Pregón de las Fiestas en Honor a San Lorenzo

Alameda de Cervera, 9 de agosto de 2022

El pregonero, José Manuel Zarco Tejada

Distinguidas autoridades: señora alcaldesa de Alcázar de San Juan, doña Rosa Melchor; señor alcalde pedáneo de Alameda de Cervera, don José Ángel Jiménez; señor alcalde de Cinco Casas, don Miguel Ángel Rosado; señor alcalde de Daimiel, don Leopoldo Sierra; señoras y señores
concejales de nuestro Ayuntamiento de Alcázar de San Juan; presidente, junta directiva y miembros de la Hermandad de San Lorenzo; presidente, junta directiva y miembros de la Asociación de Vecinos de Alameda de Cervera; alamedeñas, alamedeños y visitantes que nos acompañáis en estas fiestas. Muy buenas noches a todos.

No quisiera comenzar el presente pregón sin expresar la satisfacción que siento, como miembro de la Hermandad de San Lorenzo, por haber sido designado pregonero de las fiestas de este año en honor de nuestro excelso patrón. Satisfacción y orgullo que se mezclan con una cierta
preocupación por saber si seré capaz de transmitirles mi mensaje en este entrañable acto, de indudable responsabilidad para mí.

Haciendo un poco de memoria, cuando José Ángel me llamó un día por teléfono y me comunicó su interés en que yo fuese el pregonero, hizo que echase la mirada atrás y escudriñara en mis recuerdos. Por unos momentos me vi de nuevo en el año 1997, recién llegado a La Mancha,
con mi mujer y un niño de poco más de un año y medio. Y cómo dos años después, en mayo de 1999, comenzábamos a mirar en las inmediaciones de Alcázar de San Juan para cumplir nuestro sueño de tener un terrenito en el que descansar los fines de semana. La casualidad hizo que el día que vinimos por primera vez a Alameda de Cervera nos encontráramos aparcada en una calle la furgoneta de Antonio Izquierdo, que durante esos días nos arreglaba el parqué del piso alquilado en Alcázar. «¿Que estáis buscando un terreno para comprar?», —nos preguntó con cierta sorpresa al conocer el motivo de nuestro viaje. «¡Pues ya habéis encontrado el sitio,
no tenéis necesidad de ir a ninguno más!», —nos recalcó categóricamente.

Y concluyó: «El ambiente familiar y acogedor de los vecinos de La Alameda os va a encantar, ya lo veréis».

Solo unos días después de aquello hacíamos un nuevo viaje junto a nuestro ya amigo, que se ocupó de enseñarnos, una a una, todas las calles de la pedanía y los solares que había en venta, que no eran muchos. Como anécdota, cuando llegamos a la Cooperativa San Lorenzo, un dato,
aparentemente superfluo, no pasó desapercibido para nosotros: justo debajo del nombre, en letras de gran tamaño, aparecía escrito textualmente «Fundada en 1954». «¡No puede ser tanta casualidad!», —le dijimos a nuestro amigo, que nos miraba un tanto sorprendido. Y le
aclaramos: «Ese es el año de fundación de mi querido y sufrido Córdoba Club de Fútbol, ¡esto es una premonición!».

Pasaron las semanas y los meses y poco a poco fuimos conociendo los productos más característicos de La Alameda, como el pan moreno y las riquísimas tortas de pico de la Panadería; las exquisitas sandías, melones «piel de sapo» y pimientos, de venta en la Cooperativa, además del conocido vino «Gran Prior Alameda», blanco y tinto; alguna caldereta de cordero a la que fui invitado en el Casino; y el sabroso arroz con liebre que probé por primera vez en esas fechas preparado por Pedro Izquierdo, padre de Toni, que ya no está entre nosotros.

Y llegó la hora de la verdad. Desde un primer momento nos quedamos prendados de la franja de terreno que había bajo la Gasolinera y, concretamente, de la parcela más alejada de la misma, situada en las inmediaciones de una encina majestuosa y centenaria, que comprábamos
por fin en noviembre de ese año 99. ¡Qué alegría, ya éramos alamedeños!

El siguiente paso no tardó en llegar, y nuestro amigo Antonio nos ponía en contacto con Pepe Escribano, «el albañil de toda la vida de La Alameda» en palabras de aquel, para proceder al vallado del terreno. No lo sabíamos entonces, y es que iniciábamos así la amistad con nuestros queridos amigos Pepe y Mari. Me quedaría corto si me dedicara a enumerar todas las experiencias vividas junto a ellos desde entonces. De Pepe, que junto a su hijo nos construyó con tanto cariño la casa, aprendimos una temida frase cuyo significado, un tanto extraño para nosotros la primera vez que lo oímos, no tardamos en comprender: «¡José Manuel, que me quedo sin corte!». Esto nos obligaba a mi mujer y a mí a dejarle los niños unas horas
a Mari y salir corriendo al almacén de los materiales de obra en Tomelloso para encargar, con la máxima celeridad posible, esas baldosas o azulejos que tanto se hacían de rogar. Además, me viene a la memoria la excelencia de dos platos típicamente manchegos, las gachas y el arroz con
liebre, que tantas veces he visto preparar con esmero a Pepe y que luego hemos degustado, juntas, las dos familias. Gracias a ellos hemos conocido la vendimia, me he subido al tractor y al remolque cargado de uvas, hemos presenciado cómo se pesa en la Cooperativa y cómo se mide el famoso grado, y cómo comienza a correr el mosto cuando la carga del remolque cae finalmente en el foso…

Asimismo me gustaría hablarles de mi amistad con Inocencio Rubio, cuya prodigiosa memoria nos ha sacado en no pocas ocasiones de la duda que teníamos y nos ha arrojado luz sobre una afición que jamás pensé que llegaría algún día a tener: la etnografía. Y es que con el paso de los años hemos ido sabiendo las diferencias que hay entre el arado de una mula y el de dos; el de reja y el de vertedera; qué son y para qué se usaban la media fanega, la cuartilla, el celemín y el costal; la zoqueta de siega; la redina y las alforjas; la romana; el azumbre, el cuartillo, la media arroba y la arroba, todos ellos forrados de esparto; la trilla y los pedernales; ¡ah, se me olvidaban el zaque, la noria y el carro! De todos ellos, y de muchos más, nos ha dado el bueno de Inocencio exhaustivas y pormenorizadas explicaciones, que constituyen un verdadero tesoro de una época ya pasada, ampliamente superada por la tecnificación agrícola de hoy, cuya memoria para las generaciones venideras hemos de conservar.

Continuando con esta afición recuerdo igualmente a mi amigo Esteban Izquierdo, que tampoco está ya entre nosotros. Una mañana me enseñó con infinita paciencia cómo lañar un antiguo cangilón de barro, roto tras caérsenos al suelo al mover una tinaja, para que se quedara «exactamente igual que si la operación de lañado se hubiese hecho hace cincuenta años»,
en palabras del propio Esteban. Y también he de referirme a otro buen amigo, Paco Arias «el herrero», que cuando tenía el carro en la fragua para tratar de solucionarle un problema del eje de las ruedas, y me vio llegar, me dijo muy solemne una frase, categórica, que no se me ha olvidado desde entonces: «Ya tiene usted su carro. Puede llevárselo a su casa cuando quiera, porque ya le he arreglado lo del eje. Pero debe saber que este carro no está completo porque le falta una cosa: el farol». Estas palabras nos dejaron confusos y un tanto desalentados, porque ni
sabíamos que los carros tuvieran faroles, ni cómo eran estos. Hicimos una rápida búsqueda en internet, encontramos cuatro o cinco faroles de carro en venta, nos terminamos comprando el que Paco nos identificó como idéntico a los que él recordaba de su infancia en La Alameda, y unos días después nos lo dejaba felizmente instalado en el carro. ¡Ya está completo, Paco!

Poco a poco vamos avanzando y me gustaría ahora resaltar el inmejorable ambiente que vivimos los vecinos de Alameda de Cervera, y que queda reflejado en numerosos eventos a lo largo del año. Comienzo con los actos solidarios del mes de febrero organizados por Manos Unidas, que tienen su colofón con la esperada cena. El ambiente familiar que se vive ese día lo impregna todo de generosidad y hace que los jamones asados en la Panadería, buenísimos, no tengan rival en la comarca. ¡Y para terminar jugamos al entrañable bingo solidario hasta bien entrada la madrugada!

Continúo con el recogimiento y devoción de las procesiones del Corpus y de San Lorenzo, que hoy festejamos. Tampoco puedo olvidarme de las famosas vaquillas, que algún año han dado más de un susto a los más atrevidos, y de la posterior comida de hermandad en el Parque Ramón Fernández Urrutia. Y para concluir con las fiestas, el esperado Certamen de Pintura al Aire Libre, que tanta expectación despierta, y la concurrida subasta de San Lorenzo, recién acontecida, que con tanto acierto dirige nuestro amigo Boni. ¡Qué barbaridad, qué precio llegan a alcanzar las estrellas de la noche, los riquísimos hornazos de la Panadería! Por supuesto que no puedo olvidarme, en esta época veraniega, de la piscina y barbacoa, en las que tantos y buenos ratos hemos echado. En su cuidado césped recuerdo que dio sus primeros pasos mi hijo pequeño. Y, ya metidos en Navidad y Año Nuevo, me viene a la memoria el ambiente de
desmesurada ilusión, reflejada en la cara de todos los niños, cuando en la tarde del día 5 de enero reciben a sus majestades los Reyes Magos de Oriente en el Salón Grande. El Rey Baltasar del año 2005, hoy pregonero, da fe de ello.

¿Y qué decir de nuestros amigos de la Gasolinera? No solo nos llenan el depósito del coche cada vez que lo necesitamos, sino que además se han convertido en recepcionistas de cartas, envíos y paquetes de todo tipo, motivo por el que les estamos muy agradecidos. «¿Dónde puedo dejarle el paquete?». Cuántas veces hemos tenido a esta pregunta que responder la consabida frase «Por favor, déjelo en la Gasolinera, que abre todo el día, y allí lo recogeré yo». Y antes de pasar al siguiente apartado, y para finalizar este, quisiera darle la enhorabuena a nuestros amigos de la Cooperativa San Lorenzo por los recientes premios «Gran Selección Campo y Alma 2022» obtenidos por dos de nuestros vinos, que ponen el colofón al reciente triunfo cosechado en los décimos premios «Airén por el Mundo». Y es que todos los vecinos hacemos nuestros estos reconocimientos, que consideramos como propios.

Me gustaría a continuación dar una pincelada histórica, pues no en vano Alameda de Cervera, o Cervera a secas entonces, albergó varios molinos de pólvora durante los siglos XVII y XVIII, pertenecientes a la Real Hacienda. En la fabricación de este compuesto era necesario el salitre, que se extraía en Alcázar de San Juan. A finales del siglo XVIII la fábrica de pólvora fue trasladada a Ruidera. Y también tuvimos batanes, esos ruidosos artilugios que tanto asustaron a don Quijote en el capítulo XX de la primera parte de la inmortal obra de Cervantes. ¿Pudo don Miguel haber tenido conocimiento de primera mano de su existencia? ¿Por qué no?

Además, los vecinos de La Alameda estamos muy orgullosos de tener un patrimonio histórico de excepcional importancia, como son los vestigios del Canal del Gran Priorato de San Juan, obra del célebre arquitecto Juan de Villanueva. El más conocido de todos, hasta haberse convertido en el símbolo de la pedanía, es el famoso puente situado en las inmediaciones de la iglesia de San Lorenzo, que fue construido entre los años 1797 y 1979.

En dirección a los antiguos molinos de pólvora, aguas abajo de los mismos, hay un segundo puente, compuesto de dos arcos de medio punto. De las mismas fechas que el anterior, es el llamado puente del Vado Lancero, y sobre él se han realizado recientemente unas más que
necesarias obras de excavación y consolidación. Como soñar es gratis, y tenemos en nuestra presencia a la alcaldesa de Alcázar de San Juan, a la vez que le damos públicamente las gracias por esta actuación, no nos resistimos a hacerle una petición. Resulta que había un tercer puente, de la misma época de la Ilustración que los dos anteriores —finales del siglo XVIII—, llamado puente del Rey, que en los últimos años del siglo XX se desmontó parcialmente y cuyos sillares fueron depositados en las inmediaciones de la barbacoa. He de confesarles que llevo más de veinte años mirando con pesar estas piedras. Con la tecnología que hay hoy, ¿no sería posible volver a construir ese puente, en su lugar original, sobre el antiguo cauce del río Guadiana? A fin de cuentas, las piedras han estado 200 años juntas y solo llevan 25 o 30 separadas, y pienso que se merecen estar para la posteridad como las proyectó Juan de Villanueva.

Nos acercamos al final y todavía no hemos dicho nada de San Lorenzo, nuestro querido patrón. Todos sabemos que la primitiva imagen del santo fue un regalo de la comunidad de monjas mercedarias de Villacentenos, que durante la Guerra de la Independencia fueron acogidas como hijas por los vecinos de la colonia de Alameda de Cervera. Pero gracias a la documentada tesela de Francisco José Atienza y María del Pilar Sánchez Mateos, que hemos estudiado a fondo estos días, hemos descubierto que la devoción viene de atrás, pues ya en el siglo XVIII aparece nombrada la ermita de San Lorenzo en el término de Cervera.


A San Lorenzo hemos levantado nuestra mirada más de una vez cuando nos hemos tenido que enfrentar a una situación de gravedad en la familia o a una operación de especial dificultad, en la que está en juego la visión de nuestro paciente. Y a él le pedimos hoy su protección y que bendiga estas fiestas que en su honor se celebran para que reinen en ellas la alegría, el descanso y el buen ambiente entre todos los vecinos y las personas de otros lugares que nos visitan. Quiero también darles las gracias por la acogida que desde un primer momento tuvimos, que nos han hecho, a mi familia y a mí, sentirnos como uno más durante estos veinticuatro años. Deseo de todo corazón que el pregón de este cordobés de nacimiento, alcazareño de adopción y alamedeño de sentimiento haya sido del agrado de todos ustedes y, para terminar, permítanme concluir con unos sentidos

¡¡¡VIVA SAN LORENZO y VIVA ALAMEDA DE CERVERA!!!
Muchas gracias.

José Manuel Zarco Tejada

Sociedad Cervantina de Alcázar

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