Manuel Rubio Morano, secretario, dando lectura al acta del jurado
Manuel Campos de la Flor con un relato que convierte una comparecencia notarial en una reflexión sobre la dignidad frente al poder se ha impuesto entre 543 obras procedentes de 26 países. El fallo se ha dado a conocer en el Salón Noble del Ayuntamiento de Alcázar de San Juan, en el mismo acto en que el cervantista José Manuel Lucía Megías ha sido investido Gran Sancho Panza
Alcázar de San Juan 20 de septiembre de 2026.- La Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan, con el patrocinio de la Diputación Provincial de Ciudad Real, ha dado a conocer el fallo del jurado de la tercera edición del Concurso Internacional de Relatos «El legado de Sancho Panza», que este año ha batido su propio récord de participación con 543 trabajos presentados desde 26 países de todo el mundo.
El anuncio se ha producido en el Salón Noble del Ayuntamiento de Alcázar de San Juan, en el marco del acto de nombramiento de Gran Sancho Panza, distinción que en esta edición ha recaído en el reconocido cervantista José Manuel Lucía Megías.
El primer premio, dotado con 500 euros y diploma, ha sido para el escritor valenciano Manuel Campos de la Flor (Museros), autor de «Liquidación», un relato que el jurado ha calificado de «planteamiento conceptual brillantísimo»: un notario liquida, cuatro siglos después, la deuda de la ínsula prometida a Sancho, quien responde que lo que en realidad recibió no fue la isla, sino el no haberse acostumbrado al poder. El jurado ha destacado especialmente su «diálogo depurado, sin un adjetivo de más», capaz de convertir una escena notarial en una honda reflexión sobre la dignidad y el valor de lo vivido frente a lo poseído, y de reivindicar el saber campesino frente al saber letrado.
Manuel Castellanos, socio y actor de doblaje, puso su voz al relato ganador que, con su perfecta dicción emocionó a todos los presentes, leyéndolo con énfasis y una gran sensibilidad.
El segundo premio, dotado con 300 euros y diploma, ha sido para la mexicana Brenda Lunar Villanueva (Tamaulipas), por «El legado que no volvió», una relectura combativa y emancipadora del escudero que reescribe el final canónico de la novela: Sancho no regresa a la aldea, sino que funda su propia voz en una venta, enseñando a leer y a alzar la frente.
Ambos relatos, junto con los ocho restantes seleccionados para la fase final, recibirán un diploma acreditativo. Los ocho finalistas, por orden de clasificación, son: Enrique Manuel Milanés León, de Córdoba, Argentina con «El ingenioso escudero Sancho Panza de la Mancha»); Paulo Nascimento Guerra, de Lisboa, Portugal con «La última piedra; Israel Box Hernández, de Archena-Murcia, España con «El hombre que volvía»; Félix López Rodríguez, de Roquetas de Mar-Almería, España con «Los perros de Alcázar»; Yudith Bertha Iriondo Torrez, de La Paz, Bolivia con «Pensamiento de Sancho Panza sobre las ínsulas que ya no existen»; Diana de Lourdes Bes, de San José-Entre Ríos, Argentina con «La herencia de la tierra nueva»; Eva Freire Seoane, de Ponferrada-León, España con «La medida»; y Tomás Jorge Pérez, de Los Realejos-Tenerife, España) con «Sin escuderos no hay héroes».
El jurado, presidido por Juan Bautista Mata Peñuela, presidente de la Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan, y compuesto por Carlos Mata Induráin, Estrella Blanco Escalera, Luis Miguel Román Alhambra, Alonso M. Cobo Andrés, Enrique Lubián Pozo y Constantino López Sánchez-Tinajero, con Manuel Rubio Morano como secretario, seleccionó catorce relatos para la fase final tras la lectura de los 543 trabajos presentados. En su acta, el jurado quiso destacar «la alta calidad literaria» de los textos recibidos, que «abordan desde múltiples perspectivas la esencia del personaje creado por Cervantes, demostrando su permanente actualidad y su capacidad para inspirar nuevas lecturas del mundo moderno».
Con esta tercera edición, el certamen consolida su proyección internacional, tras haber recibido en esta convocatoria relatos procedentes de España, Argentina, Colombia, México, Chile, Cuba, Uruguay, Ecuador, Perú, Venezuela, Costa Rica, Bolivia, Brasil, Puerto Rico, República Dominicana, Alemania, Canadá, Estados Unidos, Guatemala, Bélgica, Grecia, Guyana, Italia, Luxemburgo, Nicaragua y Portugal.
La Junta Directiva de la Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan se pondrá en contacto de forma individual con los finalistas para comunicarles el resultado del concurso, tal y como establecen las bases de la convocatoria. La lectura íntegra del acta del fallo podrá consultarse en el perfil de YouTube de la Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan.
El acto, celebrado en el Salón Noble del Ayuntamiento de Alcázar de San Juan y patrocinado por la Diputación Provincial de Ciudad Real, ha incluido también el fallo del III Concurso de Relatos «El legado de Sancho Panza»
Alcázar de San Juan, 20 de septiembre de 2026.- El Salón Noble del Ayuntamiento de Alcázar de San Juan acogió ayer sábado el acto de nombramiento del Gran Sancho Panza 2026, distinción con la que la Orden del Legado de Sancho Panza reconoce a las personas que encarnan los valores de lealtad, sentido común y humanidad del escudero de don Quijote. En esta primera edición, el título ha recaído en el cervantista José Manuel Lucía Megías, quien ha sido investido con el tradicional blusón negro y el pañuelo manchego, recibiendo además un pergamino con el título de Gran Sancho Panza 2026.
El acto, organizado por la Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan, ha incluido igualmente la lectura del fallo del jurado del III Concurso de Relatos «El legado de Sancho Panza» y la lectura del relato ganador de esta edición, que ha realizado Manuel Castellanos, actor de doblaje y miembro de la Sociedad cervantina de Alcázar de San Juan. Poniendo su espléndida voz al extraordinario relato merecedor del Primer Premio.
En el nombramiento ha estado presente una nutrida representación de concejales de todos los grupos políticos que forman la Corporación Municipal, que han apoyado con su presencia este importante acto, valorando con su asistencia el valor que para la ciudad de Alcázar de San Juan supone ser el centro del universo cervantino, por la categoría y el prestigio personal del nombrado Gran Sancho Panza.
Gonzalo Redondo en representación de la alcaldesa D.ª Rosa Melchor, abría el acto dando la bienvenida a los presentes y felicitando a la Sociedad Cervantina por su trabajo incansable en la difusión de la obra cervantina.
El Gran Maestre de la Orden del Legado de Sancho Panza, Emilio Gavira Tomás, glosó a través de un vídeo, las virtudes y méritos del nombrado Gran Sancho Panza que fue la elegido de forma unánime entre el Gran Maestre y los miembros de la junta directiva.
Ya investido, José Manuel Lucía Megías ha pronunciado un discurso de altísima calidad literaria centrado en la figura de Sancho Panza, inspirado en la aventura de los batanes, recogida en el capítulo XX de la primera parte del Quijote. Lucía Megías ha explicado cómo Cervantes reinventa esta aventura nocturna —presente en la mayoría de los libros de caballerías anteriores al Quijote—, para ofrecer una mirada mucho más humana y realista: en ella, don Quijote y Sancho Panza quedan situados por primera vez en un mismo plano, compartiendo una conversación íntima y emotiva que rompe con la tradicional distancia entre caballero y escudero.
El homenaje ha contado con el respaldo institucional del Ayuntamiento de Alcázar de San Juan y de la Diputación Provincial de Ciudad Real, patrocinadora de esta actividad cultural.
María Jesús Pelayo García, vicepresidenta 1ª de la Diputación provincial de Ciudad Real y responsable del área de Impulso Sociocultural y Turístico, cerraba el acto con unas palabras en las que ponía en valor el esfuerzo de esa entidad por aprovechar nuestro espacio geográfico cultural tan vinculado con la figura del Quijote y tratar de alcanzar bajo su cobertura el mayor número de destinos posibles para captar visitantes y generar riqueza, objetivos que se han visto logrados con el récord alcanzado en visitas a alojamientos rurales.
El acto se ha cerrado con una visita a las icónicas estatuas de don Quijote y Sancho Panza en la Plaza de España, así como con unas fotografías de recuerdo en el sillón de Sancho Panza de la Platera, donde el nuevo Gran Sancho Panza ha compartido el mismo trono en que importantes e influyentes personalidades del pasado siglo, también nos visitaron y tuvieron asiento en él.
El acto de nombramiento tendrá lugar el sábado 19 de septiembre de 2026 a las 12:30 horas en el Salón Noble del Ayuntamiento de Alcázar de San Juan. En el trascurso del mismo, se darán a conocer los ganadores del Tercer Concurso Internacional de Relatos «El legado de Sancho Panza»
Alcázar de San Juan, 13 de septiembre de 2026.- La Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan, con la colaboración de la Diputación de Ciudad Real y el Patronato Municipal de Cultura del Ayuntamiento de Alcázar de San Juan, hará entrega el próximo 19 de septiembre a las 12:30 horas, en el Salón Noble del Consistorio, del nombramiento de «Gran Sancho Panza» al catedrático, escritor y cervantista José Manuel Lucía Megías.
Nacido en Ibiza en 1967 y afincado desde niño en Madrid, José Manuel Lucía Megías es Doctor en Filología por la Universidad de Alcalá —con Premio Extraordinario de Doctorado por su edición crítica del Libro del cavallero Zifar— y catedrático de Filología Románica de la Universidad Complutense de Madrid desde 2011. Fue coordinador académico del Centro de Estudios Cervantinos entre 1999 y 2014 y vicedecano de la Facultad de Filología de la UCM entre 2014 y 2022.
Está considerado uno de los cervantistas más importantes e influyentes de las últimas décadas, con una trayectoria investigadora desplegada en cuatro grandes ámbitos: los libros de caballerías, la crítica textual, las humanidades digitales y la iconografía quijotesca. Ha sido presidente de la Asociación de Cervantistas, es presidente de Honor de dicha asociación, vicepresidente de la Asociación Hispánica de Literatura Medieval y, desde 2017, director y promotor de la Red de Ciudades Cervantinas.
Como comisario, ha dirigido más de veinte exposiciones, entre ellas cuatro en la Biblioteca Nacional de España, incluida Miguel de Cervantes: de la vida al mito (1616-2016), la muestra más visitada de la historia de esa institución. Es autor de una extensa obra científica sobre Cervantes —entre la que destaca su trilogía biográfica La juventud de Cervantes, La madurez de Cervantes y La plenitud de Cervantes (EDAF)— y compagina su labor filológica con una prolífica carrera como poeta, dramaturgo y ensayista, reconocida con galardones como el Premio Internacional de Poesía Juan Alcaide (2022), el Premio Estandarte (2023) o el Premio Dámaso Alonso de la Academia Hispanoamericana de Buenas Letras (2025). En 2016 recibió la Encomienda de la Orden Civil de Alfonso X el Sabio por su labor de difusión de la vida y obra de Cervantes.
La Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan concede el reconocimiento de «Gran Sancho Panza» a José Manuel Lucía Megías por el conjunto de una trayectoria que ha puesto, como pocas, el legado de Miguel de Cervantes al alcance de la sociedad de nuestro tiempo. Su trabajo como filólogo y como divulgador ha tendido puentes entre la investigación académica más rigurosa y un público amplio, a través de exposiciones, ediciones críticas, proyectos digitales y una obra biográfica sobre Cervantes que ha renovado la manera de contar la vida del autor del Quijote.
Se reconoce, asimismo, su papel como impulsor de redes de colaboración entre instituciones y territorios cervantinos —singularmente al frente de la Red de Ciudades Cervantinas—, una labor que enlaza de manera directa con el espíritu que anima a Alcázar de San Juan como localidad vinculada a la memoria de Cervantes y a la difusión de los valores humanos que encarna la figura de Sancho Panza: la lealtad, el sentido común, la lengua viva del pueblo y la sabiduría que nace de la experiencia.
Con este nombramiento, la Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan quiere honrar a una de las figuras que con mayor rigor, constancia y pasión ha dedicado su vida profesional a que Cervantes y su obra sigan leyéndose, estudiándose y, sobre todo, disfrutándose, dentro y fuera de nuestras fronteras.
Enmarcado en el acto de nombramiento de José Manuel Lucía Megías como «Gran Sancho Panza», tendrá lugar también el anuncio de los ganadores del Tercer Concurso Internacional de Relatos «El legado de Sancho Panza» organizado por la Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan y una vez conocidos los nombres de los dos premiados, se procederá a la lectura del trabajo ganador.
La Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan agradece sinceramente a la Diputación de Ciudad Real, el Ayuntamiento de Alcázar de San Juan y el Patronato Municipal de Cultura, la colaboración que han ofrecido para llevar a cabo este importante acto cultural, que una vez más, pone a nuestra ciudad en el foco del cervantismo mundial.
El 18 de julio de 1967, el Ministerio de Información y Turismo condecoró con la Medalla de Bronce al Mérito Turístico a un hombre que, desde una huerta a las afueras de Alcázar de San Juan, había convertido la amistad en diplomacia y a Sancho Panza en embajador universal
Hay hombres que no necesitan escudo de armas para hacer historia: les basta una huerta, un pozo, una silla de piedra y una idea. Ese fue el caso de Fructuoso López Parra, conocido cariñosamente en Alcázar de San Juan como Frutos López, propietario de la finca La Platera, teniente de alcalde, cronista de actas, guardián del Libro de Honor y, sobre todo, alma mater y Secretario Perpetuo de la Orden de los Escuderos llamados Sancho —la célebre Orden de los Sanchos—, cuya labor silenciosa y tenaz mereció el reconocimiento oficial del Estado español con la Medalla al Mérito Turístico.
La finca que heredó tomó su nombre, dice la tradición local, de una antigua propietaria conocida como «la platera». Pasó después a manos de Juan Parra, abuelo de Fructuoso, y de su hijo Justo, apodado «el Carcelero». Pero fue el nieto, Frutos, quien supo entender mejor que nadie el destino de aquella tierra: no como simple huerta de recreo, sino como umbral de acogida a la entrada de Alcázar de San Juan, el lugar donde la ciudad tendía la mano a quien llegaba de fuera. La prensa de la época ya lo señalaba con precisión: gracias a él y a su complicidad con el periodista Tico Medina, La Platera alcanzó «fama universal».
Corría febrero de 1964. En una tarde ventosa y fría, ocho alcazareños entusiastas de la figura de Sancho Panza se reunieron junto al periodista granadino Tico Medina en la finca La Platera. De aquel encuentro nació la Orden de los Escuderos llamados Sancho, con un ideario que hoy suena tan vigente como entonces: exaltar la figura de Sancho, tantas veces vilipendiada y sin embargo esencial en la obra inmortal de Cervantes; promover la amistad entre los pueblos de buena voluntad; y proyectar al mundo los valores espirituales de La Mancha.
Fructuoso López Parra fue uno de esos ocho fundadores. Y no un fundador cualquiera: aportó la casa, el pozo, la Silla y, sobre todo, la secretaría perpetua de la institución. Mientras Tico Medina, nombrado Gran Maestre, ponía la voz y la proyección mediática, Frutos López ponía la memoria: era él quien levantaba las actas, custodiaba el Libro de Honor y organizaba los capítulos nocturnos junto al pozo, bajo la luna, donde los nuevos escuderos juraban honor sobre un viejo ejemplar de El Quijote.
En el corazón de La Platera se alzaba —y se alza aún hoy— la Silla de Sancho: una pirámide escalonada de piedra coronada por un sillón con tronera, descrita recientemente como «uno de los tronos más codiciados de España». Allí, bajo la batuta organizativa de Fructuoso López Parra, el Gran Maestre tomaba juramento a los nuevos Sanchos y les entregaba la Carta de la Amistad, credencial que reconocía a su portador como acreedor de la amistad de todos los escuderos.
Por aquella silla de piedra pasaron nombres que hoy resultan difíciles de imaginar reunidos en un mismo lugar: el ministro León Herrera Esteban; los periodistas Alfredo Amestoy, Julio Camarero, José Luis Peker, Jesús Álvarez o Luis Ángel de la Viuda (director de TVE); Gustavo Cubas Urquijo (conde de la Almudena); Lucien Múller-Schmidt exjugador y entrenador de fútbol; Heinz Standenat embajador de Austria en España, Pedro Chicote Serrano hostelero; actrices como Mari Carrillo, Josita Hernán, Ana Mariscal o Nati Mistral, actores como Manolo Morán o Javier Escrivá: Luis Mesquita Chavarri ministro plenipotenciario de Paraguay en España, el alcalde de Barcelona José María de Porcioles, que regaló una farola fernandina de hierro fundido de las Ramblas a la ciudad de Alcázar de San Juan; el compositor Federico Moreno Torroba; el torero Paco Alcalde e incluso el excanciller alemán Ludwig Erhard, investido Sancho de Honor. Con 125 socios de pleno derecho documentados —21 de ellos en Barcelona y 24 residentes fuera de España— y agencias como Wagons-Lits, Viajes Meliá e Iberia incluyendo La Platera en sus rutas cervantinas, Alcázar de San Juan se situó en el mapa turístico internacional mucho antes de que existiera el turismo de masas.
La entrega de Fructuoso López Parra no se agotaba en la Orden. En 1966 ejerció como teniente de alcalde en la Comisión Permanente del Ayuntamiento de Alcázar de San Juan, con responsabilidades tan concretas como gestionar el local destinado a la Agencia de Extensión Agraria. Fue también, en enero de 1967, uno de los cuatro «buenos amigos» —junto a Juan Nieto, Ramón Alcázar y Lucio Sahagún— que se volcaron en la edición de los fascículos «Hombres, lugares y cosas de La Mancha», de Rafael Mazuecos. Un hombre de despacho municipal por la mañana y de pozo, silla y capítulo nocturno por la noche.
En julio de 1967 el ministro de Información y Turismo, Manuel Fraga Iribarne, firmó en Madrid el diploma que otorgaba a Fructuoso López Parra la Medalla al Mérito Turístico en su categoría de Bronce, al amparo del Reglamento aprobado por Orden de 21 de enero de 1963. Una medalla acuñada con el bisonte de Altamira y la leyenda «Al Mérito Turístico», reservada a quienes hubieran prestado servicios relevantes al fomento y desarrollo del turismo español.
Pero, en realidad, aquella distinción no premiaba un establecimiento ni una infraestructura: premiaba una idea. Premiaba haber convertido una huerta privada, sin subvención alguna, en destino turístico internacional; haber generado, capítulo tras capítulo, un ejército de embajadores voluntarios de Alcázar de San Juan; haber sabido que la hospitalidad, el relato y la lealtad sanchopancesca eran, también, una forma legítima —y eficacísima— de hacer turismo.
La Orden mantuvo su actividad hasta comienzos de los años ochenta y languideció después, no sin un último y melancólico homenaje: el artículo «La Orden de los Sanchos cumple sus bodas de plata», publicado en el diario Ya en septiembre de 1987. El libro de firmas de La Platera siguió recibiendo visitantes hasta 1997. Pero la memoria de Fructuoso López Parra y de sus siete compañeros fundadores no se ha apagado: desde 2020, la Sociedad Cervantina de Alcázar ha reivindicado la figura de la Orden y está tratando de dar la visibilidad y la importancia histórica que tiene el paraje a través de su actividad El Legado de Sancho Panza, con Emilio Gavira Tomás como Gran Maestre y con la Silla de Sancho cuyo uso es cedido de forma generosa, como siempre, por la familia López Parra.
Sin Fructuoso López Parra, Alcázar de San Juan no habría tenido Ínsula. Sin Ínsula, medio mundo no habría oído hablar de Sancho como embajador de la amistad. Sus hijos pueden estar hoy bien orgullosos, la Medalla de Bronce que hoy luce enmarcada en casa de sus descendientes es, en el fondo, de oro para su ciudad: el testimonio imperecedero de un secretario perpetuo que, actas en mano y silla de piedra por trono, hizo universal el nombre de Alcázar de San Juan.
No hace falta abrir un libro para entrar en el Quijote. En Alcázar de San Juan se pisa, se fotografía y se vive. Queremos enseñarte los monumentos, las azulejerías y la partida de bautismo que demuestran por qué aquí, desde hace siglos, muchas personas de sólido juicio siguen creyendo que nació Cervantes
Alcázar no siempre fue Alcázar de San Juan. Fue Alcázar de Consuegra y, entre 1936 y 1939, oficialmente Alcázar de Cervantes. ¿Por qué? Porque aquí late desde el siglo XVII una tradición cervantina que no se ha apagado.
Es lo que Azorín llamó en 1905, al cerrar aquí su viaje, «la capital geográfica de La Mancha», y lo que hizo que Rubén Darío viniera expresamente a defenderla en su crónica La cuna del manco: una batalla «donde los cañones ‘Maxim’ quedan sustituidos por razones de a folio».
La iglesia más vieja de Alcázar, Santa María la Mayor —del siglo XII, con ábside románico, la que Alfonso X El Sabio cantó en la Cantiga 246 y que guarda a la Virgen del Rosario del Naval, la de Lepanto— es el kilómetro cero. La colegiata, que en 1226 fue designada como parroquia, acaba de cumplir 800 años y es la más antigua de la diócesis.
En su Libro Primero de Bautismos, en 1748, el bibliotecario mayor del rey Fernando VI, Blas Antonio Nasarre y Férriz, enviado por el VII duque de Híjar a buscar rastros manchegos de Cervantes, encuentra esto:
“En nueve días del mes de noviembre de mil quinientos y cincuenta y ocho bautizó el reverendo señor Alonso Diaz Pajares un hijo de Blas de Cervantes Sabedra y de Catalina López que le puso de nombre Miguel, fue su padrino de pila Melchor de Ortegaacompañados de Julián de Quirós y Francisco Almendros y sus mujeres de los dichos».
Y al margen, de su puño y letra: «Este fue el autor de la historia de Don Quixote».
Un año después encontraría en Madrid la partida de defunción de 1616. Por fin sabíamos algo: un Miguel nace en Alcázar en 1558 y muere en Madrid en 1616.
En 1753 aparecería la otra partida, la de Miguel hijo de Rodrigo Cervantes y Leonor Cortinas, bautizado el 9 de octubre de 1547 en Alcalá.
¿Incompatible? El padre Sarmiento dijo que el alcazareño no pudo estar en Lepanto por tener 13 años. El propio Cervantes le responde en el Quijote I, 51, cuando cuenta que Vicente de la Rosa se fue de su pueblo a ser soldado «siendo muchacho de hasta doce años» llevado por un capitán. A los 13 se podía ser grumete, mozo o paje de rodela.
En 2016, un documento del Archivo de Simancas —relación de heridos de Juan de Austria en Messina, marzo de 1572— ha vuelto a poner el foco: allí aparecen dos Migueles de apellido Cervantes heridos y posiblemente mancos.
Delante de la iglesia, desde el 23 de abril de 1999, nos mira el Cervantes de bronce de Teresa Guerrero y Javier Martínez: 2,35 metros, 450 kilos, con pluma y pergaminos de escritor, espada de soldado y talega de recaudador, la imagen preside el lugar donde arranca, documentalmente, la historia cervantina de Alcázar.
Junto a las instalaciones de la empresa Aguas de Alcázar nos recibe una de las esculturas más entrañables de la ciudad: Alonso Quijano, sentado sobre el borde de un pilón, absorto en la lectura, mientras uno de sus gatos apoya las patas sobre los libros e interrumpe su concentración.
Hidalgo y felino se observan con curiosidad, casi en diálogo. Es obra del escultor José Lillo Galiani, realizada en bronce a la cera perdida en 2007, y representa el origen mismo de la historia: un hidalgo manchego que, de tanto leer libros de caballerías, termina perdiendo el juicio y se echa al camino convertido en Don Quijote.
En la Plaza de Palacio se levanta un busto de Don Quijote con la mirada fija en el firmamento, obra del escultor Santiago de Santiago realizada en 1992. Su historia es tan bonita como su factura: fue un encargo de Eulalio Ferrer, mecenas cántabro afincado en México, que mandó fundir dos bustos gemelos en bronce. Uno lo donó a la ciudad de Guanajuato y el otro a Alcázar de San Juan, instalándose aquí en 1993.
Sin saberlo —o quizá sabiéndolo muy bien—, Ferrer tendió con este gesto un puente entre La Mancha y México que hoy sigue vivo: Alcázar de San Juan y Guanajuato son ciudades hermanadas oficialmente desde 2014.
La relación de Eulalio Ferrer con nuestra ciudad venía de lejos: fue nombrado Sancho de la Orden de los Escuderos en los años setenta, y su pasión por el Quijote —que él mismo contaba haber cambiado por una cajetilla de tabaco a un miliciano en el campo de refugiados de Argelès-sur-Mer, en 1939— le llevó después a fundar en Guanajuato el Museo Iconográfico del Quijote, el más importante del mundo dedicado al hidalgo manchego.
No podía faltar en este recorrido el grupo escultórico más fotografiado de la ciudad: Don Quijote a lomos de Rocinante y Sancho junto a su rucio, instalado en 1971, obra del escultor astorgano Marino Amaya. Un dato curioso: la cara de Sancho está inspirada en la del periodista Tico Medina, muy vinculado en aquella época a la Orden de los Sanchos y propietario de uno de los molinos de viento de Alcázar, el molino «Sancho Panza».
Alcázar de San Juan atesora también tres conjuntos de azulejos dedicados al Quijote que son, sencillamente, excepcionales.
El primero, y verdaderamente único en toda España, es la serie del Parque Cervantes. A diferencia de las azulejerías quijotescas que pueden verse repartidas por otros lugares del país —procedentes en su mayoría de fábricas trianeras sevillanas y que apenas alcanzan hasta el capítulo 20 de la primera parte—, la del Parque Cervantes representa el Quijote completo, las dos partes de la novela. Los azulejos originales, de la fábrica Ramos Rejano (1925-1929), se deterioraron con el paso del tiempo, por lo que los actuales, de 15 x 15 centímetros, se realizaron a principios de este siglo en una Escuela Taller creada expresamente para ello en nuestra ciudad, inspirándose en los dibujos de José Jiménez Aranda para la edición madrileña de 1905-1908 (la conocida como «Quijote del Centenario») y en los de Salvador Tusell y Gustave Doré para la segunda parte. La serie principal cuenta con 290 azulejos.
El segundo conjunto, no menos importante, decora la Fonda y la Sala de Espera de la Estación de Alcázar, y su origen se remonta a 1920, obra de la fábrica sevillana Mensaque Rodríguez y Cía. Estos azulejos, de 14 x 14 centímetros, alcanzan solo hasta el capítulo 20 de la primera parte —la famosa aventura del yelmo de Mambrino— y están colocados sin ningún orden cronológico, pero suman un total impresionante de 3.824 piezas entre ambos espacios. Por su valor patrimonial, fueron declarados Bien de Interés Cultural por la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha en 2016. Un detalle que enorgullece a nuestra Sociedad Cervantina: sus propios estudios han identificado hasta 396 azulejos dedicados al Quijote en este conjunto, dieciocho más de los que recogía el estudio previo del Patronato de Cultura.
Y el tercero se encuentra en el Pozo de las Aguas, donde en 1928 la sala de máquinas del Pozo de las Perdigueras se remodeló y sus paredes se embellecieron alicatándolas con valiosos azulejos con el escudo de Alcázar, el nombre de las personas que componían el Consejo de Administración, fechas alusivas y preciosos motivos inspirados en El Quijote. La cerámica, en azul y amarillo, es de Talavera y está firmada por J. Ruiz de Luna.
Este paseo por algunos de nuestros monumentos y huellas cervantinas es solo una muestra de todo lo que Alcázar de San Juan guarda para quien quiera descubrirlo. Desde 2014, la Sociedad Cervantina de Alcázar organiza, en colaboración con el Patronato Municipal de Cultura, la Ruta Cervantina «Alcázar de Cervantes», un recorrido guiado por estas y otras muchas paradas —la Colegiata de Santa María, el Museo Casa del Hidalgo, el lugar donde estuvo la casa de don Juan López Caballero, la plaza de Cervantes y tantos otros rincones— que ayuda a entender por qué, cuatro siglos después, seguimos sintiendo tan cerca a Don Quijote y a Sancho Panza. Con la Feria a las puertas, no hay mejor momento para redescubrir, paseando, lo que Cervantes dejó sembrado en nuestras calles.
En la segunda salida de don Quijote, ya con su escudero Sancho, el lector viajero que seguirá mi guía Tras los pasos de Rocinante sabe que se va a encontrar con una contradicción en el espacio-tiempo recorrido en ella entre la aventura del vizcaíno en Puerto Lápice y el encuentro con los pastores cerca ya de Sierra Morena.
Hay otros descuidos más, según sus primeros lectores más críticos, como el olvido de contar quién, cómo y cuándo le robaron el burro a Sancho, o qué pasó con los cien escudos que se encontraron en la maleta junto a una mula muerta, pero, ante el revuelo formado especialmente en los mentideros madrileños, a estos ya les contesta en la Segunda Parte de su historia.
Sigamos a Rocinante hacia Sierra Morena. Don Quijote es vapuleado por las aspas de uno de los molinos de viento de Campo de Criptana. Medio repuesto decide poner rumbo a Puerto Lápice «porque allí decía don Quijote que no era posible dejar de hallarse muchas y diversas aventuras, por ser lugar muy pasajero» Caminan ese día y pasan la noche en medio de un bosque y al día siguiente ven Puerto Lápice a las tres de la tarde. Allí se encuentran con la comitiva de unos frailes de la orden de San Benito y un coche con varios jinetes a caballo que iban a Sevilla. Después de golpes y más golpes, especialmente en las costillas de Sancho, don Quijote se enfrenta a uno de los jinetes que acompañaban a la señora vizcaína ante su negativa a darse la vuelta e ir a El Toboso. Don Quijote vence, pero en el combate una cuchillada del vizcaíno le deja una oreja casi partida.
El narrador cuenta que sin despedirse de la señora vizcaína «se entró por un bosque que allí junto estaba». Caminan, comen lo poco que llevaba Sancho en las alforjas y siguen caminando buscando donde alojarse esa noche y poder hacer un bálsamo con qué curar la herida. Llegan a unas chozas de cabreros donde invitados comparten cena, cuentos y música hasta que llega un mozo con la noticia de la muerte de Grisóstomo, y su entierro que sería a la mañana siguiente cerca de allí.
A este entierro acude la pastora Marcela, por la que Grisóstomo se había quitado la vida. Después del entierro y de que don Quijote quisiera volver a encontrar a Marcela entre aquellos montes llegan al final del día a la venta de Sierra Morena, no sin antes ser apaleados por los yangüeses. Esta venta en la que pasan tantas cosas puse su localización y nombre en 2012: la Venta del Alcalde hoy conocida como Venta de la Inés.
Desde Puerto Lápice hasta esta venta, por caminos, hay unos 128 km. En jornada y media recorren este espacio, y Rocinante no volaba precisamente. Sin embargo, no surgieron críticas de sus primeros lectores ante este «descuido» de Cervantes en la ida a Sierra Morena y quizás fuese porque en la vuelta a casa los tiempos y las distancias concuerdan perfectamente, o porque lo entendían perfectamente.
Sigamos ahora a Rocinante de vuelta a su cuadra desde esta venta. El cura trama la forma de llevar a casa a don Quijote de esta manera:
«Y lo que ordenaron fue que se concertaron con un carretero de bueyes que acaso acertó a pasar por allí, para que lo llevase en esta forma: hicieron una como jaula de palos enrejados, capaz que pudiese en ella caber holgadamente don Quijote, y luego don Fernando y sus camaradas, con los criados de don Luis y los cuadrilleros, juntamente con el ventero, todos, por orden y parecer del cura, se cubrieron los rostros y se disfrazaron, quién de una manera y quién de otra, de modo que a don Quijote le pareciese ser otra gente de la que en aquel castillo había visto» (Q1, 46)
Así, con don Quijote enjaulado sobre una carreta tirada por bueyes, encantado según él creía, comienza el regreso hacia su pueblo. Ir de esta guisa no era muy de entender por nuestro caballero, no por ir encantado sino por lo despacio que sería el traslado. Esto le dice a Sancho nada más ser acomodada la jaula en el carro de los bueyes:
«Muchas y muy graves historias he yo leído de caballeros andantes; pero jamás he leído, ni visto, ni oído, que a los caballeros encantados los lleven desta manera y con el espacio que prometen estos perezosos y tardíos animales; porque siempre los suelen llevar por los aires, con estraña ligereza, encerrados en alguna parda y escura nube, o en algún carro de fuego,…» (Q1, 47)
Así nos describe el narrador de la historia la salida lenta y parsimoniosa de la comitiva de la venta cervantina, teniendo que ir todos al paso del tiro de bueyes contratado:
«Subió a caballo, y también su amigo el barbero, con sus antifaces, porque no fuesen luego conocidos de don Quijote, y pusiéronse a caminar tras el carro. Y la orden que llevaban era ésta: iba primero el carro, guiándole su dueño; a los dos lados iban los cuadrilleros, como se ha dicho, con sus escopetas; seguía luego Sancho Panza sobre su asno, llevando de rienda a Rocinante. Detrás de todo esto iban el cura y el barbero sobre sus poderosas mulas, cubiertos los rostros, como se ha dicho, con grave y reposado continente, no caminando más de lo que permitía el paso tardo de los bueyes. Don Quijote iba sentado en la jaula, las manos atadas, tendidos los pies, y arrimado a las verjas, con tanto silencio y tanta paciencia como si no fuera hombre de carne, sino estatua de piedra» (Q1, 47)
En la Historia de los caminos de España, volumen I, de don José I. Uriol Salcedo, encontramos descrito cómo era en aquella época el transporte de mercancías en carros o carretas tiradas por bueyes, y sus privilegios de paso y pasto:
«Sobre las carreterías sabemos que, además de efectuar transportes privados, prestaban ordinariamente servicios de carácter público,…; que la velocidad de marcha de estas cuadrillas era del orden de unas tres a cuatro leguas al día;…», teniendo en cuenta si la jornada se hace en camino abrupto o de montaña o en camino fácil y llano. En esta parte de la Mancha los caminos son eminentemente llanos para este tipo de transporte. Por tanto, el paso del carro de bueyes con don Quijote enjaulado es de cuatro leguas por jornada, el mismo paso que el bueno de Rocinante.
«Y así con aquel espacio, y silencio, caminaron hasta dos leguas, que llegaron a un valle, donde le pareció al boyero, ser lugar acomodado para reposar, y dar pasto a los bueyes.» (Q1, 47)
Este paso lento y la necesidad de parar para dar de comer y descanso a los bueyes, es también tenido en cuenta por Cervantes en su descripción del regreso de don Quijote a su pueblo. El día de la partida, desde la venta cervantina, sobre mediodía la extraña comitiva llega a una zona donde al boyero le parece adecuado para realizar el descanso de media jornada, habiendo avanzado en su camino dos leguas.
«Fue de parecer el barbero que caminasen un poco más» a una zona conocida por él, con mejor hierba para los bueyes, siendo entonces alcanzados por seis o siete jinetes, que llevaban la misma dirección y camino que ellos, y con la intención de llegar a una venta ya cercana, “que menos de una legua de allí se parecía”, para comer, descansar y hacer la siesta:
«En esto, volvió el cura el rostro, y vio que a sus espaldas venían hasta seis o siete hombres de a caballo, bien puestos y aderezados, de los cuales fueron presto alcanzados, porque caminaban no con la flema y reposo de los bueyes,
sino como quien iba sobre mulas de canónigos y con deseo de llegar presto a sestear a la venta, que menos de una legua de allí se parecía» (Q1, 47)
Como después se sabe, «era canónigo de Toledo y señor de los demás que le acompañaban», que al ver esta singular imagen en el camino se interesó por la extraña figura de don Quijote. El canónigo y el cura, mientras caminan juntos, tienen una larga conversación sobre la idoneidad o no de los libros de caballerías hasta que llegan al lugar donde decía el barbero: «—Aquí, señor licenciado, es el lugar que yo dije que era bueno para que, sesteando nosotros, tuviesen los bueyes fresco y abundoso pasto». Paran allí y el canónigo manda ir a la «venta que no lejos de allí estaba» a por comida para todos.
Para cualquier lector-viajero de la época, la descripción de esta primera jornada de vuelta a casa es realmente de una precisión poco habitual en aquella época, lo que indica el gran conocimiento que Cervantes tenía de esta zona del sur de la Mancha. Por el camino de Sevilla a Toledo, desde la Venta del Alcalde a la Venta de Tartanedo, hoy en el pequeño núcleo de La Estación de Brazatortas-Veredas, hay unos diez y siete kilómetros, casi tres leguas de camino. Cuando lleva la comitiva con don Quijote andadas dos leguas llega a ella el canónigo que iba a sestear a la venta «que menos de una legua de allí se parecía» Siguen el camino hasta que el barbero indica el apropiado para hacer la parada. Aquí dejan a don Quijote salir de la jaula para hacer sus
«aguas mayores o menores, como suele decirse». Comen lo que de la venta los criados del canónigo habían traído y llega Eugenio el cabrero con el que don Quijote, después de escuchar el cuento que el cabrero allí les regaló, se muele a golpes y no se matan porque llega a aquel paraje donde estaban una procesión de rogativas. Desafíos y más golpes dejan a don Quijote con el hombro maltrecho y de nuevo dentro de la jaula camino a su casa.
Como puedes apreciar, desocupado lector interesado por los caminos reales por donde Cervantes hace caminar a Rocinante, esta primera media jornada de regreso a casa no puede estar mejor descrita, para los lectores del siglo XVII y para nosotros en el siglo XXI:
-La distancia entre la Venta del Alcalde y la Venta de Tartanedo es de casi tres leguas.
-Cuando llevan andadas dos leguas les alcanza el canónigo de Toledo que iba a sestear a la venta «que menos de una legua de allí se parecía»
-Siguen caminando un poco más hasta el paraje indicado por el barbero, donde paran a comer. El canónigo manda a sus sirvientes a la «venta que no lejos de allí estaba» a por comida para todos.
Pero, como pasó en la ida, desde aquí en la vuelta hay un gran salto en el territorio manchego sin suceder ninguna aventura ni nada que el autor considerarse dejar por escrito, solo el tiempo en llegar a su pueblo:
«El boyero unció sus bueyes y acomodó a don Quijote sobre un haz de heno, y con su acostumbrada flema siguió el camino que el cura quiso, y a cabo de
seis días llegaron a la aldea de don Quijote, adonde entraron en la mitad del día, que acertó a ser domingo, y la gente estaba toda en la plaza, por mitad de la cual atravesó el carro de don Quijote» (Q1, 52)
El espacio recorrido desde la Venta del Alcalde hasta su pueblo es de cinco jornadas y media al paso de los bueyes, lo que hace un total recorrido de veintidós leguas.
¿Qué distancia separa la Venta cervantina de Sierra Morena y Alcázar de San Juan, el lugar de don Quijote? Veamos las distancias que en tiempo de Cervantes se manejaban:
-Venta del Alcalde a Almodóvar del Campo: cuatro leguas y media. Reportorio de Caminos de Juan de Villuga, 1546.
-Almodóvar a Caracuel: tres leguas. Reportorio de Caminos de Juan de Villuga, 1546.
-Caracuel a Ciudad Real: tres leguas. Reportorio de Caminos de Juan de Villuga, 1546.
-Ciudad Real a Villarrubia de los Ojos: seis leguas. Relaciones Topográficas de Villarrubia de los Ojos, 1575:«… que yendo por el camino derecho desde esta villa a Ciudad Real hay seis leguas»
– Villarrubia de los Ojos a Herencia: cuatro leguas. Relaciones Topográficas de Herencia, 1575: «… al poniente de esta villa está un pueblo que se dice Villarrubia, cuatro leguas de esta villa de las ordinarias»
-Herencia a Alcázar de San Juan: dos leguas. Relaciones Topográficas de Herencia, 1575: «… que desde esta villa está hacia la parte donde sale el sol la villa de Alcázar dos leguas ordinarias camino derecho»
DISTANCIA ENTRE LA VENTA DEL ALCALDE Y ALCÁZAR DE SAN JUAN
DESDE
HASTA
LEGUAS
VENTA DEL ALCALDE
ALMODÓVAR DEL CAMPO
4,5
ALMODÓVAR DEL CAMPO
CARACUEL
3
CARACUEL
CIUDAD REAL
3
CIUDAD REAL
VILLARRUBIA DE LOS OJOS
6
VILLARRUBIA DE LOS OJOS
HERENCIA
4
HERENCIA
ALCÁZAR DE SAN JUAN
2
TOTAL
22,5
Es de una precisión increíble el texto de la novela con el espacio real. Solo es posible por quien conoce perfectamente el camino de Toledo a Sevilla y el camino que lleva a Alcázar de San Juan. Cervantes no llevaba en la mula ningún dispositivo de posicionamiento por satélite, pero el caminar al paso creó un mapa mental, una abstracción del territorio por el que viajaba, con una precisión casi al que nos dan hoy los navegadores. ¿Para qué inventarse un camino, un paraje por dónde llevar a Rocinante, si recordaba perfectamente esas imágenes guardadas en su mente? Solo tenía que crear el cuento, el escenario ya lo tenía.
¡Tanto detalle y cuidado en los tiempos y distancias en la vuelta y un descuido tan importante en la ida a la venta!, como lector curioso me surgen algunas preguntas, como esta:
¿Es posible que quitase de su manuscrito alguna o algunas aventuras en la ida, entre Puerto Lápice y el encuentro con los cabreros, para insertar El curioso impertinente o El capitán cautivo? Si fue así ¿por motu proprio o por indicación del librero? ¡Ufff, esto es harina de otro costal!
Con solo haber añadido “… en esto se les pasó aquella noche y al cabo de cinco días, al final del día vieron unas chozas de cabreros…” los encantadores buscadores de contradicciones, descuidos e incoherencias en el texto cervantino, del siglo XXI, habrían pasado de largo.
Me comentaba un ciclista-viajero cervantino al que le he adelantado parte de los caminos de esta segunda parta de la guía que «…entre Puerto Lápice y Almodóvar del Campo el camino se me hizo bola». No disponer de un paraje o un lugar donde pararse y leer esa parte del Quijote que lo describe lo echamos en falta quienes andamos los caminos siguiendo a Rocinante. Sí, las huellas
están en el camino, pero faltan esas aventuras que Cervantes quizás no “quiso” acordarse y así poder parar y sacar el Quijote de la mochila. Ni en la ida ni en la vuelta.
Hoy comienzan las Ferias y Fiestas en el lugar de don Quijote. Si alguien quiere reconocer a los modelos vivos de Sancho del siglo XXI, solo tiene que pasar por las demostraciones gastronómicas que durante estos días los cocinillas manchegos harán, ocultando la parte de la receta que su abuela solo a ellos le contó: pipirrana, ensalá de limón, machacón, asadillo, pisto, migas, gachas y el sábado ¡duelos y quebrantos!, y zurra que no falte. Los Quijotes pasarán de largo, solo comen lo que en casa su ama les hace, con la intención de ser los primeros en probar esas atracciones que les recuerde al cerrar los ojos al vuelo de Clavileño o la barca encantada.
Sillón de Sancho Panza en la finca «La Platera» en la entrada de Alcázar de San Juan desde la autovía CM 42
A las afueras de Alcázar de San Juan, entre hierbas secas y silencio, sobrevive una escalinata de piedra que en los años sesenta y ochenta recibió a actrices, ministros, embajadores y hasta a un presidente del Real Madrid. Todos se sentaron en ella para jurar amistad a Sancho Panza. Hoy, medio derruida, la Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan quiere devolverle su esencia
A simple vista, es una construcción de piedra en forma de pirámide escalonada, coronada por una silla con una tronera, plantada en mitad de un paraje agreste en la entrada de Alcázar de San Juan por la autovía CM 42. Un viandante despistado pasaría de largo sin sospechar que ese montículo de sillares desgastados fue, durante más de dos décadas, uno de los tronos más codiciados de España: la Silla de Sancho, en la antigua finca de La Platera.
La Platera fue, entre 1964 y finales de los años ochenta, la sede de capítulo de la Orden de los Escuderos llamados Sancho, más conocida como la Orden de Sancho Panza, fundada en una tarde ventosa y fría del mes de febrero de 1964 en la que se reunieron en la finca conocida por la Platera, junto al periodista Tico Medina, ocho alcazareños entusiastas de la figura de Sancho Panza y acordaron fundar la referida Orden, basándose en estas tres razones: «Para exaltar la figura de Sancho, tan vilipendiada por todos, y sin embargo, tan importante en la obra inmortal de Cervantes. Para promoción de la amistad entre las gentes y los pueblos de buena voluntad y buen peso. Y para proyectar a todo el mundo los auténticos valores espirituales de La Mancha», al amparo también del Centro de Estudios Alcazareños.
Tanto en el sillón de piedra, con el pozo cercano (hoy cegado), como en el molino de viento —bautizado también «Sancho Panza» y reconstruido expresamente para la ocasión—, se constituyeron los escenarios de una de las iniciativas más originales del cervantismo español del siglo XX. Allí, en noches de luna llena, los aspirantes juraban su ingreso en la Orden junto al pozo. Y allí, sobre esta silla de piedra que hoy vemos casi devorada por el abandono, el Gran Maestre recibía el juramento de los nuevos Escuderos y entregaba la célebre «Carta de la Amistad» a cuantos visitantes se acercaban a rendir homenaje a Sancho.
Lo que en apariencia era un juego de ingenio literario se convirtió, sin proponérselo, en un fenómeno de proyección internacional sin precedentes para la ciudad. Agencias como Wagons-Lits/Cook o Viajes Meliá incluían la visita a La Platera en sus rutas cervantinas, e Iberia programó vuelos turísticos Nueva York-Madrid-Nueva York que incluían, como parada obligada, la investidura en la Silla de Sancho.
Por ella pasaron —y en ella se sentaron— figuras de primerísimo nivel de la vida española e internacional. Entre los cerca de ciento veinticinco «Sanchos» documentados figuran nombres como el del presidente del Real Madrid Santiago Bernabéu,el campeón del mundo de ajedrez Anatoly Karpov, el de los ministros Manuel Fraga Iribarne y Rodolfo Martín Villa, el alcalde de Barcelona José María de Porcioles (quien regalaría a nuestra ciudad una farola igual a las de la Rambla, que todavía hoy adorna nuestra Plaza Barcelona), el presidente de El Corte Inglés Ramón Areces, actrices como Ana Mariscal, Mari Carrillo o Josita Hernán, el poeta y Premio Nacional de Literatura Luis López Anglada, el concertista Segundo Pastor —que llegó a ofrecer un recital de guitarra el día de su ingreso—, o el torero Paco Alcalde.
La lista de «Sanchos de Honor» alcanza incluso proyección europea, con el mismísimo Ludwig Erhard, canciller federal de Alemania, entre sus miembros.
Cada uno de ellos, al recibir su Carta de la Amistad sentado en esta piedra, se convertía en embajador voluntario de Alcázar de San Juan allá donde fuera, pregonando por el mundo el nombre de esta tierra manchega y la figura entrañable de Sancho Panza. Este singular elemento de piedra se convirtió así en el trono que visitó medio mundo.
Con el paso de las décadas, la Orden fue languideciendo, incapaz de adaptarse a los nuevos tiempos, y La Platera cayó en el olvido. Hoy el pozo ha desaparecido, el molino es una ruina y de todo aquel esplendor solo queda en pie, resistiendo el paso del tiempo, la propia Silla de Sancho: un montón de piedras escalonadas que, pese a todo, sigue transmitiendo la dignidad silenciosa de lo que un día fue.
Consciente de este patrimonio dormido, la Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan se ha propuesto recuperar la Silla de Sancho, tanto por su incalculable valor cervantino como por su potencial turístico, convencida de que un símbolo que un día unió a cancilleres, ministros y artistas en torno a la figura de Sancho Panza no puede quedar reducido a un montón de piedras olvidadas en un descampado.
Con ese objetivo, la Silla de Sancho se ha convertido en pieza clave de la nueva actividad puesta en marcha por la asociación: la Orden del Legado de Sancho Panza, heredera en espíritu de aquella institución fundada por Tico Medina (nombrado socio de honor por la Cervantina alcazareña). El año pasado, esta nueva Orden nombró como su primer Gran Maestre a Emilio Gavira, dando así continuidad simbólica a una tradición que enlaza directamente con aquel trono de piedra.
Y el próximo 19 de septiembre, la Silla de Sancho volverá a cumplir su función original cuando se proceda al nombramiento del eminente cervantista José Manuel Lucía Megías como «Gran Sancho Panza», un acto con el que la Sociedad Cervantina pretende recuperar, gesto a gesto, aquel espíritu que convirtió a Alcázar de San Juan en un lugar de peregrinación para quienes, en cualquier parte del mundo, sentían simpatía por la figura más leal, socarrona y entrañable de la literatura universal.
Porque, como bien sabían aquellos primeros Escuderos, sin Sancho, sencillamente, no habría sido posible la existencia de Don Quijote.
«El Quijote es, entre otras cosas, nuestro campo de entrenamiento para
aprender métodos de aproximación a Dickens, Flaubert, etcétera»
(Vladimir Nabokov, “Curso sobre el Quijote”)
«A lo largo de todas las demás novelas que leamos, el Quijote,
en cierto modo, seguirá estando con nosotros»
(Vladimir Nabokov, “Curso sobre el Quijote”)
¿Ganó o perdió el hidalgo más famoso de la literatura? Un profesor ruso enamorado de las mariposas, del ajedrez y de Cervantes se sentó a contar, uno por uno, los 40 combates del Caballero de la Triste Figura. El resultado, digno de una final de infarto, lleva setenta años esperando a que alguien le encuentre refutación
Todo el mundo cree conocer a don Quijote. El pobre hidalgo que confunde molinos con gigantes, que sale siempre apaleado, que es la viva imagen del fracaso noble. Es la idea que arrastramos desde el colegio: un perdedor entrañable.
Pues bien, esa idea es, estadísticamente, falsa.
En 1951, en un aula de la Universidad de Harvard, un profesor con acento eslavo y fama de excéntrico —el mismísimo Vladimir Nabokov, el que posteriormente sería el autor de Lolita— hizo algo que a ningún cervantista se le había ocurrido antes: contar. Cogió las dos partes del Quijote, marcó cada aventura como quien anota un partido de tenis, y llegó a una cifra que aún hoy sorprende.
Nabokov no encontró un fracasado. Encontró un empate perfecto. Fue el marcador que nadie esperaba.
40 encuentros. 20 victorias. 20 derrotas. Ni una más, ni una menos. Y el desglose es todavía más elegante: 13 a 13 en la Primera Parte, 7 a 7 en la Segunda. Nabokov, que también era aficionado al tenis, no pudo resistirse a describirlo con el lenguaje de un partido reñido: 6-3, 3-6, 6-4, 5-7, empleando la terminología del antiguo juego court tennis (el antepasado de nuestro tenis) que aparece citado por escritores de diferentes épocas: Erasmo de Rotterdam, Rabelais, Shakespeare o Montaigne.
Un caballero al 50%. Ni la ruina absoluta que canta la leyenda popular, ni el héroe invencible que él mismo soñaba ser.
El truco que empleó Nabokov: no todo golpe se mide con la lanza. Aquí está la genialidad —y la trampa deliciosa— del recuento. Nabokov no se limita a contar palizas físicas. De esas 20 victorias, 12 son morales: momentos en los que don Quijote no vence con la espada, sino con la palabra, con la autoridad de su locura lúcida, con su sola presencia.
¿Ejemplos? Cuando impone respeto con su discurso ante Marcela. Cuando su elocuencia en la mesa logra que una mesa entera de doce comensales le escuche embelesada hablando de armas y letras. Cuando, encerrado en una jaula como una fiera, aun así, consigue que su dignidad se imponga al ridículo.
Físicamente, solo hay ocho triunfos limpios —el vizcaíno ensangrentado, los frailes puestos en fuga, el gigante Tosilos rendido—. El resto de la leyenda «vencedora» se la debe don Quijote a su lengua y su mente, no a su brazo.
Aquí tienes el combate completo, capítulo a capítulo, tal y como lo contabilizó Nabokov:
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Aventura
Resultado
Q I, 3
La vela de las armas
Victoria
Q I, 4
El muchacho azotado (Andrés)
Victoria moral
Q I, 4
El encuentro con los mercaderes toledanos
Derrota
Q I, 7
La primera batalla soñada (Don Roldán)
Derrota
Q I, 7
Sancho se une como escudero
Victoria moral
Q I, 8
Molinos de viento
Derrota
Q I, 8
Frailes y coche de dama
Victoria
Q I, 8-9
El vizcaíno
Victoria
Q I, 14
Marcela
Victoria moral
Q I, 15
Arrieros yangüeses
Derrota
Q I, 16-17
Arriero celoso (Maritornes)
Derrota
Q I, 17
Cuadrillero de la Santa Hermandad
Derrota
Q I, 18
Rebaños de ovejas
Derrota
Q I, 19
Procesión funeraria
Victoria
Q I, 20
Los batanes
Derrota
Q I, 21
Yelmo de Mambrino
Victoria
Q I, 22
Liberación de los galeotes
Victoria (con secuela amarga)
Q I, 24
El caballero astroso (Cardenio)
Derrota
Q I, 35-37
Los cueros de vino (segunda batalla soñada)
Victoria (onírica)
Q I, 37-38
Discurso de armas y letras
Victoria moral
Q I, 43
La garrucha
Derrota
Q I, 44
Ventero tramposo
Victoria moral
Q I, 45
Trifulca en la venta
Victoria moral
Q I, 46
Enjaulado en el carro de bueyes
Derrota
Q I, 52
Pelea con el cabrero Eugenio
Derrota
Q I, 52
Procesión de la Virgen
Derrota
Q II, 14-15
Caballero de los Espejos (Carrasco I)
Victoria
Q II, 17
Los leones
Victoria moral
Q II, 21
Bodas de Camacho
Victoria
Q II, 25-26
El Retablo de Maese Pedro
Victoria
Q II, 27-28
Aldeanos rebuznadores
Derrota
Q II, 29
La barca encantada
Derrota
Q II, 34
La caza del jabalí
Victoria
Q II, 41
Clavileño, el caballo volador
Victoria moral
Q II, 46
Los gatos encantados
Derrota
Q II, 48
Los pellizcos de Altisidora
Derrota
Q II, 54-56
El lacayo Tosilos
Victoria
Q II, 58
Los toros
Derrota
Q II, 60
Pelea con Sancho por los azotes
Derrota
Q II, 64-65
Caballero de la Blanca Luna (Carrasco II)
Derrota final
Si te fijas en el final, está escrito de antemano. La que hace el número cuarenta no es una derrota cualquiera: es la que cierra la cuenta. Sansón Carrasco, disfrazado de Caballero de la Blanca Luna, vence a don Quijote en la playa de Barcelona y le obliga a colgar las armas para siempre. Es la derrota que da fin a la caballería andante del hidalgo. Y, sin embargo, el marcador global sigue empatado: 20-20. Cervantes —o el destino o Nabokov, que aquí hace también de árbitro— no deja que la última imagen sea la del fracaso puro. La deja en tablas.
Este recuento, que parece un ejercicio frívolo, importa mucho, porque desmonta, número en mano, uno de los tópicos más repetidos sobre el Quijote: que es la historia de un iluso que siempre pierde. No es así. Es la historia de un hombre que gana la mitad de sus batallas y, cuando es derrotado en lo físico, casi siempre gana el argumento.
Nabokov no encontró un antecedente a su trabajo —él fue el primero en sentarse a contar— y desde entonces nadie ha propuesto una cuenta distinta. Su 20-20 sigue siendo, setenta años después, la única aritmética oficial de las hazañas del ingenioso hidalgo.
Llegados a este punto del artículo, preciso hacer dos apuntes, el primero es que habiendo comentado este cómputo con mi buen amigo y compañero Luis Miguel Román Alhambra, me hace unas precisiones sobre la lectura de Nabokov con las que estoy perfectamente de acuerdo y que por su interés paso a enumerar:
1.- En la primera batalla soñada, Nabokov se centra en que don Quijote mantiene en sueños una batalla con don Roldán de la que sale malparado:
«—Herido, no —dijo don Quijote—, pero, molido y quebrantado, no hay duda en ello, porque aquel bastardo de don Roldán me ha molido a palos con el tronco de una encina, y todo de envidia, porque ve que yo solo soy el opuesto de sus valentías. Mas no me llamaría yo Reinaldos de Montalbán si, en levantándome de este lecho, no me lo pagare, a pesar de todos sus encantamientos; y, por ahora, tráiganme de yantar, que sé que es lo que más me hará al caso, y quédese lo del vengarme a mi cargo».
(Q I, 7)
Sin dejar de ser cierto que ocurre así en la novela, Luis Miguel Román nos apunta que en ese mismo capítulo hay otra batalla perdida que no ha contabilizado el escritor ruso nacionalizado norteamericano y es la del sabio Frestón (o cura, o barbero, o sobrina o ama), quien aprovecha su estancia en la cama recuperándose de sus heridas para «escamotearle», sin oposición alguna, el aposento de sus libros, ofreciéndole una severa derrota y dándole el trabajo casi hecho al encantador enemigo suyo:
«—No era diablo —replicó la sobrina—, sino un encantador que vino sobre una nube una noche, después del día que vuestra merced de aquí se partió, y, apeándose de una sierpe en que venía caballero, entró en el aposento y no sé lo que se hizo dentro, que a cabo de poca pieza salió volando por el tejado y dejó la casa llena de humo, y, cuando acordamos a mirar lo que dejaba hecho, no vimos libro ni aposento alguno; sólo se nos acuerda muy bien a mí y al ama que, al tiempo del partirse aquel mal viejo, dijo en altas voces que, por enemistad secreta que tenía al dueño de aquellos libros y aposento, dejaba hecho el daño en aquella casa que después se vería; dijo, también, que se llamaba el sabio Muñatón.
—Frestón diría —dijo don Quijote.
—No sé —respondió el ama— si se llamaba Frestón o Fritón, sólo sé que acabó en ton su nombre.
—Así es —dijo don Quijote—; que ese es un sabio encantador, grande enemigo mío, que me tiene ojeriza, porque sabe por sus artes y letras que tengo de venir, andando los tiempos, a pelear en singular batalla con un caballero a quien él favorece, y le tengo de vencer sin que él lo pueda estorbar, y por esto procura hacerme todos los sinsabores que puede; y mándole yo que mal podrá él contradecir ni evitar lo que por el cielo está ordenado». (Q I, 7)
2.- Por lo que se refiere al «caballero astroso», tal como lo denomina Nabokov pareciendo otorgarle un título rimbombante, Cervantes jamás lo define de ese modo, sino que lo llama «astroso caballero» en el sentido de desastrado, llamándolo posteriormente también El Roto y Cardenio:
«Dice la historia que era grandísima la atención con que don Quijote escuchaba al astroso caballero de la Sierra, el cual, prosiguiendo su plática, dijo:
—Por cierto, señor, quienquiera que seáis, que yo no os conozco, yo os agradezco las muestras y la cortesía que conmigo habéis usado, y quisiera yo hallarme en términos que, con más que la voluntad, pudiera servir la que habéis mostrado tenerme en el buen acogimiento que me habéis hecho; mas no quiere mi suerte darme otra cosa con que corresponda a las buenas obras que me hacen, que buenos deseos de satisfacerlas». (Q I, 24)
3.- Lo que Nabokov llama «garrucha» (al encontrarlo similar a un tipo de tormento), resulta ser el cabestro o ronzal de Rucio, el jumento de Sancho, con el que Maritornes tras atárselo a la muñeca a don Quijote quedó colgado del agujero o piquera de la venta:
«—Ahora lo veremos —dijo Maritornes.
Y, haciendo una lazada corrediza al cabestro, se la echó a la muñeca, y, bajándose del agujero, ató lo que quedaba al cerrojo de la puerta del pajar muy fuertemente. Don Quijote, que sintió la aspereza del cordel en su muñeca, dijo:
—Más parece que vuestra merced me ralla que no que me regala la mano; no la tratéis tan mal, pues ella no tiene la culpa del mal que mi voluntad os hace, ni es bien que en tan poca arte venguéis el todo de vuestro enojo; mirad que quien quiere bien no se venga tan mal». (Q I, 43)
4.- En cuanto a la pelea con el cabrero Eugenio, Luis Miguel Román contradice a Nabokov y estima que esta batalla acaba en empate porque terminan ambos ensangrentados y molidos y al llegar los disciplinantes don Quijote le llama hermano y le pide tregua:
«…pero el que más se alborotó de oírle fue don Quijote, el cual, aunque estaba debajo del cabrero, harto contra su voluntad y más que medianamente molido, le dijo:
—Hermano demonio, que no es posible que dejes de serlo, pues has tenido valor y fuerzas para sujetar las mías, ruégote que hagamos treguas, no más de por una hora, porque el doloroso son de aquella trompeta que a nuestros oídos llega me parece que a alguna nueva aventura me llama.
El cabrero, que ya estaba cansado de moler y ser molido, le dejó luego, y don Quijote se puso en pie, volviendo asimismo el rostro adonde el son se oía, y vio a deshora que por un recuesto bajaban muchos hombres vestidos de blanco a modo de diciplinantes». (Q I, 52)
5.- Respecto a la caza del jabalí, episodio al que Nabokov otorga cierta importancia y sitúa a don Quijote «embrazando su escudo y con la lanza en la mano», su participación es testimonial ya que ni siquiera interviene directamente en el abatimiento del animal que muere atravesado por los venablos lanzados al menos por la duquesa y el duque:
«Y apenas habían sentado el pie y puéstose en ala con otros muchos criados suyos, cuando acosado de los perros y seguido de los cazadores vieron que hacia ellos venía un desmesurado jabalí, crujiendo dientes y colmillos y arrojando espuma por la boca, y, en viéndole, embrazando su escudo y puesta mano a su espada, se adelantó a recebirle don Quijote; lo mesmo hizo el duque con su venablo; pero a todos se adelantara la duquesa si el duque no se lo estorbara». (Q II, 34)
Y tras manifestarles mi humildad como simple lector y aficionado al Quijote frente a la autoridad de un crítico como Vladimir Nabokov, paso a referirles el segundo apunte que me permito incluir. Si en setenta años nadie se ha atrevido a revisar su recuento, quiero aportar, con el máximo respeto, el resultado de cuatro batallas más que su reflexiva comprobación no contempló, se le pasaron por alto o quizá no las tuvo por posibles batallas.
Estos no son lances de espada ni de lanza, sino combates librados a fuerza de palabras, de dignidad y de razón, que también forman parte, y no de manera menor, del marcador vital de don Quijote. Voy a relacionarlas en el orden en que Cervantes las fue escribiendo, de la Primera a la Segunda Parte.
Capítulo
Aventura
Resultado
Q I, 47-50
La discusión con el canónigo sobre los libros de caballerías
Victoria dialéctica
Q II, 16-18
La discusión con el Caballero del Verde Gabán sobre la poesía de su hijo
Victoria dialéctica
Q II, 62
La aventura de la cabeza encantada
Victoria moral
Q II, 72
La declaración de don Álvaro Tarfe ante el alcalde
Victoria moral (crepuscular)
Q I, 47-50 — La discusión con el canónigo sobre los libros de caballerías
De vuelta a la aldea, enjaulado como una fiera en un carro de bueyes tras la burla del cura y el barbero, don Quijote se cruza con un canónigo de Toledo que ataca sin piedad los libros de caballerías: los llama fábulas sin verosimilitud ni provecho, duras de estilo e increíbles en sus hazañas.
Don Quijote, que lo escucha «atentísimamente», responde con una defensa en tres tiempos —histórica, poética y moral— tan lúcida que el propio canónigo, hombre culto y hasta entonces crítico feroz del género, queda admirado de que un preso razone mejor que muchos hombres libres. Es derrota física absoluta —sigue enjaulado— pero una victoria dialéctica absoluta: el cuerpo preso, la palabra libre. El primer gran triunfo de don Quijote como orador, anuncio de lo que será la Segunda Parte:
«Si no, díganme también que no es verdad que fue caballero andante el valiente lusitano Juan de Merlo, que fue a Borgoña y se combatió en la ciudad de Ras con el famoso señor de Charní, llamado mosén Pierres, y después, en la ciudad de Basilea, con mosén Enrique de Remestán, saliendo de entrambas empresas vencedor y lleno de honrosa fama. Y las aventuras y desafíos que también acabaron en Borgoña los valientes españoles Pedro Barba y Gutierre Quijada (de cuya alcurnia yo deciendo, por línea recta de varón), venciendo a los hijos del conde de San Polo».
Q II, 16-18 — La discusión con el Caballero del Verde Gabán sobre la poesía de su hijo
Don Diego de Miranda, hidalgo sensato y de vida ordenada, confía a don Quijote su preocupación: su hijo Lorenzo pierde el tiempo en versos y él querría verlo dedicado a algo más provechoso. Don Quijote responde con una de sus páginas más celebradas, la definición de la poesía como «doncella tierna» que no debe venderse ni prostituirse, y aboga por dejar que el muchacho siga su vena poética, eso sí, pulida con las demás ciencias.
El efecto es inmediato: el Verde Gabán, modelo de cordura, «va perdiendo la opinión de que era mentecato», le abre su casa y hasta su hijo poeta acaba admirado. Sin jaula, sin burla, sin encantamiento: es, quizá, la victoria más limpia de razón y de palabra de toda la Segunda Parte, donde queda para el recuerdo la gran frase:
«—Los hijos, señor, son pedazos de las entrañas de sus padres, y, así, se han de querer, o buenos o malos que sean, como se quieren las almas que nos dan vida; a los padres toca el encaminarlos desde pequeños por los pasos de la virtud, de la buena crianza y de las buenas y cristianas costumbres, para que, cuando grandes, sean báculo de la vejez de sus padres y gloria de su posteridad; y en lo de forzarles que estudien esta o aquella ciencia no lo tengo por acertado, aunque el persuadirles no será dañoso; y cuando no se ha de estudiar para pane lucrando, siendo tan venturoso el estudiante, que le dio el cielo padres que se lo dejen, sería yo de parecer que le dejen seguir aquella ciencia a que más le vieren inclinado, y aunque la de la poesía es menos útil que deleitable, no es de aquellas que suelen deshonrar a quien las posee».
Q II, 62 — La aventura de la cabeza encantada
En Barcelona, don Antonio Moreno somete a don Quijote a la burla de una supuesta cabeza de bronce adivinatoria —en realidad, es un sobrino suyo con un tubo de lata oculto bajo la mesa—. Cervantes, a diferencia de Avellaneda, no deja al lector en vilo: explica el truco con todo detalle. Don Quijote no es del todo crédulo —«estuvo por no creer a don Antonio»—, y sale de la burla reforzado en lo único que le importa: la cabeza le asegura que el desencanto de Dulcinea llegará.
No hay derrota caballeresca posible porque no hay combate: es una victoria moral menuda, un consuelo íntimo, pocos días antes de la derrota definitiva en la playa frente al Caballero de la Blanca Luna.
Q II, 72 — La declaración de don Álvaro Tarfe ante el alcalde
Ya de vuelta hacia su lugar derrotado por Sansón Carrasco, don Quijote se topa con don Álvaro Tarfe, personaje robado por Cervantes a la apócrifa Segunda Parte de Avellaneda. Lejos de retarlo con la lanza, don Quijote le pide algo nuevo en toda la novela: que declare ante el alcalde del lugar que él es el verdadero don Quijote y no el impostor de la obra apócrifa. Tarfe firma, «de muy buena gana», y don Quijote y Sancho quedan «muy alegres».
Es una victoria de identidad, no de armas; una victoria cervantina, no quijotesca —necesita que otro la certifique—, pero es la única vez que el mundo oficial le da la razón. Una victoria crepuscular que le permite, poco después, morir siendo él mismo.
Termino indicando que no pretendo, ni de lejos, discutirle la aritmética a Nabokov: su empate a veinte sigue siendo, con toda justicia, la cuenta oficial y canónica de las hazañas del ingenioso hidalgo. Si él opinaba del Quijote ante sus alumnos «…y he expresado mi negativa a considerarla como una obra humana y humorística» (Curso sobre el Quijote), yo —que a mi juicio encuentro el Quijote como una gran obra de humanidades— también puedo valorar su opinión y añadir lo que entiendo que él pasó por alto en su desapasionada lectura.
Pero si estas cuatro batallas que he añadido y que acaban en victoria tienen algo en común es que confirman, desde otro ángulo, lo que el propio Nabokov ya intuyó: que las victorias más duraderas de don Quijote casi nunca las gana el brazo, sino la palabra y la dignidad.
Sea como fuere, ahí quedan, por si alguien, más autorizado que este modesto aficionado, quiere alguna vez incorporarlas a la cuenta.
La Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan se congratula de la extraordinaria respuesta internacional a su certamen literario, con una participación un 24 % superior a la del año pasado, y anuncia que el fallo se conocerá el 19 de septiembre coincidiendo con el nombramiento del cervantista José Manuel Lucía Megías como «Gran Sancho Panza»
Cuatro siglos después de su publicación, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha sigue demostrando que su vigencia no entiende de fronteras ni de generaciones. Así lo constata la Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan, que ha hecho público el balance de participación de su Concurso Internacional de Relatos «El legado de Sancho Panza», cuya última edición que acaba de cerrar su plazo de admisión, ha recibido 543 relatos procedentes de 26 países, una cifra que consagra un récord absoluto en la historia del certamen.
Han participado escritores de Alemania, Argentina, Bélgica, Bolivia, Brasil, Canadá, Chile, Colombia, Costa Rica, Cuba, Ecuador, España, Estados Unidos, Grecia, Guatemala, Guyana, Italia, Luxemburgo, México, Nicaragua, Perú, Portugal, Puerto Rico, República Dominicana, Uruguay y Venezuela.
El dato no es solo una anécdota estadística: supone un incremento del 24 % respecto a los 439 relatos recibidos en 2025, y confirma que el universo cervantino continúa despertando pasiones muy vivas en todo el planeta. La obra de Cervantes no solo conserva intacta su legión de lectores fieles, sino que además sigue actuando como fuente de inspiración para escritores de las más diversas procedencias, que encuentran en las andanzas del hidalgo manchego y sobre todo en su fiel escudero un territorio fértil para la creación literaria contemporánea.
Desde la Sociedad Cervantina destacan que esta participación récord es la mejor prueba de que el legado de Cervantes trasciende lo puramente literario para convertirse en un fenómeno cultural global, capaz de tender puentes entre países, lenguas y sensibilidades muy distintas a través de la figura entrañable de Sancho Panza. Así mismo, señalan que este tipo de convocatorias —que han alcanzado renombre internacional— no hubieran sido posibles sin el patrocinio de la Diputación Provincial de Ciudad Real que desde el primer momento apostó por esta actividad cultural.
El resultado del concurso se dará a conocer el próximo 19 de septiembre, en el marco de un acto muy especial: el nombramiento del «Gran Sancho Panza», distinción que recaerá en la persona del eminente cervantista José Manuel Lucía Megías, una de las voces más autorizadas y reconocidas internacionalmente en el estudio de la obra de Cervantes.
Lucía Megías es Escritor, poeta y catedrático de Filología Románica de la Universidad Complutense de Madrid. Doctor en Filología por la Universidad de Alcalá (1993, Premio Extraordinario de Doctorado por su tesis sobre el Libro del cavallero Zifar). Ha sido Vicedecano de Biblioteca, Cultura y Relaciones Institucionales de la Facultad de Filología (2014-2022) y es Titular de la Cátedra Abierta «Miguel de Cervantes» en la Universidad Nacional del Centro (Argentina). Considerado uno de los cervantistas más importantes e influyentes de los últimos tiempos.
Su investigación se centra en los libros de caballerías, el Quijote, la iconografía quijotesca y la biografía de Cervantes, publicada en tres tomos entre 2016 y 2019 (EDAF). Es presidente de Honor de la Asociación de Cervantistas y vicepresidente de la Asociación Hispánica de Literatura Medieval y presidente de la Red de Ciudades Cervantinas, red en la que están encuadradas las ciudades cervantinas de todo el mundo y a la que pertenece Alcázar de San Juan.
La Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan expresa su profunda satisfacción por el éxito de convocatoria alcanzado y reafirma su compromiso con la difusión, el estudio y la celebración del legado cervantino, convencida de que iniciativas como esta contribuyen a mantener vivo, edición tras edición, el espíritu universal de Don Quijote y Sancho Panza.
Don Quijote y Sancho Panza llegan a su pueblo, de Jaime Pahissa
Me llega un curioso comentario a mi último artículo Tras los pasos de Rocinante. Mapa de las aventuras de don Quijote y Sancho Panza por la Mancha, en el que sin saludos ni la más mínima cortesía dice:
«Alcázar no puede ser el lugar de don Quijote porque era una villa muy grande y no un lugar como dice Cervantes. Lea: En un lugar de la Mancha. Busque en los lugares junto al Toboso y lo encontrará»
Estimado lector, para no extenderme en la contestación los datos históricos los acoto alrededor del tiempo de la escritura del Quijote.
Sebastián de Cobarruvias en su Tesoro de la lengua castellana o española que imprime en 1611 dice de la palabra “Lugar”:
«LUGAR, se dice todo aquello que contiene en sí otra cosa, Latine locus, locatum lo contenido. Lugar significa muchas veces ciudad, o villa, o aldea, y así decimos en mi lugar, en el pueblo donde nací, y fulano no está en el lugar, no está en la ciudad…»
«Lugar significa muchas veces ciudad, o villa, o aldea», con esta definición de Cobarruvias en el primer diccionario del español editado ya podría dar por terminada mi contestación a su comentario.
Me decía que «Alcázar no puede ser el lugar de don Quijote porque era una villa muy grande…». Le pongo ahora un ejemplo de una villa mucho más grande que Alcázar de San Juan que también es un “lugar”: Madrid.
En 1629, Gerónimo de Quintana saca a la luz en Madrid: Historia de la villa de Madrid. Relacionando sus panaderías y carnicerías existentes nos describe la zona del lugar de Madrid donde se acopiaban los animales sacrificados en el matadero para después llevárselos a las carnicerías madrileñas para su venta y las pieles a los curtidores, dejando un “rastro” de sangre en el suelo desde el cerrillo del Rastro hacia el matadero, hoy la empinada calle Ribera de Curtidores, de aquí su nombre a esta actual zona comercial madrileña: El Rastro.
«El rastro está a los confines del lugar a un lado de la puerta de Toledo, tiene de largo ciento y setenta y cuatro pies, y de ancho ochenta y seis, dentro tiene dos patios grandes de igual proporción, alrededor de ellos hay soportales grandes, y capaces que sustentan columnas con capiteles, y basas de piedra berroqueña; debajo de los cuales están las escarpias con la carne»
En Madrid, en 1568, un Miguel de Cervantes de entre 10 a 15 años estaba sentado en un pupitre de madera escribiendo unas composiciones que se utilizaron en las exequias de la reina Isabel de Valois. A cargo de este Estudio de la Villa estaba desde enero de ese mismo año su maestro Juan López de Hoyos. Quintana nos lo detalla como «Casa para estudio»:
«El ser este lugar tan antiguo habitado de gente noble cuidadosa de la erudición, y enseñanza de su juventud, obligó a la villa a fabricar una casa principal junto a la Iglesia mayor de Santa María para escuelas con muy capaces aulas y clases, señalando salario de lo público a un Preceptor y Maestro porque enseñase a los naturales que se inclinasen al estudio de las ciencias, el principio de ellas…»
¡El lugar de Madrid, una villa que albergaba la Corte!
Cervantes no solo utiliza esta palabra en la célebre frase inicial del Quijote. Veamos otros “lugares” en cada una de las dos partes, y no son pequeños:
Dorotea comienza su desdichado cuento así:
«En esta Andalucía hay un lugar de quien toma título un duque, que le hace uno de los que llaman Grandes en España» (Q1, 28). Este lugar al que se refiere Dorotea es Osuna. En 1562 el rey Felipe II concede el título duque de Osuna y Grande de España a Pedro Téllez-Girón, notario mayor de Castilla, consejero de Estado, virrey y capitán general de Nápoles y VI señor de Osuna.
En la Segunda Parte, el narrador de la historia describe la llegada de Sancho Panza a su gobierno en Barataria así:
«Digo, pues, que en todo su acompañamiento llegó sancho a un lugar de hasta mil vecinos, que era de los mejores que el Duque tenía… Al llegar a las puertas de la villa, que era cercada, salió el regimiento del pueblo a recebirle, tocaron las campanas y todos los vecinos dieron muestras de general alegría» (Q2, 45)
“Vecino”, en tiempo de Cervantes era la persona que tenía casa y era el cabeza de familia y además pagaba impuestos. Se ha determinado en estadística que para conocer la cantidad de personas que habitaban un lugar el número de vecinos hay que multiplicarlos por 4-4,5 veces. El lugar de Barataria tenía unas cuatro a cuatro mil quinientas personas entre sus muros.
En otras novelas cervantinas podemos también encontrar su uso. Por ejemplo, en El licenciado Vidriera el narrador nos describe el viaje que hace Tomás Rodaja con los estudiantes desde Salamanca al lugar de Málaga:
«Sucedió que se llegó el tiempo que sus amos acabaron sus estudios y se fueron a su lugar, que era una de las mejores ciudades de la Andalucía. Lleváronse consigo a Tomás y estuvo con ellos algunos días; pero, como le fatigasen sus deseos de volver a sus estudios y a Salamanca pidió a sus amos licencia para volverse… Despidiose dellos, mostrando en sus palabras su agradecimiento, y salió de Málaga (que esta era la patria de sus señores)…
Folio 146 del libro de Actas y acuerdos municipales 1599-1609. Archivo Histórico Municipal de Alcázar de San Juan
Y termino en Alcázar de San Juan, el lugar de don Quijote. En los libros de actas y acuerdos municipales del año 1601 (ya le debía a Cervantes estar rondando en la cabeza el cuento del hidalgo manchego), ante el gran brote de peste que ya asolaba una buena parte de España se toma una costosa pero necesaria decisión de cercar toda la villa para confinar a su población y tratar así de controlar el paso de viajeros. En el margen del folio 146 se lee «Para que se cerque El lugar»:
«En la villa de Alcázar, a once días del mes de julio de mil e seiscientos e un años, estando en la sala de Ayuntamiento desta dicha villa, juntos, como lo tienen de costumbre los señores alcaldes y regidores que aquí firmaron sus nombres, para proveer y praticar las cosas tocantes al bien público desta villa, dijeron: Que en la ciudad de Toledo, Granada y Valladolid, Corte de su Majestad, y otras ciudades, villas y lugares del Reino, se guardan con mucho cuidado de muchas partes questán apestados, de cuya causa se a acordado questa villa se guarde, y por haber en ella muchos arrabales y calles que para se guardar de la dicha peste, como conviene, es necesario que se tapien y cierren y que no queden sino quatro puertas por donde puedan entrar y salir…»
Como conclusión:
Tratar de que una de las variables que se tengan en cuenta para precisar geográficamente el lugar de don Quijote sea que solo un núcleo de población muy pequeño, como una aldea o una villa muy pequeña, puede llamarse “lugar” no se sustenta ni en documentos de la época de la escritura del Quijote ni en los textos cervantinos.
La fuente de la plaza se secó, un rayo cayó en la picota, y allí me las den todas, le decía Teresa por carta a Sancho siendo gobernador en Barataria. El lugar de don Quijote es una villa al contar con picota, dispone en su plaza de una fuente pública a principios del siglo XVII, la pesca en sus ríos es uno de los recursos posibles para sus vecinos más humildes, tiene capacidad de albergar en las casas de sus vecinos a una compañía de trescientos soldados, además de jornaleros y labradores hay hidalgos y caballeros… En definitiva, es un lugar grande con una morfología singular. Busco, como me invita a hacer, «en los lugares junto al Toboso»: Quero, Miguel Esteban, Quintanar de la Orden, Mota del Cuervo, Pedro Muñoz, Campo de Criptana, Villa de don Fadrique, Villanueva de Alcardete, Los Hinojosos, Santa María de los Llanos… y no encuentro en ellos estas particulares que Cervantes indica.
Ahora le pongo yo a usted una tarea muy sencilla. Busque alrededor de El Toboso un lugar cercano que disponga a principios del siglo XVII de una fuente pública en su plaza. Solo encontrará esa fuente en el lugar de Alcázar de San Juan, donde precisamente en 1616 su ayuntamiento tomaba medidas para resolver la ausencia de agua en sus caños por la sequía. No es hasta finales del siglo XIX cuando los municipios de esta parte de la Mancha deciden acometer las obras de construcción de una fuente pública.
Quizá me conteste que lo de la fuente en la plaza es un recurso literario, una licencia del autor… es la fórmula usada para pasar de puntillas por estas imágenes concretas que del lugar nos deja Cervantes cuando no es posible hallarlas en otros lugares cercanos a El Toboso.
Lugar, aldea y pueblo. De estas tres maneras se refieren tanto el narrador como don Quijote y Sancho Panza y otros protagonistas del lugar donde viven. Jurídicamente es una villa por la existencia de una picota de justicia. Cervantes manejaba simplemente el sentido común de las palabras para aquella época, amén de los posibles cambios intercalados en los trabajos de imprenta al texto original, entendible perfectamente por sus primeros lectores.
Este sentido o sentimiento común de uso de la palabra “pueblo” sigue vigente hoy, incluso para municipios más o menos grandes con título de ciudad. Por ejemplo, Alcázar de San Juan es una ciudad desde que el rey Alfonso XII así la nombra en 1877, sin embargo, yo me refiero a ella normalmente como pueblo: estoy en mi pueblo, voy a mi pueblo, hoy hace mucho calor en el pueblo, en mi pueblo los carnavales son en diciembre… Y esto no me ocurre solo a mí, es un sentimiento común en gran parte de los vecinos de ciudades que no son capitales de provincia, al menos aquí en la Mancha.
Como tampoco hoy nadie identifica a Madrid o Bilbao como una villa, que es el título actual que ostentan, sino como ciudades. En esto del uso de las palabras, el mismo sentido común hoy que a principios del siglo XVII.