La Hermandad de la «Ñ»

El club más exclusivo de la historia: los genios que aprendieron español
solo para leer el Quijote

Freud lo leyó en secreto siendo adolescente, Jefferson lo llevó en su viaje a Europa, Ben-Gurion lo estudió en el desierto, Marx se lo leía a sus hijas cada noche. Y ninguno de ellos quiso hacerlo en traducción. Para entender realmente a don Quijote y Sancho Panza, estos titanes de la historia decidieron algo insólito: aprender una lengua completamente nueva. El castellano no era para ellos un idioma de conquista, comercio o diplomacia. Era el pasaporte de entrada al alma humana diseñada por Cervantes

Imagine esto: usted es uno de los cerebros más brillantes de su época. Tiene acceso a las mejores traducciones del mundo. Puede leer el Quijote en inglés, francés, alemán, ruso. Pero no le basta. Sabe que algo esencial se pierde en el camino. Así que toma una decisión radical: aprenderá español desde cero con un único objetivo: leer El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha en la lengua de Miguel de Cervantes.

Suena a exageración, ¿verdad? Pues ocurrió. Y no una vez, ni dos. A lo largo de los últimos tres siglos, algunas de las mentes más prodigiosas del planeta han protagonizado esta misma historia de amor obsesivo con un libro. Científicos, políticos, filósofos, escritores… todos con una cosa en común: se negaron a conformarse con leer a don Quijote de segunda mano.

Viena, años 1870. Sigmund Freud todavía no ha revolucionado la psicología ni ha publicado La interpretación de los sueños. Es solo un adolescente judío con gafas redondas y una curiosidad insaciable. Junto con su mejor amigo, Eduard Silberstein, funda algo extraordinario: la Academia Castellana. Una sociedad secreta de dos miembros. Su misión: aprender español de forma completamente autodidacta para poder leer el Quijote sin intermediarios. Y lo consiguen. Tan bien que, en su correspondencia privada, Freud firma como Cipión y Silberstein como Berganza, los dos perros del Coloquio de los perros de Cervantes.

¿Por qué tanto esfuerzo? Porque Freud intuyó algo en don Quijote que marcaría toda su obra posterior: la tensión entre ilusión y realidad, entre deseo y frustración, entre el yo que soñamos ser y el yo que somos. Antes de explorar el inconsciente humano, Freud exploró la Mancha. Y lo hizo en castellano.

Israel, años 1960. David Ben-Gurion acaba de retirarse como primer ministro tras fundar el Estado de Israel. Se instala en el kibutz de Sde Boker, en pleno desierto del Néguev. Allí, rodeado de arena y silencio, toma una decisión: ya en su vejez, aprenderá español. ¿El motivo? Un solo libro. Un libro sobre un hombre que decide construir un mundo nuevo contra toda lógica, un hombre que convierte su locura en fe, un hombre llamado don Quijote.

Ben-Gurion, que había construido un país de la nada en medio de la hostilidad y la guerra, encontraba en el hidalgo manchego algo más que literatura: encontraba un espejo. La locura cuerda de don Quijote era, para él, el motor de la historia. Y quiso leerlo en su pureza original, sin filtros.

Estamos en 1787. Thomas Jefferson, tercer presidente de Estados Unidos y autor de la Declaración de Independencia, viaja a Europa. En su equipaje, dos objetos inseparables: un ejemplar del Quijote y una gramática española. Durante la travesía, aprende el idioma. No porque lo necesite para negociar tratados. Lo aprende porque está convencido de algo: leer el Quijote en español es el mejor método para dominar la lengua. Pero también porque ve en Cervantes un manual de ética y humanidad.

Jefferson recomendará el Quijote a sus familiares, a los futuros políticos americanos, a cualquiera que quiera entender qué significa gobernar con principios. Para él, don Quijote no es solo un personaje literario: es un código moral.

Arthur Schopenhauer es conocido como uno de los filósofos más pesimistas de la historia. Su obra maestra, El mundo como voluntad y representación, es una larga meditación sobre el sufrimiento humano. Y, sin embargo, este hombre encontraba consuelo en las páginas del Quijote. Pero no en alemán. Las traducciones, decía, traicionaban el espíritu de la obra. Así que aprendió castellano a la perfección. Tan bien que no solo leyó el Quijote: tradujo al alemán el Oráculo manual de Baltasar Gracián.

Para Schopenhauer, el Quijote era una de las cuatro mejores novelas jamás escritas. ¿Por qué? Porque la derrota constante de don Quijote no era triste: era la representación perfecta de la voluntad humana chocando contra la realidad. Y esa representación solo funcionaba con la gracia que solo el español podía transmitir.

Londres, siglo XIX. Karl Marx, el hombre que escribió El Capital y cambió la historia del pensamiento político, tenía una rutina doméstica que sorprendía a sus contemporáneos: cada noche, leía el Quijote a sus hijas. ¿En traducción? No. Marx había aprendido castellano específicamente para leer a Cervantes (y a Calderón de la Barca) en su lengua original. Según su yerno, Paul Lafargue, lo hacía casi a diario. ¿Qué veía Marx en el Quijote? El fin de una era: el feudalismo muriendo ante el empuje de la modernidad. Pero retratado con una ironía insuperable y, sobre todo, sin perder la ternura por los personajes. Marx admiraba cómo Cervantes había plasmado las contradicciones de su tiempo sin cinismo. Solo compasión.

Después de crear a Frankenstein, Mary Shelley enfrentó la tragedia más profunda: la muerte de su esposo, Percy Bysshe Shelley. Buscando consuelo, se refugió en el estudio de idiomas. Y allí encontró a Cervantes. Aprendió español para leer el Quijote en su forma original. Lo leyó varias veces. Escribió ensayos sobre Cervantes. Y llegó a una conclusión: el humor del Quijote en castellano tenía una melancolía noble que se perdía totalmente en inglés. Para Mary Shelley, que había explorado la monstruosidad en su obra maestra, el Quijote era la prueba de que la verdadera monstruosidad es un mundo sin ideales.

Benjamin Franklin era el hombre hecho a sí mismo por excelencia. Inventor, científico, diplomático, editor… pero también un voraz lector que comprendió algo fundamental: el español era la lengua del futuro. En su Autobiografía, Franklin cuenta que en 1733 empezó a estudiar idiomas: francés, italiano y castellano. ¿El motivo literario? el Quijote. De hecho, adquirió una de las mejores ediciones de la época: la famosa edición de la Real Academia de 1780.

En su biblioteca personal, el Quijote ocupaba un lugar de honor. Franklin creía que el español era esencial para cualquier ciudadano americano por razones prácticas. Pero su interés por Cervantes era puro amor a la literatura.

Alexander Pushkin, el padre de las letras rusas, leyó el Quijote principalmente en francés. Pero la frustración lo consumía. Sabía que estaba perdiéndose algo esencial. En 1832, pocos años antes de morir, comenzó a estudiar castellano.

No le dio tiempo. Pero su anhelo contagió a otros. Heinrich Heine, el gran poeta alemán, sí aprendió español. Y escribió una introducción al Quijote llena de emoción, confesando que lloró la primera vez que vio al Caballero de los Leones ser derrotado. Para Heine, el español era la lengua de la nobleza trágica.

Esta es la Hermandad de la Ñ. un club exclusivo al que solo se accede con esfuerzo extremo y devoción absoluta. No hay cuotas de entrada. No hay edificios. No hay ceremonias. Solo hay una regla: aprender el castellano de Cervantes para poder dialogar, de tú a tú, con Alonso Quijano y Sancho Panza.

Porque estos genios entendieron algo que muchos olvidan: el Quijote no solo se lee. El Quijote crea hablantes.

Cervantes consiguió algo que ninguna academia de idiomas ha logrado jamás: que personas de Berlín, Viena, Jerusalén, Moscú, Filadelfia y Virginia sintieran la necesidad imperiosa de adoptar el idioma de Castilla como propio. No para hacer negocios. No para viajar. Sino para entender mejor qué significa ser humano.

Si estos genios pudieran apoyar hoy la iniciativa de la Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan para declarar el legado de don Quijote y Sancho Panza como Patrimonio de la Humanidad, sería la declaración que nunca firmaron (pero que con toda seguridad habrían firmado) y probablemente dirían algo así:

Thomas Jefferson: «No hay mejor constitución para el espíritu humano que la justicia desinteresada del hidalgo manchego». Sigmund Freud: «En el castellano de Cervantes encontré el mapa de las profundidades de la psique antes de que yo mismo supiera descifrarlas». Mary Shelley: «El Quijote fue el único refugio capaz de revelar que la verdadera monstruosidad es un mundo sin ideales». Karl Marx: «Cervantes retrató con una ironía insuperable la tragedia de la historia, enseñándonos a mantener la dignidad humana en medio de las contradicciones de cada época». David Ben-Gurion: «La fe inquebrantable de don Quijote es el motor que permite a los pueblos construir su destino, incluso sobre la arena del desierto». Arthur Schopenhauer: «Ante la risa del Quijote y la sabiduría de Sancho, incluso el mayor de los pesimismos se rinde a la verdad consoladora del genio».

En una época de traducciones automáticas, inteligencia artificial y acceso instantáneo a cualquier texto en cualquier idioma, la historia de la Hermandad de la Ñ nos recuerda algo fundamental: hay libros que exigen más. Hay obras que no se conforman con ser consumidas. Obras que transforman a sus lectores. Obras que crean comunidades invisibles de personas que, separadas por siglos y continentes, comparten un mismo amor.

Don Quijote y Sancho Panza no son personajes de papel, son las dos mitades del alma humana: el sueño que nos impulsa a volar y la tierra que nos permite caminar. Y por eso, durante más de cuatro siglos, los mejores cerebros del planeta han decidido lo mismo: para conocerlos de verdad, hay que hablar su idioma.

Y eso, amigos, es lo que convierte al legado de estos dos personajes en algo único en la historia de la humanidad. No solo conquistaron lectores, conquistaron hablantes. No solo inspiraron admiración, inspiraron esfuerzo. No solo contaron una historia, cambiaron lenguas, transformaron vidas, crearon hermandades.

Por eso merecen ser Patrimonio Cultural de la Humanidad, porque ya lo eran mucho antes de que nadie lo declarara oficial.

Constantino López Sánchez-Tinajero

Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan

 

 

Vaya y vuelva para contarlo: un viaje al Madrid de Cervantes

Un relato de:

Javier Vázquez Cuesta y Constantino López Sánchez-T.

Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan

La noche del 15 de enero de 2026 caía sobre Alcázar de San Juan con esa quietud provincial que invita a los descubrimientos. En la sede de la Sociedad Cervantina, Constantino López Sánchez-Tinajero -sesenta años bien llevados en un cuerpo alto y desgarbado- sostenía entre sus manos un manuscrito que acababan de encontrar en el sótano del archivo, envuelto en un paño de lino amarillento.

Momentos antes, habían estado conversando sobre aquel sueño imposible que compartían todos los cervantistas del mundo.

—Imagina tener una primera edición del Quijote aquí, en nuestra Sociedad —había dicho Javier Vázquez Cuesta, bajo y regordete, con ese aire bonachón que solo tienen los sevillanos nacidos para disfrutar la vida—. Sería la joya de la corona.

Constantino había suspirado, mirando las estanterías repletas de ediciones modernas y facsímiles.

—Es inviable, Javier. La última que se vendió en subasta hace unos años costó más de millón y medio de euros. Está fuera de nuestro alcance. Muy fuera.

—Lo sé, lo sé… Pero un hombre puede soñar, ¿no? Al fin y al cabo, eso es lo que nos enseñó don Quijote.

Habían reído con melancolía antes de bajar al archivo. Y fue entonces cuando Constantino encontró el manuscrito.

—Javier, tienes que ver esto, —dijo con voz temblorosa—.

Javier Vázquez Cuesta, se acercó ajustándose las gafas de lectura.

—¿Otro falso Quijote apócrifo? Ya sabes que los hay a docenas…

—No. Esto es distinto. Mira el título.

Las letras, trazadas con una caligrafía inequívocamente cervantina, rezaban: «Vaya y vuelva para contarlo». No había nombre de autor. Solo esa frase enigmática y, debajo, una advertencia escrita en tinta más pálida, como añadida después: «Leed con el corazón abierto y la mente dispuesta. El tiempo es un libro de páginas sueltas».

—Qué raro ­—murmuró Javier—, ¿lo leemos?

Constantino asintió y ambos se sentaron junto a la mesa de roble. Mientras las palabras del manuscrito fluían ante sus ojos, algo extraordinario comenzó a suceder. Las letras parecían brillar tenuemente, y ambos sintieron un mareo suave, como si el suelo se volviera líquido bajo sus pies.

—Constantino… ¿tú también…?

No pudo terminar la frase. El aire a su alrededor se espesó, la luz de la lámpara se tornó dorada y vacilante, y de pronto…

La noche del 15 de enero de 1605

El olor llegó primero. Un hedor penetrante a orines, estiércol y humanidad hacinada que les hizo arrugar la nariz. Constantino y Javier se miraron, atónitos, mientras sus ropas modernas se transformaban en jubones de paño, calzas y capas raídas. Estaban en medio de una calle estrecha y embarrada, iluminada apenas por antorchas que chisporroteaban en las esquinas.

—¿Dónde coño estamos? preguntó Javier en su acento sevillano, que ahora sonaba perfectamente natural en ese Madrid de pesadilla.

—Calle de Atocha, si no me equivoco —respondió Constantino, señalando un rótulo apenas visible­—. Y si el manuscrito no miente… estamos en 1605.

Un grito les hizo pegarse contra la pared: «¡Agua va!». Desde una ventana superior cayó el contenido de un orinal que salpicó peligrosamente cerca de sus botas.

—Madre mía —farfulló Javier­­—. Esto sí que es realismo histórico.

Siguiendo un instinto inexplicable -como si el manuscrito les guiara telepáticamente-, caminaron calle abajo hasta encontrar una imprenta cuya puerta estaba entreabierta. El ruido metálico de los tipos de plomo y el olor a tinta les indicaron que habían llegado al lugar correcto: la imprenta de Juan de la Cuesta.

Dentro, entre la penumbra cargada de humo, un hombre de unos cincuenta y ocho años revisaba unos pliegos con gesto concentrado. Era delgado, con barba gris, la mano izquierda inmóvil -manca desde Lepanto- y los ojos cansados de quien ha conocido demasiadas derrotas. Vestía de negro, modestamente, sin adornos.

—¿Miguel de Cervantes? —preguntó Constantino con reverencia.

El hombre levantó la vista, sorprendido.

—¿Nos conocemos, señores? No recuerdo vuestras caras.

—Somos… admiradores —intervino Javier, recuperando la compostura—. Hemos oído hablar de vuestro libro. El del hidalgo loco.

Cervantes sonrió con amargura.

—El Quijote. Sí, mañana sale a la venta. Veinte años escribiendo comedias que nadie quiso, obras que se perdieron, y ahora esto. Una apuesta desesperada. ­—Hizo una pausa—. Aunque, para ser sinceros, no es exactamente mi libro. O no solo mío.

Los dos viajeros intercambiaron miradas.

—¿Qué queréis decir? —preguntó Constantino.

Cervantes los observó largamente, como evaluándolos. Luego, con un gesto, les indicó que lo siguieran a un cuarto trasero. Allí, sobre una mesa, descansaba un manuscrito idéntico al que habían encontrado en Alcázar de San Juan.

Vaya y vuelva para contarlo —leyó Javier en voz alta, sintiendo que el corazón se le desbocaba.

—Lo encontré hace cinco años —explicó Cervantes. Estaba en un baúl que compré a un buhonero. Al leerlo… viajé. Como supongo que habéis viajado vosotros. Pero yo fui hacia adelante, al futuro. A vuestro tiempo, imagino.

—¿Fuisteis al siglo XXI? —preguntó Constantino, incrédulo.

—Así es. Vi cosas que aún me maravillan y aterran. Máquinas que piensan, imágenes que se mueven sin magia, voces que cruzan el mundo en un instante. Pero sobre todo… vi libros. Miles, millones de libros. Y descubrí algo que cambió mi comprensión de la escritura.

Cervantes se sentó, invitándolos a hacer lo mismo.

—Vi que las historias no debían ser planas, con héroes perfectos y finales predecibles. Vi que los personajes podían ser complejos, contradictorios, reales. Vi novelas donde la forma misma era parte del mensaje. Y entendí que podía crear algo nuevo: una historia que se burlara de sí misma, que mezclara lo alto y lo bajo, que hiciera reír y llorar a la vez. La primera novela moderna.

—El Quijote —susurró Javier.

—El Quijote —confirmó Cervantes—. Pero no lo escribí solo. Este manuscrito que habéis encontrado y que os ha hecho venir a mi tiempo… es un portal, sí, pero también es algo más. Creo que fue escrito por el tiempo mismo, por todas las historias que fueron y serán. Cuando lo leí, alguien me dictaba. Una voz sin nombre, sin rostro. Me mostró lo que la literatura podía ser.

—¿Quién? —preguntó Constantino.

Cervantes sonrió enigmáticamente.

—Quizá el Cide Hamete Benengeli que invento en mi novela. Quizá los lectores del futuro que aún no han nacido. Quizá vosotros mismos, viniendo aquí esta noche. El tiempo es circular cuando se trata de historias.

Los tres permanecieron en silencio, escuchando el golpeteo de la prensa en el taller contiguo.

—¿Y ahora qué? —preguntó Javier—. Mañana sale vuestro libro y no tenéis idea de que dentro de cuatrocientos veintiún años seguirá siendo el más importante de la lengua española.

—Cuatrocientos veintiún años… —repitió Cervantes, asombrado—. ¿De verdad?

—El segundo libro más leído del mundo, después de la Biblia —confirmó Constantino—. Se ha traducido a más de ciento cuarenta idiomas. Ha inspirado películas, óperas, ballets, cuadros, musicales, esculturas… Don Quijote y Sancho son más reales para la gente que muchos personajes históricos.

Los ojos del viejo soldado se humedecieron.

—Entonces… valió la pena. Las prisas, las erratas, la pobreza. Todo valió la pena.

Cervantes se puso en pie con renovada energía.

—Pero basta de melancolías. Habéis viajado cuatrocientos años para encontrarme, y no puedo dejaros marchar sin antes compartir un poco de este Madrid mío. Venid, os llevaré a cenar. Conozco un mesón en la calle de los Tudescos donde sirven el mejor carnero asado de la villa.

El antiguo mesón de Ana Villafranca

Las calles nocturnas de Madrid eran un laberinto de sombras y peligros. Cervantes los guiaba con la seguridad de quien conoce cada recoveco, cada esquina donde podría acechar un rufián. Pasaron junto a grupos de hombres envueltos en capas que murmuraban en las esquinas, esquivaron charcos sospechosos y se apartaron cuando una patrulla de alguaciles pasó golpeando las puertas con sus varas.

—Cuidado con las espadas —advirtió Cervantes—. En Madrid se desenvaina por menos de nada. Los hidalgos pobres son los más peligrosos: tienen el honor más susceptible que la pólvora.

Finalmente llegaron a una casa de dos plantas con un farolillo colgado en la entrada. El letrero decía «Mesón de la Estrella». El interior era acogedor, iluminado por velas de sebo que proyectaban sombras danzantes en las paredes encaladas. El olor a guiso de carnero y vino caliente impregnaba el aire.

Una mujer de unos cuarenta años, aún hermosa, aunque marcada por la vida, se acercó al verlos entrar. Sus ojos se iluminaron al reconocer a Cervantes.

—Don Miguel, cuánto tiempo sin veros por aquí.

—Elvira —saludó Cervantes con una mezcla de afecto y melancolía—. Estos son mis amigos. ¿Tendrías mesa para tres caminantes hambrientos?

—Para vos, siempre —respondió ella, conduciéndolos a una mesa junto al fuego—.

Cuando Elvira, la dueña se alejó para traerles vino y comida, Cervantes se inclinó hacia sus acompañantes.

—Este mesón perteneció anteriormente a Ana Villafranca —dijo en voz baja—. Fue… bueno, fue importante para mí hace años. Tuvimos una hija, Isabel. No estábamos casados, comprendéis. Yo estaba casado con Catalina, aunque vivíamos más separados que juntos. Estas cosas pasan en Madrid. Pero Ana murió demasiado joven, en 1598 con tan solo 34 años y ahora lo regenta Elvira, una gran amiga suya. Soy cliente asiduo, soy feliz viniendo aquí, aunque la melancolía y el recuerdo afloran en mi…

—¿Y vuestra hija? —preguntó Javier con delicadeza—.

Una sonrisa genuina iluminó el rostro cansado de Cervantes.

—La acogí en mi familia. Le enseñé a leer, a escribir. Tiene ahora veinte años y lee mejor que muchos licenciados. Es lista, mi Isabel. A veces pienso que heredó todo lo bueno de mí y nada de lo malo. —Hizo una pausa—. Ana entendió que yo no podía casarme con ella. Había montado este mesón con la ayuda de un primo suyo y luego no pudo continuar el negocio porque la temprana muerte se lo impidió. La sigo recordando continuamente y no he podido olvidarla.

Elvira regresó con una jarra de vino tinto y tres escudillas de barro humeantes. El carnero estaba tierno, sazonado con hierbas que Constantino y Javier no lograban identificar del todo. El pan era oscuro y denso, pero sabroso cuando se mojaba en el caldo.

—Por Isabel —brindó Cervantes, levantando su copa­—. Y por todas las mujeres fuertes que sostienen el mundo mientras los hombres nos dedicamos a escribir locuras.

Comieron despacio, saboreando cada bocado. Cervantes les contó historias del Madrid literario: las rencillas con Lope de Vega, las burlas de Góngora, los ingenios que se reunían en las gradas de San Felipe a despellejar reputaciones.

—Lope es un genio, no lo niego -decía Cervantes entre trago y trago-. Pero escribe tanto que no puede escribir bien siempre. Yo… yo escribo poco, pero lo pienso mucho. Quizá demasiado. Por eso he tardado tanto en publicar el Quijote.

La noche avanzaba. Otros parroquianos entraban y salían, algunos saludando a Cervantes con respeto, otros ignorándolo deliberadamente. Elvira, la posadera, pasaba de vez en cuando, rellenando con vino las jarras, intercambiando miradas cómplices con el escritor.

Cuando terminaron de cenar, Cervantes pagó con unas monedas que sacó de una bolsa casi vacía. Elvira intentó rechazarlas, pero él insistió.

—El honor, Elvira. Aunque sea pobre, aún tengo eso.

Salieron del mesón cuando la ciudad empezaba a aquietarse. Los alguaciles hacían sus habituales rondas y se saludaban en las esquinas. Un gato maullaba en algún tejado. El frío de enero calaba hasta los huesos.

Pasaron el camino de vuelta conversando. Cervantes les mostró Madrid, ese Madrid hediondo y brillante que había capturado en su crónica. Caminaron por el barrio de las Musas, evitando orines y rateros, y Cervantes les señaló las casas de Lope, de Quevedo, de Góngora.

—Aquí vivimos todos, odiándonos y admirándonos en secreto —dijo con ironía—. Lope me desprecia porque no lleno los corrales como él. Pero yo… yo tengo esto. ­—Señaló hacia la imprenta—. Tengo el Quijote.

La casa de la calle de la Magdalena y los libros de Cervantes

—Venid a mi casa —ofreció Cervantes—. Está cerca, en la calle de la Magdalena, muy cerca de la del León. No es gran cosa, pero al menos tenéis donde dormir que no sea un camastro de posada lleno de chinches.

Caminaron por calles cada vez más estrechas hasta llegar a una casa modesta de dos plantas, apretujada entre otras iguales. Cervantes abrió con una llave pesada y los hizo pasar. El interior olía a humedad y a cera de velas. Una mujer mayor —probablemente una criada o pariente— dormitaba junto al hogar casi apagado.

—No hagáis ruido ­—susurró Cervantes—. Mi esposa y mi hermana están arriba, durmiendo. Y mi sobrina también. Es esta una casa de mujeres. Yo soy el único hombre, y el más inútil de todos.

Los condujo a una habitación pequeña en la planta baja, apenas amueblada con dos jergones de paja y una manta raída. Trajo más velas y un poco de vino aguado.

—No es el palacio de un duque, lo sé —se disculpó—.

—Es perfecto —dijo Constantino con sinceridad—. Estamos en la casa donde nació el Quijote. No necesitamos más.

Cervantes sonrió y se sentó en un taburete, dispuesto a seguir conversando. La noche era joven aún, al menos para ellos.

—¿Sabéis? En vuestro tiempo leí sobre la batalla de Lepanto. Vi cuadros, grabados, mapas. Pero ninguno captaba la verdad de lo que fue.

—Contádnoslo —pidió Javier, acomodándose en el jergón—. Si queréis, claro.

Cervantes se quedó mirando la llama de la vela, como si en ella pudiera ver el pasado.

—Tenía veinticuatro años. Era soldado de la compañía del capitán Diego de Urbina, en el tercio de Miguel de Moncada. Navegábamos a bordo de la galera Marquesa. Estaba enfermo, con fiebre, cuando nos dijeron que la flota turca había sido avistada. El capitán me ordenó quedarme bajo cubierta, a salvo. —Hizo una pausa, y su voz se endureció—. Me negué. Le dije que antes morir por Dios y por mi rey que ocultarme como un cobarde.

—Y fuisteis a combatir —dijo Constantino—.

—Fui. Me colocaron en el esquife, la pequeña embarcación de la galera, con otros doce hombres. Era el puesto más peligroso, el más expuesto al fuego enemigo. Las balas de arcabuz silbaban como avispas furiosas. Vi hombres caer a mi lado, el mar se tiñó de rojo. Una bala me atravesó el pecho, otra me destrozó la mano izquierda. —Levantó su mano inútil—. Esto es lo que me llevé de Lepanto. Y la fiebre que casi me mata después.

—Pero sobrevivisteis —murmuró Javier—.

—Sobreviví. Seis meses en un hospital en Mesina. Cuando pude volver a sostener una espada, ya no era el mismo. Pero había aprendido algo importante: que la vida es frágil, que la muerte está siempre cerca, y que hay que aprovechar cada momento. —Sonrió con ironía—. Aunque luego tardé treinta años en aplicar esa lección a mi escritura.

—Y después… Argel —aventuró Constantino—.

La expresión de Cervantes se ensombreció.

—Argel. Cinco años cautivo, algunos de ellos con Hasán Bajá, el renegado veneciano que era más cruel que cualquier turco de nacimiento. Intenté escapar cuatro veces. Cuatro veces me capturaron. Debieron empalarme, esa era la costumbre. Pero Hasán pensó que yo valía más vivo, que mi familia pagaría un rescate mayor. —-Rio sin humor—. Mi pobre familia, que apenas tenía para comer, reuniendo ducados para comprar mi libertad.

—¿Qué hicisteis durante esos cinco años? —preguntó Javier—.

—Sobrevivir. Observar. Aprender. Vi cosas que nunca olvidaré: la crueldad, sí, pero también la complejidad de un mundo que nosotros, los cristianos, pintamos siempre como simple maldad. Conocí a turcos nobles y a cristianos viles. Vi que el cautiverio podía quebrar a los hombres o fortalecerlos. Y escribí, en mi cabeza, historias que algún día pondría en el papel.

Se inclinó hacia adelante, la luz de la vela haciendo que sus ojos brillaran con intensidad.

—Todo lo que he vivido —dijo— está en el Quijote. Lepanto me enseñó el valor del honor, pero también su precio. Argel me mostró que el mundo es más grande y extraño de lo que podemos imaginar. El cautiverio me dio tiempo para pensar, para crear en mi mente personajes que luego cobraron vida en el papel. Don Quijote es un soldado derrotado que se niega a rendirse. Sancho es la sabiduría práctica que aprendí de los hombres simples que conocí en prisión. Dulcinea… —sonrió tristemente— Dulcinea es todas las mujeres que amé y perdí.

—Convertisteis vuestro sufrimiento en arte —dijo Constantino—.

—Convertí mi vida en literatura. ¿Qué otra cosa podía hacer? No tenía fortuna, ni título, ni éxito. Pero tenía historias. Y esas historias, espero, vivirán más que yo.

Hablaron hasta que las velas empezaron a consumirse. Cervantes les contó del cautivo que aparece en el Quijote, que es él mismo bajo otro nombre. Les habló de cómo cada personaje del libro llevaba un pedazo de su vida: aquí un recuerdo de Italia, allá una conversación en una venta manchega, más allá el rostro de un soldado conocido en Flandes.

—La literatura, ­—les confió cuando la madrugada se acercaba­— es una forma de vencer a la muerte. Los cuerpos se pudren, las glorias se olvidan, los imperios caen. Pero las historias… las historias permanecen. Si dentro de cuatrocientos años la gente todavía lee el Quijote, entonces habré logrado lo que ningún soldado ni rey puede lograr: la inmortalidad.

Ya entrada la madrugada, se encontraron acomodados alrededor de una mesa iluminada por un candil de aceite. El ambiente era íntimo, cargado de ese silencio que solo existe en las horas previas al alba. Constantino, aprovechando la confianza que se había establecido entre ellos, se atrevió a plantear una cuestión que le rondaba la cabeza desde hacía horas.

—Don Miguel —comenzó con cautela—, perdonad mi atrevimiento, pero… ¿habéis testado? ¿Tenéis vuestros asuntos en orden?

Cervantes lo miró con cierta sorpresa, pero luego sonrió con melancolía.

—Vaya pregunta para esta hora de la noche. Pero sí, señor mío, he testado. Un hombre de mi edad y con mi quebrantada salud debe tener sus cosas dispuestas. Aunque poco hay que repartir, he de confesarlo.

—¿Y figuran en vuestro testamento los libros que poseéis? ­—insistió Constantino, inclinándose hacia adelante—. Vuestra biblioteca debe de ser extraordinaria.

El rostro de Cervantes se iluminó con un brillo especial.

—Ah, mis libros. Lo único que verdaderamente poseo, además de deudas y sueños rotos. Sí, están inventariados. Esperad un momento.

Se levantó con cierta dificultad y se dirigió a un arcón de madera oscura que descansaba en un rincón. Al abrirlo, el aroma a papel viejo y cuero tratado inundó la estancia. Rebuscó entre algunos documentos hasta extraer unos pliegos cuidadosamente doblados.

—Aquí está —dijo, regresando a la mesa y desplegando el documento—. Mi testamento. Hecho ante el escribano Gaspar de Vallejo el año pasado. Como podéis ver, he dispuesto que mis libros pasen a manos de quien pueda apreciarlos.

Constantino y Javier se acercaron para observar la lista escrita con letra apretada y pulcra. Entre los títulos inventariados, dos llamaron poderosamente la atención de Constantino:

Silva de varia lección de Pedro Mexía… —leyó en voz alta—. Y la Philosophia secreta de Juan Pérez de Moya.

—Ah, habéis escogido dos de mis favoritos —exclamó Cervantes con evidente satisfacción—. Mexía y Pérez de Moya han sido mis maestros silenciosos, mis compañeros en las noches de insomnio.

Se levantó nuevamente y, esta vez con más entusiasmo, sacó del arcón dos volúmenes. El primero era un libro ya gastado, con las esquinas dobladas y manchas de uso en las páginas. El segundo, más reciente, conservaba mejor su encuadernación.

—La Silva de varia lección —dijo Cervantes acariciando el primer volumen con ternura—. Publicada en 1540, cuando yo aún no había nacido. Este libro es un tesoro, caballeros. Mexía reunió aquí todo el saber clásico: anécdotas de griegos y romanos, filosofía natural, historias de grandes hombres… Todo lo que un hombre de letras debe conocer.

Abrió el libro por una página marcada y señaló un pasaje.

—Aquí, por ejemplo, cuenta la historia de Alejandro Magno y su caballo Bucéfalo. Y más adelante, las hazañas de los emperadores romanos. Cuando escribo sobre caballería y grandeza en el Quijote, las sombras de estos héroes antiguos danzan en mi pluma, aunque sea para burlarse de ellos.

Javier observaba fascinado los márgenes del libro, llenos de anotaciones en la letra de Cervantes.

—Habéis leído esto con dedicación —comentó—.

—Una y otra vez —confirmó el autor—. Cada lectura me revela algo nuevo. Mexía tiene el don de hacer que lo antiguo parezca vivo y cercano.

Luego tomó el segundo volumen, más voluminoso.

—Y este es mi más reciente tesoro, Philosophia secreta de Juan Pérez de Moya, con un subtítulo de lo más revelador: Donde debajo de historias fabulosas se contiene mucha doctrina provechosa a todos estudios, con el origen de los Ídolos o Dioses de la Gentilidad. Es materia muy necesaria para entender Poetas y Historiadores, publicado hace solo veinte y cinco años. —Sus ojos brillaron—. Este libro es diferente. Aquí Pérez de Moya desentraña los misterios de la mitología clásica, explica el significado oculto de las fábulas antiguas, revela la sabiduría que se esconde bajo el velo de las alegorías.

Pasó las páginas con reverencia, deteniéndose en ilustraciones de dioses y héroes.

—Mirad aquí: toda la genealogía de los dioses olímpicos, las interpretaciones morales de las Metamorfosis de Ovidio, el sentido filosófico de los trabajos de Hércules… Cuando hago que don Quijote hable de Amadís o de Roldán, cuando menciono a los dioses y héroes de la antigüedad, es porque he bebido de esta fuente.

Constantino, emocionado, señaló un pasaje sobre la interpretación alegórica del mito de la Cueva de Montesinos.

—Don Miguel, esto es extraordinario. Habéis construido el Quijote sobre los cimientos de la tradición clásica.

Cervantes cerró los libros con cuidado y los sostuvo contra su pecho.

—Así es, amigo mío. Muchos dirán que mi Quijote es solo una burla de los libros de caballerías. Y lo es, no lo niego. Pero es también mucho más. Es un diálogo con toda la tradición literaria occidental: los griegos, los romanos, los italianos… Mexía me enseñó los hechos; Pérez de Moya me enseñó los significados. Entre ambos, aprendí que toda gran historia lleva dentro otras historias, como esas muñecas rusas que dicen que existen en tierras lejanas.

Devolvió los libros al arcón con gesto protector.

—Por eso los incluí en mi testamento. Cuando yo me vaya, estos libros seguirán enseñando. Son semillas de sabiduría, y las semillas están hechas para germinar en nuevas tierras.

—En vuestro tiempo futuro —preguntó con curiosidad—¿aún se leen estos autores? ¿Mexía y Pérez de Moya siguen vivos en las bibliotecas?

Constantino intercambió una mirada con Javier antes de responder con honestidad:

—Os mentiría si dijera que son tan leídos como vos, don Miguel. Pero los estudiosos los conocen, y cuando leen el Quijote con atención, descubren vuestras fuentes. Descubren que vuestro genio no nació de la nada, sino que bebió de los mejores pozos.

Cervantes asintió con satisfacción.

—Es suficiente. Un autor no necesita que todos conozcan sus fuentes, solo que las fuentes fluyan clara y abundantemente en su obra. El Quijote es un río alimentado por mil manantiales.

Se quedaron en silencio unos momentos, contemplando el arcón que guardaba aquellos tesoros. Luego Cervantes volvió a sentarse y miró a sus visitantes con expresión solemne.

—Habéis venido del futuro para conocerme en la víspera del nacimiento de mi libro. No sé qué designio os trajo aquí, pero me alegra poder mostraros que detrás de cada página de mi don Quijote hay horas de lectura, años de aprendizaje, una vida entera dedicada a amar las letras.

—Y eso —dijo Javier con voz emocionada— es lo que hace que vuestra obra sea inmortal, don Miguel. No solo la historia de un hidalgo loco, sino todo el amor por la literatura que late en cada línea.

Cervantes sonrió, y por un momento pareció más joven, menos cansado.

—Entonces tal vez valga la pena todo. Las penurias, el cautiverio en Argel, los desprecios, las deudas… Si de todo ello nació algo que perdura, puedo irme en paz cuando llegue mi hora.

Finalmente, agotado por las emociones y el vino, Cervantes se despidió.

—Descansad, amigos. Mañana será un día importante. El Quijote sale al mundo. Y vosotros… bueno, supongo que tendréis que volver a vuestro tiempo.

Los dejó solos en la habitación. Constantino y Javier se quedaron despiertos un rato más, susurrando en la oscuridad.

—¿Te das cuenta de dónde estamos? —decía Javier—. En la casa de Cervantes. La noche antes de que el Quijote salga a la venta. Es… es imposible.

—Y, sin embargo, aquí estamos —respondió Constantino—. Viviendo lo imposible.

Se durmieron escuchando los ruidos nocturnos del Madrid del Siglo de Oro: un perro que ladraba, pasos apresurados en el empedrado, una voz borracha cantando una copla obscena.

El amanecer y un inesperado regalo

El amanecer llegó tímidamente por la ventana. Cervantes los despertó con pan y queso de cabra que, les explicó, era todo el desayuno que podía ofrecer.

—En esta casa comemos poco y mal —bromeó—. Pero al menos comemos.

Después los llevó de vuelta a la imprenta de Juan de la Cuesta. El taller ya bullía de actividad. Los operarios cargaban los primeros ejemplares del Quijote en carros para distribuirlos por las librerías de Madrid. El aire olía intensamente a tinta y a papel nuevo.

En el cuarto trasero, el manuscrito Vaya y vuelva para contarlo seguía sobre la mesa donde lo habían dejado. Ahora parecía vibrar con una luz tenue, casi imperceptible.

—Os está llamando —dijo Cervantes—. Lo siento en el aire. Debéis volver.

—¿Cómo sabéis…?

—Porque me pasó lo mismo cuando volví de vuestro tiempo. El portal se cierra. Pero antes… —Se dirigió a un arcón y sacó un ejemplar recién impreso, sin encuadernar, oliendo a tinta fresca—. Llevad esto. Es la primera edición del Quijote. Uno de los primeros que salieron de la prensa esta madrugada.

—No podemos aceptar esto —protestó Constantino—. A nuestra época solo han llegado veintiocho ejemplares repartidos por el mundo…

—Pues ahora serán veintinueve —sonrió Cervantes—. Consideradlo un regalo del pasado al futuro. O del futuro al pasado. Ya no sé qué es qué.

Les entregó el libro con solemnidad. Los pliegos sueltos, aún sin coser, parecían frágiles como alas de mariposa.

—Y decidme una cosa —añadió Cervantes, con la mirada brillante—. En vuestro tiempo… ¿la gente aún sueña? ¿aún cree en molinos que son gigantes?

Javier sonrió con los ojos húmedos.

—Cada día, don Miguel. Cada día.

El manuscrito Vaya y vuelva para contarlo comenzó a brillar sobre la mesa. Constantino y Javier lo abrieron, abrazando contra sus pechos el ejemplar del Quijote, y las palabras volvieron a fluir ante sus ojos. El aire se espesó, la luz se volvió eléctrica y moderna, y de pronto…

De vuelta en Alcázar de San Juan

Estaban de nuevo en la sede de la Sociedad Cervantina. La lámpara LED zumbaba suavemente. Sus ropas modernas habían regresado. Pero entre las manos de Constantino, envuelto en un paño de lino, reposaba un tesoro imposible: un ejemplar de la primera edición de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, Madrid, Juan de la Cuesta, 1605.

Javier temblaba.

—¿De verdad pasó? ¿O nos hemos vuelto locos como don Quijote?

—Pasó —afirmó Constantino, acariciando los pliegos con reverencia—. Y ahora entiendo todo. Cervantes no solo escribió la primera novela moderna. Escribió un libro sobre creer en lo imposible. Y nosotros acabamos de vivirlo.

Sobre la mesa, el manuscrito Vaya y vuelva para contarlo descansaba abierto en su última página. Las letras habían cambiado. Ahora decían:

«El tiempo es un libro que todos escribimos. Cervantes puso la primera palabra. Vosotros habéis añadido la vuestra. Que otros vengan a continuar la historia. Porque mientras haya quien crea en molinos que son gigantes, la literatura estará viva».

Ambos se miraron y sonrieron. Fuera, en las calles tranquilas de Alcázar de San Juan, la mañana del 16 de enero de 2026 continuaba su curso. Pero en esa sala, rodeados del olor a tinta antigua y a aventuras imposibles, dos hombres acababan de convertirse en parte de la leyenda más grande de la literatura española.

Al fin y al cabo, aunque pensemos que sean gigantes en lugar de molinos de viento, todos necesitamos creer en nuestros sueños de vez en cuando.

Y algunas veces, muy de vez en cuando, esos sueños nos devuelven la mirada y nos invitan a vivir la aventura de nuestra vida.

Epílogo

El ejemplar número veintinueve de la primera edición del Quijote, en rama, aún sin encuadernar, se exhibe ahora en la Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan. Los expertos están desconcertados: el papel es auténtico, la tinta es de época, la tipografía coincide perfectamente con los ejemplares conocidos. Pero es imposible. Simplemente imposible.

Constantino y Javier sonríen cuando les preguntan. «Lo encontramos en el archivo», dicen. «Un milagro cervantino».

Y en cierto modo, tienen razón. Porque si algo nos enseñó don Quijote es que la línea entre la locura y la genialidad, entre la realidad y el sueño, entre el pasado y el futuro, es tan delgada como una página de un libro.

Y a veces, solo a veces, esa página se puede cruzar.

FIN

El libro secreto de Einstein: por qué el genio más grande del siglo XX dormía con don Quijote

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Albert Einstein, el hombre que revolucionó nuestra comprensión del universo, guardaba un secreto en su mesita de noche, y no era una ecuación revolucionaria ni un tratado de física cuántica. Se trataba del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha

De todos los libros que podría haber elegido el científico más influyente del siglo XX, solo uno ocupaba un lugar permanente en su mesita de noche. Leopold Infeld, físico que trabajó codo a codo con Einstein, lo reveló en su autobiografía «The Quest«:

«Einstein yacía en la cama sin camisa ni pijama, con Don Quijote en su mesilla de noche. Es el libro que más disfruta y le gusta leer para relajarse…»

No era una lectura ocasional. Einstein llevaba el Quijote en sus viajes, lo citaba en conferencias, y suponía mucho más que un simple entretenimiento. Era un espejo donde veía reflejada su propia vida.

La conexión fue profundamente personal. Cuando Einstein cuidaba a su hermana Maja tras sufrir una apoplejía en 1946, le leía cada noche fragmentos del Quijote.

Jamie Sayen, en su libro «Einstein in America«, cuenta que Einstein leía capítulos del Quijote a una de las hijas de su segunda esposa para entretenerla cuando era adolescente. Encontraba en las aventuras del hidalgo cualidades que valoraba profundamente: eran «alegres, sanas, llenas de humor, ricas en fantasía». Y añade un detalle revelador: «A menudo Einstein se identificaba desenfadadamente con el caballero loco”.

Para Einstein, ser un poco Quijote no era una debilidad. Era una necesidad. Sin ese toque de locura noble, sin esa disposición a luchar contra gigantes, aunque sean molinos, solo queda la mediocridad conformista.

Su biógrafo Walter Isaacson cuenta que Einstein comparaba sus propias batallas científicas con las aventuras del hidalgo manchego: ambos luchaban contra molinos de viento, solo que los de Einstein eran la comunidad científica que inicialmente despreciaba sus teorías.

Y no era solo una metáfora. Michele Besso, uno de sus mejores amigos, llegó a llamarlo explícitamente «Don Quijote de la Einsta» en 1917, cuando Einstein se empeñaba en luchar contra las ideas dominantes de la mecánica cuántica.

¿Por qué esta identificación tan profunda? La vida de Einstein antes de la fama tiene un aire quijotesco que pocas personas conocen. Recién graduado, ofreció sus servicios «a todos los físicos desde el mar del Norte hasta el extremo sur de Italia» No recibió una sola oferta y tuvo que conformarse con un puesto de ayudante de tercera clase en una oficina de patentes.

El mundo académico lo había rechazado. Como Don Quijote, Einstein había sido menospreciado por las instituciones que se suponía debían valorarlo. Y como Don Quijote, decidió seguir adelante de todos modos.

El primer encuentro de Einstein con el Quijote ocurrió en un contexto casi teatral. Recién acabados sus estudios, fundó con dos amigos la «Academia Olimpia», una parodia burlesca del mundo académico que lo había rechazado. Lo nombraron presidente en un ritual que recuerda inevitablemente a aquella venta manchega donde Alonso Quijano se convirtió en Don Quijote. Einstein pasó a ser «Alberto, caballero del coxis, presidente de la Academia Olimpia».

Prepararon un diploma con su busto bajo una ristra de salchichas. Era su manera de ridiculizar la pompa académica, igual que Cervantes ridiculizó las penurias imperiales españolas convirtiendo ventas cochambrosas en castillos rutilantes. En esa «academia» de tres amigos leyeron el Quijote. Y Einstein encontró en sus páginas algo que lo acompañaría toda la vida.

Hoy recordamos a Einstein por E=mc², por la relatividad, por revolucionar la física. Pero quizás deberíamos recordarlo también por esto: por atreverse a ser un Quijote en un mundo de Sanchos pragmáticos.

Por mantener un libro de más de 400 años de antigüedad en su mesita de noche, y encontrar en él no solo entretenimiento, también un modelo de vida.

Por identificarse sin vergüenza con un «caballero loco» y hacer de esa locura su mayor fortaleza.

Porque al final, tanto Don Quijote como Einstein nos enseñan lo mismo: que las batallas más importantes son aquellas que parecen imposibles y que a veces hace falta estar un poco loco para cambiar el mundo.

Einstein lo sabía. Por eso dormía con Don Quijote en su mesita de noche. Por eso lo llevaba en sus viajes. Cuando el mundo lo llamaba loco, él sonreía y seguía adelante, lanza en ristre, contra los molinos de viento de la ciencia predominante.

Juan Bautista Mata Peñuela

Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan

Fuentes: Biografías de Leopold Infeld («The Quest»), Walter Isaacson, Jamie Sayen («Einstein in America»), y correspondencia personal de Einstein con Max Born, Max Brod y Michele Besso.

Miguel de Cervantes, una biografía por descubrir

Solo en el Quijote, hay 1.274 referencias al mundo clásico (531 en la Primera Parte y 743 en la Segunda). Virgilio es citado 94 veces, Ovidio 58, Homero 47, Aristóteles 46, Horacio 45, Platón 32, etc.

«La especial relevancia en la novela de conceptos de la preceptiva literaria antigua, particularmente de la Poética de Aristóteles, avala que la tradición clásica no constituye un mero ornato en el Quijote, sino que afecta a su misma concepción, desarrollo y fin. La novela constituye la puesta en acción de las críticas que los humanistas hacían del género caballeresco». (Antonio Barnés Vázquez, “Yo he leído en Virgilio. La tradición clásica en el Quijote”).

«En vista del minucioso recuento realizado por Antonio Barnés, bien preparado por su formación académica, se confirma que la novela está saturada de referencias a la literatura clásica y que la preceptiva neoaristotélica constituye su mismo motor». (Jean Canavaggio, “A modo de Prólogo”, en la misma obra citada en el párrafo anterior).

Aunque en determinados momentos de su novela Cervantes utiliza el lenguaje como un juguete, creando nombres que no solo son divertidos, sino que esconden juegos de palabras, burlas a los libros de caballerías o descripciones físicas directas, no fue así en toda la obra, sino que también hay referencias y muchas a hechos históricos o mitológicos.  A continuación, se citan algunos de los nombres más graciosos y el ingenioso motivo de su creación:

Don Azote, nombre con el que alude a don Quijote la princesa Micomicona (Dorotea) cuando nombra al caballero español que le ha de ayudar a recuperar el territorio arrebatado por el gigante Pandafilando de la Fosca Vista (otro ejemplo más). También lo llama don Gigote. (Q I, 30)

La Condesa Trifaldi, también llamada «la de las tres faldas» o «la de la cola triangular». El nombre se burla de las vestimentas pomposas y ridículas de la época. (Q II, 36)

Pentapolín del Arremangado Brazo, un nombre que parodia los títulos hiperbólicos de los caballeros andantes (como «Mano de Hierro»), pero con una acción cotidiana y poco heroica como «arremangarse». (Q I, 18)

Pero como se ha mencionado anteriormente, no siempre juega con inventarse nombres graciosos y palabras ingeniosas ya que hay más de mil doscientas referencias al mundo clásico. Cervantes conoce con bastante detalle las obras de la antigüedad greco-romana, podemos ver referencias a la Eneida, la Ilíada, a la Odisea, al Antiguo Testamento, una prueba de ello es el prólogo de la primera parte del Quijote en la que un personaje (muy curioso, por cierto) creado por Cervantes le aconseja, como amigo, la forma en que ha de realizar su obra diciéndole:

“Si nombráis algún gigante en vuestro libro, hacedle que sea el gigante Golias… Si tratáredes de ladrones, yo os diré la historia de Caco que la se de coro, si de mujeres rameras, ahí está el obispo de Mondoñedo (Fray Antonio de Guevara, obispo famoso porquesolía citar de memoria o inventar autoridades, y si alguien lo cuestionaba, siempre podría decir que el obispo «se olvidaba» de poner el nombre exacto del autor), que os prestará a Lamia, Laida y Flora, cuya anotación os dará gran crédito; si de crueles, Ovidio os entregará a Medea; si de encantadores y hechiceras, Homero tiene a Calipso, y Virgilio a Circe; si de capitanes valerosos, el mismo Julio César os prestará a sí mismo en sus Comentarios, y Plutarco os dará mil Alejandros» (Q I, Prólogo).

Cervantes mezcla Historia Sagrada, mitología griega, mitología romana, autores literarios griegos como Homero, autores literarios romanos como Virgilio u Ovidio, figuras reales de la historia griega como Alejandro y figuras reales de la historia romana como Julio Cesar, lo que da una idea del nivel de erudición de la antigüedad clásica, incluida la historia religiosa.  

No son solo citas y referencias livianas, sino que los dioses principales y secundarios, los personajes históricos o sagrados, se integran perfectamente en la forma y en el fondo de la obra cervantina.

Ejemplos de citas a los clásicos son:

Briareo, en la mitología griega, es uno de los tres Hecatónquiros (o Centimanos), gigantes hijos de Urano y Gea, caracterizado por tener cien brazos y cincuenta cabezas.

Levantóse en esto un poco de viento, y las grandes aspas comenzaron a overse; lo cual visto por don Quijote, dijo:

—Pues aunque mováis más brazos que los del gigante Briareo, me lo habéis de pagar. (Q I, 8)

Sileno, Es una deidad rústica de los bosques y fuentes. Aunque a menudo se le muestra borracho y grotesco, también es considerado el más viejo y sabio de los seguidores de Dioniso, capaz de profetizar. Se le representa como un anciano calvo, gordo y tambaleante, montado a menudo sobre un asno.

Y más, que no tendré a deshonra la tal caballería, porque me acuerdo haber leído que aquel buen viejo Sileno, ayo y pedagogo del alegre Dios de la risa, cuando entró en la ciudad de las cien puertas, iba muy a su placer caballero sobre un muy hermoso asno.

—Verdad será que él debía de ir caballero como vuestra merced dice respondió Sancho—; pero hay grande diferencia del ir caballero al ir atravesado como costal de basura». (Q I, 15)

Argos (o Argos Panoptes), es un gigante de cien ojos, célebre por ser un vigilante incansable al servicio de la diosa Hera. Conocido como «el que todo lo ve», fue enviado a custodiar a Ío, pero terminó siendo asesinado por Hermes, tras lo cual Hera trasladó sus ojos al plumaje del pavo real. 

—No —dijo Ricote, que se halló presente a esta plática— hay que esperar en favores ni en dádivas; porque con el gran don Bernardino de Velasco, conde de Salazar, a quien dio su majestad cargo de nuestra expulsión, no valen ruegos, no promesas, no dádivas, no lástimas; porque, aunque es verdad que él mezcla la misericordia con la justicia, como él vee que todo el cuerpo de nuestra nación está contaminado y podrido, usa con él antes del cauterio que  abrasa que del ungüento que molifica; y así, con prudencia, con sagacidad, con diligencia y con miedos que pone, ha llevado sobre sus fuertes hombros a debida ejecución el peso desta gran máquina, sin que nuestras industrias, estratagemas, solicitudes y fraudes hayan podido deslumbrar sus ojos de Argos, que contino tiene alerta, porque no se le quede ni encubra ninguno de los nuestros, que como raíz escondida que con el tiempo venga después a brotar y a echar frutos venenosos en España, ya limpia, ya desembarazada de los temores en que nuestra muchedumbre la tenía. (Q II, 65).

Teseo, es el héroe nacional por excelencia de la mitología griega y el mítico rey de Atenas. Se le considera el unificador del Ática y, en muchas tradiciones, el precursor de la democracia ateniense. 

Su hazaña más importante fue la de viajar a Creta para matar al Minotauro. Logró salir del laberinto gracias al «hilo de Ariadna», un ovillo de lana que le entregó la princesa Ariadna para que pudiera encontrar el camino de regreso.

«Y en lo que dices que aquellos que allí van y vienen con nosotros son el cura y el barbero, nuestros compatriotas y conocidos, bien podrá ser que parezca que son ellos mesmos; pero que lo sean realmente y en efeto, eso no lo creas en ninguna manera. Lo que has de creer y entender es que si ellos se les parecen, como dices, debe de ser que los que me han encantado habrán tomado esa apariencia y semejanza; porque es fácil a los encantadores tomar la figura que se les antoja, y habrán tomado las destos nuestros amigos para darte a ti ocasión de que pienses lo que piensas, y ponerte en un laberinto de imaginaciones que no aciertes a salir dél, aunque tuvieses la soga de Teseo; y también lo habrán hecho para que yo vacile en mi entendimiento y no sepa atinar de dónde me viene este daño; porque si por una parte tú me dices que me acompañan el barbero y el cura de nuestro pueblo, y por otra yo me veo enjaulado y sé de mí que fuerzas humanas, como no fueran sobrenaturales, no fueran bastantes para enjaularme, ¿qué quieres que diga o piense sino que la manera de mi encantamento excede a cuantas yo he leído en todas las historias que tratan de caballeros andantes que han sido encantados? Ansí que bien puedes darte paz y sosiego en esto de creer que son los que dices, porque así son ellos como yo soy turco». (Q I, 48)

La biografía “oficial” nos cuenta que Miguel de Cervantes tuvo una vida bastante azarosa, en 1568 tras supuestamente participar en un duelo huye hacia Italia para ponerse al servicio del Cardenal Acquaviva, incorporándose al ejército español en 1569, participó en la batalla de Lepanto en 1571, continuando su labor como soldado, a pesar de estar impedido del brazo izquierdo, hasta 1575 combatiendo en ese periodo en las campañas de Túnez y Sicilia.

En 1575 cuando regresaba a España es apresado y trasladado a Argel, lugar en el que estuvo cautivo cinco años, hasta 1580 que regresó a España.

Realizó una misión secreta ejerciendo de espía en Oran entre los años 1581 y 1582, actuando de emisario especial del rey Felipe II.

En diciembre de 1584 se casó en Esquivias (Toledo) con Catalina de Salazar y Palacios, permaneciendo es esa localidad hasta abril de 1587, poco más de dos años, momento en el que comienza su periodo de Comisario de provisiones para la Gran Armada que se estaba formando para invadir Inglaterra y de recaudador de impuestos de la corona con posterioridad. Este intervalo de tiempo como funcionario se prolonga hasta 1601.

De toda esta ajetreada vida de idas y venidas, puede inferirse que tuvo poco tiempo para formarse y para adquirir conocimientos.  La única formación cultural “constatada” que le conocemos es la asistencia por un breve periodo de tiempo a las clases impartidas por Juan López de Hoyos profesor de gramática y de humanidades en el estudio de la Villa de Madrid, este aprendizaje se realizó por unos escasos meses entre los años 1568 y 1569.

Según la biografía “oficial” Miguel de Cervantes no sabía leer en griego, sabía poco latín, no con la suficiente soltura como para leer a los clásicos, las obras de Ovidio o de Virgilio, por lo que la única forma posible de acceder a los conocimientos clásicos debió supuestamente ser a través de una especie de diccionarios enciclopédicos de mitología (eran el “Google” o la “Wikipedia” de los siglos XVI y XVII) que manejaban los autores del Siglo de Oro, llamados Polianteas, Silvas o Repertorios, la mayoría de los cuales estaban en latín y tampoco pudo entenderlos a la perfección, si exceptuamos la obra “Silva de varia lección” de Pedro Mejía en castellano (con ediciones publicadas entre 1540 y 1551, la última que revisó el propio autor);  pero si hacemos caso a Miguel de Cervantes, él mismo se burlaba -en el prólogo de la Primera Parte del Quijote– de quienes utilizaban ese recurso por fingir una erudición que no tenían.

La biografía real de Miguel de Cervantes está por descubrir, ya que para escribir el Quijote con sus citas a los clásicos había de ser un perfecto conocedor de la antigüedad, de las obras en latín, de las obras en griego y de la Historia Sagrada.

Si Cervantes no utilizaba las Polianteas, Emblemas, Officinas, Silvas, Repertorios o Florilegios ¿Dónde y cuándo aprendió griego ya que algunas obras no fueron traducidas al castellano hasta el siglo XVIII, como la Odisea? ¿Dónde y cuándo estudió a los clásicos romanos y griegos, ya que mostró conocerlos con detalle para escribir las citas y las referencias que a ellos figuran en el Quijote?

Alonso M. Cobo Andrés

Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan

Miguel Esteban, el lugar en el que nada encaja con el Quijote

El pasado 16 de enero se presentó en la Casa de Castilla-La Mancha de Madrid el estudio de investigación “El lugar de La Mancha, cuyo nombre está al lado de El Toboso” en el que, según sus autores, es Miguel Esteban (Toledo) el lugar de don Quijote. Lo justifican al estar al lado de la villa toledana de El Toboso, además de su relación con hechos históricos locales que supuestamente coinciden con episodios de la novela universal. Como se ha podido leer en la prensa, sus autores defienden que «Las coincidencias son «amplias»y van desde los ataques a los molinos de viento, los duelos con lanza, rocines por el suelo, caballeros que no lo son, ventas sin pagar, bibliotecas y archivos desaparecidos, dulcineas hechizadas, apaleamientos de curas, hidalgos muertos de melancolía y hasta sobrinas nobles huérfanas».

Para marcar un lugar, camino o paraje en un mapa, siguiendo las descripciones de un autor de novela que las aporte, es necesario que las variables geográficas que se desprenden del texto coincidan con el lugar marcado. Cervantes no solo nos deja descripciones de lugares,  caminos y parajes de la comarca manchega del lugar de don Quijote y Sancho, sino que además nos dibuja la morfología y el entorno social de este lugar.

A la espera de poder leer este estudio y apreciar cómo, siguiendo un análisis científico mediante métodos inductivos y deductivos, justifican que estas variables geográficas encajan en su propuesta, en un mapa de la zona me anticipo a comprobar su coincidencia con el texto.

El lugar de don Quijote está cerca de El Toboso. Don Quijote con Sancho, en su tercera salida de su casa, dirige a Rocinante hacia El Toboso. Salen al anochecer con la intención de «alcanzar a ver con el día al Toboso». Aunque no dice Cervantes que se parasen a pasar la noche en algún punto del camino, sí nos señala que «en estas y otras las pláticas se les pasó aquella noche y el día siguiente», llegando al anochecer a ver El Toboso. Por tanto, la distancia que hay entre ambos lugares es de una jornada de camino de noche o de día, como finalmente la hacen. Cervantes escoge un caballo para don Quijote que no vale «ni aún la mitad» que uno normal, como le precisa el ventero, y cuantifica precisamente en la playa de Barcelona su condición física durante el duelo con el Caballero de la Blanca Luna. De la distancia que los separaba, el caballo del de la Blanca Luna llegó a Rocinante «a dos tercios andados de la carrera». Solo un tercio de la carrera había sido capaz Rocinante de hacer, la mitad.  

Considerando que un caballo normal camina una legua a la hora, en una jornada de ocho a diez horas Rocinante había recorrido desde su cuadra hasta El Toboso cuatro o cinco leguas, unos veinticinco a treinta kilómetros. La distancia aproximada entre Miguel Esteban y El Toboso es de tan solo siete kilómetros.

El lugar de don Quijote está aún más cerca de la villa molinera de Campo de Criptana, la única que a principios del siglo XVII contaba con más de treinta molinos de viento, como nos cuantifica Cervantes en la conocidísima batalla contra uno de sus molinos. Esta aventura ocurre al principio de su segunda salida de su casa, ya con Sancho de escudero. Salen en mitad de la noche para no ser vistos por sus familias y vecinos. Al amanecer, a «la hora de la mañana… descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento que hay en aquel campo». En una corta noche de verano, entre su salida cautelosa en mitad de ella y la salida del Sol pasarían unas dos o tres horas. En este tiempo, Rocinante había recorrido entre seis a nueve kilómetros. La distancia que aproximadamente separa Miguel Esteban de Campo de Criptana es de unos catorce kilómetros en línea recta.

En su primera salida, don Quijote sale al amanecer de su casa y al final de un largo y caluroso día del mes de julio al «tiempo que anochecía» llega a una venta donde es burlescamente armado caballero. No sé hacia qué venta encaminan los autores de este estudio a don Quijote. Suponiendo que lo hagan hacia la antigua Venta de Manjavacas, venta que ya marqué en 2010 como la venta donde es armado caballero, la distancia que hay con Miguel Esteban es de unos veinte kilómetros. En ese larguísimo día de verano, el flojo de Rocinante, en unas doce o catorce horas de camino, habría recorrido treinta y cinco o cuarenta kilómetros, justo el doble.

Hay que tener en cuenta que don Quijote, tanto en su primera salida hacia la venta como en la segunda hacia los cerros de Campo de Criptana, sale de su pueblo en la misma dirección:  «Acertó don Quijote a tomar la misma derrota y camino que el que él había tomado en su primer viaje». La Venta de Manjavacas y los molinos de viento de Campo de Criptana, desde Miguel Esteban, son caminos muy distintos.

¡Geográficamente es evidente que Miguel Esteban no coincide en nada con el lugar de don Quijote!

Hay imágenes, expresadas con palabras, que reflejan la morfología y el entorno social de principios del siglo XVII en el lugar de don Quijote. En la carta de respuesta que Teresa le manda a Sancho, gobernador en ese tiempo de Barataria, le dice a modo de despedida que «la fuente de la plaza se secó, un rayo cayó en la picota, y allí me las den todas». Miguel Esteban era una pequeña villa de la Orden de Santiago y como tal tenía justicia propia y podía disponer una picota, a la que en alguna tormenta un rayo impacto en ella. Lo que no pudo ver Cervantes en su plaza es una fuente de agua dulce, porque no la tenía, como la mayoría de lugares de esta  comarca manchega hasta más de un siglo después. En sus Relaciones de 1575 dicen que «es falta de agua, que en ella no hay ninguna para beber la gente, e van fuera de ella por la dicha agua»

Uno de los personajes secundarios del Quijote es el barbero, amigo de don Quijote. Otra imagen cotidiana entre sus vecinos, yendo a su barbería para que le cortasen la barba o le sacara una muela. Miguel Esteban era tan pequeña, unos trescientos vecinos, que no había ningún barbero, como también nos dicen en sus Relaciones: «… no haber zapatero, ni tendero, ni herrero, ni médico, ni barbero…» Apuntar aquí que Miguel Esteban un cuarto de siglo antes de escribirse la primera parte del Quijote no disponía tampoco de una tienda donde ir a comprar, sin embargo el lugar de don Quijote, al menos, disponía de una tienda. Para que Sancho reconociese al peregrino que había encontrado en el camino, este le dice: «¿Cómo y es posible, Sancho Panza hermano, que no conoces a tu vecino Ricote el morisco, tendero de tu lugar?»

Otra imagen habitual sería ver en sus calles y caminos a vecinos con cañas de pescar yendo y viniendo al río Gigüela o a sus humedales a pescar. En la animada conversación que mantiene el escudero del Caballero de los Espejos con Sancho, que son vecinos, mientras sus caballeros platicaban de sus cosas, le dice «¿qué escudero hay tan pobre en el mundo a quien le falte un rocín y un par de galgos y una caña de pescar con que entretenerse en su aldea?… respondiéndole Sancho «a mi no me falta nada de eso». El interrogatorio que se hace a los lugares en las Relaciones se les pregunta que dijeran «Las riberas, huertas, regadíos y las frutas, y otras cosas que en ellas se cogen, y los pescados y pesquerías que los dichos ríos hubiere, y los dueños y señores de ellos, y lo que les suele valer y rentar». Miguel Esteban no contesta a esta cuestión.

Sin duda alguna, el lugar de don Quijote debía de ser famoso por sus montes y buenas cosechas de bellota. Tanto, que La Duquesa al final de su carta con Teresa, le pide a la mujer de Sancho: « Dícenme que en ese lugar hay bellotas gordas: envíeme hasta dos docenas, que las estimaré en mucho por ser de su mano…» Miguel Esteban en aquella época solo tenía «dos montes pequeños, e para el sustento es necesario ir a ocho leguas por leña» Sus únicos recursos era el cultivo de trigo para el pan, «e que se coge poco»  y algo de vid para el vino de consumo.

Miguel Esteban es un lugar de la Mancha en el que nada encaja con el Quijote, pero, como le decía don Quijote a Sancho: «andan entre nosotros siempre una caterva de encantadores que todas nuestras cosas mudan y truecan, y las vuelven según su gusto».

                                                                                     Luis M. Román Alhambra

El Quijote se sienta a la mesa: cervantistas alcazareños y estudiantes de hostelería fusionan literatura y gastronomía en un almuerzo entrañable

El profesor Luis Canorea Ruiz y alumnos del Grado Formativo de Hostelería con la junta directiva de la Sociedad Cervantina de Alcázar

Los miembros de la Sociedad Cervantina de Alcázar han protagonizado este jueves una experiencia única en el IES Universidad Laboral de Toledo, donde la alta cocina y las palabras de Cervantes se dieron cita en un encuentro tan gastronómico como cultural

Alcázar de San Juan, 23 de enero de 2026.- La Junta Directiva de la Sociedad Cervantina de Alcázar disfrutó este jueves 22 de enero de un almuerzo extraordinario en el Comedor del Grado Formativo de Hostelería y Turismo del IES Universidad Laboral de Toledo.

Bajo la dirección de Luis Canorea Ruiz, responsable del grado, los estudiantes de Sala y Cocina ofrecieron una experiencia gastronómica de primer nivel que incluyó desde el cóctel Ínsula Barataria, duelos y quebrantos, hasta sopa de ajo quijotesco, tiznao de bacalao de tierra adentro, verduras guisadas campesinas y perdices a la toledana, para acabar con un exquisito postre con bizcochá, delicias de Dulcinea, vainilla y flor manchega.

Pero este almuerzo fue mucho más que un festín culinario. Entre plato y plato, los alumnos leyeron fragmentos del Quijote que los cervantistas alcazareños se encargaron de explicar y comentar a todos los comensales, entre los que se encontraban representantes de la Fundación Mahou San Miguel, patrocinadora de diversas actividades de este grado formativo.

De este modo, los estudiantes pudieron profundizar en el conocimiento de la obra cumbre de Cervantes mientras ponían en práctica sus habilidades profesionales.

La jornada comenzó con una visita guiada por Luis Canorea Ruiz a la extraordinaria biblioteca del centro, que atesora más de 20.000 volúmenes, entre ellos valiosos ejemplares del Quijote y La Galatea. Los cervantófilos alcazareños quedaron admirados ante estos tesoros bibliográficos que enriquecen el patrimonio cultural del instituto toledano.

La atención dispensada por el grupo de alumnos fue exquisita en cada detalle, lo que mereció una extensa ovación final por parte de los comensales, que quisieron agradecer su dedicación con un pequeño obsequio.

Un almuerzo que demostró que la literatura cervantina y la gastronomía manchega forman un maridaje perfecto, capaz de alimentar tanto el cuerpo como el espíritu.

Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan

Cerbantes: del Renacimiento al Barroco

Álvaro Espina

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La tercera parte de mi trilogía Cerbantes (El combate de las letras, Suma, 2025) recorre los 35 últimos años de la vida de Cervantes, captando como en un friso el tránsito desde la literatura renacentista a la literatura barroca. En el caso de Cervantes eso importa menos, porque Miguel encarna en si mismo esa transición, como dijo Ortega. Pero no así en el de los otros contendientes en el combate literario que se entabló entonces.

Luis de Góngora: del renacimiento al barroco

El caso más conspicuo es el de Luis de Góngora, nuestro mejor poeta de todos los tiempos: primero, en Salamanca como discípulo de Fray Luis de León, escribiendo los romances y poemas que el gran maestro renacentista recomendaba para la renovación del romancero, sublimando la tradición greco-latina y hebraica.

Tras participar en la academia de Toledo, en la que se enemista con Lope de Vega, Góngora pasa a Córdoba como racionero de la catedral, y desde allí desarrolla una actividad poética febril, aunque ve cómo van mermando sus ingresos, sintiendo en sus carnes las carencias de rentas que acucian a toda la monarquía, consecuencia de la política demencial de Felipe II, hasta el punto de que Góngora acabará convirtiéndose en un “pretendiente en corte”, lisonjeando primero al secretario de Felipe II, Cristóbal de Moura.

Más tarde cambia de bando y escribe el Panegírico del duque de Lerma, valido del nuevo rey Felipe III, autor de la Pax Hispánica. Todo esto al mismo tiempo que escribe Las Soledades, una enorme silva pastoril que lleva a su cima la poesía española, verdadera síntesis de la poesía renacentista y barroca, así como El Polifemo, signo de distinción de nuestro siglo de Oro.

En Madrid Góngora solo alcanzará el mísero puesto de miembro de la capilla Real, protagonizando la pugna más feroz entre los mayores escritores de entonces reflejada en la enemiga entre Góngora y Lope, que acabará llevando a Quevedo, discípulo del Fénix, a comprar la casa de Góngora y a desahuciarlo, mandándolo a morir a Córdoba.

Al mismo tiempo, la contienda entre Góngora (y Cervantes) contra Lope (y Quevedo), es la mejor síntesis del tránsito entre el Renacimiento y el Barroco: dos críticos acérrimos del sistema vigente contra dos “adoctrinadores” del mismo, como estableció don José Antonio Maravall.

De la mano de Fray Luis, Góngora apareció primero como el campeón de la poesía clásica, trasladada al nuevo romancero, e incluso a la égloga arcádica heredada de Garcilaso y de la nueva poesía petrarquista, cultivada en las academias de Salamanca y Toledo, en donde se gestó el nuevo romancero y la poesía pastoril. En esa órbita se situaba también el primer Cervantes, con su Galatea, publicada a los cuatro años de su vuelta a Madrid, siendo imitado enseguida por Lope, con su Arcadia, más ramplona.

La comedia clásica y la novela griega frente a la “comedia nueva” y la novela realista.

En su pretensión de preservar el aliento de la comedia y la tragedia clásicas de Plauto y Terencio, Cervantes sucumbe enseguida ante la irrupción de la “comedia nueva” de Lope.

Siguiendo a Horacio, los clásicos, querían enseñar y deleitar al mismo tiempo, bajo las reglas conocidas por todos. En cambio, Lope solo pretendía halagar al vulgo, dándole las vulgaridades que le gustaban, extraídas en buena medida de su experiencia de “prechulillo, rufián y precharrán:

“Un Lope prepinturero que tenía la desvergüenza de hacer reclamo de sus propias debilidades”, como dijo F. C. Sainz de Robles, aunque todo ello revestido de la mejor capacidad versificadora de la historia de nuestra literatura.

Miguel se atuvo al canon renacentista. Rodríguez Adrados identificó la pauta inicial del Quijote con la Vita de Esopo, el esclavo frigio, feo y gordinflón, capaz de dar lecciones a sus dueños, mucho más doctos. García Gual consideró también como rasgo típicamente clásico la oposición entre lo apolíneo y lo epicúreo. En mi Cerbantes esta oposición se observa entre el Apolo-Quijote y el Sancho-Sileno —el ayo de Dioniso—. Por no hablar de su novela póstuma, El Persiles, que trajo a la edad moderna la obra de Heliodoro, que Miguel consideró su mayor legado a la literatura española.

En suma, al fundar la novela moderna Cervantes se erigió en el continuador de la antigüedad clásica greco-romana, mientras que sus oponentes barrocos renegaban de ella, en busca de una modernidad desmediada y vacía, cuyo referente era el dictado del poder establecido. Mientras tanto, Góngora se mantenía en una estética propia de la utopía aristocrática y Miguel optaba por la oposición radical al régimen austracista, que mantenía en un cautiverio oprobioso a su adorada Ana de Mendoza y de la Cerda, quien estableció como su legado personal la sustitución de la dinastía Habsburgo por la de Borbón. Así, mi obra compendia el tránsito entre el Renacimiento y el Barroco, como le prometí a Maravall.

No cabe buscar en las grandes obras de Miguel el más mínimo respeto a la ortodoxia religiosa tridentina, pues no hay otra religión en La Galatea que el paganismo de la Arcadia, ni en el Quijote otra que el código de la caballería andante, ni en el Persiles otra que las de las mitologías nórdicas.  Precisamente el único tropiezo de Cervantes con la Inquisición (portuguesa) fue el de la bendición del bálsamo de fierabrás con “más de ochenta paternóster y otras tantas avemarías, salves y credos, acompañando a cada palabra con una cruz”. La Inquisición la entendió como una burla al rosario y la censuró. Y es que la piedad cervantina era la de la religiosidad interior del primer Loyola, que fue la de los Éboli, del padre Nadal y de doña Juana de Austria.

En cambio, la piedad tridentina es una de las características del Quijote de Avellaneda, que parece pensado para tridentizar a nuestros dos personajes, lo que concuerda con que el autor oculto fuera el confesor del rey.

En realidad, Cervantes combatió con armas renacentistas contra la llegada del barroco, aunque él mismo quedó atrapado por las redes del tiempo nuevo, creando la novela moderna: como Shakespeare y Lope, él también le dio al vulgo lo que quería entregándole el primer Quijote.

Bien es verdad que Miguel lo hizo espoleado por la urgencia económica de escribir que le trasmitía Robles, su editor, netamente moderna, aunque movido por reflejos e instintos que solo se explican por el inmenso misterio de la creación literaria, que nada ni nadie ha sabido explicar: los antiguos los imputaban a las musas, y Cervantes también.

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De la Mancha a la UNESCO pasando por Madrid

La Oficina de Turismo de Castilla-La Mancha en Madrid acogerá la presentación del proyecto de declaración del legado de don Quijote y Sancho Panza como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad

Alcázar de San Juan, 18 de enero de 2026. La Oficina de Promoción Turística de Castilla-La Mancha en Madrid será el escenario, el jueves 29 de enero a las 11:30 horas, de la presentación del ambicioso proyecto impulsado por la Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan para que la UNESCO reconozca el legado de don Quijote y Sancho Panza como Bien Cultural Inmaterial de la Humanidad.

Un legado universal con respaldo internacional

Los personajes cervantinos, presentes en el imaginario colectivo de prácticamente todas las culturas del mundo, representan las dos actitudes básicas del ser humano: el idealismo y compromiso de don Quijote frente al realismo y fidelidad de Sancho Panza. Desde su publicación en 1605 y 1615, la obra ha sido traducida a 140 lenguas y ha influido en autores, artistas, filósofos y pedagogos de todos los continentes.

La iniciativa cuenta ya con el respaldo de más de 850 personas de 25 países, incluyendo a más de cuarenta cervantistas de reconocido prestigio internacional como Abraham Madroñal, Alicia Villar Lecumberri, José Manuel Lucía Megías, Alfredo Alvar, James Iffland, Ruth Fine, Carlos Mata, Aurelio Vargas Díaz-Toledo, Santiago López Navia, Francisco Henrique Dacal, Jesús Duce, Jordi Aladro, Manuela Sáez González, Jorge García López, Pilar Serrano de Menchén, José Cabello, Santiago García Clairac, Hassan Aslafy, Eduardo Alberto Reynoso, Eduardo Aguirre y Hans Christian Hagedorn, además de instituciones culturales de todo el mundo.

Más de 250 monumentos en el mundo

Como parte del dossier que se está elaborando, la Sociedad Cervantina ha catalogado más de 250 esculturas de don Quijote y Sancho Panza repartidas por España y países como Japón, Estados Unidos, Italia, Francia, Rusia, Grecia, Turquía, Guinea Ecuatorial, México, Argentina, Perú, Bolivia y República Dominicana, entre otros.

El camino hacia la UNESCO

El primer paso de este «sueño quijotesco» será solicitar a la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha la declaración de Bien de Interés Cultural (BIC) del legado de los personajes cervantinos, conforme a la Ley 4/2013 de Patrimonio Cultural. Este reconocimiento regional constituirá el punto de partida para el posterior proceso de candidatura ante la UNESCO, que desde 2003 protege el patrimonio cultural inmaterial en la categoría de «tradiciones y expresiones orales».


Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan



Actividad gratuita – Aforo limitado Inscripción: infoopclm@jccm.es
Más información: Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan cervantinaalcazar@gmail.com https://cervantesalcazar.com/adhesiones/

Crónica desde el Madrid del Quijote: 16 de enero de 1605

Cuando don Quijote salió a conquistar las calles más sucias de Europa

Amanece en Madrid y ya huele mal. No es el olor del pan recién horneado ni el del romero que venden las mujeres en la plaza. Es el hedor dulzón y penetrante de una ciudad que vive amontonada sobre sus propias miserias.

Camino por la calle de Atocha sorteando charcos sospechosos —mejor no preguntar qué los ha formado— cuando escucho el grito que marca el ritmo de esta villa: «¡Agua va!». Me aplasto contra la pared justo a tiempo. Desde un segundo piso, una criada acaba de vaciar un orinal. Bienvenido al Madrid de 1605.

Hoy, 16 de enero, sale a la venta en las librerías de la Corte un libro que promete ser distinto. Se titula El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, y su autor es un tal Miguel de Cervantes, soldado viejo, manco de Lepanto, con más experiencia en cárceles que en salones. No es Lope de Vega, desde luego. Lope sí que es alguien: sus comedias llenan los corrales, las damas suspiran por él y su bolsa siempre está repleta. Cervantes, en cambio, vive a unos pasos de aquí, en una casa modesta del barrio, sobreviviendo a base de encargos y esperanzas.

Me dirijo hacia la imprenta de Juan de la Cuesta, en el número 87 de esta misma calle. El ruido me guía antes que la vista: el golpeteo metálico de los tipos de plomo, las voces de los oficiales gritándose instrucciones, el chirriar de la prensa. Dentro, el aire es denso, cargado de tinta y sudor.

Aquí se ha gestado el Quijote, letra a letra, pliego a pliego, en una carrera contra el tiempo y el presupuesto. Las prisas se notan: me cuentan que el libro tiene más erratas que una conversación en un mentidero. En una página, a Sancho le roban su rucio; páginas después, cabalga sobre él como si nada hubiera pasado. Cervantes no tuvo dinero —o quizá paciencia— para supervisar las correcciones. ¿Pero qué importan los detalles cuando la historia promete tanto?

Salgo de la imprenta con un ejemplar bajo el brazo. Me ha costado doscientos noventa maravedíes y medio. Sin encuadernar, claro. Si quisiera tapas decentes, tendría que añadir más monedas que no llevo. Hago cuentas mentales: esto equivale al jornal de casi una semana de trabajo para un albañil, o a veinte kilos de carne en el mercado. No es prohibitivo, pero tampoco cualquiera puede permitírselo.

Por eso, esta noche, en la posada de la calle del León, alguien leerá el libro en voz alta para los que no saben descifrar las letras o no pueden pagarlo. Así funciona la cultura en estos tiempos: compartida, ruidosa, colectiva.

Las calles del barrio son un hervidero. En apenas unas manzanas viven los mayores ingenios de España, aunque no todos se saludan. Lope de Vega, la verdadera estrella de esta época, pasa por aquí a menudo, rodeado de admiradores. Más allá, Quevedo y Góngora se cruzan y se ignoran, o peor aún, se dedican sonetos envenenados. Sus peleas literarias son el entretenimiento gratuito de Madrid: poesía como arma blanca, insultos con métrica perfecta.

Me detengo en uno de los famosos mentideros, esos corrillos donde la gente se reúne a murmurar sobre política, teatro y escándalos. Hoy se habla del nuevo libro de Cervantes. «Un caballero loco que cree ser héroe de libros de caballerías», dice alguien con desdén. «Pura sátira», añade otro. Un veterano de Flandes, con la barba gris y la mirada cansada, interviene: «Pues a mí me parece que ese hidalgo somos todos nosotros, fingiendo grandeza mientras nos caemos a pedazos».

Tiene razón, pienso. Este Madrid está lleno de nobles arruinados que visten de terciopelo raído, de soldados que vuelven de las guerras sin un ardite, pero con el orgullo intacto, de pícaros que sobreviven con ingenio y apariencias. El Quijote no es solo la historia de un loco: es el espejo de una España que vive entre la gloria del pasado y la miseria del presente.

Cae la tarde y las calles se oscurecen. No hay alumbrado público, solo alguna antorcha temblorosa en las esquinas. Madrid se vuelve peligroso cuando el sol se esconde: rateros, bravucones, amantes furtivos. Me apresuro hacia la posada, abrazando el libro contra el pecho.

Esta noche, cuando el posadero lea en voz alta las primeras aventuras de don Quijote y Sancho, entenderemos que Cervantes no solo ha escrito una novela.

Ha capturado el alma de este lugar imposible, esta ciudad de contrastes donde conviven la genialidad y la inmundicia, la risa y la desesperación.

Mañana, el Quijote empezará su propio viaje, más largo y extraño que cualquiera de los de su protagonista. Pero esta noche, en el Madrid de 1605, el libro es solo un montón de pliegos frescos de imprenta, una apuesta arriesgada de un escritor que ha conocido la derrota demasiadas veces.

Ojalá, pienso mientras me pierdo entre las sombras de la calle, ojalá esta vez la fortuna le sonría.

Al fin y al cabo, -aunque pensemos que sean gigantes en lugar de molinos de viento-, todos necesitamos creer en nuestros sueños de vez en cuando.

Constantino López Sánchez-Tinajero

Sociedad Cervantina de Alcázar

Un libro olvidado conquista el corazón del jurado de la Sociedad Cervantina de Alcázar

De izquierda a derecha: Luis Miguel Román (vicepresidente), Manuel Rubio (secretario del jurado), el rey Monago (en el escenario), Juan Bautista Mata (presidente) y Manuel Castellanos, miembro de la Sociedad Cervantina y doblador

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Araceli Fernández Suárez de Málaga, gana con el trabajo: «Carta del libro que aún no existe» el 5º Concurso de Cartas a los Reyes Magos convocado por Café Monago y patrocinado por las empresas Comino Gasóleos y MacmaOil

Alcázar de San Juan, 11 de enero de 2026.- La Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan ha hecho público el fallo de la quinta edición de su ya emblemático concurso de cartas, celebrado en el tradicional Café Monago.

Un año más, los textos -en lengua española- han trascendido las fronteras nacionales y se han recibido desde diferentes partes del mundo. El jurado ha valorado muy especialmente la originalidad y la sensibilidad de las cartas, que con su calidad consolidan este certamen como un referente de la imaginación literaria.

La edición de este año ha destacado por un buen nivel medio y una extraordinaria imaginación en las propuestas presentadas. El acto ha sido presentado por Luis Miguel Román Alhambra, vicepresidente de la Sociedad Cervantina de Alcázar, ha intervenido también Manuel Rubio Morano de la Junta Directiva y secretario del jurado que ha dado lectura al acta del fallo, y finalmente, Juan Bautista Mata Peñuela ha dado a conocer los nombres de los galardonados, que han sido:

1º Puesto: Araceli Fernández Suárez (Málaga), con “Carta del libro que aún no existe”, Premio de 100 euros y Diploma.

2º Puesto: Alfonso de Terán Rivas (Alcázar de San Juan), con “Tiempo”, Premio de 50 euros y Diploma.

3er Puesto: Carlos Javier Martínez Santiago, (Alcázar de San Juan), por “Sueños y aventuras de la Mancha infinita…”, Premio de 50 euros y Diploma.

4º Puesto: Laura Pérez Martínez (Cangas de Morrazo, Pontevedra), por “Epístola de don Quijote a sus majestades los Reyes Magos”. Diploma.

5º Puesto: Mela Ortiz Arbones-Dávila, (Madrid), por “Desde el cielo”. Diploma.

El trabajo ganador titulado “Carta del libro que aún no existe” de Araceli Fernández Suárez, de Málaga, se ha alzado con el primer premio gracias a una propuesta profundamente lírica y emocional, que hacen de esta carta una pieza excepcional, destacando por su originalidad en la perspectiva.

En el relato, la autora cede la voz a un objeto inanimado -un archivo digital olvidado en un ordenador viejo-, dotándolo de una consciencia humana conmovedora.

Es el «libro sin editar» quien toma la pluma para expresar su anhelo de existir. El texto explora el miedo al fracaso y la duda del creador desde el punto de vista de la obra. No pide fama, sino ser útil y servir de compañía para un lector que lo necesite.

La narrativa brilla al describir los deseos físicos del libro: el sonido de los dedos al pasar las páginas, el tacto del papel o la luz de una lámpara de madrugada. El jurado ha valorado especialmente el mensaje de esperanza y valentía que la carta envía al autor original, instándolo a rescatar sus sueños de la oscuridad digital.

Todos los participantes en el concurso, así como aquellas personas que siendo amigos o seguidores de esta Sociedad Cervantina de Alcázar, lo han deseado, han tenido la oportunidad de seguir desde las 18:30 horas, la transmisión en directo a través del canal de Facebook, tanto de la lectura oficial del acta del fallo del jurado, como la relación de los cinco primeros puestos y la lectura de la carta ganadora en la voz de Manuel Castellanos Tejero, locutor especializado en doblaje y miembro de esta asociación cultural, que ha puesto voz al “libro que aún no existe”.

Enlaces para ver el acto completo:

Facebook:           https://www.facebook.com/share/v/1ACk27T7mm/

YouTube:            https://youtu.be/ZWvOe819agY

 

Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan