«Los tapices vueltos del revés, Cervantes ante el oficio de traducir: trujamanes, moriscos e intérpretes en el Quijote y en otras obras cervantinas»

Ponencia de Constantino López Sánchez-Tinajero en el I Congreso Internacional «Traducir el Quijote» 16, 17 y 18 de octubre en Pedro Muñoz (Ciudad Real)

Distinguidas autoridades, amigos traductores, estimados ponentes del congreso, compañeros cervantistas, familiares, amigos, señoras y señores:

Permítanme empezar con una confesión que no es mía, sino de Cervantes: nada de lo que van a escuchar en los próximos veinte minutos lo digo yo por mi cuenta. Todo lo que voy a compartir con ustedes está ya en las páginas del «Quijote» y de otras obras de Miguel de Cervantes, esperando, precisamente, a que alguien lo traduzca del siglo XVII a nuestro presente.

Y me parece providencial que sea así, que estemos hoy aquí, en Pedro Muñoz, en un Congreso Internacional de Traducción, porque pocos escritores de la literatura universal pensaron tanto, y tan lúcidamente, sobre el oficio de ustedes como lo hizo Cervantes.

Empecemos por el principio, que en este caso es un principio muy particular: el «Quijote» no se presenta ante nosotros como una obra original, sino como una traducción. Cervantes construye toda su novela sobre una ficción que hoy llamaríamos, con toda propiedad, un artificio traductológico. En el capítulo noveno de la primera parte, el hidalgo narrador se encuentra en el Alcaná de Toledo con un muchacho que vende unos cartapacios viejos escritos «con caracteres que conocí ser arábigos».

Como no sabe leerlos, busca «un morisco aljamiado» que se los traduzca, y es ese traductor anónimo quien le revela el título del manuscrito: «Historia de don Quijote de la Mancha, escrita por Cide Hamete Benengeli, historiador arábigo».

A partir de ese instante, toda la novela que leemos se nos presenta como el resultado de una traducción: el morisco «en mes y medio la tradujo toda», y Cervantes se limita, según finge, a ser el editor de ese trabajo ajeno.

Es un juego narrativo buscado, no un capricho. Con él, Cervantes hace algo que muy pocos autores de su tiempo se atrevieron a hacer: colocar al traductor, una figura casi siempre invisible, en el corazón mismo de la maquinaria narrativa. El traductor morisco no es un detalle decorativo: es, literalmente, la bisagra sin la cual no existiría el libro que tenemos entre las manos.

Pero Cervantes no se limita a construir esa ficción; también opina, y opina con contundencia, sobre la calidad de las traducciones que circulaban en su época. En el célebre escrutinio de la librería de don Quijote, capítulo sexto de la primera parte, el cura y el barbero repasan uno a uno los libros del hidalgo para decidir cuáles se salvan de la hoguera.

Cuando llega el turno del «Orlando furioso» de Ludovico Ariosto, el cura pronuncia una de las sentencias más citadas —y más severas— que se han escrito jamás sobre la traducción literaria: «al cual, si aquí le hallo, y que habla en otra lengua que la suya, no le guardaré respeto alguno; pero si habla en su idioma, le pondré sobre mi cabeza».

El barbero confiesa entonces que tiene el libro en italiano, «mas no le entiendo», a lo que el cura replica con ironía que tampoco sería bueno que lo entendiera, porque hubiera preferido perdonarle al traductor «el haberle traído a España y hecho castellano», ya que en esa operación «le quitó mucho de su natural valor».

Se está refiriendo, con toda probabilidad, a la traducción que el militar Jerónimo Jiménez de Urrea había hecho del poema de Ariosto, una versión muy popular en la España del XVI, pero que los lectores cultos consideraban empobrecida frente al original.

Lo que Cervantes pone en boca del cura es, ni más ni menos, la vieja y siempre viva tensión entre fidelidad y traición, ese «traduttore, traditore» que todos ustedes conocen mejor que yo. Para el cura del «Quijote», una obra poética pierde su alma cuando cambia de lengua; solo en su idioma original merece todos los respetos. Es una posición extrema, casi un dogma, pero Cervantes la pone en boca de un personaje, no la firma como propia, y eso ya nos avisa de algo importante: en esta novela, la traducción nunca es un tema neutro, sino un asunto que provoca discusión, matices y hasta enfado.

Avancemos hasta la segunda parte, publicada diez años después de la primera. Allí sucede algo asombroso, algo que muy pocas novelas se han permitido: don Quijote descubre que su propia historia ya se ha impreso, que ya circula, que ya la ha leído medio mundo. Es el bachiller Sansón Carrasco quien le trae la noticia, y al hacerlo recuerda que aquel libro fue posible gracias a «un curioso que tuvo cuidado de hacerlas traducir de arábigo en nuestro vulgar castellano para universal entretenimiento de las gentes».

Fíjense en la sutileza: en el capítulo tercero de la segunda parte, Cervantes no solo mantiene viva la ficción de que su novela es una traducción del árabe, sino que además convierte a su personaje en testigo del éxito editorial del propio libro que protagoniza. Don Quijote es, así, el único personaje de la historia de la literatura que puede leer sobre sí mismo en un libro que, según la broma cervantina, ha sido traducido para que él —y todos nosotros— pudiéramos disfrutarlo.

Cervantes juega con espejos, y en ese juego el traductor vuelve a ocupar un lugar de honor, aunque sea un lugar fingido.

Hay, sin embargo, un episodio del «Quijote» donde la traducción deja de ser un juego literario y se convierte en una necesidad vital, dolorosa, casi de vida o muerte. Me refiero a la historia del capitán cautivo, que Cervantes inserta en los capítulos que van del treinta y nueve al cuarenta y uno de la primera parte, y que todos los estudiosos coinciden en señalar como el episodio más autobiográfico de toda la novela. No en vano Cervantes había pasado cinco años cautivo en Argel, entre 1575 y 1580, y sabía perfectamente lo que significaba depender de un intérprete para sobrevivir.

En ese relato, cuando el capitán cautivo y la bella Zoraida logran comunicarse por primera vez, necesitan la mediación de Agi Morato, el padre de ella, que actúa como trujamán entre dos mundos, dos lenguas y dos religiones que apenas pueden entenderse.

Lo verdaderamente conmovedor de este pasaje es la distancia, casi un abismo, que separa las palabras que Agi Morato traduce en voz alta —palabras prudentes, vigiladas, aparentemente inocuas— del sentido oculto que en realidad viajaba entre los amantes: la fuga, la libertad, la promesa de un amor imposible. Cervantes nos enseña aquí, con una delicadeza extraordinaria, que traducir no es solo trasladar palabras: es, muchas veces, decidir qué verdad puede decirse y cuál debe esconderse entre líneas para que la comunicación, sencillamente, sobreviva.

Y no puedo dejar de recordarles que Cervantes no imaginó esta escena desde la distancia de un escritorio. Durante su cautiverio argelino convivió con auténticos trujamanes, con dragomanes de carne y hueso que mediaban a diario entre cautivos cristianos y captores otomanos, entre negociaciones de rescate y órdenes militares. Cuando Cervantes escribe sobre la traducción, no lo hace solo como un lector culto que ha leído mucho: lo hace también, y quizá, sobre todo, como un hombre que debió su libertad, en parte, a la palabra bien o mal trasladada de un intérprete.

Volvamos ahora a un registro más ligero, aunque no menos profundo, para hablar de uno de los episodios más deliciosos de toda la segunda parte: el retablo de maese Pedro, capítulos veinticinco y veintiséis.

Recordarán ustedes la escena: en una venta, el titiritero maese Pedro representa con marionetas la historia de don Gaiferos y Melisendra, mientras un muchacho, criado suyo, se coloca fuera del retablo «para servir de intérprete y declarador de los misterios» de aquella función. Cervantes llama a ese muchacho, expresamente, «trujamán», y con ese solo gesto convierte una escena de teatro de títeres en una reflexión sobre el oficio de traducir e interpretar.

El niño va narrando la historia y, en su entusiasmo infantil, comienza a apartarse del relato original, a añadir detalles, a exagerar. Don Quijote, que conoce bien el romancero, le interrumpe: «Niño, niño, seguid vuestra historia línea recta, y no os metáis en las curvas o transversales; que, para sacar una verdad en limpio, menester son muchas pruebas y repruebas».

Y maese Pedro, desde dentro del retablo, refuerza la advertencia con una frase que cualquier profesor de traducción firmaría hoy mismo: «Muchacho, no te metas en dibujos, sino haz lo que ese señor te manda […] sigue tu canto llano, y no te metas en contrapuntos, que se suelen quebrar de sotiles». Poco después, ante un nuevo exceso retórico del niño, remata: «Llaneza, muchacho, no te encumbres, que toda afectación es mala».

Ténganlo presente: estamos en 1615, y Cervantes ya está formulando, con la gracia de una escena costumbrista, un debate que sigue vivo en cualquier facultad de traducción del mundo: el equilibrio entre la literalidad y la libertad interpretativa, entre la fidelidad a la «historia línea recta» y la tentación, siempre humana, de embellecer, de añadir, de lucirse.

El trujamán de maese Pedro es, a su manera diminuta, el retrato de todo traductor que alguna vez ha sentido la tentación de mejorar el original.

Y llegamos, señoras y señores, al pasaje que sin duda conocen mejor que ningún otro, porque es la página que todos los manuales de historia de la traducción citan cuando hablan de Cervantes. Sucede en el capítulo 62 de la segunda parte, cuando don Quijote, ya en Barcelona, visita una imprenta —el equivalente, en la época, a lo que hoy sería una editorial— y encuentra allí a un hombre ocupado en traducir del toscano al castellano un libro titulado «Le bagatele», que el propio traductor explica que «es como si en castellano dijésemos “los juguetes”».

Don Quijote, tras lamentar que los traductores rara vez reciben el reconocimiento que merecen sus trabajos, pronuncia entonces la sentencia que ha dado la vuelta al mundo:

«me parece que el traducir de una lengua en otra, como no sea de las reinas de las lenguas, griega y latina, es como quien mira los tapices flamencos por el revés, que, aunque se veen las figuras, son llenas de hilos que las escurecen y no se veen con la lisura y tez de la haz».

Y añade, con una precisión que distingue registros de traducción como lo haría hoy un teórico contemporáneo:

«el traducir de lenguas fáciles ni arguye ingenio ni elocución, como no le arguye el que traslada ni el que copia un papel de otro papel».

Detengámonos un momento en esta imagen, porque es de una belleza y una exactitud extraordinarias. Un tapiz flamenco, visto por el derecho, muestra figuras nítidas, luminosas, de colores vivos. Visto por el revés, esas mismas figuras siguen ahí, reconocibles, pero veladas por una maraña de hilos que les resta claridad, que les roba brillo.

Esa es, para Cervantes, la traducción: no una falsificación ni una traición, sino una versión necesariamente más opaca del original, donde el dibujo se adivina, pero ya no se admira con la misma nitidez.

Es importante, sin embargo, no quedarnos solo con la parte pesimista de esta imagen, porque don Quijote —y Cervantes tras él— no termina ahí su reflexión. Justo a continuación añade una frase que muchas veces se olvida citar, y que a mí me parece la verdadera conclusión de todo su pensamiento sobre la traducción:

«Y no por esto quiero inferir que no sea loable este ejercicio del traducir, porque en otras cosas peores se podría ocupar el hombre y que menos provecho le trujesen».

Es decir: la traducción puede perder brillo respecto al original, sí, pero sigue siendo, para Cervantes, un ejercicio digno, honorable, útil, uno de los mejores oficios a los que un hombre —o una mujer— puede dedicar su ingenio.

Antes de terminar, quiero detenerme un instante en la propia palabra que Cervantes elige para nombrar al intérprete: «trujamán». Es un término que llega al castellano desde el árabe, a través del dragomán bizantino, una palabra de frontera, nacida precisamente en esos espacios de contacto entre culturas y lenguas que Cervantes conoció tan bien, primero como soldado en el Mediterráneo, después como cautivo en Argel.

No es casualidad que sea justamente él, entre tantos escritores del Siglo de Oro, quien recupere con más cariño y más frecuencia esta palabra castiza para dar nombre a sus intérpretes, desde Agi Morato hasta el muchacho del retablo de maese Pedro.

Y para cerrar, permítanme compartir con ustedes una última paradoja, quizá la más hermosa de todas. Cervantes, que había comparado la traducción con un tapiz vuelto del revés, que había puesto en boca de sus personajes tantas dudas y matices sobre este oficio, murió en abril de 1616 dejando terminada su última novela, «Los trabajos de Persiles y Sigismunda».

Pues bien: esa obra, publicada solo unos meses después de su muerte, se convirtió casi de inmediato en un fenómeno europeo. En apenas un par de años apareció traducida al francés, y poco después al inglés y al italiano, viajando por media Europa con una rapidez que muy pocos libros de su tiempo alcanzaron.

Así que el mismo autor que desconfiaba de mirar los tapices por el revés fue, él mismo, tejido y destejido en decenas de lenguas, generación tras generación, hasta convertirse en uno de los escritores más traducidos de la historia de la literatura universal.

Y ahí, creo yo, está la lección final que Cervantes nos deja a todos nosotros y especialmente a ustedes, traductores reunidos hoy en Pedro Muñoz:

que la traducción, con todos los hilos que a veces empañan el dibujo original, es también la única manera en que un tapiz, cualquier tapiz, cualquier historia, puede viajar más allá de su propia lengua y de su propio tiempo, y seguir, siglos después, contándose.

Muchas gracias.

+++

Nobel de Literatura 2008 Le Clézio: «El Quijote marcó mi vida a los diez años»                                   

Foto de Elena Gaytán, en «El Norte» de Monterrey

Artículo de:

Washington Daniel Gorosito Pérez

El escritor francés Jean-Marie Gustave Le Clézio, nacido en Niza el 13 de abril de 1940. Estudió en la Universidad de Bristol en el Reino Unido, dio clases en Estados Unidos y se doctoró en Letras por el Collége Littéraire Universitaire, es uno de los novelistas contemporáneos más leídos y respetados del mundo.

Su espíritu nómada lo ha llevado a estar presente en África, Asia y América, guardando un afecto muy especial por México, país en el que vivió entre 1970 y 1992. A lo largo de su fructífera carrera ha publicado más de 40 libros, entre ellos: “El sueño mexicano” (Le reve mexicain, 1988). En el año 2008 recibirá el Premio Nobel de Literatura.

Le Clézio de 86 años, participó como invitado especial en la Feria del Libro de Monterrey, en una conferencia organizada por la Cátedra Alfonso Reyes. Lo hizo vía virtual desde París, mediante proyección bidimensional con efecto de holograma, al tener que cancelar su viaje por indicación médica.

Su conferencia denominada; “En persecución de la realidad o Too good to be true” (así la tituló en inglés), el escritor reflexionó sobre la relación entre el mito y la realidad. El deseo de decir la verdad y la búsqueda de la realidad a través de la literatura, fueron los temas centrales de su exposición.

Compartió como la literatura combina la imaginación, el mito y las experiencias humanas para ofrecer distintas interpretaciones del mundo. Afirmó: “Todo arte está persiguiendo la realidad por las ideas, por la manera de expresar, por el medio de escribir o de pintar”.

El novelista, fue muy específico al expresar que una obra literaria que marcó su vida fue: El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes Saavedra, lectura que descubrió y disfrutó a los 10 años.

Conto que de su bisabuelo, recibió como herencia, un ejemplar de una edición francesa del año 1845, que por medio de sus personajes, historias e ilustraciones, le despertaron precozmente la fascinación por la literatura.

Remarcó: “Ahí encontré todos los ingredientes que podían lanzar a un niño a la aventura de la lectura, la burla, el riesgo, la mentira, la verdad”, sostuvo. Con la lectura de la joya más preciada de la literatura hispana, Le Clézio, descubrió un mundo mediante la imaginación, marcando tal influencia en él, que lo llevó a buscar en su entorno cotidiano personajes semejantes a los que Cervantes presentó en su obra magistral.

Durante su infancia en Niza, encontraba en las calles y comunidades de dicha ciudad escenas que relacionaba con las aventuras leídas de Don Quijote y Sancho Panza, recordó.

“El Quijote de la Mancha capturaba esta mezcla de géneros, era un libro total que abarcaba la totalidad de la vida y me hacía buscar su confirmación en la realidad”, expresó el autor francés.

Esa experiencia de buscar personajes del Quijote en su entorno, le permitió descubrir que los personajes literarios podían trascender las páginas de un libro y convertirse en una manera de observar e interpretar la realidad, reflexionó.

Sobre México, recordó la influencia que tuvo el escritor y diplomático regiomontano Alfonso Reyes, a través de sus escritos para acercarse a la historia y cultura mexicana.

Compartió que la lectura de Visión de Anáhuac fue la revelación que lo guio hacia las crónicas de la Nueva España y a comprender, como el pasado histórico puede convivir con la imaginación y el mito. De ahí que Le Clézio subrayó: “Alfonso Reyes fue el que me dio el sentimiento de que México está en la conjunción casi biológica entre mito y realidad”.

Dijo como sus experiencias en México, le permitieron encontrar en la vida cotidiana situaciones que anteriormente había conocido a través de los libros. Destacó la influencia del escritor jalisciense Juan Rulfo, su obra “breve y ardiente” Pedro Páramo y sus “cuentos revolucionarios” en El llano en llamas, lo ayudaron a comprender la realidad mexicana.

A través de esas obras literarias, el escritor descubrió como el pasado, las creencias y las experiencias humanas pueden entrelazarse en una misma relación.

Su retrato desesperado de la vida cotidiana en el México de la revolución de los Cristeros, me enteró de la complejidad de los que llamamos la realidad, cuando se atan el pasado fantástico más lejano, origen de la naturaleza humana, y el avance irresistible de la realidad moderna”, sostuvo el escritor galo.

También expresó su admiración por Carlos Fuentes y su novela La región más transparente, de la que dijo: “Es completa, perfecta. Para mí es una de las grandes novelas de la vida moderna de México”.

Voy a culminar este escrito, con que fue el inicio de la conferencia virtual de Jean- Marie Gustave Le Clézio; se le preguntó: ¿Qué significa México en su vida?

“Significa mucho. Llegué a México cuando tenía unos 26 años, y he regresado cuando puedo, no únicamente en Ciudad de México, fui a Michoacán, donde pasé seis años o siete años, también a Yucatán donde quería encontrar a los sobrevivientes de la guerra de Castas y de la rebelión de los que se llamaban “Los separados”, los mayas y para hacer la traducción de un librito que me encantó cuando yo tenía unos 25 años, que era las Profecías de Chilam Balam”, expresó.

En su estancia en Yucatán aprendió algo de maya y recordó que recibió ayuda de los habitantes de los pueblos para las traducciones.

Compartió: “Yo hablaba un poquito de maya, pero la gente de los pueblos me aconsejaba para la traducción de las Profecías de Chilam Balam. Todavía se acordaban del significado de algunas palabras antiguas de los mayas, así que podía averiguar la veracidad, la autenticidad de la traducción que yo hacía. Así que toda mi vida yo he pensado en algo que estaba conectado con México”.

Le Clézio informó que planea escribir una novela, cuya inspiración es un joven purépecha que conoció durante su estancia en Michoacán y que le enseñó su lengua.

Dicha novela dijo, “Se llamaría: “Las aventura de Juan Ventura”, el apellido que le doy a ese joven de la comunidad purépecha que me dijo que se iría a vender juguetes a Estados Unidos. Y yo pensaba: ¿por qué se van a vender juguetes en Estados Unidos? Pero él tenía curiosidad por el mundo, y se fue a la aventura.

“Por eso, siempre hay algo que me conecta con México”, afirmó el Premio Nobel de Literatura 2008 quien lo obtuvo según el jurado por ser: “el novelista de la ruptura, de la aventura poética y de la sensibilidad extasiada, investigación de una humanidad fuera y debajo de la civilización reinante”.

Cervantes, el primer gran teórico de la traducción: la Sociedad Cervantina de Alcázar lleva a Pedro Muñoz «Los tapices vueltos del revés»

¿Y si el Quijote no fuera una novela original, sino una traducción? Así lo plantea Cervantes en el capítulo IX de la primera parte, y a partir de esa audaz ficción construyó una de las reflexiones más lúcidas de la literatura universal sobre el oficio de traducir. Constantino López Sánchez-Tinajero, secretario de la Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan, la ha desentrañado en el I Congreso Internacional «Traducir el Quijote», que se celebra en Pedro Muñoz los días 16, 17 y 18 de octubre.

Pedro Muñoz, 17 de octubre de 2026.- Bajo el título «Los tapices vueltos del revés. Cervantes ante el oficio de traducir», la ponencia propone un recorrido por los intérpretes y trujamanes que pueblan la obra cervantina: desde el morisco aljamiado que traduce el manuscrito de Cide Hamete Benengeli, auténtica «bisagra» sin la cual no existiría el libro, hasta el niño del retablo de maese Pedro, que se pierde en «curvas y transversales» y encarna la eterna tentación del traductor de embellecer el original.

El recorrido pasa también por el severo juicio del cura sobre las versiones de Ariosto y por la dimensión más humana y dramática del asunto: la experiencia de Cervantes como cautivo en Argel, reflejada en la mediación de Agi Morato entre el capitán cautivo y Zoraida, donde traducir significa decidir qué verdad puede decirse y cuál debe esconderse entre líneas.

El eje central es la célebre imagen del capítulo 62 de la segunda parte: la traducción como quien mira los tapices flamencos por el revés, una versión necesariamente más opaca del original, pero, como el propio don Quijote subraya, un oficio «loable», digno y necesario.

La charla se cierra con una paradoja: el autor que desconfiaba de la traducción fue, apenas dos años después de su muerte, traducido por media Europa, hasta convertirse en uno de los escritores más traducidos de la historia.

Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan

Cervantes no improvisó la locura del Quijote: la conocía al dedillo

La Biblioteca Municipal de Pedro Muñoz se quedó pequeña ayer para desvelar el secreto mejor guardado del Quijote. ¿Y si la parodia más famosa de la historia fue en realidad la obra de un experto absoluto en caballería?

Pedro Muñoz, 16 de octubre de 2026.- La biblioteca acogió ayer la presentación del libro «El Quijote doctrinales, textos y novelas de caballerías» de María José Manzanares Castellanos, bibliotecaria de la localidad y autora de un ensayo que cambia la mirada sobre Cervantes.

El libo se ha publicado dentro de la colección de la Biblioteca de Autores Manchegos impulsada por la Diputación provincial de Ciudad Real.

La presentación del libro corrió a cargo de Constantino López, secretario de la Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan, y se desarrolló en forma de conversación cómplice y brillante. López, que se presentó como amante y apasionado del Quijote, definió el trabajo como un estudio examinado “con una lupa perfecta”.

Lejos de la idea de una simple sátira, el libro demuestra tres claves contundentes:

1. El contexto que lo hizo posible. Un análisis profundo del entorno histórico, social y cultural donde se gestó el Quijote.

2. Cervantes, lector voraz y genial. Un profundo conocedor de doctrinales y novelas de caballerías, desde el nombramiento de caballeros hasta sus armas y virtudes. Solo quien domina todas las reglas puede romperlas o transgredirlas.

3. La locura como pretexto. La pasión desmedida por las caballerías que enloquece a Alonso Quijano es el detonante que Cervantes usa para subvertir el género y crear la primera novela moderna.

A lo largo de diferentes e interesantes preguntas, el diálogo desgranó los anacronismos de la investidura de don Quijote, la liturgia del nombramiento, la simbología de las armas, los retos por amor a Dulcinea y, sobre todo, su verdad más cervantina: la del caballero como «mantenedor de la verdad, aunque le cueste la vida el defenderla».

“Esperamos que esta disección impulse su lectura íntegra, de la que les aseguro que no se van a arrepentir”, cerró Constantino López.

Un ensayo imprescindible para entender que El Quijote no está por debajo ni al lado de las novelas de caballerías: está muy por encima de todas ellas, precisamente porque las conoció todas.

Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan

Alcázar de San Juan, histórico nudo ferroviario y en la actualidad destino cultural que visitan maquinistas

La Sociedad Cervantina de Alcázar ofrece su ruta Cervantina a los maquinistas de la 38ª Promoción. La actividad, celebrada en la mañana del domingo 4 de octubre con 72 participantes llegados de toda España, ha sido coordinada por los tres socios fundadores de la entidad y promovida por el maquinista alcazareño Félix López

Alcázar de San Juan, 4 de octubre de 2026.- La Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan ha celebrado en la mañana de hoy su ruta cervantina «Alcázar de Cervantes», en esta ocasión con motivo del encuentro cultural que la 38ª Promoción de Maquinistas Ferroviarios celebra este fin de semana en nuestra ciudad.

Un total de 72 personas entre maquinistas y sus familiares, procedentes de diferentes partes de España (Asturias, Madrid, Castilla y León -Soria y León-, Andalucía -Jaén, Sevilla y Huelva-, País Vasco, Extremadura, Cataluña y Comunidad Valenciana) han tomado parte en la actividad, que ha tenido como objetivo dar a conocer los vínculos que unen a Alcázar de San Juan con Miguel de Cervantes y su obra.

La ruta ha sido promovida por el maquinista alcazareño Félix López, que se ha encargado este año de la exitosa organización de las jornadas culturales de la promoción, con la ayuda y el soporte logístico de Miguel Ángel Martínez, de Viajes Nautalia de Alcázar de San Juan.

De forma excepcional y por la significación del grupo, la ruta ha estado coordinada precisamente por los tres socios fundadores de la Sociedad Cervantina de Alcázar: Luis Miguel Román Alhambra, Alonso Manuel Cobo Andrés y Constantino López Sánchez-Tinajero, que han compartido con los asistentes su conocimiento sobre la tradición cervantina alcazareña.

Con una numerosísima participación de asistentes, el recorrido se iniciaba en la estatua de Alonso Quijano con su gato, junto a Aguas de Alcázar, una de las pocas imágenes que hay en el mundo del hidalgo Alonso Quijano antes de convertirse en don Quijote.

En la visita al Quijote Cósmico, obra del escultor Santiago de Santiago, que tiene una hermana gemela en Guanajuato, los asistentes conocieron el significado de su mirada al universo. Posteriormente, transitaron por la calle San Antonio (pasando por la calle Pedro Díaz Morante, alcazareño, calígrafo y profesor de escritura muy reconocido en la época de Cervantes), donde se encuentra el Museo Formma y el callejón del Toro, y por la calle San Juan, donde conocieron la historia de la familia de don Juan López Caballero y su relación directa con personajes citados expresamente en el Quijote.

El grupo conoció en la Plaza de Cervantes el origen de la tradición cervantina alcazareña, que se remonta al hallazgo en 1748 de la partida de bautismo de Miguel de Cervantes, y finalizó el recorrido cervantino y quijotesco junto a las estatuas de don Quijote y Sancho Panza, obra del astorgano Marino Amaya, en la plaza de España, imagen icónica de nuestra ciudad y lugar especialmente vinculado al ferrocarril.

La Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan quiere expresar su agradecimiento a Félix López y a Miguel Ángel Martínez por haber incluido a Alcázar de Cervantes en el programa cultural de la Promoción, y a los 72 maquinistas participantes por su interés, cercanía y por haber elegido Alcázar de San Juan, cruce de caminos y nudo ferroviario, para su encuentro anual.

Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan

Un libro, 87 almas solidarias y 1.740 euros para la Asociación Española Contra el Cáncer: la historia de «Sancho y sus refranes»

Un escritor que regaló su obra, dos empresas alcazareñas que creyeron en la causa y un pueblo entero que casi ha agotado dos ediciones en tiempo récord: así ha viajado el dinero de cada libro vendido hasta la Asociación Española Contra el Cáncer. La Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan, orgullosa de haber acompañado la iniciativa, cuenta cómo la generosidad, letra a letra y refrán a refrán, se ha convertido en ayuda real para quienes más lo necesitan

Detrás de cada refrán de Sancho Panza hay una lección de sabiduría popular. Detrás de este libro en concreto, además, hay una lección de generosidad.

El verdadero origen de esta historia solidaria está en Antonio Leal Jiménez, socio de la Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan residente en El Puerto de Santa María (Cádiz), autor de la obra «Sancho y sus refranes». Leal Jiménez, después de correr personalmente con los gastos de maquetación e impresión, decidió ceder de forma altruista la totalidad de los ingresos generados por su distribución a la Asociación Española Contra el Cáncer (AECC), a la Asamblea de Alcázar de San Juan, renunciando así a cualquier beneficio personal en favor de una causa mayor.

Esa generosidad inicial encontró enseguida más manos dispuestas a sumarse. La primera edición, de unos 30 ejemplares, se agotó el mismo día de su presentación y generó una donación de 600 euros. El éxito fue tal que dos empresas alcazareñas, Aplicaciones Tecnológicas Alcázar y Centro de Conductores La Rondilla, decidieron sufragar de su bolsillo una segunda edición de 100 unidades, hoy prácticamente agotada, que ha sumado ya 1.140 euros más. En total, 1.740 euros que no habrían llegado a ningún sitio sin un último eslabón, el más importante de todos: las personas que, una a una, decidieron adquirir el libro.

Porque si algo ha demostrado esta iniciativa es que la solidaridad se construye entre muchos. La cesión de derechos de un autor, la apuesta de dos empresas y, sobre todo, el gesto sencillo de cada lector que llevó el libro a casa: esa es la cadena que ha permitido que el dinero llegara finalmente a su destino, la asamblea local de la AECC en Alcázar de San Juan, para ayudar a quienes conviven con la enfermedad en la ciudad y su Comarca.

La Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan, a través de su socio Enrique Lubián Pozo —también presidente local de la AECC—, ha colaborado en la canalización de estas donaciones hacia la asociación, acompañando así una iniciativa que nace, en realidad, de la generosidad de su autor, de las empresas colaboradoras y de todos los alcazareños y residentes en diferentes pueblos de España (a los que se les han enviado los ejemplares por correo) que han hecho suya esta causa.

Lubián ha querido trasladar su agradecimiento a «todas las personas que se han volcado en la adquisición» tanto de la primera edición, agotada el mismo día de su presentación, como de esta segunda tirada, ya casi agotada, subrayando que, sin la implicación de la empresa privada y el acompañamiento de personas particulares, iniciativas solidarias como esta difícilmente podrían prosperar.

Desde la Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan se traslada su agradecimiento y reconocimiento a Antonio Leal Jiménez, a las empresas Aplicaciones Tecnológicas Alcázar y Centro de Conductores La Rondilla, y a cada una de las personas que han adquirido un ejemplar, verdaderos artífices de que este dinero llegue a quienes más lo necesitan; también felicitan y agradecen a la Asociación Española Contra el Cáncer por su incansable labor.

Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan

Miguel, el niño de Alcázar de San Juan que previsiblemente hoy celebraría su cumpleaños

Hoy, festividad de los arcángeles Miguel, Rafael y Gabriel, se cumplen 468 años de una fecha que quizá fue la del nacimiento de un niño alcazareño. Su nombre, Miguel, apunta al santo del día. El documento que lo recuerda es un asiento bautismal de noviembre de 1558 en el libro de bautizos de la colegiata de Santa maría la Mayor de Alcázar de San Juan

En el libro de bautismos de Alcázar de San Juan, entre asientos de letra procesal y tinta virada al ocre, figura una anotación que ha dado mucho que hablar. El 9 de noviembre de 1558, el bachiller Alonso Díaz Pajares bautizó a un hijo de Blas de Cervantes Saavedra y de Catalina López, al que pusieron por nombre Miguel. Fue su padrino de pila Melchor de Ortega, y le acompañaron Juan de Quirós y Francisco Almendros con sus mujeres. Una mano (se cree que Blas de Nasarre) posterior escribió en el margen una nota que lo relaciona con el autor del Quijote.

Pero una partida de bautismo no es una partida de nacimiento. Da fe del día en que se administró el sacramento, no del día en que el niño vino al mundo. Y en el siglo XVI el nombre de pila solía elegirse por el santoral, por el santo del día del nacimiento o del bautizo. Por eso resulta tentador pensar que aquel Miguel nació el 29 de septiembre, día de san Miguel y de los arcángeles Rafael y Gabriel, y que sus padres le dieron el nombre del santo bajo cuya protección llegó a la vida.

Es solo una hipótesis, y hay que decirlo con claridad: lo habitual entonces era bautizar a los recién nacidos en pocos días, de modo que un intervalo de más de un mes entre el nacimiento y el bautizo sería inusual, aunque no imposible. La fecha del 29 de septiembre queda, pues, como una conjetura sugerente y no como un dato documentado.

Conocemos también que dos personas llamadas igual (Miguel Cervantes y Miguel de Cervantes) coincidieron en el hospital de Mesina recuperándose de sus heridas sufridas en Lepanto. Hemos leído en el Quijote la historia de un tal Vicente de la Rosa: «En esta sazón vino a nuestro pueblo un Vicente de la Rosa, hijo de un pobre labrador del mismo lugar, el cual Vicente venía de las Italias y de otras diversas partes, de ser soldado; llevole de nuestro lugar, siendo muchacho de hasta doce años, un capitán que con su compañía por allí acertó a pasar, y volvió el mozo de allí a otros doce vestido a la soldadesca, pintado con mil colores…» (Q I, 51); por lo que no resulta nada descabellado que un muchacho de 13 años pudiera haber estado presente en Lepanto.

Y aquí la imaginación histórica puede dar un paso más, siempre como hipótesis. Cabe pensar que aquel Miguel alcazareño creciera en la misma villa que otros dos personajes de su generación: el calígrafo Pedro Díaz Morante, maestro de la escritura cuyo nombre ha pasado a la historia de la caligrafía española, y el censor y poeta José de Valdivielso, a quien algunos vinculan también con Alcázar. Tres alcazareños, tres oficios de la letra —el nombre, la pluma y la censura— que podrían haber formado un grupo de amigos.

Conviene ser prudentes: no conocemos documentos que prueben esa amistad, y la tradición suele presentar a Valdivielso como toledano, conviene también recordar que Alcázar perteneció hasta 1833 a la provincia de Toledo (…dejó de pertenecer a la provincia de Toledo en 1833, tras la aplicación de la división provincial impulsada por Javier de Burgos). Se trata, por tanto, de un relato posible, no de un hecho demostrado. Pero a veces las hipótesis sirven para lo que sirven las buenas efemérides: para invitar a buscar en los archivos.

Quizá por eso la partida sigue fascinando. Nos recuerda que la historia local se escribe con documentos modestos, y que un asiento de tres líneas puede abrir preguntas más grandes que muchos tratados. Hoy, día de san Miguel, es buen momento para leer el Quijote de nuevo.

Sociedad Cervantina de Alcázar

La Sociedad Cervantina de Alcázar presenta ante la Junta de Comunidades el expediente para declarar Bien de Interés Cultural el legado universal de don Quijote y Sancho Panza

En manos de la viceconsejera de Cultura y Deporte, D.ª Carmen Teresa Olmedo Pedroche, ya se encuentra una extensa memoria que documenta la importantísima huella que han dejado ambos personajes cervantinos en la literatura, las artes y las ciencias de todo el mundo, primer paso de un camino que la Sociedad Cervantina aspira a culminar con el reconocimiento de la UNESCO

Alcázar de San Juan, 23 de septiembre de 2026.- La Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan ha presentado a la viceconsejera de Cultura y Deporte de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, D.ª Carmen Teresa Olmedo Pedroche, el dossier con el que solicita formalmente la declaración de Bien de Interés Cultural (BIC) de carácter inmaterial para «El legado de don Quijote y Sancho Panza», el conjunto de valores literarios, humanos y culturales que estos dos personajes universales han dejado a la literatura, las artes y las ciencias de todo el mundo desde que Miguel de Cervantes les diera vida en 1605 y 1615.

La propuesta se apoya en la Ley de Patrimonio Cultural de Castilla-La Mancha (2013/6396), que reconoce como Patrimonio Cultural aquellas manifestaciones inmateriales de valor histórico, artístico o científico para la región, y reivindica a don Quijote y Sancho Panza como la manifestación inmaterial más universal nacida en tierras castellano-manchegas.

El dossier, elaborado por la Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan, recuerda que el Quijote es, tras la Biblia, la obra más editada y traducida de la historia, y documenta los motivos por los que don Quijote y Sancho Panza han trascendido las páginas de la novela para convertirse en arquetipos reconocibles incluso por quienes nunca han leído el libro.

La memoria repasa su presencia en la literatura, el teatro, la ópera, el cine, la pintura, la escultura o el cómic, y recuerda que su huella llega incluso a la ciencia, con el nombramiento de la estrella Cervantes (astronomía) o el de las especies «Carex Quixotiana» (una planta endémica perteneciente a la familia de los papiros) y «Pimelia Quixotiana» (una nueva especie de escarabajo), dedicadas respectivamente por la botánica y la zoología a los personajes cervantinos.

La propuesta subraya también el vínculo entre los dos personajes y la identidad castellano-manchega, su presencia en el paisaje a través de monumentos y esculturas, la pervivencia de los refranes de Sancho Panza como compendio de la sabiduría popular de la región y su papel como motor de la gastronomía, el turismo cultural y las industrias creativas del territorio.

El expediente entregado a la Junta de Comunidades incluye más de una treintena de colaboraciones firmadas por cervantistas, académicos, instituciones y asociaciones culturales de España, Argentina, México, Ecuador, Costa Rica, Portugal, Italia y Estados Unidos, entre ellas las de relevantes cervantistas del panorama nacional e internacional entre las que destaca la del propio José Manuel Lucía Megías, recién nombrado «Gran Sancho Panza» por la Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan.

A ellas se suman las adhesiones recibidas de la Diputación Provincial de Ciudad Real, de ayuntamientos —Alcázar de San Juan, Campo de Criptana, Mota del Cuervo, Valdenuño Fernández, Villaescusa de Haro y Villares del Saz— y de una veintena de instituciones culturales, educativas y sociales de España, Italia, México, Venezuela y República Dominicana, siendo verdaderamente importante la del Museo Iconográfico de Guanajuato (México) donde se encuentra el mayor museo dedicado al Quijote en el mundo. También se entregaron las adhesiones de cerca de 1.100 personas de España y otros países.

Acompañan también al dossier tres volúmenes gráficos donde se han documentado las imágenes de monumentos y esculturas dedicados a don Quijote y Sancho Panza en Castilla-La Mancha, en el resto de España y en otros países del mundo.

La Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan defiende que la declaración de BIC por parte de la Junta de Comunidades sería el primer paso de un camino más largo: una vez reconocido el legado como Bien de Interés Cultural, la entidad confía en que la propia Junta inste al Ministerio de Cultura a promover ante la UNESCO su declaración como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, garantizando así su salvaguarda en todo el mundo.

Con la entrega de este dossier, la Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan da continuidad a una campaña que inició en marzo de 2025 y que, a lo largo de año y medio, ha sumado apoyos institucionales y adhesiones de particulares de todo el mundo, en su empeño por que el territorio que vio nacer a don Quijote y Sancho Panza sea también el que impulse el reconocimiento internacional de su legado.

Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan

Gran acogida de la ruta cervantina organizada por la Sociedad Cervantina de Alcázar para los familiares de la Titán de la Mancha 2026

La actividad, celebrada en la mañana del sábado 19 en colaboración con la organización de la prueba ciclista Titán de la Mancha, se iniciaba a la 9:00 de la mañana con gran afluencia de familias con niños que han disfrutado con la historia de los personajes cervantinos y con la vinculación de Alcázar de San Juan con Cervantes y su obra

Alcázar de San Juan, 21 de septiembre de 2026.- Un año después de su estreno, la ruta cervantina organizada por la Sociedad Cervantina de Alcázar para los familiares de los participantes en la Titán de la Mancha ha vuelto a celebrarse esta mañana, con la misma vocación de amenizar la espera de quienes acompañan a los corredores mientras estos completan el recorrido ciclista.

Con una asistencia muy numerosa, la ruta comenzaba en la estatua de Alonso Quijano con su gato, junto a Aguas de Alcázar, una de las pocas imágenes que hay en el mundo del hidalgo antes de convertirse en el afamado caballero don Quijote de la Mancha.

En la visita al Quijote Cósmico, obra del escultor Santiago de Santiago, que tiene una hermana gemela en Guanajuato, los asistentes conocieron el significado de su mirada al cielo por la que el hidalgo está pensando en solucionar todos los entuertos del Universo, una vez resueltos todos los de la Tierra.

Posteriormente, pasaron por la calle San Antonio donde se encuentra el Museo Formma de la Cerámica y el callejón del Toro, una de las calles más estrechas de Alcázar de San Juan. A continuación, en la calle San Juan. Conocieron la historia de la familia de don Juan López Caballero y como sus descendientes tienen relación directa con el Quijote donde son nombrados de forma expresa.

En la Plaza de Cervantes conocieron el origen de la tradición cervantina alcazareña que se remonta al nacimiento del propio Miguel de Cervantes que nació y vivó en una casa ubicada en esta plaza también conocida antiguamente como plaza de la Rubia y los Rosqueros.

Finalizaron el recorrido cervantino y quijotesco junto a las estatuas de don Quijote Y Sancho Panza, obra del astorgano Marino Amaya, en la plaza de España, que es la imagen icónica de nuestra ciudad. En esta edición, y a diferencia de 2025, la salida de la ruta se adelantaba a las 9:00 de la mañana.

La Sociedad Cervantina de Alcázar reitera su agradecimiento a todos los familiares que, un año más, se han acercado hasta nuestra ciudad para conocer, junto a los miembros de la asociación, los lugares que vinculan a Alcázar de San Juan con Miguel de Cervantes y el Quijote, y trabajará para que esta Ruta se asiente con la mayor calidad posible en próximas ediciones.

Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan

«Liquidación»: la voz de un labrador manchego, relato ganador del III Concurso Internacional «El legado de Sancho Panza»

Manuel Rubio Morano, secretario, dando lectura al acta del jurado

Manuel Campos de la Flor con un relato que convierte una comparecencia notarial en una reflexión sobre la dignidad frente al poder se ha impuesto entre 543 obras procedentes de 26 países. El fallo se ha dado a conocer en el Salón Noble del Ayuntamiento de Alcázar de San Juan, en el mismo acto en que el cervantista José Manuel Lucía Megías ha sido investido Gran Sancho Panza

Alcázar de San Juan 20 de septiembre de 2026.- La Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan, con el patrocinio de la Diputación Provincial de Ciudad Real, ha dado a conocer el fallo del jurado de la tercera edición del Concurso Internacional de Relatos «El legado de Sancho Panza», que este año ha batido su propio récord de participación con 543 trabajos presentados desde 26 países de todo el mundo.

El anuncio se ha producido en el Salón Noble del Ayuntamiento de Alcázar de San Juan, en el marco del acto de nombramiento de Gran Sancho Panza, distinción que en esta edición ha recaído en el reconocido cervantista José Manuel Lucía Megías.

El primer premio, dotado con 500 euros y diploma, ha sido para el escritor valenciano Manuel Campos de la Flor (Museros), autor de «Liquidación», un relato que el jurado ha calificado de «planteamiento conceptual brillantísimo»: un notario liquida, cuatro siglos después, la deuda de la ínsula prometida a Sancho, quien responde que lo que en realidad recibió no fue la isla, sino el no haberse acostumbrado al poder. El jurado ha destacado especialmente su «diálogo depurado, sin un adjetivo de más», capaz de convertir una escena notarial en una honda reflexión sobre la dignidad y el valor de lo vivido frente a lo poseído, y de reivindicar el saber campesino frente al saber letrado.

Manuel Castellanos, socio y actor de doblaje, puso su voz al relato ganador que, con su perfecta dicción emocionó a todos los presentes, leyéndolo con énfasis y una gran sensibilidad. 

El segundo premio, dotado con 300 euros y diploma, ha sido para la mexicana Brenda Lunar Villanueva (Tamaulipas), por «El legado que no volvió», una relectura combativa y emancipadora del escudero que reescribe el final canónico de la novela: Sancho no regresa a la aldea, sino que funda su propia voz en una venta, enseñando a leer y a alzar la frente.

Ambos relatos, junto con los ocho restantes seleccionados para la fase final, recibirán un diploma acreditativo. Los ocho finalistas, por orden de clasificación, son: Enrique Manuel Milanés León, de Córdoba, Argentina con «El ingenioso escudero Sancho Panza de la Mancha»); Paulo Nascimento Guerra, de Lisboa, Portugal con «La última piedra; Israel Box Hernández, de Archena-Murcia, España con «El hombre que volvía»; Félix López Rodríguez, de Roquetas de Mar-Almería, España con «Los perros de Alcázar»; Yudith Bertha Iriondo Torrez, de La Paz, Bolivia con «Pensamiento de Sancho Panza sobre las ínsulas que ya no existen»; Diana de Lourdes Bes, de San José-Entre Ríos, Argentina con  «La herencia de la tierra nueva»; Eva Freire Seoane, de Ponferrada-León, España con «La medida»; y Tomás Jorge Pérez, de Los Realejos-Tenerife, España) con «Sin escuderos no hay héroes».

El jurado, presidido por Juan Bautista Mata Peñuela, presidente de la Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan, y compuesto por Carlos Mata Induráin, Estrella Blanco Escalera, Luis Miguel Román Alhambra, Alonso M. Cobo Andrés, Enrique Lubián Pozo y Constantino López Sánchez-Tinajero, con Manuel Rubio Morano como secretario, seleccionó catorce relatos para la fase final tras la lectura de los 543 trabajos presentados. En su acta, el jurado quiso destacar «la alta calidad literaria» de los textos recibidos, que «abordan desde múltiples perspectivas la esencia del personaje creado por Cervantes, demostrando su permanente actualidad y su capacidad para inspirar nuevas lecturas del mundo moderno».

Con esta tercera edición, el certamen consolida su proyección internacional, tras haber recibido en esta convocatoria relatos procedentes de España, Argentina, Colombia, México, Chile, Cuba, Uruguay, Ecuador, Perú, Venezuela, Costa Rica, Bolivia, Brasil, Puerto Rico, República Dominicana, Alemania, Canadá, Estados Unidos, Guatemala, Bélgica, Grecia, Guyana, Italia, Luxemburgo, Nicaragua y Portugal.

La Junta Directiva de la Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan se pondrá en contacto de forma individual con los finalistas para comunicarles el resultado del concurso, tal y como establecen las bases de la convocatoria. La lectura íntegra del acta del fallo podrá consultarse en el perfil de YouTube de la Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan.

Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan