El último héroe cervantino

El pasado sábado la Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan ha visitado la antigua Venta de la Inés, situada en el término municipal de Almodóvar del Campo

Esta venta situada en el antiguo Camino de Toledo a Sevilla, también conocido como Camino de la Plata, está nombrada en la novela Rinconete y Cortadillo como Venta del Alcalde, cómo se conocía en época de Cervantes. Sin duda alguna Miguel de Cervantes se alojó en ella en sus viajes a Andalucía, y la utiliza como escenario de esta Novela Ejemplar y también en el Quijote

adonde llegan don Quijote y Sancho Panza antes de adentrarse en Sierra Morena, y en la que ocurren tantas aventuras en la primera parte de la novela.

A media mañana los miembros de la Sociedad Cervantina ya estaban contemplando la imagen de esta antigua venta a los pies de Sierra Morena. No tardan en ver la imagen menuda de Felipe Ferreiro, su actual propietario. A sus 92 años de edad Felipe sigue viviendo en la venta, a la que llegó con pocos días de vida con sus padres, que ya eran la cuarta generación al frente de la venta. Si la venta tiene el gran interés de ser la única venta cervantina que sigue en pie, su propietario es su último héroe. Ha vivido en ella toda su vida, junto a su familia, sufriendo los desmanes de su vecino y propietario de la finca que rodea a la venta. El Poderoso, como le llama Felipe, llegó a cortarle incluso el abastecimiento de agua desde el río Tablillas desde el que se abastecía desde antiguo.

La venta ha estado treinta años sin agua hasta que la Justicia le ha dado la razón y se ha restablecido la conducción hace solo cuatro años. Su lucha ha sido mayor que la que don Quijote tuvo con los molinos de viento, que él creía que eran gigantes.

Durante casi dos horas, Felipe les contó cuentos e historias de aquella zona con una lucidez increíble, en el portal de la venta, junto a la misma cocina en la que tantos viajeros han estado junto a su lumbre. Cómo no podía ser de otra manera la Sociedad Cervantina le llevó una caja de Tortas de Alcázar y se despidieron con un «hasta pronto», firmando en el libro de firmas que en la venta Felipe conserva.

Desde 2009 la Venta de la Inés es Bien de Interés Cultural, con lo que su conservación está garantizada por la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha. Sin embargo, quien mantiene el espíritu cervantino de ella es don Felipe Ferreiro.    

Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan

El periodista uruguayo Alberto Etchepare visitó Alcázar de San Juan durante la Guerra Civil

Alberto Etchepare

Pocos alcazareños conocen la visita del periodista uruguayo a nuestra ciudad cubriendo información sobre la Guerra Civil española

Una de las personas que han pasado por Alcázar de San Juan fue el periodista uruguayo Alberto Etchepare Silva, quién se vino a España a cubrir la información sobre nuestra Guerra Civil.

El paso de este viajero por la localidad nos lo reseñó hace años el profesor Matías Barchino Pérez, Decano de la Facultad de Letras de la Universidad de Castilla-La Mancha, en uno de los “Almuerzos de don Quijote” organizados por la Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan, concretamente el celebrado el 20 de mayo de 2017, poniéndonos en antecedentes sobre Etchepare y comentándonos que había dedicado a Alcázar de San Juan un capítulo de su libro.

Matías Barchino Pérez, en el centro de la imagen con corbata

El libro, titulado Don Quijote fusilado (notas sobre la guerra de España) y que vio la luz en 1940, lo constituyen una serie de crónicas, algunas de ellas enviadas y publicadas anónimamente en los diarios opositores Uruguay y El País.

El autor dudó -meses después de acabada la guerra-, en publicar estas notas que pensaba mal hilvanadas y faltas de todo pulimento literario, pero se convenció de ello porque seguía vivo y palpitante el problema de España y porque el libro serviría para recaudar fondos para los refugiados españoles en Uruguay, también para fortalecer la esperanza de pronta justicia social que en nosotros alienta.

Alberto Etchepare, que también firmaba sus artículos como El Ujier Urgido, Plácido Barlovento y Máximo Vago, salió de su país por propia voluntad, tuvo el impulso -nada más conocer el comienzo de la guerra-, de abandonar Montevideo para apoyar al bando republicano y se vio en la necesidad de venir a nuestro país a contar de primera mano todo cuanto ocurría en España.

Dejó la capital uruguaya y se vino con lo puesto para contar a sus compatriotas lo que estaba aconteciendo en España. En el prólogo a Don Quijote fusilado, el abogado, escritor, parlamentario y fundador del partido Socialista del Uruguay, Emilio Frugoni dice de él: “Desde aquella primera noticia él se sintió dominado por el ansia de acercarse al drama hispano, más que para contemplarlo como imple espectador y narrarlo como testigo presencial, para vivirlo, para sentirlo en carne propia, sirviendo con la pluma y también si cuadraba con el fusil, la causa del gran protagonista de este drama, que era el heroico amor del pueblo a sus derechos y a su dignidad”.

Continúa Frugoni exaltándolo y reconociendo su impulsivo atrevimiento: “mientras nosotros no atinábamos todavía a salir del doloroso asombro que nos producía el estallido de la traición armada, en rebeldía facciosa contra los destinos de pueblo español, él vino y nos dijo: ‘me voy a ver qué ocurre en España y relataré lo que vea’.

Frugoni pensó que el libro había supuesto una especie de triunfo personal para Etchepare o por mejor decir, una profunda evolución en positivo, el proceso de un aprendizaje oculto, siendo como una especie de máster en el dominio de la pluma para el joven cronista y por eso dice: “cuando comenzaron a aparecer estas crónicas en nuestros diarios, yo le dije a un amigo:  he aquí que la guerra de España nos ha llevado un atorrante (usaba el vocablo familiar en su más amable acepción) y nos devuelve un gran periodista”.

Etchepare llegó a España en barco, entrando en nuestro país por Barcelona, ciudad a la que dedica los primeros capítulos, recorrió después el frente de Huesca, Tardienta, Torralba de Aragón y por fin Madrid. Desde la capital se trasladó a Alcázar de San Juan de paso hacia Valencia. Con toda seguridad sería uno de los últimos días del año 1936 ya que había pasado la Navidad en Madrid.

Pasando antes por el Toboso a bordo de un automóvil con un chofer -que había sido conductor de taxis en Madrid-, se cruzaron con una escuadrilla de aviones enemigos, y por miedo hubieron de acelerar el vehículo a más de 100 km/h “por la cuna de la ingrata por quien tanto penó don Alonso Quijano. Tan solo alcanzamos a gritarle al grupo de casas un ‘¡Chau Dulcinea!’ mientras la cruzaban a toda velocidad.

Llegaron a Alcázar de San Juan según relata el propio Etchepare: “atravesando los campos de La Mancha y evocando a Nuestro Don Quijote. El horizonte se nos iba abriendo como un libro de caballerías, y ante la vista de los molinos de viento nos embriagábamos de leyenda… El coche potente y raudo, devoraba nafta y kilómetros, mientras a nosotros se nos iba la imaginación. Por un instante temimos atropellar a la sombra augusta de don Quijote que, como alma en pena, parece estar vagando por estas tierras secas y desoladas. Los molinos se nos antojaban -como al hidalgo manchego- seres fantásticos que huían despavoridos de un invisible enemigo que les grita: ‘¡Arriba las astas!” (aspas hubiera sido lo correcto).

Una vez en Alcázar, el reportero narra que cenan un menú de guerra en un mesón típico, alumbrados por un parpadeante candil y cuenta algo que le llama la atención (una característica de Alcázar a lo largo de su historia) que el pueblo tiene una gran animación, por ser uno de los puntos adonde arriban las familias refugiadas que vienen de Madrid.

En este mesón cuenta una graciosa anécdota que les sucede cuando “un chaval de ocho años nos contempla curiosamente mientras comemos. Buscando amistad, lo interrogamos:

– ¿Eres evacuado?

– No, señor. Soy Jacintito, para servir a usted.

Esto parece un chiste malo, pero nos ha sucedido efectivamente”

No da para mucho más la estancia en Alcázar ya que a las once de la noche suben al tren que los llevará a Valencia, un convoy formado por más de veinte vagones repletos de toda clase de gente, milicianos, niños, viejos, mujeres jóvenes dando el pecho a sus críos y a media luz (los de primera y tercera están envueltos en penumbra), tan repleto que deben ubicarse en un pasillo hasta que el tren, dos horas después, parta de la estación rumbo a Levante.

En ese ínterin hasta la partida del tren aún sucede otro episodio digno de relatarse: “A nuestro lado tres señores de boina protestan porque deben viajar de pie. Están bien vestidos. No les vemos las manos a causa de los guantes, pero han de ser sin duda, blancas y suaves, se nos ocurre, como de sacristanes. Hablan de la falta de organización y de la incapacidad del Comité. El más grueso de ellos, colorado de cara y con un habano en los labios nos dice:      – ¿Y para qué hemos hecho la revolución? Sonreímos sin contestarle. Él se da cuenta de que lo estamos ‘sobrando’. Tenemos ganas de decirle que la revolución aún no se hizo. De que él está saboteando el régimen. Que no es momento para críticas. Que hay que ganar la guerra primero. Que si no se calla le meteremos un tiro en medio de la barriga… Pero no vale la pena”.

Escribe también Alberto Etchepare, despidiendo el capítulo de Alcázar de San Juan: “Rumbo a Valencia nos llevaba aquel vagón trepidante, con su carga de humanidad dolorida, angustiada. Desde el fondo del coche salía el canto ronco de los soldados del pueblo:

            ‘Es la lucha final

que comienza.

            La revancha

de los que ansían pan…”

Este joven periodista que vino ávido de experiencias y que regresó después de la guerra de España, según Frugoni “como un narrador vivaz, plástico, emotivo, que comunica sus sensaciones con una precisión certera de verdadero dominador de su oficio, que ya es arte en sus manos por la virtud de ese soplo sutil con el cual, desde los tiempos bíblicos, el barro tosco y pedestre de los caminos del mundo, comienza a palpitar y animarse”, tuvo un paso muy breve pero a la vez intenso por nuestra ciudad y describe cómo la encontró en tiempo de guerra, es sin duda, una visión totalmente objetiva de un visitante extranjero que deja escrito su testimonio sobre Alcázar de San Juan, sobre su estación y sobre su paisanaje.

.

Constantino López Sánchez-Tinajero

Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan

Pietro Gonnella y su caballo

Pietro Gonnella

Ya sabemos que el caballo de Gonela se menciona en el primer capítulo del Quijote
de 1605, donde se nos dice que era de muy triste estampa, que tantum pellis et ossa
fuit (todo pellejo y huesos). Pero ¿quién fue aquel Gonela? ¿Qué lo hizo tan
popular para que Cervantes se acordase de él?

Pietro Gonnella fue bufón en la corte de los Marqueses de Ferrara (Duques a partir
de 1571, por concesión del papa Paulo II). No está muy claro si Gonnella sirvió a Borso
d’Este (1413-1471), a su hermano y predecesor Leonello d’Este (1407-1450) o al padre de
ambos Niccolò III d’Este (1383-1441). Pudo conocerlos a todos, pero no creo que sirviese
a Borso d’Este, pues ya no vivía el bufón cuando heredó el marquesado.
Su anecdotario es abundantísimo, y hace sospechar que se le asignaron anécdotas
ajenas, incluso imaginarias (algunas me recuerdan aquellos «chistes de Jaimito» de mi
infancia). Véase en el siguiente ejemplo (que traduzco), como se las ingenió para sacarle
algo de dinero a uno de Ferrara que deseaba alcanzar el poder de adivinar:


Gonnella, que fue un pícaro muy juguetón, prometió, por unas pocas monedas,
hacer adivino a uno de Ferrara que lo deseaba mucho. Le hizo acostarse una vez con
él, y silenciosamente expulsó un gran vapor de su vientre y le dijo que metiera la
cabeza bajo las sábanas; lo hizo, pero la sacó inmediatamente, por el gran hedor: «Tú
hiciste un pedo muy grande», dijo; y Gonnella: «Págame, pues ya adivinas».


En el siglo XVIII, Domenico Maria Manni, en su Vita di Pietro Gonnella buffone,
recopiló varias historietas de Gonnella, aunque omitió las que consideró de mal gusto
(como la de arriba). Un par de las que sí incluyó tienen que ver con su caballo, al que
define como lleno de mataduras, viejo, flaco y deslomado a más no poder, y a tales
excelencias hay que sumar que carecía de cola, porque el Marqués se la mandó cortar,
de modo que faceva una brutta vista. Gonnella se tomó la vendetta cortando el labio
superior a varios caballos del Marqués. Pero no parece que nuestro Gonnella apreciase
mucho a su montura, pues un día apostó cento ducati contro un sacco di grano a que era
capaz de saltar más alto que cualquiera de los del Marqués. Éste aceptó la apuesta;
Gonnella subió el suyo por las escaleras del palacio hasta la sala principal, lo colocó
frente a un ventanal y allí, da un’ altezza di molte e molte braccia le dio un empujón y lo
hizo estrellarse contra las losas del patio. Por supuesto el Marqués no quiso arriesgar
ninguno de sus caballos en semejante prueba. Gonnella, pues, perdió su caballo, pero
retuvo sus cento ducati (si realmente los tenía) y ganó un saco en que cabían cuatro
celemines (que previamente lo hizo coser de ese tamaño).


Otra buena historieta tuvo por víctima al ricchissimo ed avarissimo abad de un
convento en el Reino de Nápoles. Los cortesanos le prometieron que serían generosos
con él si lograba sacarle algo, siquiera una mínima limosna. Gonnella se disfrazó de
peregrino y en la puerta del convento pidió confesarse con el abad, pues su pecado era
muy grande para confesárselo a cualquier monje. A regañadientes, el abad se personó
en la sacristía luciendo una bellissima cappa… con cordoni di seta, y Gonnella le confesó que
en ocasiones se convertía en lobo y lleno de rabia mordía al que se le ponía por delante.
Justo en aquel momento empezó a sacar espuma por la boca fingiendo que le sobrevenía
el arrebato. El abad quiso huir, pero Gonnella se aferró furiosamente a la capa hasta que
el abad se liberó soltando los cordones. En fin, abad y monjes corrieron a encerrarse
donde pudieron, nuestro Gonnella salió tranquilamente del convento con la valiosa capa
y con ella se presentó a los cortesanos que habían dudado de sus habilidades.


Los bufones se tomaban muchas libertades con los invitados de sus señores (como se
esperaba de ellos), pero hay bromas ligeras y bromas pesadas, y, como dice el proverbio,
donde las dan, las toman. ¿Cómo murió nuestro Gonnella? La tradición dice que el
Marqués, molestísimo por haber sufrido en carne propia una de sus travesuras, quiso
darle un susto de muerte (como suele decirse) para que se corrigiese. Primero lo tuvo en
prisión y con grilletes durante varios días, luego montó un simulacro de decapitación en
la piazza del palazzo. Subió Gonnella al cadalso; allí, con los ojos vendados y la cabeza
puesta en posición, el verdugo le echó un cubo de agua helada en el cuello, lo cual
sumado a la tensión del momento le provocó un infarto fulminante. Víctima y
espectadores comprobaron aquello que se lee en dQ2-49: «Cada día se veen cosas nuevas
en el mundo: las burlas se vuelven en veras y los burladores se hallan burlados».


Enrique Suárez Figaredo
Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan

Premios Corazón de la Mancha 2022: Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan «Promoción Cultural»

Entrevista a su actual presidente, Juan Bautista Mata Peñuela

La conforman personas-socios de todas las clases, oficios y condiciones, pero con el denominador común sobre un férreo compromiso por divulgar la lectura del Quijote y seguir haciendo mucho más larga la estela del hidalgo caballero.

Juan Bautista Mata, es su actual presidente, y celebraba con nosotros el reconocimiento

P. Aunque sea un premio concedido en la localidad que os ha visto nacer y trabajar ¿anima a seguir potenciando vuestra labor más allá?

R: Si, por supuesto. La vocación y objetivo primordial de nuestra Sociedad es dar a conocer la obra de Cervantes, especialmente el Quijote y la vinculación que tiene con Alcázar de San Juan y la comarca. Gracias a nuestra web y a las redes sociales hemos llegado a todos los rincones de España y a muchos países de Latinoamérica, desde dónde siguen todas las publicaciones y eventos que organizamos.

P. ¿Cuáles son los objetivos conseguidos hasta la fecha de los que os sentís más orgullosos?

R: Hemos desarrollado una labor muy amplia de artículos de investigación como las Quijo-cosas, que ayudan, en un lenguaje llano y coloquial, a la interpretación de pasajes del Quijote y están disponibles en nuestra web. También, gracias a la labor de nuestro socio de honor, Enrique Suárez Figaredo, tenemos editada una versión del Quijote que actualiza ciertos términos y palabras y en la que se han eliminado las intrahistorias que pueden hacer que el lector abandone la lectura del Quijote. Es por tanto, un Quijote para aquellas personas que no llegaron a leerlo y para los más jóvenes. El concurso de “Cartas a los Reyes Magos” y el de relatos breves “El legado de Sancho Panza” han sido muy bien acogidos por escritores noveles y vamos a continuar con esta iniciativa. Esta labor de publicaciones está acompañada de rutas guiadas en las que damos a conocer los lugares de Alcázar que tienen relación estrecha con Cervantes.

La Sociedad Cervantina de Alcázar muestra telemáticamente la cocina del Quijote a alumnos italianos
La Sociedad Cervantina de Alcázar muestra telemáticamente la cocina del Quijote a alumnos italianos | OC

Otra actividad muy reconfortante son los “Almuerzos de Don Quijote” en los que personalidades de todos los campos de la cultura nos ilustran con sus conocimientos, todo ello en un ambiente distendido alrededor de un almuerzo típico manchego. Y destacar también las mesas redondas que organizamos anualmente sobre diversos temas: Los libros de caballerías, la comida típica del siglo de oro, etc. También en un marco distendido y con filólogos y expertos en cada tema. Anecdóticamente, durante la pandemia hicimos mediante videoconferencia con los alumnos de un instituto italiano de turismo, una exposición de los platos típicos manchegos, acompañándolo de comentarios y las referencias de donde aparecían en el Quijote.

P. Pasado el tiempo de pandemia, que a vosotros también os ha imposibilitado hacer cosas en la calle ¿qué proyectos estáis afrontando en esta nueva etapa?

R:Tenemos previsto relanzar “La Orden de los escuderos llamados Sancho” que tuvo gran repercusión para Alcázar en los años sesenta y que rescató en un gran artículo nuestro socio Manuel Rubio. Una genial idea del maestro Tico Medina y paisanos nuestros de la época que como digo queremos rescatar. Tuvimos la oportunidad de hablar con Tico y exponerle el proyecto y le encantó. Poco antes de que falleciera le nombramos Socio de Honor, hecho que agradeció enormemente.

P. Eruditos de universidades y entidades relacionadas con la literatura y Cervantes han pasado por vuestra sede ¿puedes recordarnos alguno de los más populares o con más contrastado curriculum?

R: Bueno, han sido muchos los que han pasado por los almuerzos y las mesas redondas. Creo que la hospitalidad manchega, que tenemos bien merecida, ha hecho el resto. Destacar la presencia y cariño que nos han demostrado con su presencia: Luis Gómez Canseco, Carlos Mata Induráin, Eric Clifford, Alfredo Alvar, José Manuel Lucía y Manuela Sáez por poner solo unos ejemplos. Y cómo no, la presencia del Premio Nobel de Astronomía Michel Mayor que de la mano de nuestro socio Benjamín Montesinos nos hizo pasar un almuerzo inolvidable.

Censuran la marca "Hideputa" de la Sociedad Cervantina Alcazareña
Censuran la marca «Hideputa» de la Sociedad Cervantina Alcazareña | OC

P. Anecdótico ha sido lo que ocurrió con el vino que presentasteis con la marca “Hideputa”, háblanos de ello.

R: Pues surgió de la idea de tener nuestro propio vino con el que agasajar a los invitados a los almuerzos, socios, etc. Qué mejor nombre que “Hideputa”, exclamación que profiere Sancho Panza en un capítulo del Quijote cuando le dan a probar un vino que él identifica rápidamente como de Ciudad Real por su calidad.

El siguiente paso fue registrar la marca en la Oficina de Patentes, y aquí surgió el problema cuando nos denegaron el registro por ser vejatorio el nombre elegido. Decidieron censurar en el siglo XXI al mismísimo Cervantes, cuando ni la Inquisición en la época de publicación del Quijote lo había hecho. Por más reclamaciones y aclaraciones que hicimos no conseguimos que entrasen en razón. Y así dimos a conocer a los medios de comunicación lo que nos había acontecido. Lo que desde luego no esperábamos fue la repercusión que tuvo a nivel nacional y la publicidad, no buscada, que de nuestra Sociedad se hizo.

P. “Creer en el sueño imposible” reza el estribillo del famoso musical “El Hombre de La Mancha” ¿dónde y cómo os gustaría ver la marca y el colectivo que habéis creado en el futuro?

R: Sinceramente no tenemos más pretensión que seguir con los objetivos que nos marcamos cuando se fundó la Sociedad Cervantina. Con esto nos damos por satisfechos y nuestra labor altruista habrá sido recompensada con creces.

P. ¿Y cuáles crees que deben ser las claves para seguir fomentando ese trabajo de Promoción Cultural que reconocemos con el premio?

R: Tenemos que conseguir que la obra de Cervantes, en especial el Quijote, se siga leyendo. Los valores que encierran sus páginas siguen hoy vigentes y son esenciales para la educación de las generaciones venideras.

Publicado en Onda Cero:

https://www.ondacero.es/emisoras/castilla-la-mancha/alcazar-de-san-juan/audios-podcast/sociedad-cervantina-alcazar-san-juan-promocion-cultural_2022062162b1f84e5955720001e913ad.html?fbclid=IwAR0jMpXQ0LFutVHVgv2eCz-NTzCYyFECqdBwJxJLWpxEe4QCBKXjerM4O-Q

Manuel Moyano presenta en Alcázar su libro “La frontera interior. Viaje por Sierra Morena” en compañía de Luis Miguel Román Alhambra

Moyano es cordobés de nacimiento y murciano de residencia y con su libro ha obtenido el Premio Eurostars Hotels de Narrativa de Viajes en 2021

Luis Miguel Román Alhambra vicepresidente de la Sociedad Cervantina de Alcázar ocupa un lugar importante en el libro sobre todo en la parte del camino real de Toledo a Andalucía a su paso por la Venta de la Inés y la parte de Sierra Morena de la penitencia de don Quijote

Alcázar de San Juan, 11 de junio de 2022.- En la tarde del viernes 10 de junio y en la librería Moisés Mata de Alcázar de San Juan, se presentaba el libro “La frontera interior, Viaje por Sierra Morena” por su autor Manuel Moyano asistido por Luis Miguel Román Alhambra, vicepresidente de la Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan quién le inspiró parte del recorrido.

Moyano dijo que en esta ocasión -ya es su tercer libro de viajes tras “Travesía americana” (un recorrido en coche atravesando Estados Unidos junto con la familia) y “Cuadernos de tierra” (un relato sobre la búsqueda interior mientras caminaba en solitario rutas por las sierras murcianas)-, ha hecho una auténtica inmersión personal y cultural en cada uno de los lugares visitados, en los que además de contar su historia y particularidades se ha fijado en el paisanaje humano describiendo el carácter de sus habitantes y llegando a constatar que no es tan diferente entre sus extremos, Aldeaquemada por el este y el Alentejo portugués por el oeste.

Moyano comentó que a pesar de dedicar una pequeña preparación del viaje antes de iniciarlo, ya tiene la experiencia anterior de que cada viajero y en cada momento en que lo realiza, disfruta de un viaje totalmente diferente, en una ecuación en la que influyen las estaciones del año, la temperatura, el estado de ánimo del viajero y sobre todo incidencias aleatorias que hacen que el mismo viaje pueda ser casi completamente diferente para dos personas distintas.

La frontera interior. Viaje por Sierra Morena es un libro que se lee de forma muy fluida y que engancha, siempre quieres saber lo que va a pasar en la siguiente etapa, está escrito de forma amena y al alcance de cualquier lector , aunque con un punto cultural que atrae porque la poesía siempre está presente y Moyano procura introducirla en pequeñas dosis para que el lector conozca la obra de los poetas con los que se encuentra en el viaje y procura ir recopilando obras de los poetas locales por los lugares que visita.

En resumen, un libro muy atractivo y redondo que no en vano ha sido premiado con el Premio Eurostars Hotels de Narrativa de Viajes 2021 y que ha impulsado ya a muchos viajeros a hacer el viaje que en él se relata. Del modo en que el libro engancha vamos a poner el ejemplo que mencionó el propio Moyano en la presentación, diciendo que un amigo suyo portugués, poeta, viajó recientemente a Berlín con el libro en la maleta y le comentó que en todo momento tuvo más presente en su mente el viaje de Manuel Moyano por Sierra Morena (ficticio, ya que estaba descrito en el libro) que su propio viaje real por la capital alemana.

El vicepresidente de la Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan, Luis Miguel Román Alhambra, estuvo asistiendo a Manuel Moyano en la presentación porque es una presencia importante en una parte del libro. Antes de comenzar el viaje, Moyano visitó nuestra ciudad para estar unas horas con Román Alhambra quien le habló de la zona de Sierra Morena que más conoce por haberse desarrollado allí una parte importante de las aventuras de don Quijote y le impulsó a transitar por una parte del antiguo camino real de Toledo a Andalucía y conocer la Venta de la Inés, que el autor definió como un agujero en el tiempo, donde uno al entrar en ese mundo tiene la sensación de haber regresado en el tiempo al siglo XVII y sentir que puede aparecer en cualquier momento Miguel de Cervantes o cualquier personaje de la época que en su traslado a Andalucía podía haber tomado allí un descanso en su camino.

También conoció el lugar donde Román Alhambra situó el lugar de la penitencia de don Quijote en su libro “Las aventuras de don Quijote en Sierra Morena” https://alcazarlugardedonquijote.files.wordpress.com/2018/10/aventuras_de_don_quijote_en_sierra_morena_alta_resolucion.pdf

Moyano se mostró un admirador de Cervantes y dijo no caberle duda de que era un perfecto conocedor de los caminos de España, así como de las costumbres de sus coetáneos, y que se inspiró realmente en todo lo que conocía para escribir su universal novela.

La Sociedad Cervantina de Alcázar que arropó con su presencia el acto, agradece a Manuel Moyano el haber querido presentar en Alcázar de San Juan su última obra publicada

y hablarles del proceso creador para gestarla, y le desean mucho éxito en la promoción de este “libro de viajes que se pude leer como una novela” (Luis Landero) y lo animaron a seguir haciendo literatura con sus viajes.

Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan

La china en el zapato

Desde que en 1748 Blas de Nasarre encontrase en el primer Libro de Bautismos de la parroquia de Santa María la Mayor, de Alcázar de San Juan, la partida de bautismo de Miguel, un hijo de Blas de Cervantes Saavedra y de Catalina López, el nombre de esta ciudad manchega en el mundo oficial cervantino sigue levantando polémica. Alcázar de San Juan es la china en el zapato del biógrafo cervantino.

Si bien la polémica sobre la cuna de Miguel de Cervantes está cerrada desde hace ya mucho tiempo a favor de Alcalá de Henares, adormecer aún más la tradición cervantina alcazareña sigue siendo un reto para algunos biógrafos de Cervantes. Y si hay que tergiversar los datos sobre esta partida de bautismo para conseguir este fin se hace, casi sin rubor.

En el Cervantes (2022) de Santiago Muñoz Machado, la última, aunque habrá muchas más, biografía del autor del Quijote, podemos leer:

El lugar de nacimiento de Cervantes era, pasada la mitad del siglo XVIII, cuestión controvertida. Lope de Vega, que lo conocía y trataba, lo hizo natural de Madrid. Tomás Tamayo y Vargas, de Esquivias. Andrés Claramonte lo creyó natural de Toledo. Nicolás Antonio, de Sevilla. Don Diego Ortiz de Zúñiga también le atribuyó Sevilla. Otra tradición aseguraba que era natural de Lucena. Luego competirían también Alcázar de San Juan y Consuegra.

En 1748, encontró Juan de Iriarte, en la sala de manuscritos de la Biblioteca Real, una edición impresa en Granada, en 1581, concerniente a 185 cautivos rescatados en Argel el año anterior, entre cuyas primeras partidas se mencionaba a «Miguel de Cervantes, de edad de treinta años, natural de Alcalá de Henares». Este documento lo envió a su sobrino Iriarte, y al día siguiente se lo comunicó al padre Sarmiento. El benedictino celebró la noticia y realizó algunas diligencias complementarias, como la lectura de la Topografía e historia de Argel del padre Haedo, que se publicó en Valladolid en 1612, que corrobora la información… Para el padre Haedo Miguel de Cervantes era un «hidalgo principal de Alcalá de Henares». En una de las obras que dejó manuscritas Sarmiento, dijo que estaba claro en la historia de Argel que la verdadera patria de Cervantes era Alcalá.

La insistencia de Sarmiento para que Pingarrón estimulase la búsqueda de la partida de bautismo llevó a encontrarla en la parroquia de Santa María. El cura, Sebastián García y Calvo, envió una copia certificada el 18 de julio de 1752, que publicó don Agustín Montiano el 19 de junio del mismo año 1752.

Poco después apareció en Alcázar de San Juan, lugar de la Mancha perteneciente al priorato de Castilla, otra fe de bautismo en la que consta que el 9 de noviembre del año 1558 fue bautizado por el licenciado Alonso Díaz Pajares un hijo de Blas Cervantes Saavedra y de Catalina López al que le puso de nombre Miguel. En el margen tenía anotado, en distinta letra, «este fue el autor de la historia de D. Quijote», lo que complicó el problema de la patria cervantina. Algunos literatos creyeron que se trataba verdaderamente del Cervantes del Quijote, conjetura que además venía apoyada por las referencias continuas de Cervantes a la Mancha. En Alcázar existía la tradición de que Cervantes era del pueblo, y la nota marginal de la partida lo confirmaba.

Sarmiento confrontó ambas partidas en 1760, comparando también la mención de Haedo junto con otras demostraciones convincentes de Vicente de los Ríos, que llevaron a la confirmación de que era Alcalá el lugar de nacimiento. (Cervantes, pag. 45 y 46)

Muñoz Machadoanota que «Poco después apareció en Alcázar de San Juan, lugar de la Mancha perteneciente al priorato de Castilla, otra fe de bautismo en la que consta que el 9 de noviembre del año 1558 fue bautizado por el licenciado Alonso Díaz Pajares un hijo de Blas Cervantes Saavedra y de Catalina López al que le puso de nombre Miguel». Casi de la misma manera que ya lo hizo Vicente de los Ríos en el Quijote de la RAE de 1780: «A poco tiempo de haberse estampado la partida de bautismo que antecede, se encontró en Alcázar de San Juan, Lugar de la Mancha perteneciente al Gran Priorato de Castilla, otra fe…». No, la partida de Miguel de Cervantes Saavedra de Alcázar de San Juan no apareció «poco después» de haberse descubierto en 1752 la de Alcalá de Henares y publicada por Montiano en su Discurso II sobre las tragedias españolas en 1753, sino que fue descubierta por Blas de Nasarre en 1748, cuatro años antes.

También afirma Muñoz Machado que «en una de las obras que dejó manuscritas Sarmiento, dijo que estaba claro en la historia de Argel que la verdadera patria de Cervantes era Alcalá». El padre Martín Sarmiento llega a esta conclusión, después de leer en 1752 la Topografía e historia general de Argel (1612) del padre Haedo, además de cotejar las dos certificaciones de las partidas de Alcalá de Henares y Alcázar de San Juan. Pero también el padre Sarmiento, en su manuscrito Noticia de la verdadera patria (Alcalá) de ÉL Miguel de Cervantes estropeado en Lepanto, cautivo en Argel y autor de la Historia de D. Quixote y conjetura sobre la Insula Barataria de Sancho Panza (1761), conservado en la BNE (Mss_018031), hace la cronología de las búsquedas de estas dos partidas, y no corresponde con la afirmación de Muñoz Machado en su Cervantes.

En 1761, escribe el padre Sarmiento:

El año de 1717, estando en este mi monasterio de S. Martin de Madrid, baxaba con frecuencia a la librería, que contiene 9 mil tomos. No tanto baxaba a leer; quanto a enredar y revolver libros. Sucedió, que entre ellos tropezé con uno en folio, cuyo título era: Topographia, è Historia General de Argel. Su autor, el Mro  Pfr. Diego de Haèdo, benedictino. Lei un poco de la Topographia, y me pareció muy bien. Pero preocupado de que un monxe benito no podría tratar con exactitud y acierto, de las cosas de Argel; desamparé aquel libro, y eché mano de otro para divertirme. Despues, no volvi a ver ese PHaèdo, asta el año de 1752.

Ese año de 1752, entre otros libros que compré, compré el dicho tomo Historia de Argel. A la primera abertura del libro abri en la pag. 185 del Dialogo de los Martyres; en donde esta el famoso contexto de que era Miguel Cervantes un hidalgo principal de Alcalá de Henares…

 Asi que tropezé con la noticia de la verdadera Patria de Cervantes, la comuniqué, y con franqueza, al librero Francisco Manuel de Mena, que viene a mi celda con frecuencia. Señasele el libro, y el folio 185 de Haedo. Encarguele que esparziesese esa noticia de que Alcalá era la Patria de Cervantes; en la RBibioteca, y en otros congresos de literatos. Mi fin era para que si alguno quisiese tratar ese punto, viese antes en Alcala la Fee de Bautismo de Cervantes. Creo que algunos hizieron la diligencia. Pero el que mas se esmeró en hacerla ha sido DAgustin de Montiano y Luyando, secretario de Su Mag. Y de la R. Academia de la Historia.

Este discreto y erudito caballero, solicitó que en Alcalá se vuscase la Fee de Bautismo. Vuscose, se halló y se le remitió. Y aviendola copiado, la imprimió a la letra en la pagina 10 de su tomo Discurso sobre las Tragedias Españolas: y la Tragedia Athaulpho. Alli supone, que yo tropeze con el texto del PHaedo que expresa que Cervantes ha sido de Alcala de Henares. El dicho tomo se imprimió en 1753 en 8º y en el se cita la pag 185 de Haedo para la noticia.

El padre Sarmiento, convencido de lo que había leído del padre Haedo, coetáneo de Cervantes, es quien en 1752 insta a que se buscase en los archivos parroquiales de Alcalá de Henares la fe de bautismo de Miguel de Cervantes. Ya se había hecho en 1748 un primer intento de localizar la partida de bautismo en Alcalá, después de que Juan de Iriarte encontrase una relación de cautivos liberados en 1580, en la que aparecía un «Miguel de Cervantes, de edad de treinta años, natural de Alcalá de Henares». Quizás, el haber centrado la búsqueda en los apuntes de los niños bautizados en los años 1549 a 1550 fue el motivo del fracaso. 

Blas de Nasarre (1689-1751), bibliotecario mayor de la Biblioteca Real y académico de la Real Academia Española, además de ser quien descubre en 1748 la partida de bautismo en Alcázar de San Juan, un año más tarde hace lo mismo con el acta de defunción de Miguel de Cervantes, encontrada en la parroquia de San Sebastián de Madrid, con la fecha de su muerte: «En 23 de abril de 1616 murió Miguel Cervantes Saavedra, casado con doña Catalina de Salazar, calle del León…». Nasarre publica esta acta de defunción en la «Disertación o Prólogo» de las Comedias y Entremeses de Miguel de Cervantes Saavedra, editadas en1749, pero sin su firma.

El padre Sarmiento, en su manuscrito, refiriéndose a Nasarre como «el anonymo», por haber publicado sin firmar esa «Disertación o Prólogo» a las Comedias, le confiere la autoría del descubrimiento de la partida de Cervantes en Alcázar de San Juan:

El Anonymo, que en 1732, reimprimio el Quixote de Tordesillas del pseudonymo Alonso Fernandez de Avellaneda; y el Anonymo, que en 1749 reimprimio Las Comedias de Cervantes, y le puso un largo Prologo, ha sido un solo autor bien conocido; y el cual estaba de asiento algunas veces en la Mancha. Me persuado a que a ese se le comunicó la noticia de la certificación del Alcazar de SJuan. Digo esto; porque antes que yo tropezase con la Historia de Argel; y aun antes que muriese el dicho Anonymo; me avian dicho en la celda, que ya se avía descubierto en la Mancha, la Patria de Cervantes; y tengo idea confusa de que señalaron el Alcazar de SJuan.

La cronología real de las apariciones de ambas partidas de bautismo, la de Alcázar de San Juan y la de Alcalá de Henares, es evidente. Antes de que el padre Sarmiento comprara y leyese la Historia de Argel, del padre Haedo, «en donde esta el famoso contexto de que era Miguel Cervantes un hidalgo principal de Alcalá de Henares», cosa que hace en el año 1752, ya se conocía la partida de bautismo de Miguel de Cervantes en Alcázar de San Juan, descubrimiento atribuido a Blas de Nasarre. Si Nasarre muere en 1751, habiendo publicado el acta de defunción de Cervantes en el prólogo de las Comedias editadas en 1749, la fecha de la aparición pública de la partida alcazareña de 1748 es cuatro años anterior al descubrimiento de la alcalaína y cinco de su publicación por Agustín de Montiano. 

Esta cronología en la aparición de las partidas de bautismo no cambia en nada la biografía oficial conocida de Miguel de Cervantes. Tampoco cambia la tradición que se ha transmitido en Alcázar de San Juan de generación en generación, que llegó incluso a cambiar su nombre oficial a Alcázar de Cervantes durante algunos años del pasado siglo XX. Antes de que Blas de Nasarre escribiese en 1748, al margen de la partida alcazareña, «Este fue el autor de la Historia de DQuixote», la tradición alcazareña ya había reconocido a su vecino Miguel, primer hijo de Blas de Cervantes Saavedra y Catalina López, como el autor del Quijote.

                                                    Luis Miguel Román Alhambra

Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan

Alfonso Dávila biógrafo de Cervantes visita la comarca del Quijote

Alfonso Dávila Oliveda, tercero por la izquierda

Dávila Oliveda es burgalés afincado en Alcalá de Henares, ex director del Archivo General de la Administración, ha participado en un almuerzo organizado por la Sociedad Cervantina de Alcázar y visitará en los próximos días la comarca del Quijote

Frente a la mayoría de biógrafos que aseveran que nuestro escritor no pasó por la universidad, él puede presumir de haber encontrado los documentos que certifican la estancia de Miguel de Cervantes en la Universidad de Alcalá de Henares figurando matriculado en ella entre los años 1566 al 1568

Alcázar de San Juan, 22 de mayo de 2022.- La Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan ha recibido en su actividad “los Almuerzos de don Quijote” a Alfonso Dávila Oliveda gran profesional de los archivos españoles e incansable buscador de documentos, especialmente los que contribuyen a aclarar la oscura -todavía- biografía de Miguel de Cervantes Saavedra.

Dávila es Licenciado en Historia y Diplomado en Archivística y Documentación. Ex  director del Archivo General de la Administración, así como Facultativo del Cuerpo de Archiveros del Estado y tiene publicada una amplia e interesante biografía de Cervantes:

  • Miguel de Cervantes. Apuntes para una biografía. Vol. 1. Soldado poeta (1547-1585), 2015.
  • Miguel de Cervantes. Apuntes para una biografía. Vol. 2. El agente del Rey predestinado para el teatro, que se dedicaba a los negocios poeta (1586-1595), 2016.
  • Miguel de Cervantes. Apuntes para una biografía. Vol. 3. El espía (1595-1603), 2019; de la que aún le queda por terminar la correspondiente a la última parte de su vida y está trabajando en ella.

Precisamente ha venido a la comarca del Quijote para conocer de primera mano Alcázar de San Juan, El Toboso, Campo de Criptana, Puerto Lápice, Argamasilla de Alba, las Lagunas de Ruidera y la Cueva de Montesinos, lugares por donde se desarrollaron las aventuras principales del Quijote.

Muchos de sus hallazgos documentales que enriquecen su biografía cervantina chocan con las biografías oficiales (podríamos llamarlas así) ya que todas ellas se inspiran en mayor o menor medida en la Vida de Miguel de Cervantes Saavedra escrita en 1737 por Mayans y Siscar, siendo más que comprobado que los documentos que no se ajustan al relato establecido por este primer biógrafo, se desprecian o se esconden, se destruyen o se hacen desaparecer para no acabar con el mito de Cervantes que quedó establecido con esta obra.

Pero es evidente que ha encontrado documentos que atestiguan el paso de Miguel de Cervantes por la Universidad de Alcalá, al menos entre los años 1566 y 1568, siendo síndico estudiantil (lo que equivaldría a ser delegado de curso) en los años 1567 y 1568; y teniendo por compañeros de estudios a Mateo Alemán, Juan de Palacios (cura de Esquivias y tío de su futura mujer Catalina de Salazar y Vozmediano), Mateo Sánchez, Pedro Laynez e incluso a Gaspar de Ezpeleta quien morirá en el lecho de Miguel, en Valladolid en el año 1605.

Tras su llegada a Alcázar de San Juan, Alfonso Dávila, en compañía de miembros de la Directiva de la SCA, ha visitado el Museo Casa del Hidalgo, donde ha podido comprobar cómo era la casa y la vida de un hidalgo del Siglo de Oro español y donde ha podido apreciar un facsímil de la partida de bautismo del Miguel de Cervantes alcazareño. Después visitó la plaza de Santa María y sus alrededores donde está la estatua de Cervantes, el cubillo de la muralla, el torreón del Gran Prior y la Capilla de Palacio. Desde allí se trasladó a la sede de la Cervantina a degustar unos típicos platos manchegos. 

Alfonso Dávila habló en la sede de los cervantistas alcazareños de tres personas llamadas Miguel de Cervantes, el bautizado en Alcalá, el bautizado en Alcázar de San Juan y un tercer Miguel de Cervantes mexicano, nacido en Oaxaca, perteneciente a la rama familiar de los Cervantes de América, fundadores del Estado Mexicano. Defendió además que todos eran escritores, manifestando su corazonada -que basa en los documentos encontrados-, de que todos pudieran haber trabajado coordinados tanto en sus redes de negocios como en aspectos cultuales, en diferentes momentos de sus vidas.  

También habló de los caballeros de la orden de San Juan y de algunos de sus secretos que han mantenido ocultos durante mucho tiempo, que les dieron ventajas económicas y de salud en su época, y que por afectar a la ciudad de Alcázar de San Juan y sus recursos económicos, en breve desvelará publicando un artículo donde dará a conocer el poder que en su tiempo llegaron a alcanzar los caballeros sanjuanistas.

Los socios cervantinos disfrutaron de la erudición de este invitado que no paró de ofrecerles datos y que apuntó algunos temas muy interesantes y los archivos donde se encuentran los documentos que los apoyan, sobre los que desarrollar las investigaciones que algunos de los socios están llevando a cabo.

En resumen, un fructífero almuerzo que ha enriquecido a los miembros de la Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan después de haber compartido mesa, mantel y afición por espacio de casi ocho horas. Por su arraigada amistad personal con Krzysztof Sliwa, prometió a los cervantistas alcazareños una próxima visita acompañado del reconocido cervantista polaco.

Alfonso Dávila Oliveda entró a la bodega-sede de la Sociedad como invitado y salió como un amigo más de esta asociación cultural que crece en importancia y conocimiento día a día.

Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan

Maneras de comer en el Quijote

Ilustración de Gustave Doré para la edición L’ingénieux hidalgo Don Quichotte de la Manche (Hachette), PARIS, 1863. Tomada de QBI – Banco de Imágenes del Quijote

Luis Gómez Canseco

Ponencia en la IV Mesa Redonda Cervantina «La gastronomía del Quijote en el siglo XXI», celebrada en Alcázar de San Juan el 30/04/2022

Para la narrativa que comienza su andadura a finales del siglo XV, la presencia de la comida está hondamente relacionada con la irrupción de la realidad en la ficción. En ese recorrido que empieza con La Celestina y sigue hasta el Lazarillo de Tormes, la comida tiene una cierta importancia, aunque en principio más como reflejo del hambre y de una situación social que con entidad propia. No obstante, cuando avanzamos hacia el Guzmán de Alfarache y, sobre todo, hacia el Quijote, el asunto cambia por completo. Se trata de textos mucho más complejos, en los que el no solo el tiempo o la geografía vienen a coincidir con los de los lectores contemporáneos, sino que todo contribuye a la reconstrucción en palabras de esa apariencia de realidad: el lenguaje, los usos, el ambiente, los personajes mismos y, claro está, lo que comen.

Cervantes quiso que sus personajes tuvieran vida y que, como consecuencia, cumplieran con las condiciones fisiológicas necesarias para ello. De ahí el elogio que el cura Pero Pérez hace del Tirante el Blanco durante el escrutinio de la librería de don Quijote:

Dígoos verdad, señor compadre, que por su estilo es este el mejor libro del mundo: aquí comen los caballeros, y duermen y mueren en sus camas, y hacen testamento antes de su muerte. (I, 6)

En principio, nada hay de extraordinario ni de novelesco en esta cuestión, que pudiera parecer intrascendente; pero Cervantes se sirvió de ella al menos para dos funciones. En primer lugar, le permitió crear un paisaje narrativo que parece real y que da densidad al mundo imaginario. En segundo lugar, lo que los personajes comen y el modo en cómo lo hacen nos ayuda a conocerlos en su complejidad.

Esquematizando mucho esa complejidad, podríamos decir que hay tres maneras básicas de comer en el libro. cervantino: la primera es el hambre, esto es, no comer; la segunda es comer con ansia; la tercera, por el contrario, consiste en comer con contención y mesura. Estos modos –en especial los dos últimos– reflejan en buena medida los órdenes sociales que se reflejan en el libro. Y es que, más allá del hambre que tenga cada uno, el ansia a la hora de comer se asociaba a lo villanesco, mientras que la mesura correspondía a las maneras más educadas de sentarse a la mesa y de comportarse frente a la oferta gastronómica.

Se trata, si bien se mira, del mismo arco social que podemos ver reflejado en el Quijote, con una primera parte dominada por un paisaje mucho más rural –el de las ventas, los arrieros, los pastores y los villanos–, donde las clases más altas solo comparecen en el enredo de Sierra Morena, cuando don Quijote y su cuadrilla llegan a la venta con Cardenio y Dorotea, y se encuentran allí con don Fernando, Luscinda, el oidor, don Luis, doña Clara y el capitán cautivo. En la segunda parte, muy probablemente bajo el impacto provocado por el Quijote apócrifo de Alonso Fernández de Avellaneda, Cervantes llevó su caballero hacia un mundo más urbano, más amplio y más diverso en el dibujo que se hace de la sociedad contemporánea.

En el libro de 1605, los protocolos se mueven entre la cena con los pastores y las frugales comidas de Sancho y su amo en medio del campo. En 1615, sin embargo, nos encontramos con episodios culinarios mucho más elaborados como las bodas de Camacho, los sufrimientos de Sancho en su mesa de gobernador en la ínsula Barataria o la visita a la casa de don Antonio Moreno. En ese recorrido, vamos a pasar desde simples alforjas de viaje o mesas poco surtidas, como sería la del propio Alonso Quijano, a auténticos festines gastronómicos. Aun así, en cada uno de esos casos los personajes guardan su particular protocolo.

La escasez que a menudo afecta a las alforjas de Sancho se ve compensada por la abundancia que gentilmente se les ofrece aquí y allá. Ese despliegue alimenticio con el que se encuentran –sobre todo en la segunda parte– tenía mucho que ver con el prestigio social del anfitrión, que de este modo ponía de manifiesto su riqueza y liberalidad. De ahí que don Diego de Miranda, el caballero del Verde Gabán, asegure que sus convites eran «limpios y aseados y nonada escasos» (II, 16). Conviene recordar aquí que el protocolo de la corte de Borgoña, introducido en España por la dinastía de los Austrias, recomendaba servir un buen número de platos simultáneamente, tal como se ve en el fallido banquete de Sancho como gobernador o, en una versión rústica, en las bodas de Camacho.

Pero recordemos que la primera forma de comer era con hambre y sin remilgos. Es lo que hace Cardenio, a pesar de su condición, en Sierra Morena:

Luego sacaron Sancho de su costal y el cabrero de su zurrón con que satisfizo el Roto su hambre, comiendo lo que le dieron como persona atontada, tan apriesa, que no daba espacio de un bocado al otro, pues antes los engullía que tragaba; y en tanto que comía ni él ni los que le miraban hablaban palabra. (I, 24)

Otro tanto cabe decir de los peregrinos que acompañan al morisco Ricote, que comen «con grandísimo gusto y muy de espacio». Pero hasta en esto guardaban su protocolo, porque lo hacen tomando la comida «con la punta del cuchillo, y muy poquito de cada cosa». Bien es verdad que, cuando se trata de beber, la cosa cambia:

…y luego al punto todos a una levantaron los brazos y las botas en el aire: puestas las bocas en su boca, clavados los ojos en el cielo, no parecía sino que ponían en él la puntería; y de esta manera, meneando las cabezas a un lado y a otro, señales que acreditaban el gusto que recebían. (II, 54)

Los mismos cabreros del capítulo 11 de la primera parte se someten a normas sociales a la hora de comer. Cuando don Quijote y Sancho llegan a la majada, los cabreros les acogen con generosidad, atendiéndoles con su mejor protocolo:

…tendiendo por el suelo unas pieles de ovejas, aderezaron con mucha priesa su rústica mesa y convidaron a los dos, con muestras de muy buena voluntad, con lo que tenían. Sentáronse a la redonda de las pieles seis dellos, que eran los que en la majada había, habiendo primero con groseras ceremonias rogado a don Quijote que se sentase sobre un dornajo que vuelto del revés le pusieron. (I, 11)

Animado por esa sencillez, don Quijote invita a Sancho a romper la distancia social que los separa y comer juntos. El escudero rechaza, sin embargo, la oferta para comer a sus anchas sin atenerse a esas normas que marcaba la urbanidad de la época:

Mucho mejor me sabe lo que como en mi rincón sin melindres ni respetos, aunque sea pan y cebolla, que los gallipavos de otras mesas, donde me sea forzoso mascar despacio, beber poco, limpiarme a menudo, no estornudar ni toser si me viene gana, ni hacer otras cosas que la soledad y la libertad traen consigo. (I, 11)

A la postre, tales ataduras terminarán por serle impuestas al escudero cuando lleguen al palacio de los duques. Primero será don Quijote quien, tras comer con todo el aparato a la mesa de los duques, sufrirá un protocolo inventado y burlesco con el que le lavan las barbas. La costumbre sorprende incluso a Sancho, que asegura: «en las cortes de los otros príncipes siempre he oído decir que en levantando los manteles dan agua a las manos, pero no lejía a las barbas» (II, 32). Más adelante será el propio don Quijote quien le instruya con sus consejos en los modos comer que convienen a un gobernador, atendiendo tanto a la dieta como a la mesura y al protocolo. De ahí se suceden esas tres extraordinarias sentencias: «No comas ajos ni cebollas, porque no saquen por el olor tu villanería», «Come poco y cena más poco, que la salud de todo el cuerpo se fragua en la oficina del estómago» y «Ten cuenta, Sancho, de no mascar a dos carrillos, ni de erutar delante de nadie». Sancho, que no entendía esa voz de erutar, precisa que su amo le explique que «quiere decir ‘regoldar’, y este es uno de los más torpes vocablos que tiene la lengua castellana, aunque es muy sinificativo». A lo que el escudero repone: «Uno de los consejos y avisos que pienso llevar en la memoria ha de ser el de no regoldar, porque lo suelo hacer muy a menudo» (II, 43).

Ya en su gobierno insular, Sancho disfrutará del mismo aparato y la gastronomía de los que disfrutaban los nobles, pero lo hará bajo la implacable tutela del doctor Pedro Recio de Agüero, natural de Tirteafuera, que le impide disfrutar del festín que, como gobernador, tenía a la mano. Tan es así que, cuando decide abandonar el cargo, tan solo pide «medio queso y medio pan», sin «mayor ni mejor repostería» (II, 53). Vuelve así a su dieta y maneras de villano.

Sin embargo, a partir de ese momento, el escudero se hace otro. Sobre todo, desde el punto y hora en que el Quijote apócrifo vio la luz. Avellaneda pintó a Sancho como un villano zafio y glotón, que se atracaba de albondiguillas y manjar blanco, y se guardaba las sobras en los bolsillos. Así se lo recordaba don Antonio Moreno en Barcelona: «Acá tenemos noticia, buen Sancho, que sois tan amigo de manjar blanco y de albondiguillas, que si os sobran las guardáis en el seno para el otro día». A lo que Sancho repone: «No, señor, no es así, porque tengo más de limpio que de goloso, y mi señor don Quijote, que está delante, sabe bien que con un puño de bellotas o de nueces nos solemos pasar entrambos ocho días». Hasta el propio don Quijote sale en defensa de su escudero, asegurando que «la parsimonia y limpieza con que Sancho come se puede escribir y grabar en láminas de bronce, para que quede en memoria eterna en los siglos venideros. Verdad es que cuando él tiene hambre parece algo tragón, porque come apriesa y masca a dos carrillos, pero la limpieza siempre la tiene en su punto». Y aún añade una puntualización extraordinaria sobre los modos de comer, y es que «en el tiempo que fue gobernador aprendió a comer a lo melindroso: tanto, que comía con tenedor las uvas, y aun los granos de la granada» (II, 62).

Algo había haber de verdad, porque en la primera parte el escudero no tiene inconveniente en comer a sus anchas cuando el hambre le azuza:

Díjole Sancho que mirase que era hora de comer. Respondiole su amo que por entonces no le hacía menester, que comiese él cuando se le antojase. Con esta licencia, se acomodó Sancho lo mejor que pudo sobre su jumento, y, sacando de las alforjas lo que en ellas había puesto, iba caminando y comiendo detrás de su amo muy de su espacio, y de cuando en cuando empinaba la bota, con tanto gusto, que le pudiera envidiar el más regalado bodegonero de Málaga. (I, 8)

En la segunda, no obstante, ya derrotado en las playas de Barcelona, el caballero se dirige de regreso a la aldea, sin ánimo para pensar en alimentos: «No comía don Quijote, de puro pesaroso». Ante esta situación, el antiguo villano ya ha aprendido a abstenerse y a guardar las formas: «Sancho no osaba tocar a los manjares que delante tenía, de puro comedido, y esperaba a que su señor hiciese la salva». Pero solo por un tiempo razonable, porque al poco, viendo que don Quijote «no se acordaba de llevar el pan a la boca, no abrió la suya y, atropellando por todo género de crianza, comenzó a embaular en el estómago el pan y queso que se le ofrecía» (II, 59).

Pero ¿qué ocurre con el caballero en todo este paisaje? Le hemos visto instruir a Sancho en las buenas maneras, sentarse a la mesa con don Diego de Miranda, con don Antonio Moreno o con los nobilísimos duques, sin despreciar por ello la invitación de los cabreros o las alforjas de Sancho. Pero ocurre –y no es traza de menor cuantía– que todo lo que Alonso Quijano sabe, don Quijote lo transforma en materia de caballerías. Y en estos libros a los caballeros todo se iba en amores y batallas, sin atender demasiado al sustento. El mismo caballero lo recordaba al poco de salir de su aldea:

Hágote saber, Sancho que es honra de los caballeros andantes no comer en un mes, y, ya que coman, sea de aquello que hallaren más a mano; y esto se te hiciera cierto si hubieras leído tantas historias como yo, que aunque han sido muchas, en todas ellas no he hallado hecha relación de los caballeros andantes comiesen, si no era acaso y en algunos suntuosos banquetes que les hacían, y los demás días se los pasaban en flores. (I, 10)

En los libros de caballerías, como en los de pastores o los sentimentales, apenas había tiempo y ocasión para comer. Aseguraba Luis Cernuda que, tras leer el Quijote de cabo a rabo, se sale con la sensación de que don Quijote casi no come y apenas duerme. Pero eso es lo que corresponde a un verdadero caballero andante y enamorado, y don Quijote ha decidido serlo a las bravas y con todas las consecuencias. En la historia de Cervantes, don Quijote está rodeado, casi asediado por la realidad, pero en su caso la literatura ha sustituido a la vida. Se alimenta casi exclusivamente de unas pocas ideas que ha encontrado en los libros de caballerías. Y en esos los libros –Alonso Quijano lo sabía bien– los caballeros comen poco y cenan más poco.

*****

Luis Gómez Canseco es Doctor en Filología Hispánica y Profesor en la Universidad de Huelva. Es Socio de Honor de la Sociedad Cevantina de Alcázar de San Juan

Relatos clasificados en segunda posición ex aequo en el Concurso de Relatos Breves “El legado de Sancho Panza”

La última aventura, autor Osvaldo Vega Madriz (Cartago, Costa Rica)

El grito de “¡Tierra a la vista!”, alegró los corazones de los pasajeros del barco, incluido el del anciano que lo escuchó desde la decrépita y deshilachada hamaca en la bodega de carga. El viejo, un hombre pequeño, barba cana y desaliñada, de barriga grande, talle corto y zancas largas, sonrió para sí, percibiendo como su alma se estremecía con una ilusión que no sentía desde hacía décadas. Feliz, con la emoción de un niño en la víspera de Navidad, se permitió por primera vez en aquel viaje, perder de vista el tonel de madera junto al que había dormido, comido y rezado durante la travesía y con lentitud subió a cubierta donde ya los miembros de la tripulación se afanaban en los preparativos para el atraque y posterior desembarco.

La luz del mediodía, el azul del cielo despoblado de nubes, el turquesa del mar, el dorado de la arena que se atisbaba en la lejanía y el vivo verde de las montañas más allá de la costa, inundaron los sentidos del anciano, y sus ojos se abrieron al máximo tratando de no perder detalle de aquel maravilloso entorno. Un soplo de viento cálido le acarició las mejillas, y revoloteó entre los mechones de su exiguo cabello plateado, dándole la bienvenida a América.

-Qué distinto aquel lugar de aquella triste y gris playa en la que hace muchos años había empezado el principio del fin de aquel hidalgo, recio, seco de carnes y enjuto de rostro que aún extraño- pensó el anciano con un deje de tristeza y nostalgia que anegó las telitas de pterigión que en los últimos tiempos se habían apoderado de sus alicaídos y cansinos ojos.

El viejo no bajó del barco con el resto de pasajeros, sino con las mercancías, pues no consintió separarse del barril que había custodiado de tan lejos. El manifiesto describía aquella carga como “Barril de vino de Castilla”, pero los hombretones de la aduana que lo descargaron, fácilmente advirtieron que no podía ser ese su contenido, no solo por su peso -mayor al que prodigaría si resguardara el fruto de la vid- sino por cuanto, fuese lo que fuese, producía un golpeteo en su interior ¡Plac!, ¡Ploc!, en lugar del ¡Plic!, ¡Plush! que abría de esperarse de un líquido. Los operarios informaron al aduanero de turno sus sospechas y esperaron el espectáculo -que incluiría la detención del anciano- cuando fuesen confirmadas, pero en cuanto el funcionario alzó la vista para interrogar al vetusto viajero, vio como este le extendía una carta un sello de cera roja en el que se leía un nombre ya para entonces muy conocido en el nuevo mundo: Monjas Carmelitas Descalzas. La nota suscrita por la priora de esa congregación, una tal Sor Sanchica, declaraba que el barril contenía vino confeccionado de las vides de esa organización religiosa, y sacramentado directamente por el obispo de Sevilla, con el fin de enviarlo a un Monasterio de aquella región a fin de paliar los cerca de dos años que mantenía soportando misas secas en virtud de la escasez del preciado líquido en esas tierras.

-Con la iglesia hemos topado- exclamó el aduanero con tono cansino y monótono pero sin tener ningún santuario a la vista, y lo hizo lo suficientemente alto para que los sudorosos descargadores que esperaban atentos comprendieran la razón que tenía para decepcionarlos, y de seguido autorizó el desalmacenaje del tonel.

Los dos siguientes días, el anciano los ocupó viajando, siempre junto al barril, en una desvencijada carreta tirada por un par de robustos bueyes guiados por el mozalbete alto y recio que no superaba las dos décadas de vida y que había sido escogido para aquella labor por su lealtad para la noble causa que la amparaba. Durante la primera jornada que transcurrió entre solitarias montañas por caminos de tierra y barro rodeadas de una espesa vegetación, y para asombro del muchacho guía, tucanes, dantas, monos, colibríes, quetzales e incluso jaguares, aparecían de cuando en cuando, y por un rato, hacían las veces de comitiva para los viajeros. Los árboles, por su parte, soltaban andanadas de vistosas flores cuando la carreta traqueteaba a su lado o azotaban sus ramas refrescando el paso del anciano e incluso en dos o tres ocasiones desprendieron sus frutos sobre la carreta, permitiendo a su ocupante deleitarse de su dulce zumo. En la segunda jornada, cuando habían dejado atrás las montañas y se hallaban ya en la meseta que dominaba el centro de la región, comenzaron a divisar grupitos de pequeñas chozas desperdigados a la vera del camino, en cuyo alrededor zumbaban invariablemente tropeles de chiquillos de tez oscura, con las caras churretadas, y pelos enmarañados, que interrumpían sus juegos para correr junto a la carreta durante el tiempo en que sus pequeños pulmones se los permitían, agitando sus manitas con alegría hacia los viajeros. La lluvia fue la encargada de acompañar el último tramo del viaje, pero fue distinta a la que había experimentado el viejo en su patria, esta era cálida, animaba, refrescaba el espíritu, y expedía una fragancia levemente dulce, que invitaba a embelesarse con su contacto.

Fue al despuntar las primeras estrellas acercándose a la noche de aquella segunda jornada, cuando avistaron la pequeña ciudad a la que dirigían. Era pobre, de pocas casas, todas pálidas a punta de la cal que cubría los ladrillos de adobe que las formaban. Su centro, señalizado por una plaza que era más bien un descampado cubierto de trillos en todas direcciones que cercenaban el tímido césped que lo cubría, se rodeaba de una pequeña iglesia, y el edificio más grande del lugar, también de color blanco, de dos plantas, surcado por dos columnas de ventanas, y coronado por una enorme cruz de madera.

Cuando ingresaron al pueblo y antes de tener a la vista la puerta del Monasterio -que eso era aquel edificio vasto y lechoso-, el joven detuvo la carreta frente a una humilde casa, y tocó su puerta, la cual se abrió y dio paso a dos hombres que salieron, bajaron el tonel de la carreta y lo sustituyeron por otro que expidió el ¡Plic!, ¡Plush! propio de su líquido contenido mientras era encumbrado al carromato.

El viejo despidió a los dos hombres con un gesto vivaz de su regordeta mano y una sonrisa de satisfacción.

El joven azuzó a los bueyes y estos reanudaron su camino moviendo ruidosamente la carreta hasta la puerta del Monasterio, donde, avisado por una campanilla, un sacerdote calvo salió a recibir a anciano, alegrándose de ver que también llegaba con él el barril prometido desde el otro lado del mar y que emitía los sonidos característicos que hacían prever el fin de las misas secas: ¡Plic!, ¡Plush!.

Aquel Monasterio sería el hogar del viejo en sus últimos días como pago por sacarlo de la terrible sequía de líquido espirituoso (pago negociado por la tal Sanchica), pero lo fue por poco tiempo, pues no había transcurrido un mes cuando al notar su ausencia en el Maitines y en Laudes, fueron a buscarlo, encontrándolo en su habitación con una expresión de paz y calma, gozando ya tranquilamente el sueño eterno.

Días después, antes que se cumpliera el novenario del viejo, vieron nuevamente al joven carretero en el pueblo, dejando un paquete en la puerta del recinto monástico dirigido al Prior. Contenía un libro y una nota: El libro se titulaba: “El Ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. Primera Edición Completa”, y la nota rezaba: “Nunca ignoré que la Santa Inquisición prohíbe las historias vanas en estas tierras, dando por vano todo cuando no sea la historia de nuestro señor y sus santos ¡Allá se lo hayan, con su pan se lo coman! Pero vive Dios, que el ejemplo de lealtad, sencillez y nobleza de hombres ordinarios y pecadores que, aún en ilusiones, locuras o sueños, se alzan sobre sus miserias para desfacer agravios, socorrer viudas, amparar doncellas, y acudir a los miserables, puede anidar en el corazón de los hombres y volcarlos al bien, a la bondad y a la generosidad mejor que lo que harían miles de rezos y lecturas de las escrituras. Un tonel destinado a trasladar morapio bendito, ha traído ese fuego afable, tierno y compasivo allende de los mares, y ahora recorre, ilumina e impregna esta gloriosa realidad del nuevo mundo, y como agradecimiento por su hospitalidad una de las antorchas es para vuestra merced, que buen uso le dé. Sancho Panza.”.


Dime Sancho, autora Elena Olivella

No alcanzo a saber cuánto tiempo llevo encerrado, tal como no alcanzaba, por mi poca estatura, el buen vino que yo sabía dónde estaba escondido. La locura que no viene de un bicho malo o microbio, según quién lo menta, no se pega, no se contagia como la peste, dicen. Ese “dicen” que tanto habla y al que pocos le ponen nombre.

Pero no está de más añadir que la locura del otro, en ocasiones y cuando es persistente, te roba la cordura propia y eso es por una empatía dañada. Viví con Alonso y también padecí con él. Fui su escudero. Y mi principal virtud para conseguir este puesto fue mi ambición.

Y no me lo pidió Alonso o Don Quijote, que vienen a ser el mismo sin serlo. Me lo rogó don Miguel, poco antes de morir. La tristeza no es patrimonio de la humanidad, porque los personajes literarios la sentimos. Así lo demuestran los escritos y, a veces, de forma continuada, insistente, perenne. Tristeza que sentí cuando supe de su muerte. Y antes de cruzar la línea entre el hombre y la figura insigne, don Miguel me lo rogó, que es el “pedir” pero con vestido de gala: “Que no mueran los gigantes, que los odres sigan guardando sangre y que los ejércitos no balen. ¿Me entiendes hijo Sancho?, ¿verdad? Si Don Quijote muere y Alonso quiere seguir viviendo en la pesadumbre, como se cuenta, coge su espada y mata tú a los gigantes”. Y volvió a decirme “¿Me entiendes hijo Sancho?”.

No me dio tiempo a responderle, porque el “hasta aquí” había hecho acto de presencia para don Miguel. Pero ni con tiempo hubiera podido cambiar el no por un sí a esa repuesta. No entendí por qué quería que matara gigantes. ¿Cómo puedo matar aquello que no es, que no existe? Y después de darle mucho a la mollera, como si de una maratón se tratase, llegué, a una conclusión. Aquello que no existía tenía, pues, que crearlo. Y si no puedo usar carne y huesos y demás, usaré el imaginario. Y fue así como me convertí en un matador de gigantes y, además, sin pesar alguno, porque yo sabía que esos seres solo habitaban en mí y no tenían mujer ni hijos que les lloraran.

Mis gigantes, porque eran los míos, no nacieron a causa de que se me secara el cerebro por saciarme hasta reventar de libros de caballerías. Mis gigantes vieron la luz porque don Miguel, el que me engendró a partir del romance entre una pluma y un trozo de papel, me lo suplicó, primo hermano del “rogó” que salió de su boca el día que cambió de barrio. Y con los primeros odres que rajé, sentía el olor a vino. Me costó mucho que ese aroma mutara, oliera a hierro y tuviera una tonalidad distinta. Costó que el vino se hiciera sangre. Pero se hizo y todo porque me lo exhortó don Miguel en su lecho de muerte, que es la marquesina en la que se coge el autobús para ir al más allá. Aún más me costaría deconstruir una venta y alzar un castillo.

Y aunque vivan en la misma cabeza, los pensamientos una vez bebidos, y rellenado el cerebro de nuevo, son otros. Con este enredijo de palabras vengo a decir que, a toro pasado, considero que Don Quijote no tenía alucinaciones. Jamás perdió el juicio, solo que a veces, no sabía dónde lo había dejado. Pero perderlo, no. Se trataba de un miope mental que no veía bien la realidad porque no usaba lentes para corregirla. Desmontó la realidad única y la despiezó. Y en una de esas piezas decidió pasar ratos. Y no me escondo cuando sé que, a menudo, yo le decía que volviera a juntar esas piezas. Y no me escondo cuando era yo o los otros los que despiezábamos su realidad. Como en aquella ocasión en la que le presentamos a tres aldeanas para que sus ojos las convirtieran en damas de postín. Pero sus ojos no obraron la transformación y como aldeanas se fueron.

“Y bien José, ¿cuántos gigantes has matado hoy?”.

Qué quiere que le responda este. Por qué me llama José. Si no recuerdo mal, mi nombre es Sancho. ¿Por qué sonríe? Que no me altere de más. ¿No sabe, acaso, que en un pispás puedo convertirlo en uno de mis gigantes? No se ha sorprendido el hombre de que lleve puesto, todavía, el yelmo. No le contaré que hoy he matado a unos diez. Me limitaré a decirle que en mi horizonte ya no hay gigantes. Es lo mejor, porque no compartimos realidad a pesar de que pisamos el mismo escenario. Y cada realidad tiene su lengua y sus normas. Mi faceta de parlanchín y gracioso mengua y huye cuando tengo a este hombre enfrente. Mi señor ya le hubiera echado a los leones.

“¿No confías en mí? “, me dice. Suelto un sí estándar al tiempo que pienso un no. No se trata de una mentira. Simplemente, no siempre es bueno sacar a pasear a la verdad si el ambiente no es el idóneo, porque puede perecer. Me da unos libros para que los lea, pero él no sabe que no sé leer, sobre todo porque así lo he decidido y las decisiones están por encima de las evidencias. Siempre.

A pesar de los pesares, sigo fiel a lo que don Miguel me imploró, término que es

primo hermano del “rogó” que salió de su boca. Continuar con el legado de mi amigo Don Quijote. Pero me temo que los gigantes son una especie en peligro de extinción.

De vez en cuando, se me escapa una reflexión que asoma las patitas y que me

confiesa que preferiría ver rebaños en lugar de ejércitos. Y si mi vida me olvida, ¿quién matará gigantes?

Ya he cenado. Las viandas que me sirven espantarían hasta a un hambriento.

Vuelvo a mi habitación. Está oscureciendo. Una damisela me trae unas pastillas para que me las tome. Y lo hago. Me dice que abra la boca y que levante la lengua. Se va.

Me tumbo en la cama. Oigo al que está en la habitación de al lado y, como cada

noche, sobre esta hora, como si fuera una lechuza, empieza a ulular. Le hacen callar.

Pero sigue ululando. Quizá, porque tan solo él sabe que es una lechuza.

.

Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan

Perfecto maridaje gastronómico-cervantino en la Feria de los Sabores

Junto con el Patronato Municipal de Cultura, la Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan con su mesa redonda y la entrega de premios del certamen de relatos breves ha puesto el toque cultural a la Feria de los Sabores del Quijote

Alcázar de San Juan, 2 de mayo de 2022.- El sábado  30 de abril y enmarcada en la programación de la Feria de los Sabores del Quijote de Alcázar de San Juan ha tenido lugar la IV Mesa Redonda Cervantina que ha llevado por título “La gastronomía del Quijote en el Siglo XXI”, la mesa que fue inaugurada por Mariano Cuartero, presidente del Patronato de Cultura de Alcázar, contó con una gran acogida y un amplio seguimiento a través de internet ya que el acto fue transmitido en directo en el perfil de Facebook de la Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan, donde se encuentra el vídeo completo del evento

https://www.facebook.com/profile.php?id=100007940075912

Contando con el patrocinio del Patronato de Cultura y disfrutando de las magníficas instalaciones ofrecidas por el Consejo Regulador de la Denominación de Origen de vinos de La Mancha, el público disfrutó de las ponencias ofrecidas por Carlos David Bonilla, presidente de la D.O La Mancha de vinos (anfitrión del evento), Antonio Martínez Blasco, presidente de la DOP Queso manchego, Luis Gómez Canseco (Universidad de Huelva y Carlos Mata Induráin (Universidad de Navarra), que fueron moderadas de forma muy amena y magistral por Enrique Suárez Figaredo socio de honor de la Sociedad Cervantina de Alcázar.

A la terminación de las exposiciones -en las que en su desarrollo los interesados pudieron intervenir libremente interactuando con los ponentes-, se leyó el acta del del fallo del jurado por la que se dieron a conocer los premiados en el primer certamen de relatos breves “El legado de Sancho Panza” cuya clasificación quedó así:

Primer Premio (300 euros y Diploma)

– Pilar Rodríguez de los Santos Serrano (Alcázar de San Juan, Castilla-la Mancha), por “Decisión Final”.

2º Premio ex aequo (150 euros y Diploma)

– Elena Olivella García (Barcelona, Cataluña), por “¡Dime Sancho!”.

– Osvaldo G. Vega Madriz (Cartago, Costa Rica), por “La última aventura”.

Finalistas (Diploma)

– Antonio Megías Melguizo (Granada, Andalucía), por “Eternos”.

– Josefina Solano Maldonado (Alhaurín el Grande, Andalucía), por “Epístola de Sancho Panza a los hombres del siglo XXI”.

– Julia Flores Arenas (Villarrobledo, Castilla-La Mancha), por “Las cuitas de Sancho”.

– M.ª Ángeles Espartal Cano (Alcázar de San Juan, Castilla-La Mancha), por “Escuderos del Siglo XXI”.

– Alberto Castrillón (Bogotá, Colombia), por “Mi Sancho Panza”.

– Txomin Requeta Jerez (Villanueva del Pardillo, Madrid), por “La inquietud”.

– Ana Rosa Abad Salas (Burgos, Castilla y León), por “La literatura y la vida”.

El jurado estuvo integrado por Luis Gómez Canseco (profesor de la Universidad de Huelva y reciente editor de la Araucana de Alonso de Ercilla a cargo de la Real Academia Española), Carlos Mata Induráin (profesor de la Universidad de Navarra y secretario del Grupo de Investigación del Siglo de Oro, GRISO), Enrique Suarez Figaredo (Ingeniero y editor de más de un centenar de obras del Siglo de Oro Español) y Juan Bautista Mata Peñuela (presidente de la SCA).

Todos coincidieron en destacar que el relato de Pilar Rodríguez de los Santos Serrano les había gustado mucho por su buena composición, por el dominio del lenguaje, por el desarrollo perfecto del tiempo del relato y por dar una visión nueva y muy particular del personaje de Sancho Panza que ansía la libertad en su vida, sin duda influenciado por la convivencia continuada con su vecino y maestro don Quijote.

En resumen: los alcazareños y los internautas pudieron disfrutar de un evento cultural de primer nivel disfrutando del conocimiento del Quijote por parte de los ponentes, así como escuchar el emocionante relato ganador.

Un vino manchego ofrecido por la D.O La Mancha Vinos, degustado en el magnífico patio de su sede junto con el buen queso manchego, fue el colofón perfecto de esta jornada cultural.

Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan