Decisión final

Primer Premio del Certamen de Relatos Breves «El legado de Sancho Panza», con premio de 300 euros y Diploma. Autora: Pilar Rodríguez de los Santos Serrano de Alcázar de San Juan y residente en Campo de Criptana (Ciudad Real)

Certamen organizado por la Sociedad Cervantina y por el Patronato de Cultura de Alcázar de San Juan


El fuego estaba encendido. La luz que desprendían los troncos, convertidos ya en brasas, iluminaban un rostro triste a fuerza de las dudas. Sancho estaba sentado en el catre junto a la chimenea, con la mirada perdida, absorto en sus pensamientos. Desde hacía un tiempo una sola idea rondaba por su cabeza y había decidido seguir adelante con ella. Se levantó, encendió la vela que Teresa dejara apagada sobre la mesa cuando se fue a dormir y sacó, de un viejo armario que hacía las veces de despensa, una caja de madera donde guardaba los enseres que le regalara don Alonso en aquellos lejanos días en los que aprendió a leer y escribir.

Tomó aliento, la pluma, unas amarillentas hojas de papel y la determinación más difícil de su vida.

Con mano temblorosa, pero con valor, comenzó la epístola:

Teresa… mi Teresa. Mi bastón de apoyo en estos últimos tiempos. Recio cordel que me amarró a este lugar a pesar de todo.

No puedo más con la nostalgia que me invade y que no me deja respirar. Por ti, por la familia, he intentado acostumbrarme a esta vida que fue la mía antaño, pero que ya no lo es. No me siento con fuerzas para tirar de este carro que ya no es el mío, es el tuyo y el de los chicos, y así lo siento a pesar de parecer egoísta.

He tomado una decisión y será tan dura para ti que no tengo el valor de decirlo mirándote a los ojos. Si lo hiciese no sería capaz de tomar el zurrón, montar sobre Rucio y salir por esa puerta que cierra el horizonte de mis ganas. Mis ganas de seguir recorriendo caminos, levantando de las veredas el polvo con el que me acostumbré a vivir y que necesito para respirar. Urge que mi vista se pierda en la llanura, intentando atisbar un lugar a donde llegar y descansar lo justo, sin perder más tiempo que el necesario para retomar fuerzas y seguir… seguir… seguir adelante a pesar de la soledad. Una soledad que no me apena, que no me desespera. Una soledad que necesito de manera vital y apremiante. Me acostumbré a vivir así y ya no sé hacerlo de otro modo.

Ansío ver las puestas de sol sobre la llanura, cambiando de colores los poderosos olivares, los dorados cereales o los verdes viñedos, tiñéndolos ora rosados, ora violetas, otras dorados y azules, o los más espantosos, esos negros y atronadores como rugidos voraces, que a su paso van devastando cultivos, degollando mieses, arruinando cosechas, y con ellas el duro trabajo de labradores sacrificados de sol a sol.

Tratar con andariegos como yo, ávidos de alguna aventura con la que contentar sus días de hastío.

No eres tú la que provocas mis carencias, ya te digo que si te hablo a la cara abandonaría mi deseo por no hacerte daño, es por mi irresistible ansia de libertades. Soy un cobarde, lo sé, mas tú eres una mujer luchadora acostumbrada a mis ausencias, podrás salir adelante como siempre lo has hecho. Los hijos ya son mayores y sabrás delegar las más duras faenas en ellos. Tiraréis de ese carro sin esta inepta criatura entorpeciendo el paso. Apesadumbrado veo que yo ya no sirvo para criar cerdos ni labrar la tierra, desde aquel buen día en que un señor de nobles miras solicitó mi presencia a su lado, aún no sé bien si como ayudante o como simple compañero, en ese recorrer de caminos sembrados de aventuras que le hicieron más sabio y más libre…Y a mí con él.

Por eso me voy, para no morir de melancolía, para que nunca pueda culparte de mi muerte en vida.

Dejo esta miserable carta sobre la mesa, junto a la vela devorada de vida por ayudarme a escribir esta fiel confesión que te declara mi más puro sentir. Pienso en ti cuando la leas, en cuál será tu reacción. Probablemente te invadirá la furia por mi abandono, más tarde la rabia por mi cobardía, pero sé que a la postre agradecerás mi partida al no tener que soportar la presencia apática y melancólica en la que me he convertido. Me gustaría decir que lo hago por vosotros, por evitaros mi mal humor, mi genio insoportable de los últimos tiempos, mi desgana… Pero a fuerza de ser honrado conmigo mismo te diré que no es así. Lo hago por mí, por mi necesidad de vivir en libertad el tiempo que me quede, aunque en algún momento lo pueda lamentar.

No me odies, mujer, no albergues en ti sentimientos que puedan hacer tu vida más amarga, por el contrario alégrate también por tu libertad, la poca que te dejo si lo pienso fríamente, pero libertad al fin y al cabo. Haz lo que sea menester con la hacienda, en ti confío y en la sabiduría que te han dado esas canas que nadie más que yo he ido poniendo sobre tus cabellos a causa de mis carencias.


Sé feliz con nuestros hijos, acompáñales en su camino, edúcales en honradez con tu ejemplo, y, si es posible alguna vez, háblales de su padre y de cómo aprendió, junto al mejor de los hombres, a vivir por la libertad, a luchar por nobles ideales, a defender la virtud aun pisando a veces el infierno de los infortunios. Cuéntales lo importante que es ser fiel a uno mismo y a sus ideas, para que nunca se dejen arrastrar por vacías vanaglorias y mantengan los pies siempre firmes sobre sus tierras.

Las primeras luces del alba están comenzando a asomar por el horizonte, he de despedirme ya, Teresa mía, Dios me ayude a no flaquear en esta decisión y permita que nunca olvide mis raíces ni a mi familia.

Siempre tuyo, a pesar de todo.

Sancho

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