El sastre del cantillo, en el principio del Quijote

Cervantes en el Quijote incorpora multitud de refranes, proverbios y sentencias de uso cotidiano de su época. Muchos han llegado hasta nuestros días como: El sastre del cantillo, que cosía de balde y ponía el hilo. El significado de este refrán lo encontramos en el refranero del Centro Virtual Cervantes: «Alude a quien presta servicio sin obtener beneficios e incluso con alguna pérdida…». En tiempo de la escritura del Quijote, Sebastián de Cobarruvias en su Tesoro de la Lengua Castellana (1611) indica en la palabra sastre que es «el oficial de cortar ropas y vestidos», y apunta entre los proverbios de uso con esta palabra: «El sastre del campillo, o del cantillo, que ponía de su casa el hilo».

Mientras se quemaba las cejas a la luz de una vela escribiendo el Quijote, a Cervantes este refrán le rondó la cabeza. Quizás, por este viejo proverbio del sastre del cantillo se alumbró esta fábula inmortal tal y como la conocemos, «…y si no, al freír de los huevos lo verás», como diría Sancho Panza llegando a este punto.

A principios del siglo XVII Lope de Vega vende todo el teatro que sale de su pluma, dejando poco negocio, y menos dinero, para los demás colegas de profesión. Sin nombrarlo, Cervantes asume la excelente pluma y el éxito de Lope, aunque cree que algunas de sus comedias podrían haber sido aún mejores si no hubiese sido por las exigencias de los representantes de los teatros adonde se representaban, con la tinta todavía fresca:

Y que esto sea verdad, véese por muchas e infinitas comedias que ha compuesto un felicísimo ingenio destos reinos con tanta gala, con tanto donaire, con tan elegante verso, con tan buenas razones, con tan graves sentencias, y, finalmente, tan llenas de elocución y alteza de estilo, que tiene lleno el mundo de su fama; y por querer acomodarse al gusto de los representantes no han llegado todas, como han llegado algunas, al punto de la perfección que requieren. (Q1, 48)

Los demás autores del momento tenían que acomodar su estilo a lo que los representantes les pedían, y así, al menos, poder comer caliente unos días. Cervantes, buen conocedor de lo que está pasando, les disculpa:

Y no tienen la culpa desto los poetas que las componen, porque algunos hay dellos que conocen muy bien en lo que yerran y saben estremadamente lo que deben hacer; pero como las comedias se han hecho mercadería vendible, dicen, y dicen verdad, que los representantes no se las comprarían si no fuesen de aquel jaez, y así, el poeta procura acomodarse con lo que el representante que le ha de pagar su obra le pide. (Q1, 48)

Cervantes y su familia tenían que comer, vestir y pagar la renta de su casa, y con los ingresos por el teatro que representaba no llegaba para estas necesidades. Tenía que abandonar su apreciado teatro y escribir una novela del gusto de la mayoría que le granjease dinero y fama. El Quijote subsanó, en parte, sus penurias, aunque si bien no le dio mucho dinero sí le dio la honra y la fama que buscaba. Pero hasta escribir el «Vale» final tuvo que crear una nueva forma de narrar historias, inédita hasta el momento, que ha llegado hasta los autores actuales. Era consciente que escribiendo una simple y manida novela de caballerías no seduciría a los lectores, por lo que ingenia unos discretos artificios, o recursos literarios cómo ahora se denominan, para obtener que su nueva obra se leyese por todo el mundo.

No tuvo que serle nada fácil. Sus dudas iniciales las confiesa por boca del canónigo de Toledo. Su primera intención fue hacer el Quijote con la estructura de un libro de caballerías: 

… he tenido cierta tentación de hacer un libro de caballerías, guardando en él todos los puntos que he significado; y si he de confesar la verdad, tengo escritas más de cien hojas, y para hacer la experiencia de si correspondían a mi estimación las he comunicado con hombres apasionados desta leyenda, dotos y discretos, y con otros ignorantes, que sólo atienden al gusto de oír disparates, y de todos he hallado una agradable aprobación;  pero, con todo esto, no he proseguido adelante, así por parecerme que hago cosa ajena de mi profesión como por ver que es más el número de los simples que de los prudentes, y que, puesto que es mejor ser loado de los pocos sabios que burlado de los muchos necios, no quiero sujetarme al confuso juicio del desvanecido vulgo, a quien por la mayor parte toca leer semejantes libros. (Q1, 48)

No le convence simplemente «hacer un libro de caballerías», sabiendo que aunque bueno solo lo vendería para el «desvanecido vulgo» y poco más. Es ya una persona mayor y en su cabeza tiene mil historias y cuentos, vivencias personales y fábulas oídas junto al fuego de las muchas ventas en las que tuvo que pasar las noches de camino. No quiere escribir «cuentos disparatados que atienden solamente a deleitar…», donde «un mozo de diez y seis años da una cuchillada a un gigante como una torre y le divide en dos mitades, como si fuera de alfeñique…» o el espacio-tiempo es imposible donde «una gran torre llena de caballeros va por la mar adelante, como nave con próspero viento, y hoy anochece en Lombardía y mañana amanezca en tierras del preste Juan de las Indias, o en otras que ni las descubrió Tolomeo ni las vio Marco Polo…».

Abandona lo que tiene escrito, o quizás lo recicle después como hizo con otras novelitas o cuentos que ya tenía escritos, y decide hacer sin probaturas, no tiene tiempo para eso, un libro:

… hecho con apacibilidad de estilo y con ingeniosa invención, que tire lo más que fuere posible a la verdad, sin duda compondrá una tela de varios y hermosos lizos tejida, que, después de acabada, tal perfeción y hermosura muestre, que consiga el fin mejor que se pretende en los escritos, que es enseñar y deleitar juntamente, como ya tengo dicho. (Q1, 47)

Sabe el gusto de los muchos lectores de novelas de caballerías, que como las comedias que se representaban «todas o las más son conocidos disparates y cosas que no llevan pies ni cabeza», pero también reconoce «que las que llevan traza y siguen la fábula como el arte pide no sirven sino para cuatro discretos que las entienden»Por lo que su invento literario tiene que satisfacer a todos, a «discretos e ignorantes», para evitar, según define él, que «al cabo de haberme quemado las cejas por guardar los preceptos referidos, que vendré a ser el sastre del cantillo». Tenía que ingeniar de cabo a rabo, para no ser aquel sastre del cantillo que ponía de su casa el hilo, una novela que fuese leída con agrado por mucha gente de toda condición, tanto por los discretos como por el vulgo, porque solo con la fama no se comía. 

Cervantes cose sus cuentos, invención suya o reciclando los escuchados, con personajes reales, cotidianos, hilvanándolos todos y cada uno con el sutil hilo del espacio conocido y el tiempo real. Cambia las formas de los antiguos libros de caballerías en las que el lector tenía que trasladarse mentalmente al tiempo del protagonista, a los lejanos siglos XII-XIV, creando un novedoso libro de caballerías en el que es el antiguo caballero andante el que se traslada a principios del siglo XVII. Elige para su protagonista la figura de Alonso, un hidalgo manchego normal de su tiempo, el Renacimiento, que se comportará como un antiguo caballero andante del Medievo durante las aventuras en la figura de don Quijote, llevándolo por caminos y parajes reales, haciendo así el Quijote verosímil y creíble para sus lectores. De no haberlo hecho así, su libro de caballerías no habría trascendido hasta nuestros días como el Quijote.

En sus mismas palabras quiso escribir un libro «… hecho con apacibilidad de estilo y con ingeniosa invención, que tire lo más posible a la verdad», ¡y todavía hay quienes afirman, contradiciendo al mismísimo autor, que todo en el Quijote es ficción!

Este artículo lo escribo en Alcázar de San Juan, «cerca de El Toboso», entre Tembleque, Quintanar, Argamasilla de Alba y Puerto Lápice, a una legua de los molinos de viento de Campo de Criptana, y no muy lejos de las Lagunas de Ruidera y la Cueva de Montesinos, lugares y parajes reales de la Mancha de don Quijote.

Doy fe de ello.

                                                              Luis Miguel Román Alhambra

Publicado en Alcázar Lugar de don Quijote

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