández de Avellaneda.

Enrique Suárez Figaredo
Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan
https://cervantesalcazar.com


NOTAS
(1) Para más detalle, v. Ángel Canellas López: «Notas para la vida dramática de D. Juan de Aragón y Gurrea» (Cuadernos de Historia Jerónimo Zurita-1954).
(2) V. en la web de la Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan, pestaña «Quijo-cosas», las tituladas «Peces y bestias en la aventura del barco encantado» y «Vicente de la Rosa, el gran seductor».

La Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan desde Barcelona en el Congreso de la Universidad de Navarra

La Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan ha participado en el Congreso Internacional «Burlas, burladores y burlados en Cervantes», organizado por el Grupo de Investigación Siglo de Oro (GRISO) de la Universidad de Navarra

Por delegación de la Junta Directiva, nuestro Socio de Honor Enrique Suárez Figaredo (residente en Barcelona), presentó en el Congreso la ponencia «Mentiras, patrañas y pullas: el timo de la bocina, los cuernos de la Luna y la caverna espantosa». Atendiendo a las circunstancias que vivimos, el Congreso se ha celebrado en modo virtual (no presencial) y con un limitado número de participantes.

La ponencia agrupa varias de las QUIJO-COSAS publicadas en nuestra web (https://cervantesalcazar.com) y comenta tres pasajes del QUIJOTE que no han sido perfectamente interpretados, o no totalmente explicados, por los comentaristas. Uno de ellos es el engaño urdido por Sancho para que don Quijote no emprenda la aventura de los batanes; otro, el remate del vuelo de Clavileño, y el último tiene lugar en la Cueva de Montesinos.

Para la Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan es motivo de satisfacción y orgullo que las aportaciones de los Socios nos permitan ir ganando visibilidad en el disputado mundo cervantino, y nos anima a continuar en esa línea en la medida que nuestros modestos recursos nos lo permitan.

Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan

Tercera edición de la campaña de recogida de libros “Ningún niño sin imaginación”

Alcanzamos la tercera edición de la iniciativa de esta Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan que al llegar las fiestas navideñas posibilita acercar los libros a los niños más desfavorecidos y fomenta la lectura entre los jóvenes

Alcázar de San Juan, 4-12-2020.- Con la pretensión de que ningún niño se quede sin leer esta Navidad, por muy limitado que sea su poder adquisitivo, o por muy desfavorables que sean sus condiciones familiares, la Sociedad Cervantina de Alcázar ha iniciado la campaña “Ningún niño sin imaginación” que ya alcanza su tercera edición y que consiste en la recogida de libros que en muchos hogares alcazareños ya han sido leídos y a los que pretendemos alargar su vida poniéndolos en las manos de  otros niños que tienen más difícil el acceso a este elemento sustancial de conocimiento por lo que de ningún modo pueden quedarse sin desarrollar su imaginación a través de la lectura.

Los días 4 de diciembre (viernes) y 11 de diciembre (viernes), se ha habilitado la sala 7 del Centro Cívico en la plaza de España de Alcázar de San Juan, en horario de 18:30 a 20:00, para la recogida de libros infantiles y juveniles, usados, pero en buen estado, que sirvan para que otros niños puedan disfrutar del placer de la lectura. También este año, nuestro socio Enrique Lubián será el encargado de su recogida permaneciendo en el Centro Cívico en el horario anunciado. Los libros recogidos se entregarán a la Asociación Cultural y Social El Sosiego (asociación que lleva ya varios años poniendo en práctica su campaña solidaria de recogida de juguetes), al objeto de que estos libros puedan formar parte de los lotes de juguetes a entregar a las familias más necesitadas de nuestra ciudad.

En esta Navidad y más aún después del año tan difícil que nos está tocando vivir hacemos una llamada a la generosidad, es tiempo de compartir con los demás, sobre todo con los que menos tienen, porque son días propicios para que afloren nuestros buenos sentimientos de solidaridad. Esperamos vuestras donaciones.

Recordamos los días y horas de recogida en la Sala 7 del Centro Cívico:

  • Viernes 4 de diciembre, de 18:30 a 20:00
  • Viernes 11 de diciembre, de 18:30 a 20:00

Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan

Sancho Panza reivindicado por la Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan

La estatua de Sancho Panza, de Marino Amaya en la plaza de España (Alcázar de San Juan), inspirada en Tico Medina

Los cervantistas alcazareños consideran de importancia capital poner en valor la figura de Sancho Panza y rehabilitar algunas actividades de la antigua Orden de los escuderos llamados Sanchos que tuvo su mayor esplendor en los años 70 del pasado siglo, empeño en el que colaborará Tico Medina, Gran Maestre de la Orden

Alcázar de San Juan, 2 de diciembre de 2020.- Recientemente nuestro socio Manuel Rubio Morano ha publicado un completo artículo sobre la Orden de los escuderos llamados Sanchos, publicación que no es un hecho aislado, sino que está dentro de una estrategia de esta Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan para poner en valor la figura de Sancho Panza, el otro gran protagonista del Quijote. Por eso mismo, también ha publicado Enrique Suárez Figaredo el artículo “El gran Sancho Panza (The lone survivor)”, con gran seguimiento en los medios de comunicación.

Entendemos que la figura de Sancho merece un mayor reconocimiento -al igual que en la novela- puesto que Cervantes crea el personaje como contrapeso ideal a don Quijote. Si bien en la primera parte solo lo acompaña, en la segunda parte luce con luz propia adquiriendo más importancia, incluso protagonizando episodios. Destaca como gobernador de la ínsula Barataria por su sensatez. A lo largo de esta segunda parte se acentúa también el proceso de quijotización y reclama la importancia que como personaje le corresponde. Sus funciones en la novela son la de delimitar el mundo de don Quijote, señalando el mundo externo, ayuda a descubrir la personalidad de su amo y aporta el elemento cómico a la obra, sobre todo por su característica de soltar gran cantidad de refranes, de los que es un gran conocedor y casi siempre oportunos y traídos a colación.

Es por lo que la Sociedad Cervantina de Alcázar se propone retomar una actividad de la antigua Orden de los Sanchos, otorgando el nombramiento de “Gran Sancho Panza” a personas de cualquier parte de España y del mundo, que cumplan unos requisitos relacionados con la figura de Sancho Panza.

Para esta actividad contamos con el afamado periodista Tico Medina, fundador de la Orden de los Sanchos y Gran Maestre de la Orden, que se ha mostrado muy ilusionado en volver a retomar esta actividad, seguirá siendo, como socio ya de ella, un puntal muy importante en cuantas iniciativas lleve a cabo esta Sociedad Cervantina, relativas a la exaltación de Sancho Panza.

Pensamos que es una bonita tradición y una manera sin par de promocionar nuestra ciudad, así como de promover el conocimiento de sus recursos turísticos, que se pondrá en marcha a lo largo del próximo año 2021. La Sociedad Cervantina ya está valorando varios candidatos con los que iniciar esta nueva actividad que tendrá lugar en la Silla de Sancho en la finca de La Platera, que sus propietarios amablemente nos han cedido para su uso.

Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan

El Quijote de la Plaza Alta de Algeciras

Efigie de Don Miguel de Cervantes Saavedra
Plaza Alta de Algeciras. Fuente central, hacia 1930

Cada ciudad tiene una plaza que se convierte en su espacio público por excelencia, en el caso de la refundación de Algeciras en el siglo XVIII esta función la cumplió desde sus inicios la Plaza Alta, cuyo nombre le viene dado por su posición, a mayor nivel, sobre la que se llamó en los inicios de la nueva población Plaza Baja, cerca del puerto. Hoy el nombre de esta última es el de Plaza de Ntra. Sra. de la Palma, aunque todo el mundo la conoce como la Plaza de Abastos, porque allí tiene su asiento el mercado local.

La plaza funciona como el mayor espacio de socialización de la ciudad junto a sus calles aledañas, la calle Ancha (oficialmente Regino Martínez) y la calle Convento (oficialmente Alfonso XI). En ella tienen lugar las citas del día, bien sea en la misma plaza, en los cafés, los bares o los negocios de alrededor. En ella se desarrollan las principales manifestaciones culturales, festivas y religiosas de la ciudad; pero sobre todo es el espacio íntimo ligado a la infancia, las pandillas de juventud y los noviazgos de cualquier edad.

La que hoy contemplamos no es la primera, que hubo en ese espacio, de ésa, diseñada cuando el general Castaños, el héroe de Bailén, fuera comandante del Campo de Gibraltar, nos queda su perímetro, marcado por un gran cuadrilátero achaflanado en sus esquinas, lo que le da la forma de un octógono irregular.

El emblema de esta plaza siempre ha sido el monumento central, que en sus orígenes fue una fuente, sobre la que se situó un obelisco de madera, dedicado a Godoy, que no duró mucho. Ésta fue sustituida por un monumento conmemorativo de las batallas de la Guerra de la Independencia, que a su vez sería reemplazado por una columna conmemorativa de piedra (1826-1926), sobre la que se pensó poner el busto de Castaños, a lo que éste rehusó, por lo que nunca tuvo un remate digno de ser recordado. Su lugar lo ocupó, por poco tiempo, una farola a la que popularmente se le dio el nombre de Cocina Económica y por fin con la renovación integral de toda la plaza entre 1929 y 1930, el espacio central lo ocuparía la gran fuente cerámica que aún subsiste. Parecida a ella es la Plaza de España de Vejer de la Frontera.

La Plaza Alta a principios del siglo XX

Si hubiera que destacar de ella algún motivo especial, éste lo sería sin duda el conjunto de baldosas que nos cuentan varios episodios de la novela de las novelas: El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. La técnica usada en todo el conjunto cervantino es la de la cuerda seca. Los colores son los habituales dentro de la cromática trianera: azules, amarillos, rosas y verdes, en todas sus tonalidades.

La decoración cerámica del conjunto se debe a los talleres sevillanos de la Casa González, Cerámica Santa Ana y Coca Campos, esta última en la década de 2010.

La inclemencia del tiempo y la actividad de nuestros bárbaros generacionales, han tenido mucho que ver en su deterioro y la necesidad de remplazar periódicamente, desde 1930, tan interesante conjunto patrimonial.

Sobre la encimera de la fuente central se hallan dieciséis escenas, que pueden pertenecer a la primera hornada de 1930, y en ellas podemos ver las efigies de Cervantes, don Quijote, su escudero Sancho Panza y trece secuencias referidas a la novela cervantina.

La Plaza Alta hacia 1930

Pero la temática cervantina tiene un mayor recorrido. De nuevo las escenas quijotescas se van a repetir, esta vez, sobre los bancos que flanquean la fuente, tanto en los de doble asiento como en los octogonales. En los primeros las escenas se distribuyen en dos filas con diez escenas en cada una de ellas, por tanto, hay cuatro filas y cuarenta azulejos en cada uno de estos bancos, pero no por ello hay motivos diferentes en los tres bancos restantes. Los cuarenta de cualquiera de los bancos de doble asiento que elijamos son los mismos que se van a repetir en los bancos restantes. Estos mismos motivos se van a alternar sobre los bancos poligonales, aunque no en el mismo orden. Por tanto, un exiguo número de azulejos son los responsables de la totalidad de la obra cervantina reflejada sobre los bancos de la Plaza Alta algecireña.

Plaza Alta de Algeciras. Detalles Fuente central. Postal años 70-80 / 2020. Banco de doble asiento

A través de estas piezas cerámicas se describen algunos de los sucesos de trece capítulos del primer libro. De las cuatro partes que lo componen, las piezas de la Plaza Alta se van a centrar en tres de ellos: el primero con diez escenas, el segundo y octavo con siete, mientras que el sexto, el décimo, decimoquinto, decimosexto, decimoséptimo y decimoctavo, sólo cuentan con una única representación.

En su conjunto podemos decir que en ellos predomina un sentido descriptivo bastante gráfico. Se trata de una obra en la que destaca el juego de imágenes sobre el detalle y en la que hay claras diferencias estéticas entre los azulejos que se encuentran sobre la encimera de la fuente ornamental y los que lo hacen sobre los bancos, en beneficio, claro está, de los de la fuente central.

Efigies de Don Quijote y Sancho Panza
Plaza Alta de Algeciras
Fuente central, hacia 1930

Don Quijote cae ante un molino, Libro I, Capítulo 8º
Plaza Alta de Algeciras

Fuente central, hacia 1930

En su conjunto podemos decir que en ellos predomina un sentido descriptivo bastante gráfico. Se trata de una obra en la que destaca el juego de imágenes sobre el detalle y en la que hay claras diferencias estéticas entre los azulejos que se encuentran sobre la encimera de la fuente ornamental y los que lo hacen sobre los bancos, en beneficio, claro está, de los de la fuente central.

Andrés Bolufer Vicioso. Licenciado en Geografía e Historia

El gran Sancho Panza (The lone survivor)

En los años que dediqué a preparar mi Quijote de 2004, hube de releer mi texto media docena de veces (si no fueron más) para asegurarme de que seguía fielmente el de las ediciones príncipe (1605 y 1615). A cada revisión, la tarea se iba haciendo más mecánica, menos intensiva, permitiéndome consolidar mis propias reflexiones sobre la inmortal obra cervantina. Desde luego, el Quijote es (o quiso ser) un libro de entretenimiento, con momentos de excelente humor, pero también subyace en él la perpetua batalla entre el idealismo y el materialismo, soberbiamente reflejados en los personajes principales: uno ambiciona la fama y el otro ansía simplemente salir de penurias y, de ser posible, vivir a lo grande sin sudar gota. ¿Quién no?

Y lo cierto es que don Quijote logra su objetivo; pero no como hombre de carne y hueso, no como Alonso Quijano, sino como esa genial creación literaria infinitas veces reproducida en todas las lenguas del mundo. ¿Qué más pudo pedir Cervantes a su pluma?

Y ya que hablamos de pedir a la pluma, mis consocios y amigos de la Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan me han encargado que escriba «algo inédito sobre Sancho Panza». Yo obedezco (y agradezco) el encargo, pues me permite decir la mía, que no recuerdo haber expresado antes por escrito, y aquí me ha venido de molde recordar el título de cierta película bélica de 2013 en la cual un reducidísimo comando se infiltra en una zona escarpada de Afganistán infestada de talibanes. A ello, pues.

Para mis adentros, siempre he creído ver en el Quijote una odisea, si bien nunca me entretuve en comprobar si el vocablo estaba debidamente aplicado. Hoy sí lo he hecho, y leo en el diccionario de la RAE dos definiciones que vienen como anillo al dedo: «Viaje largo, en el que abundan las aventuras adversas y favorables al viajero – Sucesión de peripecias, por lo general desagradables, que le ocurren a alguien».

Vale, pues, lo de odisea; pero en toda odisea épica que se precie hay héroes que mueren y héroes que sobreviven, quien deja fama y quien no. La nuestra sólo cuenta con dos protagonistas, y lo paradójico del asunto es que el uno logra post mortem la enorme fama que habría querido gozar in vitam, en tanto que la memoria del otro, el que sobrevive, se diluirá en la inmensidad manchega. Incluso sus abundantes refranes tienden a perderse lastimosamente en el olvido. Pese a sus «muchos y buenos servicios», ni siquiera se le menciona en las últimas palabras que «el prudentísimo Cide Hamete dijo a su pluma»: malicia del «autor arábigo y manchego» de la historia, porque «siendo muy propio de los de aquella nación ser mentirosos…, antes se puede entender haber quedado falto en ella que demasiado». ¡Que injusta es la fama!

Pues yo quiero enderezar semejante tuerto, y digo que el gran Sancho Panza, el de «desnudo nací, desnudo me hallo», the lone survivor, es mi héroe del Quijote. Sobrevive para continuar la inexcusable empresa que para él, sólo para él estaba guardada. La inmensa mayoría de nosotros somos su reencarnación, cruelmente destinados a no dejar memoria más allá de una generación de familiares y amigos; pero eso no significa que hayamos sido inútiles para la sociedad que nos ha tocado vivir. Y esa es para mí la gran verdad, la gran lección que subyace en el libro de la primera a la última plana: en aquel ya algo decadente imperio español que llegó a conocer Cervantes, tan escaso de rutilantes héroes y grandes gestores como sobrado de corruptos, de ladronzuelos, de rentistas, de figurones y oportunistas «que ni quieren ni deben ni pueden trabajar», habrían de ser los anónimos Sanchos (y Teresas) quienes dejándose de cuentos sacasen sus familias y patria adelante con humildad y esfuerzo: nada nuevo bajo el sol que nos alumbra.

Enrique Suárez Figaredo

Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan

Del monasterio de la Concepción en Alcázar de San Juan, al convento de Nuestra Señora de la Soledad en Villarrubia de los Ojos y del Voto a la Inmaculada a la marcha de las hermanas Clarisas y la posterior llegada de las hermanas Concepcionistas

Dibujo del Monasterio de la Concepción de Alcázar de San Juan que aparece en la Enciclopedia Ilustrada Seguí

Cercana la fecha del 8 de diciembre, Solemnidad de la Inmaculada Concepción, es oportuno recordar la huella dejada por las Hermanas del Hábito de Santa Clara, las Clarisas, en Alcázar de San Juan. Hoy en día ha quedado casi en el olvido que esta congregación, que actualmente tiene su morada en el Convento de Nuestra Señora de la Soledad de Villarrubia de los Ojos, es la misma congregación que fundó y habitó durante más de trescientos años (1564-1868) el Monasterio de la Concepción de Alcázar de San Juan, más conocido como Convento de Santa Clara. También es poco conocida la importantísima vinculación que estas religiosas tuvieron con la proclamación y la renovación anual del Voto a la Inmaculada Concepción, que esta Villa realizó por primera vez en el año 1470, así como las circunstancias de la posterior llegada a nuestra ciudad de las Hermanas Concepcionistas

Está bastante aceptada la idea de que Villalpando en Zamora y Saelices en Cuenca fueron los primeros pueblos de España que, en el año 1466, proclamaron la Pureza Inmaculada de María Madre de Dios y que mediante la proclamación de un Voto público juraron defenderla y celebrar anualmente esta festividad. Durante los siguientes años fueron muchos los pueblos y ciudades de España que se sumaron a esta iniciativa, entre ellos Alcázar de San Juan que ya por entonces tenía erigida, extramuros de la villa, una ermita dedicada a Nuestra Señora de la Concepción.

La primera referencia histórica que tenemos de la existencia de esta ermita data del año 1470 cuando en ella el Gobernador del Priorato de la Orden de San Juan, en nombre de todo el pueblo de Alcázar, profirió el solemne Voto y juró guardar y celebrar anualmente la festividad de la Inmaculada Concepción, pidiendo su protección contra la plaga de langosta que por entonces asolaba sus cultivos. Y así se estuvo haciendo durante algunos años, pero finalmente todos se olvidaron del compromiso adquirido con Nuestra Señora y dejaron de celebrarlo.

Pero en el año 1546 otra gran plaga de langosta volvió a hacer estragos en los campos de Alcázar, arrasando de nuevo sus cultivos. Entonces sus habitantes se acordaron del olvidado Voto a la Inmaculada y el Concejo, junto a la Comunidad de los Padres Franciscanos que desde el siglo XIV eran los grandes defensores de este Misterio de Fe, decidió renovarlo a perpetuidad, añadiendo el compromiso de celebrar cada año nueve misas en honor de las nueve fiestas principales de Nuestra Señora.

Fieles a ese acuerdo el 8 de septiembre de ese mismo año partió desde la primitiva iglesia de Santa Quiteria todo el pueblo en procesión con destino a la venerada ermita, iba presidida por el Prior de dicha iglesia, Pedro de Orgaz, junto a todo el Concejo de la Villa encabezado por sus alcaldes ordinarios, Lope de Malara y Jerónimo Díaz Maroto. Una vez en la ermita se celebró una solemne función, en la que predicó Fray Francisco de Zamora, Guardián del Monasterio de San Francisco, a continuación, con las manos sobre los Santos Evangelios, se renovó solemnemente el Voto realizado en 1470. Firmaron como testigos del acto Luis de Aza, Hernando de Villaescusa, Juan Rubio, Martín Cabero, Sebastián de Yepes y el Bachiller Juan López Montalvo y dio fe de todo ello el escribano Alonso de Yepes.

La langosta desapareció y el suceso se expandió con rapidez por todos los pueblos y villas del Priorato, sobrepasando sus límites. Cuando esta noticia llegó al Monasterio de San Juan de la Penitencia de la Orden Tercera Franciscana, en Toledo, profesaba allí una religiosa alcazareña, la Venerable Sor Francisca de la Cruz, que de inmediato concibió la idea de dar gracias a la Santísima Virgen María fundando un monasterio de religiosas junto a la venerada ermita.

Con el apoyo de Sor María Fernández, conocida como “la peregrina de Cristo”, decidió acudir al Concejo de Alcázar con el fin de solicitar la correspondiente autorización. Para realizar la petición, en julio de 1556, concedió poderes al Presbítero Fray Francisco Cortés, Capellán de la Capilla del Obispo de Ávila, ante el escribano de Toledo Don Alonso de Madrid. El 1 junio de 1557 se elevó formalmente la petición al Concejo de Alcázar que ese mismo día, bajo la presidencia de sus alcaldes ordinarios Rodrigo de Sacedo y Hernando Díaz Guerrero, se reunió en la Sala Capitular del Ayuntamiento y acordaron otorgar la oportuna licencia y concederle la ermita y otros bienes anejos a ella.

Para finalizar todos los trámites faltaba la obligada autorización del Prior de la Orden de San Juan y el 20 de mayo de 1564, Jerónimo de Galoza, secretario del Gran Prior Frey Antonio de Toledo, daba en Madrid la licencia para fundar el monasterio. Tres días después, el 23 de mayo, Sor Francisca de la Cruz, junto a Sor María Ortega y Sor Luisa de la Ascensión, tomaban posesión de la ermita, que se convirtió en la iglesia del nuevo monasterio que de inmediato se edificó junto a ella. Desde entonces, hasta su exclaustración en 1868, no dejó de celebrarse en ella la festividad de la Inmaculada Concepción y la renovación anual del Voto, tal como se había acordado en las capitulaciones para la concesión.

En 1565 la Orden Franciscana dio a estas religiosas la Regla Terciaria Franciscana sin velo, pero veintiséis años después, en aplicación de los decretos sobre la clausura en los monasterios emanados del Concilio de Trento, el Capítulo Provincial de la Orden celebrado en Belmonte la modificó, dándoles la Segunda Orden Franciscana, Regla de Santa Clara. Regla que les fue de aplicación a partir de 1591, tras unos meses de instrucción a cargo de religiosas llegadas de la Comunidad de Clarisas de Huete.

El nuevo monasterio que recibió el nombre de Monasterio de la Concepción, aunque era más conocido entre los alcazareños como “de las monjas Clarisas”, prosperó rápidamente gracias a las abundantes ayudas de todo tipo que desde el primer momento recibió, debemos de recordar que en esa época Alcázar vivía su auténtica “edad de oro”. En pocos años llegó a tener más de ochenta religiosas y en él profesaron mujeres de las más arraigadas e importantes familias de Alcázar y de otros pueblos y villas del Priorato. 

A principios del siglo XVII era tan elevado el número de religiosas que moraban en el Monasterio de la Concepción que Doña María Díaz Pedroche, virtuosa dama alcazareña devota de San Francisco, les cede su casa solariega para fundar en ella un segundo monasterio de la Regla de Santa Clara; la licencia para esta fundación les fue concedida por la Orden Franciscana el 2 de noviembre de 1601. Con esta licencia en su poder se dirigieron al Gran Prior de la Orden de San Juan, Príncipe Enmanuel Filiberto, para solicitar la correspondiente autorización, que les fue concedida por su Lugarteniente Frey Don Antonio de Toledo el 28 de enero de 1602.

El 23 de mayo de ese mismo año tomó posesión de la casa de Doña María Díaz Pedroche el Provincial de la Orden Franciscana, que designó a Fray Calixto Cantero como primer Vicario y a Sor María de Vargas como Madre Abadesa Fundadora del nuevo monasterio, quien de inmediato se instaló en su nuevo hogar junto a Sor Ana Pérez y Sor Jerónima Martínez Coronel, las tres monjas Clarisas procedentes del Monasterio de la Concepción, según la condición impuesta por Doña María.

Junto al nuevo monasterio, que se denominó Monasterio de San José por nacer bajo la protección de este santo, se construyó una pequeña iglesia, hoy desaparecida, que fue bendecida el 15 de junio de 1605. Este segundo monasterio, más pequeño que el de la Concepción, llego a albergar en su momento de máxima actividad a unas treinta religiosas.

Estado del edificio del Monasterio de San José antes de su restauración para sede del Museo FORMMA

Durante los dos siglos siguiente ambas comunidades de religiosas vivieron años de esplendor, hasta el extremo de que la devoción por la Inmaculada Concepción que ellas profesaban y acrecentaban con su ejemplo, hizo que el Concejo, por Bula concedida por el Papa Urbano VIII (1623-1644), la declarase Patrona de la Villa, en clara desavenencia con el Vicario Arzobispal, residente en Alcázar, que había proclamado Patrona a Santa Quiteria y establecido el 22 de mayo como su festividad. La controversia nunca cesó completamente y para reafirmar su posición, hacia la segunda mitad del siglo XVIII, el Concejo mandó pintar en la Sala Capitular del Ayuntamiento una imagen de la Inmaculada con esta inscripción: “Ave María Purísima. La Inmaculada Concepción General Patrona de esta Villa”.

Otro claro ejemplo de la devoción que los vecinos de Alcázar sentían por María Inmaculada lo tenemos en el hecho de que, en el año 1666, el matrimonio formado por Don Francisco de Reza Orozco y Doña Francisca Muñoz Villaseñor fundaron, a expensas de su patrimonio, el “Colegio de la Inmaculada Concepción y San Buenaventura”, ubicado en la Universidad del Monasterio de San Francisco y en el que se impartían estudios de Filosofía y Teología para clérigos franciscanos, pero al que podían asistir también seglares de esta Villa.

Pero como el paso del tiempo todo lo cambia, esta disputa acabó en el año 1824 con el reconocimiento como nueva Patrona de Alcázar de otra advocación de la Santísima Virgen, también muy arraigada desde hacía tiempo entre sus habitantes, la devoción a Nuestra Señora del Rosario, cuya festividad litúrgica, a celebrar el día 7 de octubre, había establecido el Papa Pio V en acción de gracias por la victoria de la Liga Santa sobre los turcos en la batalla de Lepanto.

Gracias al Censo del Conde de Floridablanca, elaborado en 1787 durante el reinado de Carlos III, sabemos que en ese año la comunidad alcazareña de monjas Clarisas aún mantenía un cierto vigor, pues contaba con un total de 54 religiosas, 26 residentes en el Monasterio de la Concepción y 28 en el de San José; solo había sufrido un ligero descenso respecto las 60 monjas que se habían contabilizado en el Catastro del Marqués de la Ensenada del año 1752.

Con la desamortización de Mendizábal en 1836, se exclaustraron todos los conventos de Alcázar, incluido el Monasterio de San José, pero no el de la Concepción, en donde se recogieron las últimas religiosas procedentes de aquél. Pero la decadencia, de la mano de la secularización, era ya imparable y el Monasterio de la Concepción, en cuya iglesia el Concejo de la Villa seguía renovando anualmente el Voto a la Inmaculada, se quedaba sin religiosas. Tan solo una leve esperanza se vislumbró en 1862, cuando S.M. la Reina Isabel II, ferviente devota de la Inmaculada Concepción visitó el Monasterio.

La visita, que inicialmente debía de haberse realizado cuatro años antes y se había suspendido por causas climatológicas, se realizó definitivamente el 12 de septiembre de ese año, aprovechando un viaje de la Reina a Andalucía. Según dicen las crónicas, la comitiva Real recorrió las calles de Alcázar desplazándose en carruaje desde la estación del ferrocarril hasta el Monasterio, haciendo una breve parada en la Iglesia de San Francisco, una vez en él los Soberanos departieron con las religiosas, probaron sus dulces y oraron ante la Imagen de la Inmaculada Concepción, quedando maravillados de su belleza. La Reina hizo una generosa donación a la Comunidad y al Consistorio y prometió ayudarles en todo lo que pudiera.

Animados por esa promesa la Corporación Municipal envió, el 12 de diciembre de 1864, una carta a S.M. solicitando el envío de religiosas para mantener viva la actividad del Monasterio, pero la situación era ya irreversible y en 1868 las tres últimas monjas que quedaban en él abandonaron definitivamente Alcázar y con su marcha se puso fin a la renovación anual del Voto a la Inmaculada Concepción. El edificio fue cedido al Ministerio de la Guerra para uso militar y acabó siendo, con el paso de los años, casa cuartel de la Guardia Civil. Actualmente ha sido transformado para uso hotelero.

En la parte del edificio del Monasterio de San José que se ha mantenido en pie se ubica en la actualidad el Museo FORMMA, museo de la Cerámica Manchega, en donde se exhibe una amplia colección de piezas procedentes de los principales núcleos alfareros de la región. Es de destacar el histórico escudo de la Orden Franciscana que ennoblece una de las esquinas del edificio.

Escudo de la Orden Franciscana en la fachada del antiguo Monasterio de San José

Esas tres últimas religiosas que abandonaron el Monasterio de la Concepción en 1868, la Abadesa Madre Sacramento Alfaro, Sor Saturnina de la Soledad y una tercera hermana sin identificar, fueron acogidas en el Monasterio de San José, de las Carmelitas Descalzas, en Malagón. En este lugar pudieron seguir con normalidad y total independencia su propia Regla de Santa Clara.

Como curiosidad hay que comentar que entre los dulces que hacían las monjas Clarisas destacaban unas deliciosas tortas de bizcocho, quizás elaboradas según la receta traída desde alguno de sus conventos en Italia. Estas tortas, que siguieron elaborándose fuera del monasterio por el personal seglar que en él trabajaba, son en la actualidad las famosas y apreciadísimas “Tortas de Alcázar”.

Catorce años después, en 1882, la Madre Sacramento Alfaro tuvo noticias de que un vecino de Villarrubia de los Ojos, Don Bernardo Jerez Moraleda, estaba rehabilitando y ampliando a sus expensas el edificio de la antigua ermita de Nuestra Señora de la Soledad para convertirlo en iglesia, puestos ambos en contacto acordaron fundar un convento en la casa y huerta que Don Bernardo tenía junto a esa ermita.

En 1884 Don Bernardo elevó al rey Alfonso XII un escrito solicitando del Ministerio de Gracia y Justicia la preceptiva autorización para la fundación del convento. El 17 de julio de 1885 se recibió en el Obispado de Ciudad Real el siguiente comunicado “De acuerdo a los informes favorables emitidos por las más altas autoridades eclesiásticas y civiles, se concede la correspondiente autorización para fundar en dicha Villa una Comunidad de Religiosas Clarisas”.

Ante esta gran noticia, la Madre Sacramento contestó de inmediato que podían contar con ella, con Sor Saturnina de la Soledad y con otras cuatro religiosas procedentes del Real Monasterio de Santa Clara de Játiva para la apertura de la nueva fundación. El 25 de agosto del citado año el Nuncio del Papa León XIII firmó las correspondientes autorizaciones y licencias para el traslado.

La Madre Sacramento, de acuerdo con la Abadesa de Játiva, fijó la fecha del 15 de octubre, festividad de Santa Teresa de Jesús, para tomar posesión de su nueva residencia a la que llamaron Convento de Nuestra Señora de la Soledad por estar junto a la ermita, ahora iglesia, de esta advocación. Así, diecisiete años después de haber salido de Alcázar de San Juan, la comunidad de Religiosas Clarisas que Sor Francisca de la Cruz había fundado en 1564 renacía en Villarrubia de los Ojos.

Esta nueva comunidad estuvo inicialmente formada por la Madre Sacramento y por las Hermanas Sor Saturnina de la Soledad, Sor Águeda María Badenes, Sor Angelina Sanmartín, Sor Patrocinio Ballester y Sor Juana María Llozar.

Con el paso de los años el viejo convento que se había edificado en los terrenos de la huerta de Don Bernardo se fue quedando obsoleto y así, el 6 de marzo de 1978, en concordancia con las orientaciones del Concilio Vaticano II sobre el tema de la renovación de la vida religiosa, comenzaron las obras del nuevo convento, en cuya construcción colaboró todo el pueblo de Villarrubia y del que sus habitantes se sienten especialmente orgullosos.

Pero los alcazareños no quedaron huérfanos por muchos años de acoger en su ciudad a una nueva congregación que, por encima de todas las cosas, rindiera culto y servicio a la Inmaculada Concepción de María y así, el 1 de julio de 1882, llega a Alcázar de San Juan una comunidad de religiosas pertenecientes a la Orden de la Inmaculada Concepción. Orden que había fundado en 1489 la portuguesa Santa Beatriz de Silva, mediante la Bula Inter Universa, aprobada por el Papa Inocencio VIII, cuatro siglos antes de declararse el dogma.

Esta nueva comunidad, en principio de Concepcionistas Descalzas por seguir la reforma llevada a cabo por la Madre Patrocinio Quiroga, instala su primera residencia en una casa de la calle del Verbo, hoy calle del Dr. Policarpo Lizcano, donada para tal fin por la devota alcazareña Doña Candelas Campo Vela, viuda de Don Evelio Reíllo Pizarro, quien acometió a su costa el proyecto de remodelación del edificio para transformarlo en monasterio. Fue su primera Abadesa Sor María Antonia de la Asunción Reíllo, hermana de D. Evelio, que vino junto a otras nueve religiosas del Monasterio Concepcionista de Manzanares.

La muerte de Doña Candelas, en febrero de ese mismo año de 1882, dejó inconclusas las obras del edificio que no se pudo acondicionar tal y como había previsto su benefactora, por lo que finalmente resultó ser una vivienda muy precaria e insalubre para las monjas. 

El paso del tiempo fue agravando estas malas condiciones y el estado ruinoso que presentaba el edificio en el año 1970 aconsejaron a la Rvda. Madre Mercedes de Jesús Egido, que había sido elegida Abadesa del Monasterio el 23 de enero de ese mismo año y hoy está en proceso de beatificación, la construcción de un nuevo convento e iglesia, cuyas obras comenzaron ese mismo año a expensas de Don Pablo Salvador Bullón en unos terrenos situados en la actual calle de La Virgen, casualmente muy próximos al lugar en donde estuvo ubicada, en el siglo XV, la antigua y venerada ermita de Nuestra Señora de la Concepción. 

En noviembre del año 1972, aún sin terminar las obras, pero acuciadas por la amenaza de ruina inminente en que se encontraba el viejo edificio de la calle del Verbo, las Hermanas se trasladan al nuevo y moderno monasterio que, junto a su preciosa iglesia, fue finalmente inaugurado y bendecido por el Obispo de Ciudad Real, Monseñor Juan Hervás y Benet, el 19 de marzo de 1973, festividad de San José, con el nombre de Monasterio de la Inmaculada y Santa Beatriz de Silva.

A partir de entonces esta Comunidad, siguiendo las directrices emanadas del Concilio Vaticano II sobre la adecuada adaptación y renovación de la vida religiosa, vivió un experimento de vida monástica basada en el espíritu y los propósitos de su Fundadora Santa Beatriz de Silva y tal como sucedió, casi cuatro siglos antes, con la fundación del Monasterio de San José de las Hermanas Clarisas, son ahora las Hermanas Concepcionistas, de la mano de la Madre Mercedes de Jesús, quienes abren, el 30 de abril de 1987, un nuevo monasterio llamado del Creador y de la Inmaculada, pero esta vez en la vecina población de Campo de Criptana.

En Alcázar de San Juan, además de los edificios de los dos antiguos monasterios de las Clarisas, ahora reconvertidos para esos otros usos ya comentados, ha quedado la hermosa y secular tradición del Voto a la Inmaculada Concepción, que tras pasar por ese largo periodo de olvido que comenzó con la marcha de las tres últimas religiosas en el año 1868, volvió a ser renovado 87 años después por el Alcalde de la Ciudad, Don Tomás Quintanilla, en solemne función religiosa oficiada el 8 de diciembre de 1954 en la iglesia de San Francisco.

Pero de nuevo nos encontramos con el hecho de que desde el año 2015 se ha vuelto a suspender su renovación. Sin entrar a valorar los motivos que han llevado a ello, pensamos que, aparte de su elevado sentido religioso, debería retomarse su renovación pues responde a una de las más hermosas tradiciones de Alcázar de San Juan, que no debería perderse después de los más de quinientos años transcurridos desde la proclamación del primer Voto.

Como ha venido sucediendo secularmente, desde aquellos lejanos años en los que los alcazareños pedían el fin de las plagas de langosta, la renovación del Voto siempre ha servido para que el alcalde de Alcázar de San Juan, además de proclamar la Inmaculada Concepción de la Virgen María, le expusiera las necesidades de la ciudad y solicitase su intercesión para solucionar los problemas que a todos nos acucian. Ahora, en este año, estamos ante una gran oportunidad para renovar de nuevo el Voto y pedir a Nuestra Señora protección frente a la Pandemia Covid-19 y las secuelas que padecemos. Seguro que muchísimas personas lo agradecerán.

Recordemos como Don José Eugenio Castellanos Perea, en el Voto de 1998, decía: “Como cada año venimos a solicitar vuestra intercesión para que nuevamente nos protejas de cualquier plaga que amenace nuestra convivencia, que socave nuestros credos, nuestra cohesión social, que nos hagan intolerantes con las ideas ajenas, excluyentes con hombres y mujeres de otras razas … ayúdanos a superar las enfermedades y los padecimientos, guíanos para nuestro recto proceder, en la defensa de los intereses de todos cuantos formamos esta comunidad”.

O como dos años más tarde, en 2000, Don José Fernando Sánchez Bódalo afirmaba que: “El progreso técnico y material, no ha evitado que miles de niños muera cada minuto; ni que cada diez segundos haya un nuevo enfermo de SIDA que no tendrá curación porque vive en una Tierra donde no ha llegado el remedio…” seguía diciendo “este Voto del año 2000 … es la mejor ocasión para fijarnos propósitos complicados pero necesarios. Ojala, el nuevo tiempo nos traiga la paz, la tolerancia y la superación de las desigualdades entre hombres y países”. Y acababa con estas palabras: “Señora, en nombre de todos los alcazareños y alcazareñas y de la Corporación Municipal, renuevo el Voto que la ciudad tiene hecho a tu Purísima Concepción. Voto que la Corporación que presido renovará cada ocho de diciembre en nombre de la ciudad de Alcázar de San Juan”.

Monumento erigido por Alcázar de San Juan a la Inmaculada Concepción en su primer emplazamiento en 1962

Este trabajo ha sido posible gracias a los datos recogidos en diferentes escritos de don Manuel Rubio Herguido y a la documentación facilitada por las actuales congregaciones de las Hermanas Clarisas del Convento de Villarrubia de los Ojos y de las Hermanas Concepcionistas de Alcázar de San Juan.        

Manuel Rubio Morano

Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan