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En la segunda salida de don Quijote, ya con su escudero Sancho, el lector viajero que seguirá mi guía Tras los pasos de Rocinante sabe que se va a encontrar con una contradicción en el espacio-tiempo recorrido en ella entre la aventura del vizcaíno en Puerto Lápice y el encuentro con los pastores cerca ya de Sierra Morena.
Hay otros descuidos más, según sus primeros lectores más críticos, como el olvido de contar quién, cómo y cuándo le robaron el burro a Sancho, o qué pasó con los cien escudos que se encontraron en la maleta junto a una mula muerta, pero, ante el revuelo formado especialmente en los mentideros madrileños, a estos ya les contesta en la Segunda Parte de su historia.
Sigamos a Rocinante hacia Sierra Morena. Don Quijote es vapuleado por las aspas de uno de los molinos de viento de Campo de Criptana. Medio repuesto decide poner rumbo a Puerto Lápice «porque allí decía don Quijote que no era posible dejar de hallarse muchas y diversas aventuras, por ser lugar muy pasajero» Caminan ese día y pasan la noche en medio de un bosque y al día siguiente ven Puerto Lápice a las tres de la tarde. Allí se encuentran con la comitiva de unos frailes de la orden de San Benito y un coche con varios jinetes a caballo que iban a Sevilla. Después de golpes y más golpes, especialmente en las costillas de Sancho, don Quijote se enfrenta a uno de los jinetes que acompañaban a la señora vizcaína ante su negativa a darse la vuelta e ir a El Toboso. Don Quijote vence, pero en el combate una cuchillada del vizcaíno le deja una oreja casi partida.

El narrador cuenta que sin despedirse de la señora vizcaína «se entró por un bosque que allí junto estaba». Caminan, comen lo poco que llevaba Sancho en las alforjas y siguen caminando buscando donde alojarse esa noche y poder hacer un bálsamo con qué curar la herida. Llegan a unas chozas de cabreros donde invitados comparten cena, cuentos y música hasta que llega un mozo con la noticia de la muerte de Grisóstomo, y su entierro que sería a la mañana siguiente cerca de allí.
A este entierro acude la pastora Marcela, por la que Grisóstomo se había quitado la vida. Después del entierro y de que don Quijote quisiera volver a encontrar a Marcela entre aquellos montes llegan al final del día a la venta de Sierra Morena, no sin antes ser apaleados por los yangüeses. Esta venta en la que pasan tantas cosas puse su localización y nombre en 2012: la Venta del Alcalde hoy conocida como Venta de la Inés.
Desde Puerto Lápice hasta esta venta, por caminos, hay unos 128 km. En jornada y media recorren este espacio, y Rocinante no volaba precisamente. Sin embargo, no surgieron críticas de sus primeros lectores ante este «descuido» de Cervantes en la ida a Sierra Morena y quizás fuese porque en la vuelta a casa los tiempos y las distancias concuerdan perfectamente, o porque lo entendían perfectamente.
Sigamos ahora a Rocinante de vuelta a su cuadra desde esta venta. El cura trama la forma de llevar a casa a don Quijote de esta manera:
«Y lo que ordenaron fue que se concertaron con un carretero de bueyes que acaso acertó a pasar por allí, para que lo llevase en esta forma: hicieron una como jaula de palos enrejados, capaz que pudiese en ella caber holgadamente don Quijote, y luego don Fernando y sus camaradas, con los criados de don Luis y los cuadrilleros, juntamente con el ventero, todos, por orden y parecer del cura, se cubrieron los rostros y se disfrazaron, quién de una manera y quién de otra, de modo que a don Quijote le pareciese ser otra gente de la que en aquel castillo había visto» (Q1, 46)
Así, con don Quijote enjaulado sobre una carreta tirada por bueyes, encantado según él creía, comienza el regreso hacia su pueblo. Ir de esta guisa no era muy de entender por nuestro caballero, no por ir encantado sino por lo despacio que sería el traslado. Esto le dice a Sancho nada más ser acomodada la jaula en el carro de los bueyes:
«Muchas y muy graves historias he yo leído de caballeros andantes; pero jamás he leído, ni visto, ni oído, que a los caballeros encantados los lleven desta manera y con el espacio que prometen estos perezosos y tardíos animales; porque siempre los suelen llevar por los aires, con estraña ligereza, encerrados en alguna parda y escura nube, o en algún carro de fuego,…» (Q1, 47)

Así nos describe el narrador de la historia la salida lenta y parsimoniosa de la comitiva de la venta cervantina, teniendo que ir todos al paso del tiro de bueyes contratado:
«Subió a caballo, y también su amigo el barbero, con sus antifaces, porque no fuesen luego conocidos de don Quijote, y pusiéronse a caminar tras el carro. Y la orden que llevaban era ésta: iba primero el carro, guiándole su dueño; a los dos lados iban los cuadrilleros, como se ha dicho, con sus escopetas; seguía luego Sancho Panza sobre su asno, llevando de rienda a Rocinante. Detrás de todo esto iban el cura y el barbero sobre sus poderosas mulas, cubiertos los rostros, como se ha dicho, con grave y reposado continente, no caminando más de lo que permitía el paso tardo de los bueyes. Don Quijote iba sentado en la jaula, las manos atadas, tendidos los pies, y arrimado a las verjas, con tanto silencio y tanta paciencia como si no fuera hombre de carne, sino estatua de piedra» (Q1, 47)
En la Historia de los caminos de España, volumen I, de don José I. Uriol Salcedo, encontramos descrito cómo era en aquella época el transporte de mercancías en carros o carretas tiradas por bueyes, y sus privilegios de paso y pasto:
«Sobre las carreterías sabemos que, además de efectuar transportes privados, prestaban ordinariamente servicios de carácter público,…; que la velocidad de marcha de estas cuadrillas era del orden de unas tres a cuatro leguas al día;…», teniendo en cuenta si la jornada se hace en camino abrupto o de montaña o en camino fácil y llano. En esta parte de la Mancha los caminos son eminentemente llanos para este tipo de transporte. Por tanto, el paso del carro de bueyes con don Quijote enjaulado es de cuatro leguas por jornada, el mismo paso que el bueno de Rocinante.
«Y así con aquel espacio, y silencio, caminaron hasta dos leguas, que llegaron a un valle, donde le pareció al boyero, ser lugar acomodado para reposar, y dar pasto a los bueyes.» (Q1, 47)
Este paso lento y la necesidad de parar para dar de comer y descanso a los bueyes, es también tenido en cuenta por Cervantes en su descripción del regreso de don Quijote a su pueblo. El día de la partida, desde la venta cervantina, sobre mediodía la extraña comitiva llega a una zona donde al boyero le parece adecuado para realizar el descanso de media jornada, habiendo avanzado en su camino dos leguas.
«Fue de parecer el barbero que caminasen un poco más» a una zona conocida por él, con mejor hierba para los bueyes, siendo entonces alcanzados por seis o siete jinetes, que llevaban la misma dirección y camino que ellos, y con la intención de llegar a una venta ya cercana, “que menos de una legua de allí se parecía”, para comer, descansar y hacer la siesta:
«En esto, volvió el cura el rostro, y vio que a sus espaldas venían hasta seis o siete hombres de a caballo, bien puestos y aderezados, de los cuales fueron presto alcanzados, porque caminaban no con la flema y reposo de los bueyes,
sino como quien iba sobre mulas de canónigos y con deseo de llegar presto a sestear a la venta, que menos de una legua de allí se parecía» (Q1, 47)
Como después se sabe, «era canónigo de Toledo y señor de los demás que le acompañaban», que al ver esta singular imagen en el camino se interesó por la extraña figura de don Quijote. El canónigo y el cura, mientras caminan juntos, tienen una larga conversación sobre la idoneidad o no de los libros de caballerías hasta que llegan al lugar donde decía el barbero: «—Aquí, señor licenciado, es el lugar que yo dije que era bueno para que, sesteando nosotros, tuviesen los bueyes fresco y abundoso pasto». Paran allí y el canónigo manda ir a la «venta que no lejos de allí estaba» a por comida para todos.
Para cualquier lector-viajero de la época, la descripción de esta primera jornada de vuelta a casa es realmente de una precisión poco habitual en aquella época, lo que indica el gran conocimiento que Cervantes tenía de esta zona del sur de la Mancha. Por el camino de Sevilla a Toledo, desde la Venta del Alcalde a la Venta de Tartanedo, hoy en el pequeño núcleo de La Estación de Brazatortas-Veredas, hay unos diez y siete kilómetros, casi tres leguas de camino. Cuando lleva la comitiva con don Quijote andadas dos leguas llega a ella el canónigo que iba a sestear a la venta «que menos de una legua de allí se parecía» Siguen el camino hasta que el barbero indica el apropiado para hacer la parada. Aquí dejan a don Quijote salir de la jaula para hacer sus
«aguas mayores o menores, como suele decirse». Comen lo que de la venta los criados del canónigo habían traído y llega Eugenio el cabrero con el que don Quijote, después de escuchar el cuento que el cabrero allí les regaló, se muele a golpes y no se matan porque llega a aquel paraje donde estaban una procesión de rogativas. Desafíos y más golpes dejan a don Quijote con el hombro maltrecho y de nuevo dentro de la jaula camino a su casa.
Como puedes apreciar, desocupado lector interesado por los caminos reales por donde Cervantes hace caminar a Rocinante, esta primera media jornada de regreso a casa no puede estar mejor descrita, para los lectores del siglo XVII y para nosotros en el siglo XXI:
-La distancia entre la Venta del Alcalde y la Venta de Tartanedo es de casi tres leguas.
-Cuando llevan andadas dos leguas les alcanza el canónigo de Toledo que iba a sestear a la venta «que menos de una legua de allí se parecía»
-Siguen caminando un poco más hasta el paraje indicado por el barbero, donde paran a comer. El canónigo manda a sus sirvientes a la «venta que no lejos de allí estaba» a por comida para todos.
Pero, como pasó en la ida, desde aquí en la vuelta hay un gran salto en el territorio manchego sin suceder ninguna aventura ni nada que el autor considerarse dejar por escrito, solo el tiempo en llegar a su pueblo:
«El boyero unció sus bueyes y acomodó a don Quijote sobre un haz de heno, y con su acostumbrada flema siguió el camino que el cura quiso, y a cabo de
seis días llegaron a la aldea de don Quijote, adonde entraron en la mitad del día, que acertó a ser domingo, y la gente estaba toda en la plaza, por mitad de la cual atravesó el carro de don Quijote» (Q1, 52)
El espacio recorrido desde la Venta del Alcalde hasta su pueblo es de cinco jornadas y media al paso de los bueyes, lo que hace un total recorrido de veintidós leguas.
¿Qué distancia separa la Venta cervantina de Sierra Morena y Alcázar de San Juan, el lugar de don Quijote? Veamos las distancias que en tiempo de Cervantes se manejaban:

-Venta del Alcalde a Almodóvar del Campo: cuatro leguas y media. Reportorio de Caminos de Juan de Villuga, 1546.
-Almodóvar a Caracuel: tres leguas. Reportorio de Caminos de Juan de Villuga, 1546.
-Caracuel a Ciudad Real: tres leguas. Reportorio de Caminos de Juan de Villuga, 1546.
-Ciudad Real a Villarrubia de los Ojos: seis leguas. Relaciones Topográficas de Villarrubia de los Ojos, 1575:«… que yendo por el camino derecho desde esta villa a Ciudad Real hay seis leguas»
– Villarrubia de los Ojos a Herencia: cuatro leguas. Relaciones Topográficas de Herencia, 1575: «… al poniente de esta villa está un pueblo que se dice Villarrubia, cuatro leguas de esta villa de las ordinarias»
-Herencia a Alcázar de San Juan: dos leguas. Relaciones Topográficas de Herencia, 1575: «… que desde esta villa está hacia la parte donde sale el sol la villa de Alcázar dos leguas ordinarias camino derecho»
| DISTANCIA ENTRE LA VENTA DEL ALCALDE Y ALCÁZAR DE SAN JUAN | ||
| DESDE | HASTA | LEGUAS |
| VENTA DEL ALCALDE | ALMODÓVAR DEL CAMPO | 4,5 |
| ALMODÓVAR DEL CAMPO | CARACUEL | 3 |
| CARACUEL | CIUDAD REAL | 3 |
| CIUDAD REAL | VILLARRUBIA DE LOS OJOS | 6 |
| VILLARRUBIA DE LOS OJOS | HERENCIA | 4 |
| HERENCIA | ALCÁZAR DE SAN JUAN | 2 |
| TOTAL | 22,5 | |
Es de una precisión increíble el texto de la novela con el espacio real. Solo es posible por quien conoce perfectamente el camino de Toledo a Sevilla y el camino que lleva a Alcázar de San Juan. Cervantes no llevaba en la mula ningún dispositivo de posicionamiento por satélite, pero el caminar al paso creó un mapa mental, una abstracción del territorio por el que viajaba, con una precisión casi al que nos dan hoy los navegadores. ¿Para qué inventarse un camino, un paraje por dónde llevar a Rocinante, si recordaba perfectamente esas imágenes guardadas en su mente? Solo tenía que crear el cuento, el escenario ya lo tenía.
¡Tanto detalle y cuidado en los tiempos y distancias en la vuelta y un descuido tan importante en la ida a la venta!, como lector curioso me surgen algunas preguntas, como esta:
¿Es posible que quitase de su manuscrito alguna o algunas aventuras en la ida, entre Puerto Lápice y el encuentro con los cabreros, para insertar El curioso impertinente o El capitán cautivo? Si fue así ¿por motu proprio o por indicación del librero? ¡Ufff, esto es harina de otro costal!
Con solo haber añadido “… en esto se les pasó aquella noche y al cabo de cinco días, al final del día vieron unas chozas de cabreros…” los encantadores buscadores de contradicciones, descuidos e incoherencias en el texto cervantino, del siglo XXI, habrían pasado de largo.
Me comentaba un ciclista-viajero cervantino al que le he adelantado parte de los caminos de esta segunda parta de la guía que «…entre Puerto Lápice y Almodóvar del Campo el camino se me hizo bola». No disponer de un paraje o un lugar donde pararse y leer esa parte del Quijote que lo describe lo echamos en falta quienes andamos los caminos siguiendo a Rocinante. Sí, las huellas
están en el camino, pero faltan esas aventuras que Cervantes quizás no “quiso” acordarse y así poder parar y sacar el Quijote de la mochila. Ni en la ida ni en la vuelta.
Hoy comienzan las Ferias y Fiestas en el lugar de don Quijote. Si alguien quiere reconocer a los modelos vivos de Sancho del siglo XXI, solo tiene que pasar por las demostraciones gastronómicas que durante estos días los cocinillas manchegos harán, ocultando la parte de la receta que su abuela solo a ellos le contó: pipirrana, ensalá de limón, machacón, asadillo, pisto, migas, gachas y el sábado ¡duelos y quebrantos!, y zurra que no falte. Los Quijotes pasarán de largo, solo comen lo que en casa su ama les hace, con la intención de ser los primeros en probar esas atracciones que les recuerde al cerrar los ojos al vuelo de Clavileño o la barca encantada.
¡Felices Ferias y Fiestas!
Luis Miguel Román Alhambra
Artículo publicado en Alcázar Lugar de don Quijote




























