El lío de la ermita y la venta

Anuncia  el epígrafe de dQ2-24 «mil zarandajas tan impertinentes como necesarias al verdadero entendimiento desta grande historia». Entre esas «zarandajas impertinentes» se deslizó el lío que trataré de desentrañar a continuación. Antes de eso, avanzo que el descalabro lo origina Cervantes, como en otros casos, por alterar la redacción original, y que la mayor consecuencia es escamotearnos la historia de su vida que aquel ermitaño «que dicen ha sido soldado y está en opinión de ser un buen cristiano… discreto y caritativo» habría de contar a don Quijote, Sancho y el Primo. En lugar de ello, la prevista visita al ermitaño se reduce a la frustración de Sancho cuando la sotaermitaño no les ofrece «de lo caro», sino «agua barata».

No lejos de aquí —respondió el Primo— está una ermita donde hace su habitación un ermitaño que dicen ha sido soldado y está en opinión de ser un buen cristiano y muy discreto, y caritativo a demás. Junto con la ermita tiene una pequeña casa, que él ha labrado a su costa; pero, con todo, aunque chica, es capaz de recibir huéspedes.

Todo apunta, pues, a que los viajeros subirán en sus monturas y se dirigirán a la ermita (el Primo no ha mencionado venta alguna); pero…

Estando en esto, vieron que hacia donde ellos estaban venía un hombre a pie, caminando apriesa y dando varazos a un macho… cargado de lanzas y de alabardas.

¡Ahí está el toque! Preguntado por don Quijote, el hombre responde:

Las armas que veis que aquí llevo han de servir mañana, y así, me es forzoso el no detenerme… Pero si quisiéredes saber para qué las llevo, en la venta que está más arriba de la ermita pienso alojar esta noche; …allí me hallaréis, donde os contaré maravillas…

Y de tal manera aguijó el macho, que no tuvo lugar don Quijote de preguntarle qué maravillas eran las que pensaba decirles, y como… siempre le fatigaban deseos de saber cosas nuevas, ordenó que al momento se partiesen y fuesen a pasar la noche en la venta, sin tocar en la ermita, donde quisiera el Primo que se quedaran. Hízose así, subieron a caballo y siguieron… el derecho camino de la venta, a la cual llegaron un poco antes de anochecer. Dijo el Primo a don Quijote que llegasen a ella a beber un trago. Apenas oyó esto Sancho Panza, cuando encaminó el rucio a la ermita, y lo mismo hicieron don Quijote y el Primo; pero la mala suerte de Sancho parece que ordenó que el ermitaño no estuviese en casa, que así se lo dijo una sotaermitaño que en la ermita hallaron. Pidiéronle de lo caro; respondió que su señor no lo tenía, pero que si querían agua barata, que se la daría de muy buena gana.

—Si yo la tuviera de agua —respondió Sancho—, pozos hay en el camino donde la hubiera satisfecho. ¡Ah bodas de Camacho y abundancia de la casa de don Diego, y cuántas veces os tengo de echar menos!

Con esto dejaron la ermita y picaron hacia la venta, y a poco trecho toparon un mancebito que delante dellos iba caminando no con mucha priesa, y así, le alcanzaron… Y en esto llegaron a la venta, a tiempo que anochecía.

Finalizadas las explicaciones de lo vivido en de la cueva de Montesinos, y después que Cervantes alardee ante el Primo (por boca de don Quijote) de la protección que recibe del Conde de Lemos, dice lo siguiente: «…pero quédese esto aquí para otro tiempo más cómodo, y vamos a buscar a donde recogernos esta noche».

Salta a la vista que Cervantes nos ha endosado dos incisos. En el primero nos antecede la futura aventura del rebuzno (proseguida en dQ2-25 y 27), y en el segundo nos presenta a un mozalbete cantarín que va a la guerra con lo puesto.

Este último inciso no causa más daño que hacer llegar a la venta «a tiempo que anochecía» a quienes ya habían llegado «poco antes de anochecer»: lo que más perjudica el hilo del relato es la sumarísima ausencia del ermitaño y la eliminación de la historia que habría de contar a los viajeros.

Para mí es claro que los incisos son parches para alargar un capítulo que, por haber suprimido la historia del ermitaño, había quedado muy corto y vacío de contenido. Sospecho que esa historia sería una novelita que Cervantes había sacado de los cajones de su bufete; pero quizá se acordó (ahí sí) de las críticas recibidas por haber «usado en la primera parte del artificio de algunas novelas… que están como separadas de la historia, puesto que las demás que allí se cuentan son casos sucedidos al mismo don Quijote, que no podían dejar de escribirse», y

que muchos lectores, «llevados de la atención que piden las hazañas de don Quijote, no la darían a las novelas, y pasarían por ellas o con priesa o con enfado, sin advertir la gala y artificio que en sí contienen».

Sea por lo que fuere, el lector habría agradecido que Cervantes, tras alterar lo ya escrito, hubiese cuidado de revisar que todo encajase perfectamente. En este caso y en tantos otros. Por suerte, solía dejar el hilo que permite llegar al ovillo.

Enrique Suárez Figaredo

Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan

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