Don Quijote molido y quebrantado

Si en la literatura de ficción hay un personaje principal apaleado, apedreado, golpeado y pisoteado este es don Quijote. A veces no sin razón.

En la venta donde burlescamente es armado caballero es la primera vez que don Quijote es agredido. Poco antes había roto con su lanza la cabeza a dos arrieros que tratando dar de beber a sus mulas habían osado a tocar sus armas que tenía apoyadas en la pila del pozo. Los compañeros de los heridos, defendiendo a estos, acometieron a pedradas con don Quijote, pero sin causarle daños de importancia  porque él se defendía de la lluvia de piedras con su escudo. Antes de dar un paso atrás los seguía increpando a todos diciéndoles: «¡Tirad, llegad, venid y ofendedme en cuanto pudiéredes, que vosotros veréis el pago que lleváis de vuestra sandez y demasía!». De esta salió ileso, pero no de la siguiente.

Del cruce de caminos del falso libre albedrío de Rocinante, Cervantes nos determina, de las pocas veces que lo hace, la distancia que separa a don Quijote de la siguiente aventura. Es en el Camino de Toledo a Murcia, camino a su casa. El narrador nos describe cuidadosamente la imagen de la nueva aventura:

“Y habiendo andado como dos millas descubrió don Quijote un grande tropel de gente, que, como después se supo, eran unos mercaderes toledanos que iban a comprar seda a Murcia. Eran seis, y venían con sus quitasoles, con otros cuatro criados a caballo y tres mozos de mulas a pie. Apenas los divisó don Quijote cuando se imaginó ser cosa de nueva aventura, y por imitar en todo cuanto a él le parecía posible los pasos que había leído en sus libros, le pareció venir allí de molde uno que pensaba hacer. Y así, con gentil continente y denuedo se afirmó bien en los estribos, apretó la lanza, llegó la adarga al pecho, y puesto en la mitad del camino estuvo esperando que aquellos caballeros andantes llegasen —que ya él por tales los tenía y juzgaba—, y cuando llegaron a trecho que se pudieron ver y oír levantó don Quijote la voz, y con ademán arrogante dijo:

—Todo el mundo se tenga si todo el mundo no confiesa que no hay en el mundo todo doncella más hermosa que la emperatriz de la Mancha, la simpar Dulcinea del Toboso.” (Q1, 4)

Este paraje del Camino de Toledo a Murcia es mi próximo hito cervantino por descubrir. Estoy en el cruce de las variantes del Camino de Toledo a Murcia y pongo a cero el cuenta kilómetros de mi vehículo, «Y habiendo andado como dos millas» llegaré a este paraje buscado. Una legua de camino, la distancia que se recorría a pie o en una caballería en una hora  ̶ unos seis kilómetros ̶  , contenía cuatro millas, por lo que a unos tres kilómetros desde aquí podré ver la imagen de este paraje cervantino elegido por Cervantes como escenario de la aventura.

El camino es suave y en buen estado. Cruzo la carretera CM-3103, que une los lugares manchegos de Pedro Muñoz y El Toboso. A unos doscientos metros de ella he recorrido desde el cruce de caminos 3,1 Km, «como dos millas». Me encuentro sobre un pequeño repecho del camino, arropado por dos carrascas, y esta es la imagen del camino que observo:

Cervantes era un hombre de teatro eclipsado, como todos los de su época, por el gran Lope de Vega, estando obligado a recorrer caminos como funcionario de la Corona para sustentar a su familia. Por lo que en este altillo, que sin duda alguna pasó por él al paso lento de una mula de alquiler, tenía la imagen del escenario perfecto para la siguiente aventura de su protagonista. Incluso pudo ver desde aquí la misma escena de la extraña comitiva compuesta por «un grande tropel de gente, que, como después se supo, eran unos mercaderes toledanos que iban a comprar seda a Murcia. Eran seis, y venían con sus quitasoles, con otros cuatro criados a caballo y tres mozos de mulas a pie». Con el escenario y los actores secundarios en él ya solo tuvo que poner en escena a don Quijote en este mismo lugar.

En estas deducciones me encuentro cuando un ¡¡buenos días!!, a coro en el silencio de la mañana me sobresalta. Cómo caballeros andantes, vestidos con  llamativos colores sobre máquinas mágicas, pasan junto a mí cuatro ciclistas que aprovechando el leve descenso se alejan de mí rápidamente. Sin duda estoy en el  mismo lugar en el que don Quijote «con gentil continente y denuedo se afirmó bien en los estribos, apretó la lanza, llegó la adarga al pecho, y puesto en la mitad del camino estuvo esperando que aquellos caballeros andantes llegasen» El escenario natural elegido por Cervantes es sencillamente ideal.

Recuerdo aquí al poeta chileno Carlos Sander cuando, recorriendo la Mancha en busca del espíritu de don Quijote, escribió: «Quien recorre la Mancha deberá creer en hadas, en fantasmas, en Caballeros Andantes y en bellas Dulcineas»(En busca del Quijote, 1967). Yo creo en la magia de esta tierra donde en cualquier rincón de ella se puede esconder el espíritu del loco más cuerdo de la literatura. Tomo el Quijote,que siempre llevo conmigo en mis salidas subrayado y lleno de notas, y aprovechando la tupida sombra de una de las carrascas busco este momento del capítulo cuarto. Comienzo a leer y creo sentir junto a mí a don Quijote sobre Rocinante esperando a que el grupo de viajeros se acerquen. Son trece personas: seis mercaderes,  cuatro criados y tres mozos de mulas. Los mercaderes y sus criados vienen a caballo y los mozos de mulas a pie. Los diez caballos al paso hacen retemblar la sosegada mañana, dejando tras de sí una ligera polvareda propiciada por el vientecillo solano. Sigo leyendo:   

“Paráronse los mercaderes al son destas razones y a ver la estraña figura del que las decía, y por la figura y por las razones luego echaron de ver la locura de su dueño; mas quisieron ver despacio en qué paraba aquella confesión que se les pedía, y uno dellos, que era un poco burlón y muy mucho discreto, le dijo:

—Señor caballero, nosotros no conocemos quién sea esa buena señora que decís; mostrádnosla, que si ella fuere de tanta hermosura como significáis, de buena gana y sin apremio alguno confesaremos la verdad que por parte vuestra nos es pedida.

—Si os la mostrara —replicó don Quijote—, ¿qué hiciérades vosotros en confesar una verdad tan notoria? La importancia está en que sin verla lo habéis de creer, confesar, afirmar, jurar y defender. Donde no, conmigo sois en batalla, gente descomunal y soberbia; que ahora vengáis uno a uno, como pide la orden de caballería, ora todos juntos, como es costumbre y mala usanza de los de vuestra ralea, aquí os aguardo y espero, confiado en la razón que de mi parte tengo.

—Señor caballero —replicó el mercader—, suplico a vuestra merced, en nombre de todos estos príncipes que aquí estamos, que por que no encarguemos nuestras conciencias confesando una cosa por nosotros jamás vista ni oída, y más siendo tan en perjuicio de las emperatrices y reinas del Alcarria y Estremadura, que vuestra merced sea servido de mostrarnos algún retrato de esa señora, aunque sea tamaño como un grano de trigo, que por el hilo se sacará el ovillo, y quedaremos con esto satisfechos y seguros, y vuestra merced quedará contento y pagado. Y aun creo que estamos ya tan de su parte, que aunque su retrato nos muestre que es tuerta de un ojo y que del otro le mana bermellón y piedra azufre, con todo eso, por complacer a vuestra merced diremos en su favor todo lo que quisiere.

—¡No le mana, canalla infame! —respondió don Quijote encendido en cólera—. No le mana, digo, eso que decís, sino ámbar y algalia entre algodones; y no es tuerta, ni corcovada, sino más derecha que un huso de Guadarrama. Pero ¡vosotros pagaréis la grande blasfemia que habéis dicho contra tamaña beldad como es la de mi señora!”

El bueno de Rocinante está parado, meditabundo, pues lo que más ansia es llegar con su paso tranquilo a la sosiego de su cuadra lo antes posible, sin esperar que su amo le picase sus espuelas su viejo pellejo. El susto al sentirse herido, junto a su flaqueza y poco ánimo, y la pequeña pendiente del camino la caída era cuestión de pocos metros:

“Y en diciendo esto arremetió con la lanza baja contra el que lo había dicho, con tanta furia y enojo, que si la buena suerte no hiciera que en la mitad del camino tropezara y cayera Rocinante, lo pasara mal el atrevido mercader. Cayó Rocinante, y fue rodando su amo una buena pieza por el campo; y queriéndose levantar, jamás pudo: tal embarazo le causaban la lanza, adarga, espuelas y celada, con el peso de las antiguas armas”

Quizás, si don Quijote aguardase a quedarse callado los viajeros pasarán  junto a él riéndose de su penosa imagen, pero la lengua no la deja quieta, «Y entre tanto que pugnaba por levantarse y no podía, estaba diciendo:

—¡Non fuyáis, gente cobarde! ¡Gente cautiva, atended; que no por culpa mía, sino de mi caballo, estoy aquí tendido!»

La réplica no se hace esperar. La primera paliza al hidalgo manchego está a punto de comenzar. Levanto los ojos del libro y veo y escucho la salvaje paliza que tumbado en el camino sufre don Quijote, pero no puedo hacer nada, todo es ficción, solo es real el escenario: 

“Un mozo de mulas de los que allí venían, que no debía de ser muy bien intencionado, oyendo decir al pobre caído tantas arrogancias, no lo pudo sufrir sin darle la respuesta en las costillas. Y llegándose a él tomó la lanza, y después de haberla hecho pedazos, con uno dellos comenzó a dar a nuestro don Quijote tantos palos, que, a despecho y pesar de sus armas, le molió como cibera. Dábanle voces sus amos que no le diese tanto y que le dejase; pero estaba ya el mozo picado y no quiso dejar el juego hasta envidar todo el resto de su cólera; y acudiendo por los demás trozos de la lanza, los acabó de deshacer sobre el miserable caído, que, con toda aquella tempestad de palos que sobre él llovía, no cerraba la boca, amenazando al cielo y a la tierra y a los malandrines que tal le paraban.

Cansose el mozo, y los mercaderes siguieron su camino, llevando qué contar en todo él del pobre apaleado. El cual después que se vio solo, tornó a probar si podía levantarse; pero si no lo pudo hacer cuando sano y bueno, ¿cómo lo haría molido y casi deshecho? Y aun se tenía por dichoso, pareciéndole que aquella era propia desgracia de caballeros andantes, y toda la atribuía a la falta de su caballo; y no era posible levantarse, según tenía brumado todo el cuerpo.” (Q1, 4)

La imagen de don Quijote caído en el suelo, un hombre viejo molido a golpes con sus armaduras abolladas y sus armas rotas en pedazos es desgarradora, patética, y muy injusta. Rocinante, que penosamente se ha levantado, está a su lado con la cabeza caída junto a la suya, quizá pidiéndole perdón. Don Quijote sabe que su viejo caballo está lleno de tachas. Está flaco y su enfermedad de los “cuartos” le invalida hasta para casi andar, pero para él es «la mejor pieza que comía pan en el mundo», tanto que le dirige una mirada compasiva. Don Quijote seguirá confiando en Rocinante, quizás porque tiene la misma triste figura que él.

No puedo irme sin esperar a que pasase un personaje de ficción, un vecino nuestro que lo lleve sobre su borrico a casa. Viene desde Mota del Cuervo, «de llevar una carga de trigo al molino», de los varios de viento que muelen en su sierra, ya que el Prior de San Juan no ha autorizado a construir los de viento en el término de Alcázar de San Juan. Es julio, los ríos Záncara y Gigüela están secos, y los molinos de agua tienen sus muelas paradas. Pedro Alonso, que así se llama nuestro vecino, se acerca a don Quijote algo receloso pues cree que está muerto. Después de ver que está vivo y limpiarle la cara lo ha reconocido como Alonso Quijana, su vecino. Sigo leyendo: «Procuró levantarle del suelo, y no con poco trabajo le subió sobre su jumento, por parecer caballería más sosegada. Recogió las armas, hasta las astillas de la lanza, y liolas sobre Rocinante, al cual tomó de la rienda, y del cabestro al asno, y se encaminó hacia su pueblo, bien pensativo de oír los disparates que don Quijote decía». Veo alejarse al bueno de Pedro Alonso y poco a poco dejo ya de oír a don Quijote ensartar un disparate a otro. Solo queda ya el escenario vacío.

Continúo mi viaje a casa por el mismo camino pero no logro alcanzarlos. Los personajes del Quijote son ficción, solo es posible sentir su espíritu en los mismos parajes adonde los puso Cervantes. Esto es lo que el autor persiguió al innovar la literatura a principios del siglo XVII, que los lectores imaginen las aventuras de sus personajes de ficción en el territorio real que ha escogido como escenario. Y aquí, solo aquí, en esta comarca cervantina es posible.

                                                        Luis Miguel Román Alhambra

Publicado en Alcázar Lugar de don Quijote 

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